Olga contra la BESTIA

Tapachula, Chis. (Proceso Especial 35).- Si infancia fuera destino, el de Olga Sánchez Martínez habría sido la muerte. Pero la esquivó y hoy da cuenta de sí, agotada y vigorosa como madre recién parida.

Vive para otros, hombres y mujeres fragmentados, que perdieron un brazo, una pierna, o languidecen con hambre que los aproxima a la consunción. Se trata de seres desdichados que se metieron con La Bestia, el fúnebre ferrocarril que viaja de Chiapas a Oaxaca y Veracruz, con racimos humanos que se van perdiendo en la ruta a los Estados Unidos.

Olga era todavía niña cuando sufrió la mutilación del anular y el dedo cordial de la mano izquierda en las faenas de una tortillería. Ignorante y cohibida, la pérdida de las falanges alteró su autoestima. Vivía con vergüenza y evitaba mostrar la mano para que nadie la viera.

Después de un largo tiempo y dos intentos de suicidio —sus muñecas conservan las cicatrices, se pensaba de más en el mundo—, fue rehaciéndose y encontrando sentido a la vida. Veía a los lisiados, a los desesperados y pensaba para sí:

“Estos sí están jodidos, no como yo.”

Cercada por el dolor, se desprendió de su propia vida y la entregó a los migrantes, roto además, el sueño utópico de un trabajo en los Estados Unidos. Hubo un amanecer, como tantas veces. Fue aquel en el que, uno por uno, llevó a su casa a 15 desdichados. Ahí los cuidó como Dios le dio a entender, mitigó su hambre con sobras y hasta mendrugos, rezó con ellos y para ellos. Sin sonrojo, pedía limosna para los gastos de todos.

Olga no camina. Chaparrita, vuela. Sus pasos son zancadas. Agota mantener el ritmo a su lado. Sin embargo, son contadas las ocasiones en las que da muestras de cansancio en ese, su apresurado ir y venir de jornadas sin reposo.
Le hacen falta segundos a sus minutos y minutos a sus horas. Hurga tiempo al tiempo de su esposo y sus tres hijos. Entera, dice, es para “sus hermanos”.

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Olga nació media muerta el 12 de marzo de 1959. Fue la tercera de 13 criaturas alumbradas en una ranchería perdida entre los cafetales de Tuxtla Chico, en Chiapas.

Nada había para nadie en ese lugar. Salvo miseria y una condena ineludible: A los ocho años los niños habrían de buscarse la vida por ellos mismos.

Olga fue la excepción en la familia. La disentería y una hemorragia intestinal la acercaron peligrosamente a un final prematuro. Moribunda, permaneció al cuidado de sus padres un largo y pesaroso tiempo.

Sobrevivió porque así lo dispuso el destino, más fuerte que la desnutrición y los estragos de su cuerpo lastimado. Olga llegó a pesar 11 kilos, y quedó reducida a un poco más de un espectro. Un día inexplicable, recuerda, le volvió el hambre.

Repuesta, alcanzó en la vida a su hermana Paula, dos años mayor que ella. Las niñas se divertían recogiendo tortillas en una máquina instalada en Tapachula. Jugaban y se ganaban unos centavos. Su centro de trabajo, donde Olga perdió dos falanges, distaba 15 kilómetros de su casa desolada.

Como tantos desamparados dispersos por el país, Olga se trasladó al Distrito Federal. Llegó ilusionada con el propósito de encontrar trabajo. Pudo colocarse primero en un comedor rústico y más tarde se desempeñó como auxiliar de enfermera, responsable de bebés prematuros.

Colmada de sufrimientos, llegó a pensarse ciega y sorda. El intestino se le convirtió en piedra y todo su cuerpo se volvió contra ella. Un médico elemental emitió un diagnóstico irresponsable. Olga viviría poco. Incurable fue la palabra que empleó el galeno.

Más fuerte que el azar, Olga perseveró y obtuvo un trabajo en la Villa Olímpica, con una pareja que la acogió amorosamente. Ella afirmaba que recibía un trato privilegiado. “Se ocupaban de mí como si fuera su hija”.

Su existencia forjaba su carácter hasta lo indecible. Su cuerpo volvió a la rebeldía. Enferma, pudo ser atendida en una clínica del Seguro Social. Luego conoció a Roldán. Se casaron en 1980 y pronto tuvieron dos hijos que los hicieron tan felices como era posible en su vida tan complicada.

