El amor abstracto del presidente

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En uno de sus ensayos, Albert Camus, esa gran conciencia moral del siglo XX, escribió una frase que define muy bien una forma del mal que se muestra como bien –la frase la he citado varias veces, pero no la he explicado en profundidad–: “Conozco algo peor que el odio, el amor abstracto”.
El odio es limitado. Se dirige a alguien o a álguienes. Por lo general –porque el odio es el rostro invertido del amor–, a quien o quienes se ha amado y han traicionado ese amor. Su radio de mal es, por lo tanto, focalizable. En cambio, en nombre del amor por lo abstracto se han cometido atrocidades inmensas, incluso genocidios.
Cuando Camus escribió esa frase tenía en mente no sólo su crítica a la Iglesia, sino también al comunismo y al fascismo. En nombre del amor a abstracciones como Dios, la sociedad sin clases y “las mañanas que cantan”, en nombre de la raza y del amor a Alemania, se habían cometido crímenes impensables: Inquisiciones, hogueras, Gulags, campos de exterminio, juicios sumarios. En nombre de los seres humanos de mañana –seres que no existen más que en la abstracción–, día y noche se encarcelaba, humillaba y asesinaba a otros que, valga la redundancia, existían, tenían vida.
Las democracias no se han quedado atrás. En nombre de la libertad se lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, y Bush, el júnior, asesinó hombres, mujeres y niños en Irak.

El presidente Felipe Calderón viene de ese amor. En nombre de la protección de los jóvenes de la droga, de erradicar ésta para que la juventud de mañana esté libre de la misma, desencadenó una guerra que ha cobrado más de 60 mil vidas, si contamos a los desaparecidos –la mayoría jóvenes–, y ha generado más de 120 mil desplazados. Su obsesión por lo que debería ser lo ha llevado, como a todos los ideologizados, a buscar la justicia social en el poder que, al hablar en nombre de las víctimas potenciales de la droga, desemboca en su asesinato. No es otra cosa lo que, a pesar de las evidencias que la visibilización de las víctimas le muestra, ha reiterado para justificar su guerra.
Para Calderón, los jóvenes muertos son, como lo ha sido para las ideologías históricas, un mal necesario cuya justificación es su amor por ellos. Los ama tanto que ha decidido combatir a los que quieren dañarlos, y al combatirlos los ha ido destruyendo. Mientras 20 grandes capos, como lo dice bien Sabina Berman (Informe de guerra, Proceso 1818), “yacen (en su estrategia de guerra) bajo tierra o están encerrados en cárceles”, los cárteles se han pulverizado en grupúsculos liderados por jóvenes (que, abandonados por el Estado, han sido cooptados por esos propios grupos) “capaces de acciones de una estupidez y de una crueldad abismales” que han multiplicado el crimen. Mientras eso sucede, el mismo Estado –que el propio Calderón custodia– hace bisagra con ese mismo crimen: “los gobernadores y los alcaldes corruptos, las policías y los jueces corruptos, los secretarios de Estado corruptos: los criminales de corbata a los que el presidente ni siquiera ha pretendido aplicar la ley, en una suerte de lealtad de clase (…)”.
Encubierto en su amor abstracto y en su puritanismo –que sólo puede ver la maldad en el crimen no amparado por el Estado–, considera que los jóvenes que mueren a diario de manera inocente o culpable son necesarios para hacer posible el bien. Semejante a lo hecho por los Estados totalitarios, Calderón, al colocar el amor a los jóvenes por encima de sus libertades ha desgarrado la Constitución, alienado los derechos inalienables, multiplicado el crimen y ahogado la vida social bajo el peso de una guerra que ha derivado en terror. O para decirlo de manera más simple, el horror de su política proviene de una idolatría del bien, de un amor abstracto por aquellos a quienes ha querido salvar de lo que absurdamente considera un mal: la droga. “El mal –escribía Levinas– (…) se lleva a cabo por la bondad tanto como por la crueldad”. Entre esos polos –la bondad de Calderón y del Estado y la crueldad de los criminales– los seres humanos de este país –en particular los jóvenes– vivimos en la indefensión, el horror y la muerte.
Lo que al presidente y a quienes legitiman su política les da la ilusión de hacer una guerra justa –aunque nunca hay guerras justas– no es la voluntad de poder, sino la voluntad de justicia por los millones de jóvenes que el crimen quiere destruir. Se sienten requeridos, reivindicados, inspirados por ellos. Se sienten los guardianes de un pueblo en peligro. Las víctimas de su guerra no pueden conmoverlos. Su sufrimiento es su manera de justificar su servicio, de comparecer frente a la historia y decir que sirven a la justicia de mañana. Su amor a la abstracción los conduce a aceptar que los que viven tienen lamentablemente que morir. Así, como señala Finkielkraut, “el campo de Abel puede ser tan criminal como la violencia de Caín, y (las víctimas) de esta guerra toman su sitio al lado de millones de seres humanos de cualquier clase y de cualquier confesión víctimas del mismo amor” por lo abstracto.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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