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LA HORA DE BABEL, DE ALFREDO JUAN ALVAREZ

LA HORA DE BABEL, DE ALFREDO JUAN ALVAREZ
Evodio Escalante
Juan Alvarez, Alfredo: La hora de Babel Juan Pablos Editor; México, 1981 (265 pp)
Asombra la insistencia con la que algunos de nuestros novelistas más destacados han vuelto sus ojos sobre una franja de la realidad mexicana, como si trataran de compenetrarse por primera vez de su cabal sentido, o al contrario, como si quisieran arrojarnos a la cara su significación última Núcleo trágico de una década, acontecimiento que “desorganiza” la realidad y obliga a verla desde una nueva perspectiva, el movimiento del 68 se ha convertido en una referencia obligada de todo escritor que se precie de serlo, y ahí están, sólo como ejemplos recientes, Fernando del Paso con Palinuro de México, Jorge Aguilar Mora con Si muero lejos de ti, Federico Campbell con Pretexta, Agustín Ramos con Al cielo por asalto, Carlos Eduardo Turón con Sobre esta piedra Las referencias no siempre son felices, y a veces parecieran demasiado forzadas —cosa naturalmente previsible, por otra parte— pero no importa, la recurrencia indica hasta qué grado se impone sobre estos escritores una especie de “compulsión realista”, como si la realidad les hubiera sido súbitamente sustraída y ellos trataran de recuperarla a través de la indagación novelesca; o como si la novela —y en esto no se equivocan— fuese no solamente un bloque de palabras, sino también una profunda intuición de los tiempos vividos

El principal mérito de La hora de Babel, de Alfredo Juan Alvarez —hasta ahora, el último texto de la serie de Tlatelolco—, reside justamente en su enorme capacidad para recrear la atmósfera de una década decisiva, focalizada principalmente en esa juventud cuyo centro de irradiación era la Facultad de Filosofía y Letras, y que debió afrontar la dura transición entre el existencialismo como forma de la desesperación pequeñoburguesa y una politización izquierdista que será detenida, así sea momentáneamente, con el terror y la violencia del Estado
Tiempos vividos y tiempos asumidos No conocemos una novela que logre transmitir de una manera tan convincente el clima intelectual y moral de fines de los años cincuenta y principios de los sesenta Como testigo y protagonista, como filósofo, como lector de Sartre, se diría que Alfredo Juan Alvarez está ubicado en el lugar más adecuado para percibir el pulso de los acontecimientos Y se diría que ha sacado provecho de esta ubicación De hecho, el tono del relato, e incluso algunas de las imágenes —”bloque de vida”, “manchas de existencia”— recuerdan intensas lecturas de existencialismo Sartre, como se sabe, no es sólo el nombre de un filósofo, sino parte de la tonalidad de una época La incomunicación, el desencuentro de la pareja, la destrucción de las certidumbres, el gran tema de la muerte de Dios, son abordados por el narrador con una seguridad que no se alcanza sin una previa y larga inmersión en estos asuntos Cae por su propio peso: La hora de Babel no es la novela de un escritor, cuando menos no en el sentido corriente que damos a este término El estilo no siempre fluye como se quisiera; se siente que alguien está pensando ¿Es esta una objeción? En otro caso lo sería Aunque es cierto que hay algún pasaje mal ensamblado y que durante algunos momentos el texto se resiente de alguna obviedad poco literaria (las alusiones a la incomunicación, por ejemplo, sugerida ya desde el título, se multiplican y llegan a cansar), también es cierto que hay en la novela de Alfredo Juan Alvarez una intensidad sostenida y más de un pasaje memorable Los personajes están bien delineados, y a pesar de rarezas o complejidades son siempre verosímiles Lo mismo Dalberto —extraño troskista que trabaja en el gobierno, comercia con cuadros y paga la traducción de las obras del Maestro— que su hijo Román —desempacado de Francia y sacrificado por la policía—, lo mismo Belén —amante de Dalberto— que Baruch y Valladolid —pareja de filósofos mortecinos—, lo mismo Susana y Violeta que Valentín, que es a la vez protagonista y narrador, todos tienen la densidad de lo vivido, y no se dejan reducir a una sola frase Uno puede escoger la escena de su preferencia: Belén quemando su ropa en la azotea de un edificio de departamentos, muda protesta contra la actitud represora de un marido que no entiende nada; el árbol seco en medio del paraje, símbolo del agotamiento de la divinidad; el sacrificio de Román, clímax de la novela; o el jocoso capítulo XXXI, con su burla de mentalidades pacatas Y uno puede gozar, a su modo, la mención de ciertos escritores de su predilección, como Gorostiza, como Lowry, como Garfias o Kazantsakis, con la sospecha de que Juan Alvarez ha leído a estos autores con una dedicación que no siempre se encuentra en el hombre de letras
Las alusiones a Trotsky, por otro lado, no indican que en este punto la conciencia ideológica del narrador imponga una visión monolítica Su evidente simpatía por este extraordinario personaje no le impide forjar elucubraciones como la siguiente: “¿Sabes cuál es el complejo de Trotsky? ¡Moisés! Guió al pueblo hasta la Tierra Prometida, pero una culpa le impidió entrar a él mismo Trotsky tiene su momento en el mundo: él une, pero también escinde: la prueba es total El troskismo se encuentra fragmentado, a nivel mundial” (p174)
Quizá el mayor reparo que habría de hacerle a La hora de Babel sea de cualquier forma un reparo de naturaleza literaria Aunque uno se explica que el existencialismo es la filosofía de una época, y que como tal, no es posible saltárselo por las trancas, no deja de ser discutible que el autor de la novela se apropie de su lenguaje sin la mediación de la crítica, como si fuera todavía en los años ochenta un lenguaje tan válido y efectivo como lo era a fines de los años cincuenta Esta falta de distancia, esta permeabilidad del escritor ante un lenguaje que, en términos generales, suena ya envejecido, puede ser —creemos— un elemento disturbador, capaz de impedir una mayor compenetración de los lectores en el texto ¿Tenía que ser así? Quién sabe No es completamente extraño que una experiencia cuando realmente es profunda, llegue a vivirse con el lenguaje de un momento anterior, pidiendo en préstamo —por decirlo así— el único lenguaje disponible: el que ya existía antes Uno tiene la sensación de que un poco de esto ha sucedido con la manera en que Juan Alvarez relata la experiencia terrible del 68 A fin de cuentas, y justamente porque ya rebasó los límites de su empleo, es probable que en su próxima novela este lenguaje le parezca definitivamente superado

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