Contra los estereotipos

¿Pesa la camiseta de la capital de Jalisco lo mismo que una bandera tricolor? ¿Existe algo llamado tapatiez? ¿Qué distingue a los nacidos y criados en Guadalajara de los mexicanos con otros códigos postales? El escritor y articulista jalisciense Juan José Doñán escarba en las raíces de la historia, reflexiona con agudeza y observa atentamente para aproximarse a la identidad de los tapatíos en el libro ¡Ai pinchemente! Teoría del tapatío.
El autor desde las primeras páginas toma distancia de los estereotipos sobre los oriundos de Guadalajara. Adjetivos como apáticos, religiosos, futboleros, telúricos, vanidosos de clóset, religiosos, mochos, hospitalarios, intolerantes, cosmopolitas, conservadores, mexicanísimos, antichilangos, contradictorios, entre otros, no siempre son aplicables a los tapatíos a la luz de un análisis rico en citas, anécdotas, testimonios y datos estadísticos.
¡Ai pinchemente! fluye desde los cómos hacia los porqués para mostrar algunas pistas sobre el tono del alma de estos mexicanos. Doñán comienza exponiendo algunos de los rasgos esenciales del tapatío, como su orgullo por la patria chica y la presunción disfrazada de modestia, para abordar los motivos históricos de lo que llama tapatiez.
El libro, publicado en julio pasado (tras dos años de espera, aunque actualizado) por el sello español Almuzara, destina un buen número de páginas a cuestionar los sambenitos que desde hace décadas van al cuello del gentilicio de esta urbe, como el de ser icono de la mochería y capital gay del país, además se dedica a demostrar que no hay manera de negar que la intolerancia, la injerencia de la cúpula eclesiástica y el orgullo desmedido por el terruño llenan capítulos enteros de la biografía de Guadalajara.

Esta obra del escritor nacido en Tizapán el Alto repasa con nutrida documentación pasajes esenciales de la historia de Jalisco y su capital. Por ejemplo, refiere los motivos de la añeja rivalidad entre los chilangos y los tapatíos, surgida desde los tiempos en que Hernán Cortés y Nuño de Guzmán se disputaban el puesto de superlíder de la conquista, rivalidad alimentada 
–refiere el autor– por el centralismo practicado desde la Colonia.
También aborda con detalle eso que le valió a la ciudad el mote de “levítica” impuesto por Agustín Yáñez, por el enorme peso que ha tenido la Iglesia católica, el notable crecimiento de La Luz del Mundo, única religión mexicana que ha trascendido las fronteras, y la arraigada devoción de la mayoría de los tapatíos por el futbol incluso antes de que este deporte arrastrara multitudes.
Este ensayo de 250 páginas también vale la pena como repaso histórico. El también autor de libros como Oblatos-Colonias: andanzas tapatías y Juan Rulfo ante la crítica, entre otros, refresca la memoria sobre el papel de la Nueva Galicia frente a la Ciudad de México, el paulatino desmembramiento de la entidad, el papel de los políticos jaliscienses liberales durante la consolidación de la república en el siglo XIX, la importancia de la Iglesia en el ámbito político y la turbulenta consolidación de las instituciones de educación superior, especialmente la Universidad de Guadalajara.
También plantea preguntas de difícil respuesta, como el escaso peso político de las figuras nacidas en Jalisco en el contexto nacional, en contraste con su papel emblemático de lo mexicano ante los ojos, los oídos y el paladar del mundo.
No puede el autor del libro disimular su erudición ni su entusiasmo con el deporte: se refiere a la popularidad del basquetbol, del volibol y del boxeo, y respecto del futbol al nacimiento y crecimiento del Rebaño sagrado, a la historia del Atlas, los devenires de los Leones Negros y a los finados equipos del Oro y la Selección Jalisco. Hace honor a la importancia que desde el nacimiento del futbol profesional en México han tenido los jugadores jaliscienses. Relevancia que, como recuerda Doñán, ha trascendido el mundo del balón para asentarse a sus anchas en el imaginario colectivo gracias a la figura del Jamaicón Villegas, tapatío, seleccionado nacional en Suecia 1958 y célebre nostálgico del suelo nativo.
Doñán cita además a escritores como D.H. Lawrence, Salvador Novo y José Vasconcelos con opiniones tan halagadoras sobre la ciudad y sus alrededores que “en ciertos momentos de su historia reciente no pocos tapatíos acabaron por creerse el cuento de ser una raza aparte, un pueblo de elección, capital sentimental del país”.
Queda para el lector suficiente materia prima para llegar a sus propias conclusiones sobre el significado de ser tapatío. Si habita en la ciudad del Doctor Atl, Luis Barragán y El Tigre Sepúlveda, ha nacido en ella o simplemente tiene curiosidad por ciertas costumbres de los tapatíos de estos tiempos, podría darse a la tarea de descubrir, por ejemplo, por qué estacionamos el auto a la sombra de un viejo fresno pero no se nos ocurre plantar un árbol. Será que esta desidia es achacable no a la tapatiez sino a nuestra condición humana. O será que, parafraseando al autor del libro, en el valle de Atemajac nos hemos acostumbrado a enfrentar cada día a punta de antaño, a patear el balón con una camiseta de campeón heredada, descolorida y plagada de blasones que de tiempo atrás nos viene grande.
¡Ai pinchemente! Teoría del tapatío deberá empezar a circular aquí a partir de esta semana en el marco de la Feria Internacional del Libro.

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