Una mala jugada

“¿ Y qué voy a hacer el resto del tiempo?”, preguntó la elegante señora, ya entrada en años, a quienes la rodeaban en la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas.
Siguió en interrogantes enlazados: “¿Por qué está cerrado? ¿Por qué hay policías federales? ¿Por qué hay tres tráileres? ¿Van a cerrar el casino?” . Su angustia se reflejaba, sobre todo, en la primera cuestión: “¿Dónde voy a pasar el tiempo?”
Ese jueves 22, su vida se nubló, como el cielo de la Ciudad de México. Bajo la llovizna, las edecanes del casino Life, acompañadas de los choferes del valet parking, intentaba serenarla: “Se trata de una pequeña revisión de rutina; en un rato o mañana ya está abierto”.
En verdad era un operativo del gobierno federal en seis casinos; dos en Naucalpan, Estado de México, y cuatro en el Distrito Federal. Simultáneamente, a las 11 de la mañana, 25 funcionarios del SAT, de la SSP y de la PGR comenzaron a verificar 2 mil 400 máquinas de juego, como informó el Sistema de Administración Tributaria en el comunicado 160/2011.

El centro de entretenimiento tiene tres pisos, máquinas tragamonedas de distintos juegos, apuestas de caballos y galgos y sala de “eventos” sociales con servicio de hostelería, donde estaba anunciada la presentación de la comedia Anuncios personales de los creadores de la serie televisiva Friends.
Ese día el casino funcionó unas cuantas horas para un grupo exclusivo: personal de la Administración General de Auditoría Fiscal del SAT, de la Secretaría de Hacienda, jugó más de 15 horas con las 600 maquinitas del casino para auditarlas. Una por una las marcó, las revisó, llenó las actas.
A las 4:50 de la madrugada del viernes 23, los funcionarios del SAT notificaron a la gerencia del casino Life que se llevarían las 600 máquinas pues los cargadores de casaca anaranjada tenían órdenes de “sacar todo”. Pero los casineros jugaron bien su última carta: una fuente federal confesó a la reportera que amenazaron a los funcionarios del SAT con demandarlos por abuso de autoridad, ya que iban acompañados de un notario público y no les informaron.
Casino Life está representado en México por Grupo Pringsa, propiedad de Grupo Cirsa, cuyo eslogan es: “La gran multinacional de juego española con presencia en más de 70 países”, según su página (www.cirsa.es), donde promueven su nueva sala de juego en línea.
En el resto de los casinos también se confiscaron máquinas. Las llevaron a una bodega del SAT en Texcoco, Estado de México.

¡Bingo!

Fausta es una chaparrita clasemediera que tuvo la mala suerte de estar jugando en una maquinita cuando llegaron los del SAT a hacer la auditoría. Desde las 10 de la mañana estaba apostando, junto a otros trasnochados que no abandonan el juego aunque el casino cierre a las cinco de la madrugada.
Cuando llegaron los funcionarios Fausta preguntó si iban a cerrar el casino, pero le dijeron: “Quédese tranquila, siga jugando. No somos de Gobernación, somos de Hacienda”.
Ella siguió retozando con ímpetu en la maquinita. Quería ganarse un coche último modelo aunque cada boleto le cueste 500 pesos. Quería también ganar los 453 mil 43 pesos acumulados en una caja de ahorro virtual, que aumenta 10 o 15 pesos cada vez que un cliente enseña su huella digital de manera voluntaria.
A las dos de la tarde la interrumpió una voz. Era el gerente, un hombre flaco, pelado al rape. Indicó que los clientes debían pagar sus tickets y retirarse: “Tal vez al rato abramos”, prometió.
Por eso alrededor de las 11 de la noche Fausta regresó. Esta vez la acompañaban su hijo y su esposo. De la sorpresa pasó a la desesperación cuando vio frente al centro de apuestas cuatro tráileres de Muebles y Mudanzas Amado, tres patrullas de la Policía Federal y una treintena de agentes.
“En la mañana sólo había una camioneta pequeña”, decía con los brazos cruzados. Tenía que buscar otro, pero a esa hora el casino Caliente, de Hank Rhon, ya estaba cerrado, y el Play City de Televisa, también.

