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Irán: las mil vidas quebradas del poeta Mohsen

MÉXICO D.F (apro).- La vida de Mohsen Emadi condensa todas las contradicciones de Irán: Marx y el Islam; la sensualidad de los cantos orales y las rimas revolucionarias del monte, el nacionalismo y la oposición encarcelada.

Huésped de la Casa Refugio Citlaltépetl, asociación civil que hospeda en México a escritores perseguidos en sus países, Mohsen traduce ahora poetas del castellano al persa. Pero todavía no vuelve a escribir. Debajo de un buró tiene un montón de hojas blancas esperando a que el poeta vuelta a tomar la pluma.

“No he escrito. Ahora estoy viviendo la verdad de otros, pero no mi verdad”, cuenta.

Moshen relata su infancia en Amre, pueblo situado en el norte boscoso de Irán, a 23 kilómetros de la Ciudad de Sari, cerca del Mar Caspio.

“La infancia de una persona no viene del vacío. Existe un pasado familiar, de lenguaje y de lugar. (…) La primera herencia que tiene uno es el idioma. En mi caso, un lenguaje de poemas revolucionarios, un discurso que existía en todas partes del país”, dice.

En el ocaso de la década de los setenta, la oposición contra la monarquía de Mohammad Reza Pahlevi, el Shá de Irán, no fue homogénea. El clero chiita islámico, el Partido Comunista de Irán (Tudeh) y el socialdemócrata Partido Nacional disputaban los ánimos de cambio.

Mientras, un movimiento armado socialista en el bosque de Mazandarán peleaba contra el régimen.

El padre de Mohsen, cercano a los islamistas, le enseñaba sobre el Islam, el Corán, el árabe, la lógica y la filosofía. En ese entonces, el influjo del padre, el nacionalismo de Jomeini y la propaganda lo acercaban al lado islámico. Entre los nueve y diez años conoció a muchos ayatolás (clérigos islámicos del mayor rango) y asistía a sus clases y discursos.

La familia de la madre de Mohsen era de tradición liberal e izquierdista. Activo en los movimientos sociales antes y después de la islamización de la revolución, el abuelo materno luchó contra los caciques de la zona y fue exiliado dentro del mismo Irán. En algún momento estuvo cerca de Mohammad Mosaddeq, el primer ministro que nacionalizó el petróleo en 1951 y cayó después del golpe de Estado promovido por la CIA, que llevó al Shá al poder.

Al ocurrir la revolución de 1979, las familias se partieron. El padre de Mohsen prohibió a éste ver al tío izquierdista, aunque vivían en la misma calle. No fue así con el abuelo, que también era religioso. Mohsen podía tener sus libros en casa. La biblioteca del abuelo tenía más de 3 mil libros de filosofía, poesía, novelas. Ahí encontró a Marx, Lenin, James Thurber, Dostoyevski, Tolstoi, Mayakovski.

“(Esos autores) no me dejan nunca. Rulfo también es muy importante en mi vida”, confiesa.

La abuela y el abuelo estaban casados, pero vivían en casas diferentes. La abuela hizo la casa con sus propias manos. La construyó en una loma. Y no le habló al abuelo hasta la muerte de éste. Fue agricultora, muy independiente y fuerte, una persona muy alegre, cantando siempre mientras trabajaba. Las canciones eran de amor, colores, la vida, bailes, vino, sexo y la mujer.

“De ahí mi interés por el folclor. Ella escribía en la cabeza y cantaba su propia poesía. La cultura oral venía de mi abuela, la literaria de mi abuelo”.

“Pocos meses después de la libertad, Jomeini robó la revolución de la gente y cambiaron muchas cosas. A mis cuatro años, estalló la guerra de Irán contra Irak. A la vez, volvió a estallar la guerra civil en las montañas contra el régimen islamista”, cuenta el poeta.

La vida normal era muy difícil en tiempos de guerra. Su padre hizo entonces muchas cosas en el pueblo. Llevó la electricidad, el asfalto, las vías de ferrocarril, la primera librería, el teléfono…

A los nueve años, Mohsen quiso escapar con un amigo e ir a la guerra. Sus padres los reprendieron. Pero, cuenta el poeta, había otra guerra igual de intensa dentro del propio Irán. En la noche, en medio de los aullidos de lobos y las balas, se encendía la lucha de Mazandarán, su bosque. Algunos miembros de su familia fueron a la guerra contra Irak. No volvían, o volvían muertos, o sin manos, sin ojos; otros no recibían despedidas al entrar a las cárceles del nuevo régimen. Uno de sus tíos murió al salir de las mazmorras.

