Día de muertos: Evocación y reclamo en Alemania

BERLÍN, (apro).- El humo del copal impregna la sala del Theater Aufbau Kreuzberg. El público berlinés se concentra frente a la colorida ofrenda. Mario Vázquez recibe a los asistentes con una oración libre, hecha de palabras y ruegos en castellano: “Bienvenido a esta ofrenda, ojalá que goces con tus recuerdos, ojalá se recuerden los vivos y los muertos.”

Fundador en Berlín de la Asociación Calaca, e iniciado en México en la tradición de los concheros, Vázquez dirige la ceremonia de apertura de la ofrenda. Sopla el caracol hacia los diferentes puntos cardinales. Pide a Dios, a la madre tierra y a los cuatro vientos que otorguen protección, vida y sustento a los presentes, para que perdure la vida, pero también el recuerdo de los que se fueron.

La celebración del Día de Muertos en la capital germana cumple 24 años de existencia. Los asistentes –un variado mosaico de nacionalidades, culturas, creencias– tienen aquí la posibilidad de contactarse con seres queridos, cuyo recuerdo se mantiene vivo hasta el presente.

Han traído fotos, flores, alguna pertenencia del difunto. Aquí y allá se hincan para agregar una vela encendida a la ofrenda colectiva. Éste es el primer carácter distintivo de este altar de muertos. Otros están a la vista. Junto al tabaco mexicano o la botella de tequila se ven hojas del otoño berlinés, porciones de Käsekuchen (pastel de queso), paquetes de gomitas masticables que aquí se llaman Gummibärchen. De canto melodioso, y voz de timbre apenas áspero, Víctor Ibáñez abre una vez más, junto a su multicultural mariachi, el camino del festejo.

En esta oportunidad, el acontecimiento cobra además una fuerte dimensión política. Esta edición de la Mexikanisches Totenfest también evoca, de manera expresa, “a las casi 50 mil víctimas de la violencia, la guerra contra el narcotráfico, la corrupción y la impunidad en México”, según reza en el volante de invitación al evento.

Últimamente esta violencia ha conmocionado a la comunidad mexicana local. Algunas víctimas de hechos sangrientos, en el marco de la así denominada “guerra contra el narcotráfico”, son familiares o amigos de inmigrantes mexicanos en Alemania.

Tabú

Actor y director de teatro, Mario Vázquez realizó en 1987 su primera ofrenda de muertos en tierra berlinesa. Ese año perdió a su amigo Rodrigo Ortega, con quien había llegado a Alemania para hacer “un tipo de teatro independiente, comprometido con temas sociales y con mitos de la cultura mexicana”, según cuenta a Apro.

Con la ayuda de algunos amigos alemanes y latinoamericanos, Vázquez consiguió llevar a México las cenizas de su amigo y hacerle una despedida en Cuernavaca. Al regresar a Alemania, cayó en una depresión. Surgió en él la idea de agradecer a quienes lo habían ayudado. “Ese fue el momento adecuado de elegir esta tradición, que yo conocía de Ocotepec, en el estado de Morelos”, sostiene.

Para esa primera ofrenda, Vázquez ornamentó un cuarto de su pequeño departamento. “Obviamente estaban los elementos teatrales, como las máscaras. Ofrendé máscaras a Rodrigo e hice un cuerpo de pan, al cual vestí, y puse como cabeza una cabeza de azúcar”, cuenta. “Invité a los amigos y les dije que era una fiesta para recordar a Rodrigo, y que con eso quería darles las gracias.”

La resonancia fue enorme. Esa atmósfera que combinaba alegría y tristeza causó una gran impresión. A pedido de estos amigos la fiesta fue pasando año tras año por otras casas, hasta llegar a una galería de arte, donde la ofrenda se abrió por primera vez al público.

“Se pudo hacer música, teatro, ofrecer comida y tocar el tema de cómo festejan los mexicanos el día de muertos”, relata Vázquez. Desde entonces, la ofrenda del Día de Muertos ha pasado por salas de eventos y museos importantes de la capital germana.

A primera vista se podría pensar que esta tradición choca con el trato que aquí se le da a la muerte. En Alemania no suelen verse velorios ni cortejos fúnebres, y los entierros o las cremaciones se hacen varias semanas después del fallecimiento. Vázquez resalta, sin embargo, la forma de acercamiento de los alemanes a esta fiesta.

“Yo siento que están muy abiertos a tocar el tema, claro, es un tabú el tema aquí, en esta sociedad, donde la muerte pasa cotidianamente inadvertida”, sostiene.

El retraimiento de los que se acercan se transforma conforme avanza la fiesta. “La gente me platica de sus seres queridos que se han ido”, sostiene Vázquez, “o simplemente se sienta y se queda largo tiempo observando la ofrenda, toma un sentido propio de sus sentimientos, se transporta en sus recuerdos, en sus vivencias con la persona querida, disfrutando de esta festividad.”

La ofrenda mexicana del Día de Muertos es cita obligada de la nutrida colonia de latinoamericanos. Provenientes, muchos de ellos, de países en los que no existe una tradición semejante, han tomado la ofrenda como propia, afrontando así, desde la distancia, las muertes de seres queridos.

Desaparecidos

Al ingresar al Theater Aufbau Kreuzberg el visitante se adentra en una instalación de sombras y sonidos. Este túnel, que lleva a la ofrenda, evoca la condición de los desaparecidos en el marco de la “guerra contra el narcotráfico”. “Se habla mucho de los muertos, de las cifras de muertos, pero poco de las desapariciones”, dice a Apro la politóloga Sabina Morales Rosas, integrante de México vía Berlín, un colectivo de jóvenes académicos, en su mayoría mexicanos, que ha asumido la tarea, este año, de acentuar el tono político del evento.