“Sport Book”

Sigue lloviendo pero no les importa. Con cara de preocupación Adrián y Martín, trajeados como ejecutivos, llegan al casino con una maleta negra y entran por la puerta de seguridad sobre la calle Duraznos, en la colonia Del Valle. No salen hasta que comienza el decomiso.
El tiempo corre lento, ya es de madrugada. La zona del Eje 7 Sur e Insurgentes, caracterizada por su vida nocturna, se va apagando poco a poco. Las edecanes y los empleados del valet parking ya se retiraron, pero un puñado de desvelados sigue deambulando con la esperanza de hallar dónde apostar. Y quizá hasta de ganar.
El casino mismo juega black jack. Como las cartas, las personas tienen valores diferentes. Un ejecutivo, una estudiante, una familia adinerada en un coche elegante, una señora en silla de ruedas, jóvenes saliendo del antro. Era como si quisieran entrar a su casa en busca de afecto. Decepcionados y enojados por encontrar el casino cerrado, seguían su camino.
Acompañada de su esposo, una anciana vecina de la Del Valle se queja: “¿Para eso caminé tanto?”. En pants, de coleta, una muchacha fresa con cara de disgusto concluye: “Esto es por lo de Monterrey, ¿estás de acuerdo? Bueno baaaay”, le dice a su acompañante.
Un presunto ejecutivo de traje gris se une a la búsqueda. Ese era el único que solía permanecer abierto hasta las cinco de la mañana entre semana, y 24 horas los viernes.
El grupo de muchachos reclama a los policías que no cateen jamás una iglesia u oficinas del gobierno, les recriminan que les quiten su “sana diversión”.
–Nos dijeron que se llevarían todo –dice un trabajador de casaca anaranjada.
–¿Todo? ¿Y en dónde vamos a jugar?
–pregunta una jovencita que va a acompañada de un treintañero.
–Pues sólo baraja –bromea otra persona, macabra ella.
–Mta… y yo que soñé que hoy iba a ganar –lamenta el tipo de treintaitantos.
Al poco rato un muchacho muy joven quiso pedir un reembolso de 10 mil pesos, pero no se lo dieron ni le dijeron dónde podía cobrarlo. El miércoles 21 había ido a jugar y quería hacerlo el jueves. No le importó perder 5 mil pesos en una partida porque después los recuperó, así que “salió tablas”.
Más tarde un hombre fachoso, demacrado, nervioso, exige al personal de seguridad que le garantice por escrito que mañana abrirán a las 10 de la mañana porque a él no le interesa jugar en las maquinitas, él quiere apostar a los caballos.
Como no le prometen nada, se enfurece. Se pregunta solito: “¿Qué hago?”. Decide hacer una llamada con su celular, camina de un lado a otro, trae un sobre donde tiene sus tickets con 1 millón de dólares que ha obtenido apostando. ¿O no? No los muestra. Parece enfermo. Su última frase antes de partir: “Yo sólo quiero apostar”.
El casino, el gobierno o el SAT le estaban haciendo trampa a todos estos desesperados.

Es viernes

Ya de madrugada salieron tres funcionarios del SAT para informar al agente del Ministerio Público que era probable el decomiso de 70% de las 600 máquinas de casino Life porque les encontraron irregularidades.
Hora y media más tarde las primeras unidades del Metrobús comenzaron a circular por Insurgentes. Los automovilistas tempraneros se apresuraban por el asfalto mojado. Era viernes, mucha gente empezaba su jornada laboral o terminaba una fiesta. Los trabajadores y los policías seguían a la espera de la orden de entrar por lo decomisado.
No fue sino hasta las 4:50 del viernes 23 cuando la gente del SAT sacó las 77 tragamonedas y las trasladó a Texcoco, junto con las confiscadas en los otros cinco casinos.
Diez minutos antes el casino Life apagó sus luces.
Los gerentes no quisieron declarar nada a Proceso. El operativo terminó a las 10 y media de esa mañana; a final de cuentas sólo se utilizó uno de los cuatro tráileres que llevaba el SAT. Se fueron los policías federales, el agente del Ministerio Público, los funcionarios del SAT, los gerentes.
El casino se quedó solo, pero se reservó la suerte para el resto del día: como no fue clausurado pudo abrir sus puertas precisamente el viernes, cuando comienza el jugoso fin de semana y permanece abierto las 24 horas.

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