Así pasaron 10 años, en relativa calma. No faltaron otros doctores que sólo de mirarla pronosticaron cáncer. Olga no hizo caso.

Aquí, en la Ciudad de México, algo les faltaba. Se trataba del arraigo, que sólo encontrarían en Tapachula. Volvieron y Olga, abatida, se arrodilló ante el altar del templo de San Agustín, y se ofreció a Dios, y a Dios le dijo que cuidaría de hombres y mujeres en desgracia.

–¿Usted se curó finalmente? –le pregunté.

–Aquí me tiene –repuso con el sonrojo de su timidez.

Fiel a sí misma, se presentó al Hospital Regional de Tapachula dispuesta a ganarse un lugar. A la primera mirada tropezó con los mutilados tendidos en los pasillos, sin un centímetro disponible en camas y camastros atestados.
Vagamente, Olga sabía de ese dolor. Supo luego que se trataba sobre todo de indocumentados, millares y millares desechados por La Bestia.

Entendió su propia orfandad. En el hospital viviría para un ejército de desdichados.

–¿Y sus hijos? —le pregunto a Olga—. ¿Y Roldán?

–Pues semiabandonados —responde. –Los niños iban a la escuela y yo apenas les daba de comer. Roldán ha sido padre y también un poco madre. Algo me olvidé de la familia y de mi persona, pero sané por dentro.

Aracy, la hija única de Olga, no olvida el miedo que les provocaba la escena que miraban cotidianamente: cuartos y pasillos ocupados por mutilados que gritaban su dolor.

Recuerda también:

“Éramos chiquitos cuando mi mamá empezó a llevar a la casa a migrantes dados de alta. Eran muchos, y sí, la verdad, nos asustaban.”

Su madre intentaba tranquilizarlos con la dulzura de su compasión: “Son personas que sufren. Quiéranlos”.

En el Hospital Regional de Tapachula, tuvo otro encuentro afortunado: una mujer le ofreció una casa como hogar para sus enfermos. Se encontraba en la colonia 11 de Septiembre. Allá fueron a dar muchos. No había catres para todos.
Pero la tierra era plana y caliente. No necesitaban más.

A partir de ese momento, Olga decidió creer aún más en su gente amada. Fundó entonces el Albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y El Migrante, referencia del auxilio desinteresado que ofrece a personas vulnerables.

–¿Usted se hacía responsable de ellos en términos legales? –interrogo a Olga.

–Por supuesto –me dijo.

–¿Se le murieron algunos?

–Varios.

Manos a la obra

Tras unos años de relativa tranquilidad, la dueña de la casa le pidió a Olga que desalojara su propiedad, que en unos días pondría en venta.

Buscó entonces su propio camino: hacerse de un albergue propio. Encontró un terreno ejidal, que apartó con 100 pesos. La responsabilidad contraída se acumulaba ya en el año 2003. Ahora necesitaban material de construcción. Y quiénes levantaran el nuevo albergue.

Dice más y más desenvuelta:

“A un arquitecto le expliqué dónde quería la cocina, dónde el comedor, dónde un sitio para hacer pan y dónde los cuartos. El arquitecto me regaló un plano. Luego pensé en varios internos en espera de sus prótesis. Viejos y muchachos me creyeron loca el día en que me vieron llegar con el primer saco de arena y cemento.”

—¿Fueron los asilados los constructores de su albergue?

—Quién si no.

En el año 2004, sin que ella lo advirtiera, el nombre de Olga Sánchez fue creciendo. Un funcionario de la embajada canadiense se presentó en el refugio de los migrantes. El diplomático había leído un reportaje en Proceso sobre ella, señora empobrecida y generosa. Estupefacta, escuchó que el gobierno canadiense había dispuesto 900 mil pesos para que ella prosiguiera con tan insólita filantropía.

Cuenta:

“Tenía la garganta hecha nudo. Los muchachos no tenían ni siquiera sillas de ruedas. Teníamos cinco catres para 60 personas. El hombre me dio 50 mil pesos de su bolsa. Era mi sueño americano y se estaba haciendo realidad.”

–¿Nunca antes había recibido algún donativo?

–De personas normales, sí, lo que podían, siempre poquito. De los políticos, tan millonarios, nunca recibí nada. Dejé de pedirles. Perdía el tiempo.