“Yo no podía entender qué estaba pasando. De niño todo era luchar contra Irak. La patria era importante. Pero desde niño, a pesar de la propaganda, tenía la sensación de que algo no andaba bien en el país”.

Shamloo

Mohsen habla de las generaciones de Irán. En la que le antecedió había en la juventud el deseo por luchar. Su generación nació en un campo de batalla donde no importaba de qué lado se estuviera, siempre había ausencias. Lo que importaba no era ya quién tenía razón, sino sobrevivir.

Durante su infancia, Mohsen ganaba ya concursos poéticos. A los 16 años cambió su forma de escribir: lo invitaron a un festival de poesía y en el autobús encontró el amor. Cuatro años mayor, de familia marxista, la chica le daba libros. Mohsen se dio entonces valor para leer escrituras más radicales, textos eróticos. El padre ya no iba a sus presentaciones de poesía. Incluso los clérigos le dijeron: “No queremos que Mohsen escriba esto”. Desde entonces no ganó más concursos de poesía.

Mohsen dejó de rezar, de ir a mezquitas. Hoy es ateo. Salió de casa rumbo a la universidad y, en algún momento, obtuvo el teléfono de un amigo del poeta más grande del siglo XX de Irán, Ahmad Shamloo.

La relación con Shamloo fue peligrosa, incluso antes de conocerlo. En la universidad era necesario poner cubiertas en las tapas para evitar que los estudiantes soplones avisaran de su lectura. Hasta el nombre del poeta estaba prohibido. Al conocerlo, a pesar de estar enamorado de su poesía desde los 16 años, quedó mudo.

“Era una persona muy fuerte, con mucho amor, carisma, mucho conocimiento de la poesía mundial. Fue tan fuerte que Jomeini no podía hacer nada contra él”, dice Emadi.

Shamloo estudiaba haikús (poemas cortos japoneses), el folklor de Irán y la poesía moderna. Bebía y fumaba mucho. Fue el mejor traductor de poesía al persa. Tradujo a Lorca e inició un movimiento lorcaico a partir de sus traducciones. Trabajaba 16 horas al día. Leía los textos clásicos islámicos con otros ojos. Al estallar la revolución islámica empezó una revista, El libro de los viernes, que salía cada semana y tenía la extensión de un libro en verdad. No hay mejor revista de literatura, ni antes ni hoy en Irán, opina Mohsen.

Shamloo había dicho a la izquierda que ninguna paz sería posible con Jomeini. El Partido Comunista iraní, con su discurso antiimperialista, decía que Jomeini era un demócrata. Shamloo sabía lo que pasaría con Jomeini.

Al momento de conocer a Shamloo, Mohsen estudiaba matemáticas y ciencia en la Universidad Tecnológica de Sharif. En ese entonces, Mohsen era muy activo. Abrió cinco revistas. Todas fueron cerradas con no más de tres números. Hizo festivales de cine, filosofía y arte. Para luchar, invitaba a personas prohibidas. En ese entonces, los libros de canciones que hablaban de la insurrección en las montañas de su infancia pasaban de mano en mano en las aulas.

Después de la guerra, pensó que el sistema podría abrirse. “Fue el momento de los reformistas y los tecnócratas”. Los amigos de Mohsen y varios artistas los apoyaron. Mohammad Khatami ganó la presidencia en agosto de 1997.

“Khatami hablaba, sonreía, era bien vestido, pero nunca logró controlar a las milicias islámicas, a la policía, nunca atacó el sistema político de fondo”, critica Mohsen.

En un momento fue cerrado el importante periódico Salam. Posteriormente hubo una manifestación en la Universidad de Teherán. Por la noche, la milicia Basiŷ (un grupo paramilitar creado para defender la revolución por orden del ayatola Jomeini) fue a los dormitorios. Rompieron todo, golpearon estudiantes, a algunos los aventaron por las ventanas.

