SUDAFRICA, LIDER EN LA PENA DE MUERTE; LA MAYORIA DE LOS EJECUTADOS, NEGROS POBRES

SUDAFRICA, LIDER EN LA PENA DE MUERTE; LA MAYORIA DE LOS EJECUTADOS, NEGROS POBRES
Anne Marie Mergier
SOWETO – Se llama Paula Moloise Pero en Soweto todo el mundo la llama Mamá Moloise
Siempre viste de negro Tiene gruesos lentes oscuros: es casi ciega Sufre cataratas, pero la gente no lo cree Dice que Mamá Moloise perdió la vista por haber llorado tanto la muerte de su hijo Benjamín Fue ahorcado en 1984 Era militante del ANC Había matado a un policía en un enfrentamiento una noche

En la pared de la minúscula sala pobremente amueblada hay una foto de Benjamín Moloise: un joven alto, flaco, con mirada intensa Al lado de la foto hay otro cuadro raro: son unos versos enmarcados, que un poeta republicano irlandés escribió en homenaje al combatiente del ANC
—Me dijeron que ellos sufren tanto como nosotros —comenta Mamá Moloise No entiendo bien por qué ¿No son todos blancos por allá?
Durante la semana que precedió a la ejecución de Benjamín, Paula Moloise pudo visitarlo dos veces al día Antes de entrar en la sala respiraba hondo para darse valor y verse fuerte Estaban separados por un grueso vidrio Debían hablarse con un micrófono Los vigilaba un guardia
Mamá Moloise pidió un solo favor a los blancos en su vida: poder apretar a su hijo entre sus brazos una última vez antes de que lo ahorcaran Se le negó
Benjamín le levantaba la moral en cada visita Le pedía cuidar a su hija, que ya se había quedado sin madre Le pedía explicarle que era un revolucionario, no un delincuente Le decía que algunos debían morir para que los demás pudieran vivir con dignidad
La última vez que se vieron, Benjamín habló de honor, de libertad, pero Mamá Moloise sólo oía el tic tac del enorme reloj de la sala de visita y cada minuto que huía la acercaba un poco más a la muerte de su hijo
El día de la ejecución estuvo rezando en la capilla de la cárcel La acompañaba un pastor muy viejo De repente, Paula Moloise sintió un gran dolor
No hay palabras para describir ese dolor: fue algo que Dios le mandó para avisarle que su hijo había muerto
Un poco más tarde vio pasar el ataúd de su hijo Estaba cerrado Pidió ver la cara de Benjamín por última vez Imposible Quiso seguir al ataúd hasta el cementerio, imposible Le dijeron que los cuerpos de los ahorcados pertenecen al Estado, no a las familias
Finalmente, Mamá Moloise logró saber que lo habían enterrado en el cementerio para negros de Atterridgeville, en los alrededores de Pretoria
¿Pero dónde exactamente? Sólo se lo dijeron después de dos meses y tuvo que esperar dos meses más para tener el permiso para darle una tumba decente y hacer una pequeña ceremonia religiosa
Eso fue hace cinco años Desde entonces no pasan semanas sin que policías o soldados vengan a molestar a Paula Moloise Quisieron confiscarle las cartas de su hijo Varias veces hicieron caer la foto de Benjamín con la punta de sus metralletas
—¿Qué más quieren?, pregunta Mamá Moloise Ya me lo mataron ¿Qué más quieren?
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Según un informe publicado hace unas semanas en Johannesburgo, Sudáfrica es “líder” occidental en la pena de muerte: en 1987 fueron ahorcadas 164 personas, y entre 1980 y 1988, 1,070
La mayoría de los ejecutados son negros, pobres y tienen menos de 25 años El informe recalca que jamás se ha ahorcado a un blanco por haber violado a una mujer negra, pero que ya han sido ejecutados 90 negros por haber violado a mujeres blancas
Muchos presos no pueden pagar un abogado El estado le asigna uno Pero, mal pagado y poco motivado, ese abogado no hace grandes esfuerzos para defender a su “cliente” Entonces los juicios son muy cortos Se denuncian varios casos de condenados a muerte después de un juicio de un solo día y muchos después de tres o cuatro días
No hay un solo juez negro Todos son blancos Hay jueces conocidos por “ahorcar mucho” y otros por “humanos” Uno de ellos, hoy jubilado, denuncia la arbitrariedad del sistema: “Conozco jueces muy duros, dice, y otros que nunca condenan a un hombre a muerte No es normal que la vida de un ser humano dependa tanto del temperamento del juez ante el cual comparece”
Brian Currin, abogado que milita contra la pena de muerte, denuncia todo el sistema carcelario sudafricano: “Nuestras cárceles son como fábrica de cadáveres, los presos llegan vivos y salen muertos” Currin ataca también muy duramente a “la meticulosa organización de esa industria de la muerte”
Algunos días antes de la ejecución, un policía toma las medidas del condenado: cuello, peso, talla, para calcular la dimensión de la cuerda
La noche antes de que los presos sean ahorcados, la dirección de la cárcel les da un pollo entero y cuatro rands (un dólar y medio) para que compren dulces en la tienda de la prisión
Al día siguiente, a las seis de la mañana, llega un capellán que reza con ellos una media hora Luego se llevan a los presos a la cámara de ejecución
Suben los escalones que los llevan a la horca El verdugo los espera Ahí están también un policía y un médico
Los presos están uno al lado del otro En la cárcel de Pretoria se puede ahorcar hasta siete condenados a la vez Se pasa una cuerda alrededor de cada cuello Se coloca el nudo al lado de la oreja derecha Luego se pone una capucha sobra cada cabeza El verdugo levanta una palanca Se abre una trampilla El preso cae
Después de diez minutos, el médico se acerca para comprobar la muerte del ejecutado A menudo su pulso sigue latiendo Entonces, se espera hasta que se apague para siempre
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Chris Barnard, homónimo del famoso médico sudafricano, trabajó 24 años como verdugo en la cárcel de Pretoria Ahorcó a 1,500 condenados Se jubiló en 1986 Hoy vive tranquilo Cuida su jardín y juega cartas con sus amigos
Barnard dice que circulan “muchos cuentos” sobre las ejecuciones, muchas leyendas “Por ejemplo, es falso que se use una cuerda nueva para cada ahorcado No es así Se utiliza la misma muchas veces Y sólo cuando se empieza a ver un poco muy desgastada se toma una nueva”
Tampoco es verdad que se indulte a un condenado a muerte si la cuerda que debe matarlo se rompe “Me pasó eso más de una vez, cuenta Barnard, pero no hubo indulto Fue muy desagradable Tuvimos que rehacer todo de nuevo”
También era “incómodo” ver cómo algunos presos se debatían ante la horca Una vez, inclusive, tuvieron que usar gases lagrimógenos para “domar” a cuatro presos que se resistían Pero, según Chris Barnard, los “rebeldes” son muy pocos Por lo general, los presos mueren con gran dignidad, rezando, algunos entonando cánticos
Barnard recuerda un “incidente” muy feo: “Una vez compramos cuerda a Inglaterra Alguien nos las había recomendado Fue un desastre, era elástica Muy pronto volvimos a nuestras cuerdas sudafricanas Nunca entendimos por qué los ingleses nos hicieron eso”
Matar a tanta gente nunca perturbó el sueño de Barnard: ni la mínima pesadilla Sólo dos veces se le hizo un nudo en la garganta: tuvo que ejecutar a dos personas que conocía muy bien

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