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“El Caballito” de Tolsá y los Mármoles de Elgin

No lejos de allí un templo antiguo cubría la tierra con sus ruinas. Dos o tres columnas permanecían todavía en pie, y el musgo crecía sobre el mármol y el granito ¡Tal es el tiempo inexorable!

No respetará el porvenir como no respetó el pasado, dejando siempre los restos de lo que mata para hacernos gemir sobre lo que fue y sobre lo que será.

Lo que nosotros hemos visto, nuestros hijos lo verán como nosotros: los restos de los monumentos que ya no existen y los fragmentos de las piedras elevadas por la mano de los hombres mortales.

 

Canto XVIII en The Siege of Corinth, de George Gordon (Lord Byron), en referencia al Partenón.

 

El evento es del conocimiento público: sin que mediara licitación pública ni contrato de ninguna naturaleza, y en flagrante transgresión de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, el Gobierno del Distrito Federal adjudicó el “servicio para la restauración y rehabilitación del Monumento Ecuestre de Carlos IV de España, conocido como El Caballito, limpieza y mantenimiento de la escultura ecuestre, incluye pedestal”, a la sociedad Marina Restauración de Monumentos, cuyo representante es Arturo Javier Marina Othón.

Esta estatua se encuentra inscrita en el Catálogo de Monumentos Históricos de Inmuebles del Instituto Nacional de Antropología e Historia y en el Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos, en la Sección de Muebles y Declaratorias. Luego, no hay forma de confundirse: Se requería evidentemente de la autorización del INAH.

El dictamen de esta dependencia es irrefutable; acredita un daño irreversible a la estatua de Carlos IV, pues se comprobó que al intentar someterla a mantenimiento se empleó ácido nítrico en concentraciones elevadas, aun cuando esta sustancia quedó prohibida para efectos de restauración desde la década de los cincuenta del siglo pasado. El procedimiento terminó por disolver en un cincuenta por ciento la pátina oscura de la pieza que protegía al bronce original, con lo cual quedó expuesta a severos procesos de corrosión.

Producto del escurrimiento y la absorción de ácido nítrico y óxidos, los daños al pedestal no son menores. El dictamen del INAH concluye que la conducción de estos trabajos se realizó de manera negligente,  no obstante que la condición de monumento histórico de la pieza exigía un tratamiento esmerado por parte de profesionales con gran solvencia en materia de restauración. Se llegó a comprobar incluso que los andamios fueron sujetados a las patas del caballo, “incluso aquella que tiene una fisura en la cañuela”.

Las vicisitudes por las que ha transitado la escultura son muchas. Obra de Manuel Tolsá, quien dirigió la Academia de San Carlos, fue situada al sureste del Zócalo e inaugurada en diciembre de 1803 por iniciativa del virrey Miguel de la Grúa Talamanca.

Ya en el periodo de la Independencia se le trasladó al patio de la Universidad Nacional, y de ahí al cruce de Paseo de la Reforma y Avenida Juárez, para terminar finalmente en su ubicación actual: la Plaza Tolsá. Ante el intento de fundirla para proveer de cañones al ejército, Lucas Alamán, exaltando su valor estético, logró persuadir a Guadalupe Victoria para que la dejara intacta.

Eventos tan ignominiosos como éste tienen pocos referentes en el ámbito universal. Uno de ellos es de los Mármoles de Elgin albergados en el Museo Británico.

 

Un caso similar en Europa

 

Lord Elgin (Thomas Bruce), embajador de la Corona Británica ante el Imperio Otomano, realizó copias y moldes de la Acrópolis de Atenas al amparo de un firman (decreto, en el sistema jurídico otomano) de mayo de 1801. Los firman se multiplicaron, en tanto que Lord Elgin pagó de su propio peculio las excavaciones y autorizó que varias y muy valiosas piezas del Partenón fueran retiradas y trasladadas a Londres.

En agosto de 1816, mediante un acta de la Cámara de los Comunes, los Mármoles de Elgin –eufemismo con el que los británicos denominan a esta colección, toda vez que provienen de una depredación del Partenón–ingresaron al Museo Británico, abierto al público inglés en enero de 1817.