“Un amigo fue por mí. Entramos a la Universidad. Había sangre por todos lados. Unas horas después, comenzó el movimiento estudiantil. Era el 19 de julio de 1999”, relata. “Shamloo estaba muy preocupado, tenía mucha esperanza en nosotros, luchamos con mucho valor y logramos elegir un parlamento estudiantil”.

A los tres días los militares ocuparon la Universidad de Teherán. Las milicias atacaron otras universidades con armas y gases. Los arrestados eran desaparecidos.

“Los islamistas traicionaron a los estudiantes. Siempre que la gente se radicaliza y contesta al régimen, los reformistas también los dejan”, dice. “Khatami no dijo nada, no hizo nada por lo ocurrido en la Universidad de Teherán. Los estudiantes tuvieron que pagar. Todos olvidaron quién atacó y quién mató”.

Recuerda que no se podía salir a las calles, no se podía manifestar. La derrota del movimiento estudiantil fue el golpe de muerte para Shamloo, según le contó a Mohsen la esposa del gran poeta.

La única forma de continuar moviéndose era la información. Si las noticias estaban controladas por los islámicos, había que crear una agencia de noticias de estudiantes, con permiso, pero empezar algo contra lo que llamaban un monopolio mediático.

Para entonces Shamloo estaba muy enfermo de diabetes. Mohsen recuerda una noche en la que los amigos comunes habían tranquilizado al poeta. En la mañana, un hombre se acercó a Mohsen y le dijo: “tu Shamloo está muerto”. Fue el 24 de julio del año 2000.

El funeral fue otra manifestación. Miles de personas recorrieron las calles con poesías y la foto de Shamloo. Un trabajador contó que había visto dos grandes funerales: el de este poeta y el de Jomeini. Dos años antes, Shamloo otorgó a Mohsen el derecho exclusivo de publicar su obra digital. El día de su funeral puso todos sus poemas en línea.
Un año antes de su muerte, Shamloo había dicho: “No vengan a mi tumba. Yo no estoy ahí”.

Ahmadineyad

Mahmud Ahmadineyad, actual presidente de Irán, “fue el encargado de buena parte de la represión de 1999. Sabíamos que él fue el causante. Es parte de la milicia. Tiene un discurso populista a favor de los pobres, pero es conservador“, dice Mohsen.

Recuerda que empezó “la censura horriblemente. Ahí decido publicar con mucha censura. Era tiempo de luchar. Teníamos que atacar con libros al Ministerio de Cultura”.

Mientras tanto, para ganarse la vida, publicaba a la vez que luchaba. Mohsen tenía un puesto: “manager radio section” en fábricas de celulares. Ahí se enteró en 2008 que el gobierno quería establecer con la compañía Siemens un servicio de inteligencia que monitoreara los celulares.

Sabía qué iba a pasar en las elecciones de 2009. Ahmadineyad no iba a dejar el poder y existía la posibilidad de un golpe de Estado. Él y sus compañeros decidieron ayudar a los reformistas. “Que vote tanta gente que no se pueda robar”, opinaban.

Mohammed Khatami declinó a favor de Mir-Hosein Musavi. Para Mohsen, Musavi pasó la prueba de fuego después de las elecciones y mostró ser un hombre honesto, conocedor de arte, pintor, socialista.

Mohsen explica que el movimiento verde comenzó antes del fraude electoral de 2009. A Musavi lo apoyaron artistas y deportistas. Mohsen lanzó un texto, En nombre de Troya, donde criticó a Musavi, pero invitó a la gente de izquierda a participar en la elección. Muchos de sus amigos llegaron del extranjero para votar. Era un tiempo de esperanza. La población sentía que se le podía ganar a la milicia. “Si la gente participa, podemos luchar. En la calle, eso es de verdad. Ocupar la calles es luchar”, dice.

Al día siguiente de la elección —13 de junio de 2013— el Ministerio de Elecciones anunció que Ahmadinejad era presidente. Musavi citó a sus seguidores a las 12:00 horas en la calle. No acudieron más de 100 personas. La milicia rodeó el lugar. Luego, caminando en la calle, Mohsen topó cerca de 20 mil personas. “Así empezaron las protestas. La milicia no pensaba que saldría tanta gente y comenzó a atacar. Los manifestantes los repelieron con la intención de llegar a la calle Mutahari y ocupar el Ministerio de Elecciones, pero la milicia apostó tanques y ametralladoras. Fue cuando la gente se dio cuenta de que la lucha debía ser pacífica”, confiesa.

