FEDERICO SILVA PINTO LO IMPINTABLE CON CAMPESINOS DE SONORA Y ALUMNOS DE SAN CARLOS: “LA CUEVA DE HUITES”, UN MURAL DE 5 MIL METROS CUADRADOS EN EL TUNEL DE UNA PRESA

FEDERICO SILVA PINTO LO IMPINTABLE CON CAMPESINOS DE SONORA Y ALUMNOS DE SAN CARLOS: “LA CUEVA DE HUITES”, UN MURAL DE 5 MIL METROS CUADRADOS EN EL TUNEL DE UNA PRESA
Héctor Rivera J
El pintor y escultor Federico Silva comparte ahora créditos con la naturaleza: acaba de concluir en Huites, Sinaloa, en el interior de un enorme túnel de piedra granítica, los trabajos de lo que llama “una pintura rupestre”, un mural de 5,000 metros cuadrados titulado Principio
Viviendo seis meses en un campamento de ingenieros en esta pequeña población donde se construye la presa “Luis Donaldo Colosio”, en un medio violento, entre asaltantes y narcocultivadores, soportando temperaturas de hasta 50 grados y sin más protección que La Magnífica, dice, Silva cubrió de trazos y colores, con la ayuda de 25 campesinos y seis estudiantes de artes plásticas de San Carlos, los muros de piedra de un túnel de 225 metros de largo por diez de alto practicado en una lejana montaña por necesidades técnicas de la ingeniería hidráulica

El resultado, cuenta, es un mural que “temática y estilísticamente responde a las características del espacio”, y que sólo conocerán quienes se aventuren por aquellos lares El, por lo pronto, se conforma con esta oportunidad de dimensiones épicas que transformó de algún modo una parte de su vida
Un mural que, asegura, “no me pertenece”, en la medida en que “no es una obra de la que me tenga que envanecer: es una obra prácticamente anónima, de cierta manera colectiva, en un rincón del mundo que a lo mejor van a descubrir dentro de muchos años los antropólogos, y no van a saber qué clase de civilización la generó”
Tuvo siempre presente Silva —reflexiona— “la idea de relacionar las pinturas rupestres de Baja California con las pinturas rupestres de Huites, y marcar con eso una continuidad histórica que constituye la columna vertebral de nuestra soberanía, de nuestra nacionalidad” Es decir, explica, “somos un país con una continuidad histórica de siglos, y esto perdurará por siglos y siglos, entonces hay ahí un lenguaje a veces abstracto, geométrico, pero que quiere establecer contacto con nuestras viejas culturas”
De cualquier modo, advierte, “se puede decir sin tratar de exagerar ni de hacer de este proyecto un principio de Medalla Altamirano, que ésta es una obra única por muchas razones: es una pintura rupestre, está pintada en la piedra, son más de 5,000 metros cuadrados, se encuentra dentro de una montaña horadada por razones técnicas y está interrelacionándose con una obra magna de la tecnología y la ciencia contemporáneas, que fue el gran reto de Huites para los técnicos que diseñaron la presa y para la empresa que se empeña en terminarla”
Construida por un consorcio internacional en el que está México representado por la ICA, la presa de Huites constituye para Silva “una obra magna de la tecnología contemporánea” El túnel que el pintor llama la “Cueva de Huites” fue, de hecho, perforado como un acceso más cómodo para los trabajos de esta presa
“Fue muy interesante planear una obra artística junto a una presa de estas dimensiones”, explica: “en parte por eso, propuse la pintura de la cueva, porque fui invitado para hacer una escultura, pero tenía que ser una propuesta artística en el nivel de la presa”
Inicialmente el escultor se proponía “edificar una enorme aguja de acero en la parte alta de la montaña, con una especie de brazo móvil cubierto de cristal de cuarzo en distintos ángulos, colocado de modo que con el movimiento del viento y a una altura de unos 300 metros produjera destellos, como un faro solar que marcara para la navegación aérea y demás a Huites como un punto de la tierra donde ocurre un fenómeno singular y artístico, es decir donde se están vinculando tecnología, ciencia, arte y sociedad”
