ESQUEMAS Y DEFINICIONES

ESQUEMAS Y DEFINICIONES
Héctor Rivera J
Mater amatísima, película española (1980) dirigida por José Antonio Salgot e interpretada por Julito de la Cruz, Victoria Abril, Consuelo Tura, Jaime Sorribas
María de mi corazón, película mexicana (1980) dirigida por Jaime Humberto Hermosillo e interpretada por Héctor Bonilla, María Rojo, Salvador Sánchez, Martha Navarro

Si el discurso psiquiátrico se estructura y funciona por medio de esquemas y definiciones conducta de cualquier individuo, el discurso cinematográfico contribuye con frecuencia a legitimarlo y a propalar acríticamente su carácter de instrumento represor institucionalizado a través de lugares comunes Esta complicidad, involuntaria o no, se advierte en dos películas exhibidas recientemente el marco del II Foro Internacional de la Cineteca Tanto la española Mater amatísima (J A Salgot) como la mexicana María de mi corazón (J H Hermosillo) se apoyan en la grotesca ferocidad y comprobada ceguera de la institución psiquiátrica para relatar sus respectivas historias que concluyen, como es previsible, con el triunfo indirecto de ésta y la derrota de las víctimas elegidas, aunque para ello los realizadores tengan que traicionar la psicología misma de sus personajes y trastocar la realidad con el fin de adecuarla a las necesidades argumentales
En su primer largometraje, Mater amatísima, el joven realizador hispano José Antonio Salgot se hunde hasta el cuello en una pantanosa historia que parte del extremo verismo de un parto desafortunado para culminar en la melodramática tragedia de una muy discutible eutanasia El niño que nace casi estrangulado por el cordón umbilical es al principio el sujeto que atrae toda la atención de un realizador quizá demasiado comprometido en su mirada, que va desplazándose lentamente hacia la figura de la madre En un proceso paralelo, Salgot subvierte paulatinamente los elementos que vinculan al relato con la realidad Aunque inmediatamente después de nacer, el niño es diagnosticado clínicamente a partir del daño cerebral que ha sufrido por la falta de oxígeno, su soltera madre buscará la ayuda de una amiga psiquiatra cuya sola presencia corresponde ya a la más esquemática de las imágenes Aun cuando hasta el más lego está enterado de que las lesiones cerebrales son irreparables, la psiquiatra, que sólo sabe expresar definiciones, se enfrasca en una siniestra batalla con la mater amatísima, batalla en la que en realidad lucha una institución autoritaria, que cuenta con todo el apoyo legal de un sistema sanitario, contra la conciencia, la sensibilidad y el compromiso de una madre con su hijo anormal En su afán, muy enfatizado por Salgot, de apropiarse del niño, la psiquiatría lo diagnostica como autista y lo condena a la terapia del electrochoque para rescatarlo de su mundo interior desconectado de la realidad que corresponde a su definición La torturada madre, sin embargo, rechaza la oferta de confinarlo, por su propio bien, en un centro para niños anormales y decide hacerse cargo de su educación El tiempo la conducirá a una dolorosa relación incestuosa que agudizará la gravedad de sus alternativas: una que reclama el abandono de su identidad para vivir en un mundo a la altura del de su hijo; otra que la impulsa a considerar la solución que le ofrece el confinamiento psiquiátrico La relación incestuosa se convertirá de pronto en triángulo amoroso con la aparición de un amante de la madre que permanece ajeno a la situación del niño y lo convierte en obstáculo para la realización de los deseos de la pareja Sobreviene entonces la traición a la madre como personaje generador y manipulador de afectos, y el niño como atípico real: si Salgot ha puesto tanto énfasis en la institución psiquiátrica es porque considera que aun con todas sus funestas características es la única solución práctica que nuestra sociedad ofrece a un ser atípico En consecuencia, la madre, que se niega a aceptarla al tiempo que se siente presionada por su vigencia, terminará suministrándole al niño una sobredosis de tranquilizantes
Salgot, sin embargo, ha conseguido crear en Mater amatísima buenas atmósferas dramáticas y su trabajo como director de actores es muy promisorio
Con un estilo más definido, Jaime Humberto Hermosillo relata en su noveno largometraje, María de mi corazón, la anécdota de una mujer accidentalmente atrapada por un universo manicomial que, como sucede con frecuencia en el cine mexicano y en correspondencia con el más patético de sus lugares comunes, es visto como el escenario donde las víctimas de la institución psiquiátrica liberan sus fantasías infantiles por medio de juegos y canciones Sólo aquellos que se resisten a participar en tan gratas y alegres actividades y que insisten en su cordura, como la protagonista, sufrirán las degradantes atrocidades de unos métodos terapéuticos que pierden su dimensión dramática en aras de un torpe humor Por esta complaciente visión del manicomio, la anécdota pierde todo su carácter de angustiante tragedia que da origen a la película Al mismo tiempo, los personajes centrales, un joven ladrón y una prestidigitadora, interpretados con mucha frescura pero poco convincentes, que han sido planteados como una pareja astuta y rebelde, son traicionados por un Hermosillo que arbitrariamente determina su destino La prestidigitadora, prácticamente secuestrada, será despojada de toda su energía y elocuencia para impedirle que exprese convincentemente su salud mental, y para reforzar la incredulidad, la sordera y el desprecio prepotente que hacia el individuo manifiesta la psiquiatría; simultáneamente, le serán escamoteadas todas las posibilidades prácticas de demostrar, con pruebas irrefutables, lo erróneo de su confinamiento Por su parte, el buen ladrón será reducido a la condición del pobre tipo que acepta sin chistar la demencia de su esposa y se dispone a conformarse con la obligada separación Incluso él mismo, que ha vivido la apasionada relación que los conduce a fornicar en un baño público o en la azotea de su casa, aporta los elementos que determinan el diagnóstico de su compañera
Aun cuando se presume que Hermosillo redujo deliberadamente la anécdota a una comedia que con frecuencia renuncia al dramatismo de situaciones que remiten a una realidad concreta para coquetear con la fantasía, estas complacencias narcisistas no pasan desapercibidas

Comentarios