El incómodo Solalinde

MÉXICO, D.F. (apro).- Hace cinco años el sacerdote Alejandro Solalinde fundó el albergue “Hermanos en el Camino” en Ixtepec, Oaxaca, para auxiliar a los inmigrantes centroamericanos que van hacia Estados Unidos cruzando el territorio mexicano en medio de sobajamientos, robos, violaciones, secuestros, y torturas del crimen organizado y las autoridades mexicanas.

Durante estos años se convirtió en un refugio para miles de estos transterrados que, a bordo del tren llamado “La Bestia”, viajan miles de kilómetros en medio de todas las penurias imaginables y muchas más indescriptibles por su grado de salvajismo e impiedad.

Al principio su nombre era poco conocido para los medios, mas no para los hombres, mujeres y niños que llegaban al albergue, enfermos, hambrientos y sin dinero. Pero era tal la demanda de ayuda y, al mismo tiempo, las denuncias de abusos por parte de grupos criminales y autoridades, que el nombre de Solalinde empezó a ser conocido por muchas organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos.

Su trabajo gratuito y comprometido con los inmigrantes, las denuncias que hizo de la corrupción de autoridades policíacas y migratorias, así como de los secuestros y desapariciones por parte del crimen organizado, le atrajo los reflectores de los medios que le dedicaron artículos, análisis, reportajes y entrevistas. Sin quererlo, se hizo protagonista y lo aprovechó para dar protección a los inmigrantes con quienes realizó varias marchas y caravanas para exigir respeto a la vida y a los derechos humanos.

En el año 2011 se convirtió en uno de los personajes emblemáticos del Movimiento de Paz con Justicia y Dignidad que aglutina a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado. Participó en las dos caravanas y en la marcha de Morelos a la Ciudad de México; alzó la voz por los inmigrantes y denunció la existencia de fosas clandestinas en Veracruz, a donde van a enterrar a centroamericanos ejecutados por la mafia coludidas con autoridades.

Sin medir consecuencias, tomando su papel de sacerdote en la parte de apostolado, denunció las violaciones más crueles de las que son víctimas los inmigrantes en el sureste del país. Las respuestas vinieron de inmediato.

A finales del año pasado recibió amenazas de muerte e incluso sentencias de parte de diversos grupos criminales solapados por las autoridades estatales y federales. Estas intimidaciones aumentaron con el paso de los días hasta que hace unos meses tuvo que salir del país porque estaba en riesgo su vida.

Esto no languideció sus esfuerzos y con más ánimos retornó recientemente a Ixtepec para seguir con su labor de protección a los inmigrantes. Pero su suerte ya estaba echada. El obispo de Tehuantepec, Oscar Armando Campos, le pidió que dejara el refugio. Su protagonismo, fue su perdición, alegó el obispo.

Ante este argumento tan endeble y discutible cabe la posibilidad de que detrás de esta decisión del alto clero católico mexicano hay otros intereses, otras causas más profundas.

El sacerdote Solalinde se ha convertido en un personaje incómodo para muchos grupos de poder. Su presencia y su decisión de denunciar todos los actos de corrupción de las autoridades y las violaciones de que son víctimas los inmigrantes, estorba a muchos políticos y gobernantes involucrados en la industria del secuestro.

La decisión del obispo Campos de mandar a Solalinde a una parroquia para que se dedique a dar misas, en el fondo es una decisión política de quitarlo de en medio para que ya no provoque ruido, para que ya no dé problemas.

El trabajo comprometido que ha venido realizando con los inmigrantes, al parecer, está ocasionando conflictos entre los integrantes de la jerarquía católica mexicana, quienes están muy cercanos al candidato del PRI a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto.

“Puedo luchar contra los cárteles pero no contra mi Iglesia”, ha dicho Solalinde al conocer la decisión del obispo Campos de retirarlo del albergue “Hermanos en el Camino”.

“Me siento muy triste, siento mucho dolor porque no esperaba esto. Yo les dije que nunca busqué salir en los medios, les pedí perdón por la fama, pero me ignoraron”, ha insistido el sacerdote en un intento por revertir una decisión que ya no tiene remedio.

Solalinde ha dicho que aceptará la decisión de entregar el albergue pero no irá a la parroquia a donde quieren confinarlo. Ya anunció que seguirá ofreciendo su ayuda a los inmigrantes; y que si esto implica el castigo de la expulsión, la aceptará.

Esta noticia seguramente disgustará a los poderes que quieren hacerlo a un lado, pero el sacerdote Solalinde tiene claro que más allá de la eucaristía, la Iglesia católica tiene un compromiso con los más pobres, los más humildes, los más necesitados y, en este caso, son los miles de inmigrantes que para llegar a Estados Unidos tienen que cruzar el infierno del territorio mexicano.

Acerca del autor

José Gil Olmos, reportero desde 1998. Colaboró en el periódico El Nacional y en el diario La Jornada. Desde el 2001 es reportero de la revista Proceso. Es autor de Los Brujos del Poder, La Santa Muerte la virgen de los olvidados, Los reporteros mexicanos en la guerra de Chiapas y Batallas de Michoacán.

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