Pero estando en ese proceso, “que se dificultaba cada vez más”, Federico Silva se topó con el túnel y quedó maravillado con “la presencia del espacio oscuro horadado en el interior de la tierra, que tenía por sí mismo una gran belleza”
Pensó entonces, “como una idea completamente descabellada”, pintar el túnel Lo comentó con un ingeniero que lo acompañaba y coincidió con él: “parecía totalmente descabellado” No obstante, cuenta, “esta situación se me planteó varias veces al visitar el túnel: me producía una especie de vértigo de miedo y de gran entusiasmo la posibilidad de pintar un lugar tan extraordinario y tan lleno de dificultades”
Sin embargo, “perseveré en este propósito y logré que la empresa constructora admitiera que hacer una obra artística tan ambiciosa como la que yo proponía equivalía al mismo reto que ellos se planteaban al domeñar el Río Fuerte, uno de los más embravecidos del país”
El asunto se discutió durante dos años hasta que finalmente Federico Silva consiguió comenzar el mural con el apoyo de 25 trabajadores de la constructora Y ahí vivió los seis meses que duraron las tareas, sin más civilización cercana que la de Choix, el pueblo más próximo a Huites
Choix, describe el pintor, “es un pueblo muy pequeño, alejado de la mano de Dios, a más de 200 kilómetros de Los Mochis, al norte de Sinaloa
“Muy cerca, pasa el ferrocarril Chihuahua-Pacífico; ahí subían y bajaban algunos de los grupos de asaltantes a caballo que regularmente roban el tren ya como parte de un programa turístico, porque los turistas estadunidenses van mucho por tener la experiencia del asalto, como en los años diez o veinte, nada más que ya no usan la Colt 45, que es la que se usaba en aquellos años, sino los cuernos de chivo; son grupos muy numerosos de asaltantes que roban también en las carreteras, como la que va de Los Mochis a Choix
“A mí me recomendaron que no viajara de noche por ahí, y que no viajara en helicóptero de la Procuraduría porque los bajan a tiros”, dice De hecho, entre los más de 5,000 trabajadores de la presa, “muchos viven en parte de ese trabajo y en parte del cultivo de algunas de las cosas de los narcos”, ya que “esa zona es un cruce del narcotráfico muy importante y todo el mundo lo sabe, lo ven con mucha naturalidad; hasta las muchachas suelen traer como prendedores unas pequeñas ametralladorcitas, unos cuernitos de chivo de latón o de plata”
Incluso, observa, “muchos de los trabajadores que estaban conmigo tenían contacto con el cultivo, pero eran gente sana, deportistas” Y esa fue precisamente “una de las experiencias interesantes: mi contacto con estos hombres, cultivadores de droga, o campesinos, o trabajadores de tareas muy arduas en la presa, comisionados por azar conmigo y cuyo conflicto existencial ahora es que quisieran seguir dedicándose al arte”
“Cuando tuve contacto con ellos, al principio, me veían con una enorme desconfianza”, relata, “pero se produjo un fenómeno muy interesante cuando empezaron a dibujar la cueva y a establecer una relación armónica del espacio, cuando la dureza del trabajo exterior se convirtió en la sutileza del trazo con un pincel”
Más tarde, “el contacto con el color se produjo en la dimensión del tamaño en que esto se hacía: un contacto que es como la estereofonía del color, a lo bestia” Fue entonces cuando “la gente empezó a hacerse sensible a la presencia del color y cambiaron en su actitud, empezaron a proponer colores y otras cosas, a integrarse a la obra, cuya fuerza radica en que ha sido realizada con la participación de la naturaleza”
Porque definitivamente, señala, “el túnel mismo tiene mucho que aportar y decidir por su claroscuro, por su dramatismo interno y por la piel de piedra llena de violencia, de valores formales, plásticos, escultóricos”, de modo que “cuando todos esos elementos empezaron a incorporarse en una especie de sinfonía, con la participación de todos, el fenómeno cultural que se dio fue maravilloso”
