El Viejo Régimen

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Con semblante serio, Eruviel Ávila recuenta, en uno de los debates televisivos, cómo él y los otros aspirantes a la candidatura del PRI en el Estado de México se sentaron a decidir que él sería el candidato al gobierno del Estado de México. Luego visitaron al gobernador Peña Nieto, que aceptó la decisión en silencio y “con respeto”. Mmmm. Es grande la duda si el orden de los factores fue así y si el poder de decisión no lo tuvo el gobernador.

En la elección del Estado de México hubo equidad entre los partidos contendientes. Mmmmm, otra vez. La cara de Eruviel Ávila estuvo en cada parabrisas de taxi, en más de la mitad de las bardas, en una cantidad incalculable de espectaculares, en cubetas de plástico rojo; por poco no fue proyectada día y noche en el cielo mexiquense, sonriendo como un dios omnipresente.

Y no, tampoco hubo acarreados ni compra de voto. Mmmmm, de nuevo y de nuevo. Esa gente que bajaba de camiones y se formaba a votar todos por Eruviel, ¿quiénes eran?, ¿futbolistas llaneros unánimemente entusiasmados por Eruviel? ¿Y ese señor que me calculó en Toluca el costo de un voto en mil 400 pesos, ¿quién era?, ¿un actor contratado por la oposición?

Bienvenidos al pasado: al reino de la simulación. La simulación: el trastocamiento de las causas y los efectos. Al juego de la bolita: ¿dónde quedó la verdad?, ¿bajo esta mentira o esta o esta? Bienvenidos a la cultura priista de la incapacidad de decir 2 más 2 son 4.

Mmmm: ¿bienvenidos al pasado priista? Sincerémonos: es imposible contrastar la simulación priista con la de los otros partidos existentes. Andrés Manuel López Obrador declaró que igual los dos partidos opositores hubieran perdido en una alianza, con un desprecio absoluto a la aritmética, que claramente muestra que una alianza hubiera equilibrado los números y acaso permitido una contienda real. Y Felipe Bravo Mena no tiene ni la menor idea de quién colocó un espectacular de la Virgen con la pregunta: ¿Por quién votaría ella?

Nadie supo, nadie sabe. El presidente del PRI, Humberto Moreira, NO colocó a su hermano como candidato en Coahuila. No: los coahuilenses clamaron por más y más Moreira, con toda libertad. Alejandro Encinas NO recibió órdenes de AMLO, sólo las acató, con plena libertad. La canciller de México NO retiró su nombramiento de agregado cultural en Alemania al escritor Jorge Volpi, por haber expresado una crítica a la guerra del presidente Calderón; no, se trató de un recorte de 27 funcionarios por causas presupuestales, aunque hasta hoy no aparecen los otros 26 funcionarios recortados.

Hagamos un esfuerzo de honestidad, porque en una cultura donde mentir es lo usual, apalabrar la verdad requiere concentración y ante todo mucho candor: nunca salimos verídicamente de la niebla de la verdad sospechosa en México. Llamar al pan pan y al vino vino, ha sido un proyecto cultural pendiente. Lo mismo que contar con policías que sean policías, y no criminales, políticos que sean políticos, y no comerciantes, con jueces que sean jueces, y no negociadores, empresarios que sean empresarios, y no políticos. Un doble discurso se extiende por el país desde siempre. En el discurso público se afirma lo que en el discurso encerrado en las oficinas se desmiente y se  tuerce.

Nada de esto es noticia. Ojalá fuera noticia. Lo que ocurre es que en el año 2000 reverdeció la esperanza de una mayor claridad. Con la primera elección limpia donde ganó otro partido que el PRI, los ciudadanos creímos que llegaba una mayor limpieza. Con el debilitamiento del poder presidencial, pensamos que la prepotencia del poder daría paso al reino de la Ley.

“Nada puede suplir a la dictadura, si no es la Ley”. La frase fue acuñada por Francisco I. Madero a inicios del siglo XX. Tan antigua es nuestra aspiración de que algo externo al Poder rija la vida mexicana. Que algo externo al Poder distribuya las obligaciones y los derechos de los ciudadanos, de forma igualitaria. Y tan larga es nuestra decepción de que no suceda.

Tampoco hay que engañarse. El PAN, al ocupar la Presidencia de la República, tuvo la oportunidad de instaurar ese imperio de la Ley. Estaba en su genética partidaria el anhelo. Pero no bastaba el impulso de buena voluntad para hacerlo. No bastaba un presidente Fox dicharachero y decidor de verdades personales. No bastaba un presidente Calderón dispuesto a mencionar su biografía en los discursos. De hecho, no bastó.

Para que socialmente la cultura de la simulación diera paso a la cultura de la verdad y la Ley, había que reconstruir la cultura. Reconstruir: poner en ello esfuerzo, recursos, tenacidad. Sobre todo, hacía falta reconstruir las instituciones de la cultura teóricamente a cargo de la verdad y la Ley. Reconstruir el sistema policiaco,  nominalmente encargado de investigar la verdad y perseguir a los malhechores y capturarlos. Reconstruir el sistema judicial, nominalmente encargado de discernir la verdad de la mentira, la inocencia del crimen, y aplicar sus consecuencias.

Otra cosa sucedió. Los panistas ocuparon las oficinas de las instituciones del Poder Ejecutivo, se asombraron de su lujo y sus instrumentos poderosísimos, se angustiaron por su inexperiencia, se preocuparon por no errar demasiado. Y en la preocupación se les olvidó cambiarlas, a las instituciones, y en cambio se acomodaron a ellas.

Se acomodaron a la cultura del Viejo Régimen. A la cultura de la simulación. Aprendieron sus formas. Se graduaron en priismo. No estuvieron ante una encrucijada para decidirse entre la Ley y la prepotencia: durante 11 larguísimos años han estado ante esa encrucijada. Y se han decidido, cada día, igual que en cada ocasión paradigmática, por el camino trillado.

“El PRI nunca se fue”. La frase es de Beatriz Paredes, la emitió siendo presidenta de ese instituto político. Se refería a que los gobernadores estatales del PRI nunca dejaron de gobernar a un sector numeroso de mexicanos. Pero igual la frase aplica a nuestra cultura política: el PRI nunca se fue porque el PAN, dos veces en la Presidencia, no impulsó una evolución a un Nuevo Régimen. De haber enderezado los pilares torcidos de las instituciones, de haber reconstruido la arquitectura social para recrearla con líneas rectas, el PRI hubiera tenido que elegir entre reformarse o perecer.

No tuvo que elegir.

Y ahora en cada elección, estatal o federal, los ciudadanos hemos tenido (y tendremos) para elegir entre un estilo de PRI y otros dos estilos de PRI.

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