PANAMA PAPERS GANA PULITZER

La indignación que no cede

XALAPA, VER.- Traspasaron las barreras del miedo. Salieron a la calle a pasear su rabia, su tristeza, su frustración, su indignación.

Uno llevaba una flor; otros sólo la garganta desamarrada, cansados del silencio impuesto. Marchaban a prudente distancia, tomando nota de las consignas que gritaban sus colegas, sin perder la foto para ilustrar la nota. Y a pesar de que iban en su papel de reporteros, alguno no pudo ocultar que las lágrimas le escurrían por las mejillas; otro no dejó de tuitear consignas.

Fue el domingo 28 de abril cuando reporteros y fotógrafos, acompañados de ciudadanos, marcharon por las céntricas calles de esta ciudad y pasearon su indignación frente al Palacio de Gobierno, donde se dictan las órdenes de la censura.

Estaban ahí los periodistas que durante el último año se convirtieron en “la noticia”: los que un día recibieron una advertencia con olor a muerte y corrieron hasta donde los alcanzó la noche únicamente con la llave de la casa en el bolsillo; los corresponsales que fueron “rescatados” por sus jefes, temerosos, desde el Distrito Federal, de que fueran los siguientes en la lista de ejecutables; los despedidos de sus redacciones por caer en el error de ser críticos con las autoridades, y que tuvieron que emigrar, empezar de nuevo en otras tierras; los que permanecieron trabajando en redacciones vestidas de luto, bloqueando mentalmente el miedo porque –como explica una periodista– si no, cómo puedes seguir reporteando.

También participaron los osados que desafiaron la prohibición de sus jefes de manifestarse; los amigos de los muertos y de los desaparecidos que tienen que llorar en silencio, porque en estas tierras traicioneras hasta llorar te convierte en sospechoso; los halcones infiltrados que, con descaro, fotografían a los indignados manifestantes, quizá para armarles su ficha e incluirlos en listas negras.

Llegaron de varias partes de Veracruz, la mayoría jalapeños, uno que otro del puerto. Eran unos 200. Poquitos, pensarán algunos; ellos dirán que son muchísimos, si la cantidad se mide en proporción al tamaño de la amenaza.

La ocasión fue el primer aniversario del asesinato de Regina Martínez Pérez, la corresponsal de la revista Proceso.

Valiente como pocas, Regina exhibía en sus notas a las mafias locales, los abusos de los poderosos. Comprometida siempre con las causas de los ciudadanos. Por esas mismas calles que solía recorrer, Regina se hizo presente desde la ausencia. Desde los postes de luz y las paredes tapizadas con carteles se veía su rostro al lado de la leyenda con que los organizadores invitaban a la marcha.

Su nombre en los bordados, en las mantas, en las consignas que se abrían paso a una sola voz: “Regina, amiga, la prensa no te olvida… Gobierno, fascista, que mata periodistas… Duarte, entiende, la prensa no se vende”.

Marchar aquí –diría Guillermo Manzano, freelance desde que el oficialismo le cerró espacios, autor de su propio blog Likatzin– es una especie de locura: “implica arriesgarse a perder el empleo, represión institucional y estructural y hasta simbólica, miradas y llamadas de funcionarios para decirte que te vieron, represión del jefe, castigo de que no acepten publicarte, el riesgo de perder el empleo o la beca de estudios para los hijos o la retención de la pensión”.

Por eso justifica a los colegas que aunque querían venir no se acercaron. A las madres solteras que pasaron a dejar un saludo de apoyo pero siguieron de frente.

 

Los testimonios

 

“Es importante que se haya roto el miedo. Muestra que se está generando una conciencia de que los periodistas somos tan vulnerables como las personas de las notas que escribimos”, sostiene Manzano.

El monero Rapé, quien vive desplazado desde que recibió una de esas advertencias que hielan la sangre –paralizan a cualquiera, dice–, volvió para decir presente. Ahí estuvo Lourdes López, la periodista incómoda por sus reportes que fue invitada por el gobierno de Duarte a salir del estado. No aguantó la presión y salió huyendo a Chiapas a empezar de nuevo.

