Una carta desde Chicago El muralismo de los barrios mexicanos Pilsen y La Villita

CHICAGO.-El escenario de las artes plásticas en Chicago es relevante. Aun cuando no posee la dinámica ni el esnobismo neoyorquino, sí ofrece un devenir cultural en el que, además de los artistas y las obras, los espectadores tienen un lugar importante. Museos, galerías, librerías, ferias de arte, escuelas de arte y artistas callejeros, conforman un sistema cultural que se revitaliza gracias a sus consumos.
Sin embargo, este panorama estaría  incompleto si se ignorara la dinámica cultural de las minorías más numerosas, entre ellas la mexicana. Sus espacios también han conformado un sistema artístico, diferente, en donde el arte se desarrolló como pretexto para expresar un descontento y para dignificar una identidad. La situación es distinta hoy en día; sin embargo, la violencia y la lucha por un arraigo siguen descubriéndose en las propuestas y en las conductas sociales que se generan en los barrios mexicanos de Pilsen y La Villita.
Es interesante que tanto en el Chicago de lujo como en el Chicago-mexicano se organizan exposiciones, se dictan conferencias, se hace arte urbano, existen promotores, surgen coleccionistas; sólo que las imágenes son muy otras. Mientras los anglos (como ellos les dicen a los norteamericanos) se confunden en la internacionalización de todos los aspectos del arte, los mexicanos se aferran a formas e imágenes que pueden parecer caducas. Mientras al pasar por la plaza del edificio Bruswick  se puede admirar una escultura de Miró en el centro de Chicago, al transitar por la High School Benito Juárez se encuentra el mural monumental A la esperanza, pintado en 1979 por Jaime Longoria, Malú Ortega y Alberro. Sin duda alguna, el muralismo de los mexicanos complica y enriquece la tradición del arte público chicaguense.
Especialmente notoria en el Chicago de los anglos es la forma tan abierta, amable y efectiva de promover el mercado artístico. Las galerías se conciben como comercios destinados a atender a sus clientes, abren sábados y domingos y muestran sus precios como en cualquier tienda. El interés de la promoción artística por hacer de Chicago un centro internacional del arte, los ha llevado a organizarse en una asociación de galeros (Chicago Art Dealers Association) que regularmente comparte sus conocimientos con la comunidad artística y con el público; también existe una publicación que aparece tres veces al año (Chicago Gallery News), e inclusive se organizan visitas a galerías y a talleres de artistas.

En cuanto a las propuestas plásticas, realmente no hay nada asombroso o diferente: mucha pintura, fotografía, menos instalaciones que en años anteriores y, como siempre, poca escultura. Lenguajes variados, realismos y expresionismos, pinturas conceptuales y abundantes apropiaciones que llegan al extremo de intervenir cuadros pintados por artistas menores, manteniendo la firma y el marco, como en el caso de la artista Virginia Meredith. Sin llegar a ser una constante, cierto sentido juguetón y humorístico se repite en algunas propuestas, que pueden llegar a apropiarse de formas un tanto caricaturescas.  La intervención de objetos encontrados continúa presente y una tendencia todavía en proceso es la incorporación del arte de los foráneos (outsider art).
En este lado de Chicago también están presentes los artistas mexicanos. En el Museo de Arte Contemporáneo se exhiben piezas de Francis Alÿs, Gabriel Kuri y Gabriel Orozco. Con el título de “Age of influence: reflections in the mirror of American Culture” (“Época de influencia: reflejos en el espejo de la cultura americana”), la exposición en la que participan presenta obras tanto de la colección permanente como de artistas invitados, en las que se examina la presencia de los diversos aspectos de la sociedad norteamericana en la temática de ciertos  creadores. De Francis Alÿs (1959) se presenta la video-instalación Cantos Patrióticos, en la que dos monitores transmiten continuamente escenas y cantos de mariachis en la ciudad, mientras se proyecta al frente otra imagen del tradicional “juego de la silla”. De Gabriel Kuri (1970) se exhiben dos piezas de 1999 que consisten en dos carretillas usadas, una llena de esferas de colores y la otra de palomitas de maíz; el concepto de la obra versa sobre la relación entre el trabajo pesado y el ocio. Incorporar estas piezas que remiten directamente al entorno mexicano en una exposición que analiza la penetración de la cultura norteamericana, me parece no sólo escandaloso, sino también vergonzoso.
En los barrios mexicanos de Chicago, en Pilsen y en La Villita, la expresión plástica más notoria es el muralismo callejero que desde finales de los sesenta se ha realizado sobre muros tanto externos como internos. Zapata, Benito Juárez, la Virgen de Guadalupe, personajes y formas prehispánicas, y los estereotipos del trabajador y del estudiante, continúan presentes junto a personajes contemporáneos como Diego Rivera, Frida Kahlo, Cantinflas y, sobre todo, la representación de la familia en escenas cotidianas; desde el cruce de la frontera protegido por la Guadalupana, hasta la elaboración de los tradicionales tamales.
En el reportaje “Del muralismo al chicanismo” (Proceso, 1182), Roberto Ponce señala que este muralismo se inició en 1968, se transformó en 1985 y en 1999 pasaba por un período de revitalización al que se ha integrado la expresión de los graffiteros
En cuanto a la promoción, se ha conformado una red que aun cuando es delgada, llega a sostener una dinámica que a veces parece que está en proceso de desarrollo, y otras que apenas empieza. Desde el pago por la realización de murales destinados a la publicidad y ornamentación de comercios, hasta el financiamiento de programas culturales, como es el caso del promotor cultural regiomontano  Roberto Garza.
Dentro de este rubro, es por demás notoria la labor que como coleccionista y promotor lleva a cabo Erasmo Salgado, quien, después de haber trabajado como obrero, ha llegado a atesorar una colección de aproximadamente 500 obras, entre óleos, dibujos, acuarelas, acrílicos y fotografías. Con un fuerte énfasis en lenguajes de un violento expresionismo, las obras de gran formato han sido realizadas principalmente por mexicanos de Chicago, entre quienes se cuenta el muralista Héctor Duarte.
De la Ciudad de México resalta la presencia de Uriel Parker, Renato Esquivel y Rocío Caballero. En la actualidad, Salgado se ha convertido en un curador independiente, organizando muestras en las que él mismo señala la temática a realizar; tal fue el caso de la exposición “Cristos del Mundo” que se presentó en el Consulado General en 1999.
En cuanto a otras actividades de difusión cultural, es notoria y constante la labor que desarrolla el Mexican Fine Arts Center Museum (Museo del Centro Mexicano de Bellas Artes), el cual no sólo organiza exposiciones, sino también eventos paralelos, como conferencias, a las cuales asisten tanto mexicanos chicaguenses  como también norteamericanos.
Mucho se hace en Pilsen y en La Villita por el devenir artístico. Sin embargo, sería conveniente que tuvieran escuelas de arte, espacios de exposición en los que, además de ver arte, se confrontaran ideas, espacios de convivencia y, muy especialmente, actividades a través de las cuales accedieran al conocimiento de la cultura y del arte dominante. El ambiente es violento y agresivo y las alternativas de recreación artística son escasas. Sería muy conveniente que desde México se realizaran programas de legitimación de sus expresiones culturales, las cuales, aun cuando no siguen normas establecidas por el gran arte, son parte de una cultura que cada día lucha por sobrevivir.

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