Olga tampoco quiere saber una palabra de los funcionarios. Desconfía de ellos. El entonces gobernador, Pablo Salazar Mendiguchía –hoy encarcelado, acusado de peculado, asociación delictuosa y abuso de autoridad, entre otros delitos–, la había reconocido antes. “¿Sabe qué me dio?”, pregunta, “Una lavadora. Me la entregaron, así nomás, en Tuxtla Gutiérrez. Ahí la dejé. ¿Cómo iba yo a traérmela?”.

De manos de Vicente Fox recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos 2004.

“Los de la CNDH me habían pedido datos de mi vida. En un principio no quise, pero finalmente dije que sí. Entregué mis papeles, y que me gano el premio. En medio del sufrimiento y a pesar de todo, me sentí contenta. Pero faltaba el esfuerzo de los muchachos. Iban haciendo todo suyo. Mejorábamos.”

El albergue, modestísimo, mide mil 750 metros cuadrados. Se localiza en el entronque carretero a Raymundo Enrique, cerca del Hospital Regional.

A la entrada, de un cuarto hicieron la oficina administrativa. Hacia el interior, del lado izquierdo, instalaron la enfermería, la cocina, el comedor, la sala de televisión y, al fondo, la panadería.

Al frente hay un taller de costura y manualidades, un salón de clases, los cuartos de hombres y mujeres, cuatro y dos, respectivamente, y uno mixto, para los casos aislados, enfermos con padecimientos contagiosos o en estado terminal. También ahí velan por las personas agresivas o con trastornos mentales.

Completan el albergue una pequeña capilla y la habitación para los voluntarios, generalmente extranjeros.

—¿Recuerda al primer migrante?

—Era un guatemalteco que tenía una orden de aprehensión en su país. Le machetearon las dos manos, pero le salvamos una. Fue el primero que llevé a casa. A mi marido no le gustó. Le dio nervios.

A partir de 2009, llegaron al albergue solicitudes de refugiados y exiliados, víctimas frecuentes de secuestradores y violadores en su viaje al norte. La Fiscalía del Migrante (depende del Instituto Nacional de Migración) suele enviarle trabajadores ilegales que han sido vilmente explotados. Las historias de la sevicia ejercida en su contra son inacabables. De la violación sangrienta a las mujeres, la sodomía practicada con los niños, las golpizas entre los varones hasta su casi finiquitada condición de seres humanos, de todo hay en este espacio de un México brutal. Abusan hasta el escarnio los patrones, la autoridad, la policía y sus cómplices.

En cuanto a la donación de prótesis y el retorno de los migrantes a su lugar de origen, toda esta laboriosa tarea se lleva a cabo al amparo de un convenio con la Cruz Roja Internacional. En un tiempo, la propia Olga los trasladaba a bordo de una camioneta vetusta, recostados sobre una manta en la parte trasera. “Y me acusaron de pollera”, dice ya sin asomo de rencor.

Vuelvo con Olga. —Es usted madre de muchos hijos —le digo.

—Sí, pero hay hijos ingratos.

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A sus 15 años, su hija Aracy Matus Sánchez ya se hacía cargo del albergue. Sin embargo, ambicionaba una vida independiente, lejos de Chiapas. Estudió comercio internacional en la Universidad Autónoma de su estado. Licenciada, se mudó a Celaya. “Necesitaba tomar aire”, se explicaba.

Volvió a Chiapas el día en que a Jordán, su hermano menor, le fue diagnosticado —en falso, como a su madre años atrás— el imbatible cáncer. Imposibilitada para cuidar como debía a su hijo y atender el albergue, descargó parte de sus responsabilidades en personas de confianza.

El albergue marchaba, cuidado con escrúpulo. En esa época contó con un médico, abogado, hasta un contador propios. Kellog’s cubría mensualmente los salarios. Hubo, sin embargo, datos negros. Los encargados, ladrones encubiertos, dejaban a su suerte a los enfermos y se fueron sobre las despensas y las donaciones en especie, sobre todo.

Como fuera, el centro seguía; era enorme el bien que prodigaba, pero el 15 de agosto de 2006, le avisaron a Olga que una mujer centroamericana había abandonado a su bebé unos días después de su alumbramiento, y había huido. Las monjas no aceptaron a la criatura en el convento. El DIF, por su parte, lo rechazó. Lo mismo los orfanatos. El niño tenía hidrocefalia.