En 1928 el gobierno británico aceptó una oferta de Sir Joseph Duveen para abrir nuevas salas de exposición en dicho museo y en la Galería Tate. Duveen había hecho una fortuna de origen dudoso: alteró pinturas y, en complicidad con el crítico de arte Bernard Berenson, las atribuyó a pintores famosos renacentistas como Botticelli. Cuando se veían frustrados sus esfuerzos, las atribuían a italianos desconocidos, como Amico di Sandro. Corruptor, conspirador y lisonjero, Duveen se deslizaba con gran facilidad en las intrigas palaciegas.

Conforme a la concepción estética renacentista, los Mármoles de Elgin debían ser considerados como obras de arte, lo que ameritaba que fueran alojados y admirados en recintos especiales. Pero a Duveen se le ocurrió que a estas esculturas había que darles un color uniforme para hacerlas “más atractivas” al público.

Contra toda ética, los curadores del museo les entregaron a los agentes de Duveen las llaves del recinto, lo que les permitió entrar y salir con toda impunidad. Él contrató a Arthur Holcombe, un enfermo de alcoholismo, para que se hiciera cargo de la “restauración” de los mármoles. Pero este artesano empleó carborundum, un abrasivo a base de silicón y carbón que, mezclado con un producto químico llamado SiC, se empleaba incluso para pulir granito.

La cabeza del caballo de la cuadriga de Selene, ubicada en el frontón este del Partenón y considerada la pieza más valiosa de la colección Elgin, sufrió una transformación: de su color natural café pasó a un insulso color blanco. La misma suerte corrió el grupo de caballos Helios e Iris.

Harold Plenderleith dio la voz de alarma al director del museo, sir John Forsdyke, quien instruyó al jefe del departamento de antigüedades, Roger Hinks, para que realizara la investigación del caso. El 22 de septiembre de 1932 se desató el escándalo: se descubrió que esta no era una operación aislada, sino una práctica consuetudinaria, tal como había ocurrido con la Deméter de Cnido, estatua cincelada en mármol por Leocares y albergada en el mismo recinto; su “restauración” fue denunciada por el escultor de mármol de la época Jacob Epstein (William St. Clair).

El problema era sumamente delicado: se había olvidado que el Museo Británico tenía la guardia y custodia de estas piezas a perpetuidad, pero en nombre de la humanidad. Se había desvanecido el argumento principal que oponía al Reino Unido con Grecia: la preservación en condiciones adecuadas de los mármoles. El comité de curaduría del museo decidió minimizar el hecho, responsabilizar a empleados menores y restablecer el status quo ante estético. Hasta ahora los Mármoles de Elgin mantienen aquel deslucido color blanco, muy diferente en su superficie de los que permanecen en Grecia, que aún conservan la pátina café veteada. El daño, tanto estético como arqueológico, fue irreversible.

En mayo de 1939 la prensa londinense dio cuenta de este ultraje, que pudo superarse sólo a raíz del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

La preservación, un imperativo

 

La escultura de Carlos IV no es solamente un tesoro nacional; es parte de nuestra memoria colectiva, al margen de su valor estético. Por su monumentalidad, Alejandro von Humboldt la comparó con la estatua ecuestre de Marco Aurelio, situada en Roma. Es, pues, un recurso cultural no renovable.

La herencia cultural, construcción social que se enriquece con la narrativa histórica, ahora contempla con impotencia cómo la irrupción de una perversidad burocrática modifica su entorno. Es claro que los monumentos históricos son irremplazables y simbólicamente valiosos, no sólo para las naciones, sino para los pueblos, razón por la cual su alteración es sencillamente intolerable.

Si bien el daño hecho a la estatua de Carlos IV es irreversible, el Gobierno del Distrito Federal debe hacer pública en forma honesta la investigación de este evento, lo que significaría un gesto importante en la restauración de su reputación.

 

*Doctor en derecho por la Universidad de Panthéon Assas.

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