PANAMA PAPERS GANA PULITZER

Los besos de Sicilia

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Sicilia pasa por la cabeza del Presidente un escapulario y luego lo abraza. Sicilia se inclina y besa la mano de la Procuradora General de la República. Sicilia abraza al Secretario de Gobernación. Sicilia besa a Manlio Fabio Beltrones, priista de cepa, líder del Senado.

Mua. Mua.

Traidor, murmuran algunos y otros lo publican entre líneas. ¿Qué hace?, no lo entiendo, murmuran otros. Ingenuo, utópico, tontuelo. Regala anticipadamente el premio de su buena fe, entendemos todos. Acerca, estrecha como a amigos, a los que no han probado que lo son. Y cientos de miles de signos de admiración se erizan por la República Macha.

¡Mua! ¡Mua!

Esta es, en efecto, todavía tierra macha, y en el código del macho la vida es una eterna disputa para probarse como el más Chingón. Parafraseo a Octavio Paz. O a Cuco Sánchez. O a Cuauhtémoc Blanco. Cada encuentro es el desafío para dirimir quién manda y quién obedece. Quién se alza y quién se empina. Quién es el macho que penetra y cuál la hembra que se abre. De nuevo Octavio Paz (o Cuco o Cuauhtémoc): quién chinga y quién es el chingado, el rajado, el derrotado.

¡Ajúa!

Claramente, durante los últimos dos meses en los que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se ha encontrado con las autoridades del país, su cabeza más visible, Sicilia, viene desplegando ante nuestros ojos otra narrativa, opuesta a la macha. Una narrativa que nace con los santos, en especial con San Francisco de Asís, se politiza con Gandhi, es emulada por Martin Luther King, y se vuelve victoriosa con Corazón Aquino y con Nelson Mandela. La narrativa del pacifismo.

Según el código pacifista, antes que nada ofreces tu amistad y buena fe al distinto a ti. Al distinto a ti, que es con quien hay que hacer la paz: con tus amigos ya la vives. Abres tus brazos y recibes a tu opositor junto a tu corazón, porque si no nos acercamos los distintos, porque si no nos abrazamos y aprendemos a hablar desde nuestros corazones sosegados, si no aprendemos a cooperar, terminaremos por hacernos polvo los unos a los otros.

Cooperar: la meta es esa, no la victoria. Reconciliar. Amistar. Pero hay que escuchar lo que sucede entonces, ya planteada la amistad civil.  El pacifista exige al otro que le regrese su buena fe, multiplicada. Al Presidente, Sicilia le exige que pida perdón a las víctimas inocentes de la guerra y que cambie su estrategia simplista y frontal contra los narcos. Al Congreso le presenta una serie de expertos que critican su labor y le exige que apruebe pronto una docena de legislaciones postergadas.

El Presidente acepta el abrazo para la fotografía de las primeras planas, y no mucho más. Pide perdón, pero por no haber lanzado antes la guerra. El diálogo lo convierte en debate. En cuanto al cambio de su estrategia de guerra, en la semana que sigue al encuentro llega su réplica, extensa, apabullante.

Su vocero de seguridad, Alejandro Poiré, publica en los medios un documento llamado  Los 10 mitos de la lucha por la Seguridad,  en el que se van exponiendo las falacias con que un ente abstracto y sin nombre, no se dice si por maldad o ignorancia, desprestigia la guerra, y luego se pasa a explicar cuán justa y provechosa es en realidad la guerra, con argumentos que incorporan todo cuanto la sociedad civil se ha quejado de ella.

Así, resulta que la guerra del Presidente fue reclamada por los ciudadanos desde 2003; resulta que no es una guerra sino una lucha bien delimitada; resulta que desde un principio el ejército respetó los derechos humanos; resulta que la violencia viene disminuyendo; y etcétera. En suma, resulta que el Presidente es omnímodo y omnipotente. Es decir, resulta que el machismo como cultura aún goza de plena salud en esta tierra.

Pero no es así, más que retóricamente. En México no sólo el código machista ya no aconsejable, ni siquiera es practicable. Nadie, ni el Presidente, incluso con el ejército que comanda desplegado por las calles, logra que su voluntad se imponga de forma absoluta. La democracia repartió el poder, rompió sumisiones oprobiosas, pero también útiles para una paz, así fuera una paz sin justicia, y no las sustituyó por otras legales y dignas; y hoy en México nadie manda. Ni el Presidente ni la Ley.

¿No es ese, precisamente, el problema que hoy nos horroriza? Que nada manda, nada ordena las cosas; que a pesar de la estrategia macha de un ejército invadiendo ciudades, una tercera parte del territorio hoy se encuentra bajo el control anárquico del crimen; que en los territorios gobernados una parte considerable de la vida es criminal; que el 98% de los crímenes del país no reciben castigo; que 50 mil personas han muerto en una guerra quién sabe para qué, porque la violencia escala día a día.

Los legisladores asumen mejor el encuentro con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Cada uno de los que hablan pide el perdón que se les requiere. Y nadie debate si aprobar o no las legislaciones, cada cual dice que sí, pero nadie pone forma y fecha para lograrlo.

Ahora que lo escribo, final de la semana laboral, los congresistas y Sicilia parecen haberse distanciado, nadie sabe si irremediablemente. Ellos han votado la Ley para la Seguridad propuesta por el Presidente y que Sicilia les pidió no aprobasen. Ellos alegan haberla aprobado en lo general y estar dispuestos a enmendarla en los particulares que Sicilia juzga que operarán contra los ciudadanos.

Qué tan fieles a su palabra serán los congresistas en cuanto a esta ley y a la aprobación pronta de las otras leyes prometidas, nadie puede saberlo ahora. De vencer el ánimo de la colaboración, de cierto recordaremos el momento como un giro en la disposición de los congresistas. Y sin embargo, no hay que engañarse: aún si así fuera, sería apenas un giro hacia un camino que andar, no el camino mismo.

Porque el camino mismo es mucho más largo. Para la reconciliación del país, que es la meta más amplia de Sicilia y el Movimiento que encabeza, hace falta edificar las instituciones que garanticen que la Justicia y la Dignidad se vuelvan una práctica cotidiana. Pero sin ese giro hacia una amistad civil que los besos y abrazos de Sicilia por lo pronto proponen, ni siquiera hay camino.

Comentarios