Y el fotógrafo Félix Márquez, quien apenas el mes anterior fue sacado de emergencia del estado por organizaciones internacionales que consideraron riesgosa la advertencia de funcionarios que sugirieron encarcelarlo por las fotografías que había tomado. En su Twitter escribió: “Nuestra lucha diaria es detrás de las cámaras… Hoy es en la calle”.

Encabezó el contingente el periodista y escritor Juan Villoro, quien antes invocó la citación con un “no podemos convertirnos en rehenes del miedo”.

Los testimonios de quienes marcharon a su lado parecen tomados de un viejo expediente de una dictadura. Pero son recientes, son de un país que se considera democrático, son de este estado catalogado por organizaciones internacionales como uno de los más mortíferos del mundo para los periodistas, con el récord de nueve asesinados y tres desaparecidos en un año y medio del gobierno de Javier Duarte.

Los sospechosos de la represión no son precisamente los narcotraficantes que operan en esta entidad; es la gente que trabaja en ese palacio.

Una voz anónima confió: “No respetaron ni a una periodista combativa como Regina, ¿qué garantías puede tener cualquiera? De pronto estábamos parados en medio de la porquería, el gobierno buscando culpables, inventándole una historia a Regina a las horas de que se conoció su asesinato. Hasta la gente de la PGR te advertía que seguirían matando periodistas”.

Otra persona que viajó del interior del estado para estar presente en la marcha, tras pedir mantener su nombre en el anonimato, declaró: “Los directivos de mi medio nos advirtieron que no querían ninguna nota cuestionando a Javier Duarte, ya tampoco se pueden cubrir las muertes. De parte del gobierno llamaron a las redacciones para recomendar a los directivos que no permitieran a los reporteros acudir a las marchas; pero yo vine para manifestar que no estoy de acuerdo con lo que los jefes me obligan a hacer todos los días para sesgar la información”.

Las mantas difundieron su propio testimonio: “La libertad de expresión está de luto. No se asesina la verdad matando periodistas y luchadores sociales”; “El autoritarismo no callará nuestra voz. Justicia para Regina Martínez a un año del crimen de Estado”; “Basta de acoso y represión. No más sangre de periodistas en Veracruz”; “Regina Martínez: un año de memoria e impunidad”.

“Se encargaron de difundir, de criminalizar, de desprestigiarme, de decir que soy vocera de la delincuencia. Su objetivo era callar a quienes hacíamos periodismo policiaco, y aunque dejé de hacer ese periodismo no les parecía que reportáramos sobre los muertos, las víctimas de la violencia, las ejecuciones, las balaceras. Un día un funcionario me ofreció salir tres meses becada, con vacaciones pagadas. Hasta que llegó el Día de la Libertad de Expresión y mataron a Chino Báez, la empresa para la que trabajaba me envió a Chiapas”, relató Lourdes López.

Y Rapé: “Me salí porque encontré un mensaje en la parte de atrás de mi auto que decía: ‘Calladito’. Yo publicaba siempre contra el gobierno local. Un día un colega de un medio importante llegó a mi casa a las dos de la mañana porque habían intentado secuestrarlo por criticar al gobierno. Él se fue en agosto, yo salí en septiembre de 2011. Regresé por el aniversario de Regina a decirle a Duarte que no sea cínico, que refleje capacidad política en un momento tan frágil como éste”.

Otros periodistas que vivieron unos meses en el Distrito Federal mientras esperaban que los vientos dejaran de tener ese olor enrarecido intentaban explicar sus sentimientos, mezcla de rencor, de tristeza, de fracaso, de orfandad, de esperanza.

“Estar hoy aquí me recarga las pilas”, dijo uno. Lloraba como niño. Comentó que sentía coraje: “Siento un enorme rencor contra las figuras que representan al gobierno, porque se burlan de todos nosotros. No tienen prudencia ni mesura, no digamos para resolver los males del pueblo, sino para no agraviar con más insultos”.

Otro relató que probó suerte fuera del estado, hasta que el arraigo a su tierra, la nostalgia por la familia y los sueños de futuro lo hicieron regresar.

En la plaza Lerdo, punto de salida y de llegada de la manifestación, las Bordadoras por la Paz, con su tendedero de pañuelos dedicados a las víctimas de la violencia, cobijaron a los marchistas.