Pedía auxilio. “El albergue no es lugar para niños”, afirmaba. Como todos eludieron la responsabilidad del bebé, Dalila, una señora de El Salvador a quien Olga había acogido una década atrás, y que milagrosamente estaba de visita en el albergue, lo asumió del todo. “Este hombre llora la noche”, decía, compasiva.

El niño sufría de convulsiones y no comía ni dormía. “Era un huesito”. Ángel, así lo bautizaron, fue sometido a dos operaciones con el propósito de colocarle una válvula en el cerebro, misma que drenaría el líquido maligno. Hubo daños, los más severos: no hablaba, no escuchaba, veía con dificultad, no caminaba y sólo se alimentaba de líquidos: “Mejorará”, decía su impotente madre. “Quizá a los cinco”.

A la postre, Olga optó por hacerse de un cuarto hijo, Ángel. Tuvo madre después de Roldán, ahora de 31 años; Aracy, de 29, y Jordán, de 20.

Roldán es músico. Toca en un grupo que ameniza fiestas. Jordán no tenía cáncer. Padecía tuberculosis ganglear. Es inmenso, de metro 87 centímetros, y termina la preparatoria, que suspendió por el diagnóstico de un médico incompetente. Piensa seguir la carrera de leyes y especializarse en derechos humanos.

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Olga se viste de blanco, la falda hasta el tobillo. Se enreda la trenza en un chongo. Es la pura sencillez. Nos encontramos a las siete en punto, en San Agustín.

–¿Viene por acá todos los días?

–Vuelvo desde que sentí a Dios. Yo crecí montés, sin saber leer ni escribir, sin ir a la iglesia.

Ama sin aspaviento a las personas. Quizá por eso dicen que tiene la “sangre de atole”. No sabe enojarse. Después de misa la acompaño a una tienda de descuento, el Sam’s. Cuida todo, el agua embotellada, los pañales, la caja con cartones de leche, los platos desechables. Formada ya para pagar la cuenta, tres mujeres impertinentes se meten a la fuerza en un lugar delante de Olga. Yo me irrito y estoy a punto de reclamar, pero la miro a ella, tranquila.

Nos dirigimos a la Clínica Lourdes, un hospital privado, en el que tiene que liquidar la operación de Gertrudis, uno de sus muchachos –de 16 años– amputado de ambas piernas. Se le extirpó una astilla del fémur, que impedía que cicatrizara el muñón. Gertrudis espera la deportación, una vez que reciba su prótesis.

Olga vuelve a su casa en punto de las nueve, para ocuparse de Ángel. Se ven poco; para el niño está el domingo. Van juntos a misa, juntos hacen la terapia, juegan.

Tan pronto como puede, Olga se da una vuelta por el albergue. Pero disminuye el tiempo que se deja ver por ahí. Su prioridad, por ahora, es el Hospital Regional de Tapachula.

–¿Qué sería de esta gente sin Olga? –pienso para mí, mientras recorremos el sanatorio, que depende de la Secretaría de Salud.

Aquí constan las falacias de la propaganda gubernamental: se dice que es un hospital autosuficiente, pero comprendo sin mayor pesquisa que faltan las medicinas; enfermos graves yacen en el piso, sobre cajas de cartón. Se sienten abandonados.

Penetra por los poros del cuerpo entero la mugre, y con ella, un dolor podrido. La enfermedad despide su propio olor.

–¿Conoce a este señor, Olguita? –cuestiona una enfermera, y señala hacia una camilla. Ahí yace un esqueleto.

–No habla, ¿verdad? Alguna vez lo vi afuera de la iglesia con un chamaco. Tiene familia.

Olga busca un médico con sueldo de enfermero. Es muy trabajador. Pero no lo halla. “Ya puede imaginar, no pagó su plaza y el sindicato lo trae de cabeza”. También quiere saber de un joven que fue internado en estado de coma. “A ver si tiene remedio”.

–¿Conoce gente buena alrededor de los migrantes?

Guarda silencio. Luego se anima:

–Conozco mucha gente que finge ayudarlos. Pero pocos los quieren, y menos que nadie la delegada de Migración. No faltan quienes ven a los migrantes como un negocio.

–¿Y los migrantes la procuran?

–Casi no. Se olvidan. Muchos caen en las drogas o en el alcohol. Hay que comprenderlos. Caen en la depresión que por aquí no extraña que los lleve al suicidio.

Ella misma se para en seco:

“Ya está bueno de eso –me dice–. A todos nos toca vivir cosas fuertes, pero no estamos para dar lástima. Así que para adelante.”

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