“Pensamos en los desaparecidos, porque son reclamados tanto por vivos como por muertos, ya que están en ese tránsito, en ese lugar intermedio”, sostiene.

“El hecho de que permanezcan desaparecidos, y de que ese crimen se siga cometiendo, no es la cuestión ilusoria de pensar que siguen vivos –explica Morales Rosas–, pero los propios familiares no sienten que esas personas deban ocupar un lugar en el altar de muertos.”

El colectivo México vía Berlín surgió a partir de las movilizaciones que se realizaron en esta ciudad para apoyar la marcha por la paz y la justicia convocada en México, en mayo último, por el poeta Javier Sicilia. El grupo forma parte de la Red Global por la Paz en México, con presencia en 28 ciudades de todo el mundo.

A cargo del colectivo está también la proyección del documental Vivos se los llevaron, vivos los queremos, dirigido por Cecilia Serna, y producido por la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UANL y por el Comité Eureka, liderado por Rosario Ibarra de Piedra.

La película aborda la desaparición de cientos de jóvenes durante las décadas de 1970 y 1980, a manos de grupos paramilitares como La Brigada Blanca, perteneciente a la Dirección Federal de Seguridad.

El colectivo cuestiona la estrategia militarista del gobierno de Felipe Calderón y denuncia la connivencia de funcionarios y estamentos del Estado con el narcotráfico. “En México existe la idea de que las élites son totalmente corruptas, lo cual es cierto, pero no es sólo eso”, dice Morales Rosas, quien escribe su tesis de doctorado en la Universidad Humboldt de Berlín.

“Básicamente lo que nos planteamos es que el problema del crimen organizado en México tiene causas locales pero también causas globales, dentro de un sistema de división del trabajo internacional que hace posible que exista ese crimen organizado en lugares específicos: ayer pudo llamarse Colombia, hoy puede llamarse México”, dice.

“En México es tanta la corrupción y tanta la sombra que hace la vecindad con Estados Unidos que uno no se pone a pensar que Europa sigue siendo el primer lugar del mundo donde se lava dinero.”

La politóloga recuerda además el sonado caso de venta de fusiles G36 alemanes a la policía de cuatro estados mexicanos en conflicto, en los que se violan los derechos humanos.

“Estamos tratando de trabajar conceptualmente dónde está el vínculo de las continuidades en la forma del gobierno de hacer contrainsurgencia y ahora luchar contra el narcotráfico”, dice Morales Rosas.

Justamente este es el tema del diálogo público, en el marco del Día de Muertos, con la presencia de los periodistas mexicanos José Reveles y Marta Durán de Huerta.

Personales

Este día de muertos es importante para Sabina Morales Rosas, tanto en el plano político como en el personal. Esta es la época del año en la que más extraña no estar en México. “Llevo cuatro años en Berlín, y siento que hay una parte de mí que no entiende que las personas de mi familia que han fallecido en este tiempo, en verdad han fallecido”, cuenta.
La distancia le ha permitido enfrentar las pérdidas en el plano consciente, aunque no en el plano emocional. “Este año falleció mi abuelo paterno, una persona muy importante para mí”, cuenta, “y me costó mucho saber cómo trabajar eso a través de la ofrenda.”

Finalmente se ha decidido por un barquito de papel. Cuando era chica, su abuelo las llevaba a ella y a su hermana a comer a un restaurante, tras la comida les enseñaba a plegar los barquitos, que luego tiraban en una fuente cercana.
Para Mario Vázquez esta celebración del Día de Muertos es muy especial. Este año falleció su madre en México. Como si no bastara, también perdió a dos buenos amigos, un mexicano y una alemana, que fueron asesinados brutalmente, presumiblemente por el narcotráfico. “La violencia que está en México ya no se queda en sus fronteras”, resume. “Las ha traspasado y ha llegado aquí a Berlín.”

Es imposible saber cuántos de los presentes gozan del don o la capacidad de percibir la presencia de los muertos en la fiesta. “Hay un momento dado en el que yo siento eso”, dice Mario Vázquez. “Cuando echo una mirada a la ofrenda que he puesto, y está rebosante de flores, de luces, de fotografías, de rostros de viejos, de jóvenes, de niños, entonces sé que han llegado, y sé que están ahí con nosotros, compartiendo lo que nosotros los vivos estamos haciendo: tomando, platicando, fumando, comiendo, bailando o escuchando música”, sostiene.

“Después ellos tomarán la esencia de lo que nosotros pusimos en la ofrenda –prosigue–, tomarán los aromas del pan, de la flor, olerán a copal, llenarán sus bolsas con las cosas que nosotros les estamos ofreciendo y se las llevarán en su viaje.”

Mario Vázquez está casado con una periodista alemana. Decidió quedarse en Berlín al nacer su hijo, hace 23 años. Preguntado acerca del destino personal que se desea al finalizar su vida, dice: “Uno piensa también en su propia muerte, pero creo que uno no la puede elegir. Uno quisiera poderse despedir y tomar su camino, eso sería lo más gratificante para alguien que se va. Pero la muerte no espera, llega en cualquier momento. La estoy esperando.”

Encontrar la muerte en el país de origen o en el de adopción es otro tema que suele presentarse entre los inmigrantes de larga data. “Siempre he querido que mis cenizas sean regresadas a México, pero a partir del largo tiempo que he vivido en esta tierra, pues, no sé, estoy en la disyuntiva de qué parte de mi se va a quedar aquí y qué parte se va a ir a México”, dice Mario Vázquez.

“Al final de cuentas, yo creo que lo más importante es estar cerca de la gente que a uno lo va a recordar.”

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