Ahí el pañuelo dedicado a Regina; ahí el de Yolanda Ordaz de la Cruz, una de las ausentes en la golpeada redacción del periódico Notiver; ahí otros bordados que denunciaban “60 mil muertos en la guerra contra las drogas”. O “Desconocido, Las Choapas. 3 de septiembre 2012. Manos amarradas, tiro en la cabeza y arrojado entre la maleza”. O “Aída Socorro Luna, 33 años, cuerpo lanzado con otros 34 cadáveres. 20 de septiembre de 2011”. Todos ellos mudos gritos de la guerra que se libra en Veracruz hilvanados con hilos de colores.

Ana Laura Pérez, reportera de Notiver, periódico que ha sufrido el asesinato de cuatro periodistas y el desplazamiento a Estados Unidos de uno de ellos, confió que trata de bloquear el miedo porque si se permite sentirlo no podría seguir haciendo su trabajo.

“Y si nos va a tocar (la muerte), de qué sirvió el miedo”, razonó, mientras un grupo de jóvenes vestidos de negro y encapuchados se colaron a la manifestación para pasar lista por los ausentes, rociar de pintura roja las paredes del palacio y escribir con grafito rojo sobre el pavimento la palabra Justicia.

 

Red de solidaridad

 

Mientras los reporteros rompían el miedo en Xalapa, en otras partes del país otros reporteros salieron a las calles con la misma exigencia: castigo a los culpables de los crímenes contra periodistas; que funcionen las instancias de protección a comunicadores y de procuración de justicia; que existan garantías para el ejercicio de la profesión.

En Oaxaca se escuchó la misma demanda afuera del templo de Santo Domingo, donde los periodistas, con tapabocas y coronas de flores, manifestaron la misma exigencia del ni uno más, ni una más.

En Tuxtla Gutiérrez la consigna fue contra las tres fuentes de tensión: los criminales, el gobierno y los empresarios de medios corruptos. En San Cristóbal de las Casas sorprendió ver a Manuel Camacho Solís posando con los reporteros. En Chihuahua capital, frente a la Cruz de Clavos, donde se conmemora a las víctimas de feminicidios, frente al Palacio de Gobierno, se pasó lista por todos los ausentes.

En Guadalajara, en la Plaza de la República, un contingente de reporteros espontáneos unió su voz con la de los colegas del resto del país para pedir que cesen las muertes. En Coatzacoalcos medio centenar de reporteros vestidos de blanco salieron a las calles portando cartulinas con reclamos, y dejaron constancia de ello en un video difundido en redes sociales. Uno de los oradores reconoció que en México uno de los muertos es el periodismo de investigación.

La manifestación simultánea llamada “Jornada por los Periodistas” tomó identidad en redes sociales como jornadaperiodistasmx, que a través de distintas plataformas (Tumblr, Facebook y Twitter) cosechó los reclamos, los discursos, las consignas y los sueños esbozados en cada una de las 15 ciudades (entre ellas Los Ángeles, California).

Desde Juárez, desde una redacción en duelo por dos periodistas asesinados, 25 reporteros –presentes a través de un video armado para la ocasión– indican por qué se unieron a la marcha y exponen sus exigencias.

En Facebook fue posible encontrar un mensaje lanzado como botella al mar desde Fresnillo, junto a la foto en la que se observa a ocho reporteros manifestando sus reclamos con letreros: “Pensábamos que seríamos pocos, pero somos más de los que pensábamos”.

En el Distrito Federal el reclamo de los periodistas se hizo presente ante la Secretaría de Gobernación y la representación del gobierno de Veracruz, donde se colocó un esqueleto humano.

Y aun cuando el lunes 29 de abril la mayoría de los diarios nacionales y locales ignoraron las manifestaciones simultáneas, Mike O’Connor, corresponsal en México del Comité para la Protección de los Periodistas, declaró: “Siento que algo está surgiendo aquí, no nada más en la capital, en varios puntos. Parece que tiene una fuerza; está arrancando y va hacia algún lado. El domingo salió, se notó”.

Acerca del autor

(Ciudad de México, 1974) es una reportera mexicana. Ha colaborado para varios periódicos y revistas de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, entre algunas de ellas: Proceso, Gatopardo y Etiqueta Negra. Ha realizado labores de activismo a favor de los derechos humanos y en contra de los asesinatos y exilios de periodistas.

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