Recuerda entonces Silva que, al borrar una parte del mural con la que no se encontraba satisfecho, “se produjo una polvareda dentro de la cueva, y yo me protegí con un paliacate y con una cachucha, y cuando íbamos saliendo de la cueva, en medio del terregal, les digo: `vámonos con el subcomandante Marcos’ Se voltearon a ver entre sí, pero no me dijeron nada Al día siguiente, al regresar, en la puerta había 50 campesinos que me dijeron: `aquí estamos con usted para que nos diga lo que tenemos que hacer”
“De ser un sujeto sospechoso me había convertido en un compañero de ellos que representaba una esperanza además de la propuesta estética”, medita Silva
Pero por otro lado, recuerda, en Huites “había un riesgo constante: ahí se está en un contacto muy fuerte con la naturaleza, están las víboras, la violencia del lugar, donde hay muertos constantemente” Tanto, dice, que “yo me tuve que aprender La Magnífica, porque era la única manera de pasar protegido”, sobre todo cuando “la lluvia aflojó además las piedras de la parte alta de la montaña, que rodaban matando gente a veces”, además de que “el clima era muy extremoso, con días de 50 grados de calor”
Así, en medio de la adversidad, pero alentado también por la belleza del paisaje sinaloense, Federico Silva realizó “una pintura cuyo tema era algo así como `Génesis y Muerte’, desarrollado como en un círculo, en una constante circular, como una rueda que gira sin fin con esta temática” Sin embargo, no niega Silva su crédito a sus ayudantes y a la naturaleza cuando reconoce que “el peso de estas ideas lo da la naturaleza del espacio, su propia luz, las variantes volumétricas de la piedra y el carácter colectivo del trabajo”
“Era maravilloso ver a estos campesinos con dotes excepcionales de artistas, de dibujantes”, recuerda Y él, dice, respetó su trabajo en la medida en que “muchas cosas fueron pintadas por ellos a partir de un diseño global, que era la partitura que yo hacía y rehacía constantemente”
Realizado con pintura acrílica pese a la resistencia de algunos ingenieros a quienes “no les gustó que se hiciera”, el mural de Silva recibió un día la visita del cura de Choix, que dijo llanamente: “aquí es la Catedral de Choix, aquí vamos a hacer una misa”
“Es como si platicara cómo fue la Cuarta Sinfonía de Mahler, y en todo caso la chiflo”, asegura cuando se le pregunta sobre las imágenes de Principio, y advierte: “una obra de este tipo, de estas dimensiones, en el espacio en que se da, no se puede transformar en palabras, si acaso en poesía”
Su trabajo, sostiene, “hay que vivirlo, porque hay que caminarlo, porque se van sucediendo las formas, las interrogantes, las afirmaciones, los cambios de color, y todo tiene que ver con el espacio”
Incluso, evoca, “yo quise dibujar totalmente la cueva para tener una idea estructural, como la gran partitura, sin color, sin instrumentación, como una partitura para piano sobre la que había que instrumentar, poner los colores, los sonidos, y me resultaba una tarea imposible por sus dimensiones
“Era tan bello dibujar —recuerda—, era de una pureza extraordinaria, pero no me hubieran admitido el trabajo así y empecé, con miedo, a meter color al final del túnel, y en ese momento dejó de trabajar la inteligencia y entró la emoción, convirtiendo lo que era un hecho matemático, de una cierta pureza lineal, en un hecho sensible, y fue imposible detenerse ante esa vorágine de ir concatenando un color con otro”
Y es así como todo quedó en el Principio: “somos una nación de 10,000 años, nueva, que empieza, cuya fortaleza está en la cultura, entonces hay una especie de levantamiento en armas para pintar la Cueva de Huites, el levantamiento en armas de una conciencia en donde hay la convicción de que con ese instrumento seguiremos siendo nosotros mismos”
La Cueva de Huites, dice, porque “la gente de Choix así la llama, y piensan que esta cueva tiene su propia presa”

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