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Chavela Vargas: Fin de la Época de Oro

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Cuando conocí a Chavela Vargas tenía una pistola tan grande como la de Clint Eastwood. Pensaba venderla, en parte por los malos recuerdos. “Vale mucho –decía– porque esta arma ya ha matado y le tengo cariño”.

Ella semejaba a uno de los personajes de las películas de Sergio Leone que tienen en la mirada un pasado intenso y tormentoso. Cumplía con la descripción del cineasta a personajes claroscuros: “El rostro humano es un paisaje”.

La plática fue en el camerino del centro cultural El Alacrán Azul de Tepoztlan, donde Chavela empezaba a cantar después de un largo tiempo de inactividad y pasar desapercibida en el pueblo de Ahuatepec, Morelos. Se puede decir que a partir de esa temporada se reencontró para resurgir con el entusiasmo de sus amigos que nunca habían dejado de admirarla, como el mito que era, aun cuando desaparecía a voluntad.

Retomó la última etapa de su carrera y la llevó al sol negro, como un ave fénix, hasta donde dieron sus alas antes de derretirse.

Otra arma para matar de Chavela era su voz, un fluido rasposo de un registro medio a punto de quebrarse y en el precipicio de un sollozo interno contenido, cavernoso en los bajos y metálico en los agudos, cargado de un sentimiento existencial que estremecía e incitaba con una desolación a punto de inyectarse tequila en las venas.

Paradójicamente era un canto celebratorio de la libertad humana, el gozo de la pasión sin límites y la entrega en todos sentidos al fenómeno de la vida, con la rebeldía suficiente para ser indomable por ningún convencionalismo y cumplir a la letra la imagen de Nacida salvaje, de Steppenwolf.

Chavela Vargas fue un ícono viviente del México auténtico y vivencial del siglo XX, donde florecieron sui generis compositores populares como José Alfredo Jiménez. Se podría decir que al igual que hubo la considerada Época de Oro del cine mexicano, existió una de la canción popular, a la cual pertenecía como uno de sus últimos reductos representativos.

Se hacía acompañar de una guitarra y nada más, cualquier otro instrumento estorbaba, porque la voz de Chavela decía todo sin artificios, y la afinación imprecisa era parte de su magia.

Prevalecerá el recuerdo de sus actuaciones en vivo, como el testimonio y el legado de un espíritu donde convergen su audacia perturbadora y el resplandor aturdidor del alma humana.

 

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