“Había más de 3 millones de personas en las protestas. En esos días pude decir: ‘Esto es Irán’. Había esperanza, gente organizada, millones en armonía, tranquilos. Llenaban todo el centro de Teherán”, recuerda.

Mohsen resalta que la represión fue preparada un año antes. El programa de detección telefónica que compró el gobierno a Siemens permitía tener señal, pero las llamadas no entraban. El gobierno lo que requería era, primero, desconectar a la gente en todo el país, y segundo, tener la información de a quién se llamaba para capturarlo. Ya en las calles, la milicia comenzó a disparar.

“Ayudabas a la gente que sangraba. La llevabas a las ambulancias, pero realmente los condenabas, pues los llevaban a la cárcel para ser torturados. Así murió mi amigo Amir”, dice el poeta.

Jomeini dijo el 19 de junio de ese año que la gente buena no salía a la calle. Para Mohsen, eso fue una sentencia islámica, una fatua (pronunciamiento legal islámico) contra el pueblo. Al día siguiente, un video se difunde en internet: el disparo de un francotirador de la milicia contra la joven estudiante de filosofía Neda Agha Soltan. Mohsen estaba a dos calles.

“Teníamos que luchar. Eran días de asistir y morir. Yo iba vestido con diferentes mudas de ropa y gafas, sombrero, mochila. Iban a combatir”.

Cuenta que era muy difícil reunirse, pues la milicia Basij dividía la manifestación en grupos y disparaba. La estrategia fue la fragmentación del movimiento es distintas manifestaciones para debilitarlo, especialmente en la calle de la Revolución y la calle de la Libertad, donde nadie podía llegar.

“Hubo muchos muertos. La gente ya tenía miedo. Si me quedo en Irán no tendría vida más que para la cárcel. Ahí no puedo hacer nada.”

Comenzó la lucha consigo mismo: “¿Me quedo o no? Luchar con mi muerte o con mi vida. Se pueden los dos. Decidí que mejor con mi vida”.

La lucha llevaba ya dos meses en la calle. El día que Ahmadinejad juró ante el Parlamento como presidente, 11 de agosto, Mohsen salió del país.

El invierno se va

El poeta toma su computadora, abre YouTube y muestra una canción: “El inverno se va”.

“Era una de las canciones que se cantaban en los bosques, que pasaba en los libros revolucionarios de mano en mano. Décadas después terminó en la campaña de Musavi. Los movimientos se transforman en otro momento, no mueren totalmente.”

Hubo otras protestas el 14 de febrero de 2011 inspiradas en las revoluciones árabes. Las manifestaciones terminaron con gases lacrimógenos y balas de goma.

A la pregunta de cómo regresará a Irán, contesta: “Regresaré cuando la gente vuelva a la calle con esperanza, pero para luchar en la calle. La legitimación de la república no existe”, dice.

Mohsen habla del exilio como su condición de vida en medio de las contradicciones de su país. Uno de sus últimos textos menciona al Cementerio de Khavaran, también llamado “cementerio de los infieles”, donde fueron enterrados las víctimas de las ejecuciones masivas en 1988. Supuestamente es un cementerio de minorías religiosas, pero Amnistía Internacional denunció que podría estar lleno de prisioneros políticos.

Sobre el exilio, el exilio de Irán, uno de los países con más habitantes fuera de su país, Mohsen tiene este poema que la escritora y traductora española Clara Janés tradujo del persa.

Las leyes de la gravedad (Olifante, 2011)
(Fragmento)
Estoy aquí para ser traducido
Una bicicleta recorre mis fronteras
Por baches y charcos
El poema se fija en las conjunciones y las preposiciones
En la distancia entre yo y yo
Mi ante-cabe-con-contra
Llueve
Sobre conjunciones y preposiciones
Sobre las relaciones
En la lluvia me alejo de ti
Y en esta distancia, Khavaran
Se va ensanchando
En mi lengua
Cuando todos callan de repente
Nace un policía
En mi lengua detrás de cada bicicleta asustada
Se sientan tres mil palabras muertas
En mi lengua la gente murmura las confesiones
Va vestida de susurros negros
Se le entierra en silencio
Mi lengua es silencio
¿Quién traducirá mi silencio?
¿Cómo voy a cruzar esta frontera?

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