“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

La libertad de la lectura (primera de dos partes)

El peregrinaje de la libertad de la lectura en México ha sido largo e incierto. Los acosos, sin embargo, no han sido privativos de nuestro entorno. La historia da cuenta de las diversas formas a las que se ha recurrido para acotarla: desde las más violentas, como la quema de libros, hasta las más sofisticadas, como la censura en sus distintas variantes. Los contornos de la libertad de la lectura han sido motivo de gran polémica, y su constricción una constante en el tiempo.

En La República, el mismo Platón expresaba sus resquemores de que los adolescentes leyeran a Homero y a Hesíodo por la descripción que estos autores hacían acerca de las conductas licenciosas de los dioses griegos. En sus Essais, Michel Eyquem de Montaigne se quejaba de los libros que leían los niños para recrearse.

En otra perspectiva, en De l’horrible danger de la lecture (El horrible peligro de la lectura), publicado en el tercer volumen de Nouveaux Mélanges, Voltaire narra cómo Joussouf Chéribi, muftí del Santo Imperio Otomano, llamó a prohibir la impresión de libros que disiparan la ignorancia, toda vez que ésta permitía asegurar la salvaguarda de los Estados bien gobernados. De esta premisa se colige que los libros posibilitan una narración de la historia que ayudaría a los gobernados a salir de su beata imbecilidad. La comunicación de las ideas a través de la lectura, sentencia Chéribi, va en contra de los intereses de la clase dominante al hacerla perder el control sobre la sociedad.

Debe anotarse aquí que la sátira de Voltaire está muy lejos de orientarse en contra del Islam; antes al contrario, es un grave cuestionamiento en torno al estado deplorable que guardaba en su época la sociedad occidental. El pretendido firman está destinado a un país occidental imaginario, Frankrom (Franquelia), situado entre España e Italia. El enigma se descifra con facilidad: su fecha resulta de sumar al año 1143 musulmán 662 años de la Hégira, que dan como resultado el año occidental de 1765, fecha de publicación del panfleto. Su corolario es claro: la lectura era el remedio para sacar a la sociedad de su postración.

Ya en nuestra era, Jürgen Habermas (Strukturwandel der Öffentlichkeit), en su análisis sobre el espacio público, ha sostenido que el acto de lectura es un dispositivo mediante el cual toda acción pública queda sujeta en forma permanente a la discusión igualmente pública y a la crítica del ciudadano ilustrado; por el contrario, advierte, toda limitación del acto de lectura es un atentado grave al derecho irreducible que le asiste al ciudadano en cuanto al control de los actos del Estado.

Este espacio público, constituido por las bibliotecas y las obras de los escritores, ha sufrido los acosos de la censura, provenientes del Estado, de la Iglesia o de la complicidad de ambos. El arraigo de la libertad en materia de lectura ha sido, por decir lo menos, azaroso.

Es hasta la primera mitad del siglo XX cuando emerge en México la noción de lectura pública. El concepto supone la expansión de los acervos más allá de los eruditos y de las élites intelectuales, a diferencia del mundo anglosajón, que ya la había impulsado con anterioridad y con lo cual se detonó un intenso debate sobre la censura.

En el caso mexicano, en 1983, año en el que se inició el Programa Nacional de Bibliotecas Públicas, se contabilizaban 351 de éstas en todo el territorio nacional, lo que contrasta con el proyecto de José Vasconcelos, quien al término de su gestión como secretario de Educación Pública, en 1924, había fundado 2 mil 426 (Rosa María Fernández). El ideal vasconcelista de que la biblioteca pública debía ser considerada como “un santuario, lugar de meditación y elevación espiritual… la Mansión del Espíritu inmortal de una raza que es digna del Espíritu”, se había desvanecido por completo.

 

El recelo hacia las bibliotecas

 

Poco se ha escrito acerca de los higienistas de las bibliotecas y en particular respecto de sus actos de censura y expurgo. Y si bien es cierto que la historiografía de las bibliotecas ha sido muy explorada, la censura de libros practicada dentro de esos recintos no ha merecido la misma atención.

En la memoria colectiva, este tipo de censura se asocia a la violencia de Estado o a autos-da-fé que se han concretado en la destrucción de bibliotecas. Emblemática en este sentido fue la quema de libros perpetrada por los nazis en la Bebelplatz de Berlín, el 10 de mayo de 1933.

Poco se sabe, sin embargo, de la lista de censura elaborada por Otto Abetz (conocida como Lista Otto), embajador nazi en París que en el marco de la convención sobre censura de libros ordenó poner a resguardo los textos germanófobos. En esa convención se estableció que no debía permitirse la impresión de ningún volumen que directamente o en forma disimulada contrariara el prestigio y los intereses alemanes. Los obsequiosos colaboracionistas franceses fueron incluso más allá de las órdenes alemanas y terminaron motu proprio por quemar los libros en predicamento.

Lamentablemente estas prácticas no han sido ni las primeras ni las únicas en todo el orbe. El recuento no encuentra fin…

En el año 367 d.C., en una carta pastoral el obispo de Alejandría, Atanasio, ordenaba a los monjes coptos quemar todos aquellos textos que fueran contrarios a su pensamiento. (Atanasio fue el vigésimo patriarca de Alejandría y tiene el mérito de ser venerado como santo en las religiones católica, copta y anglicana.) De los documentos que sobrevivieron a su censura surgiría el Nuevo Testamento, aprobado bajo el pontificado de Dámaso I por el Sínodo de Roma en 382 d.C. y que marca una frontera con el Tanaj hebreo o Antiguo Testamento. Del fuego de Atanasio escapó el Evangelio según Judas Iscariote, que en la versión gnóstica de los cainitas  pone en entredicho la obra del obispo.

Muchos siglos después, en flagrante transgresión del Tratado de Granada de 1491 y so pretexto de un levantamiento de los moros en 1500, fueron quemados más de 5 mil manuscritos árabes, no solamente los relacionados con el Corán, sino gran parte de la literatura sufí. La orden provino del confesor de Isabel La Católica, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, y atentados como éste se reproducirían por toda España. Los pocos volúmenes que sobrevivieron, especialmente los de medicina y ciencia, fueron enviados a resguardo en la biblioteca de Alcalá de Henares. Lo mismo hicieron fray Juan de Zumárraga y Diego de Landa en la Nueva España con diversos códices precolombinos.

 

Latinoamérica: el terror cultural

 

En América Latina, la censura ha sido también una constante. En la época moderna se pueden tomar dos casos representativos por la gravedad de la destrucción cultural: Chile y Argentina.

En el caso del primer país, con el triunfo de los pelucones (conservadores) sobre los pipiolos (liberales) al inicio de la independencia nacional se instaló la llamada República Autoritaria o Era Portaliana, que debe su nombre al ideólogo Diego Portales. A instancias de este régimen se promulgó en 1846 una ley de imprenta que generalizó la censura y obligó a crear el Club de la Reforma en 1849, donde se congregaron personajes como el escritor y político José Victorino Lastarria, el poeta Eusebio Lillo y el periodista José Joaquín Vallejo Borkoski, conocido por su seudónimo Jotabeche, entre otros (Luis Vitale).

Más de un siglo después, durante el gobierno de la Unidad Popular chilena, el presidente Salvador Allende rescató la Editorial Zig-Zag con el nombre inicial de Editorial Nacional Camilo Henríquez y posteriormente el de Editora Nacional Quimantú  (este vocablo mapuche significa “sol del saber”), cuyo objetivo era hacer accesible el libro a todos los ciudadanos.

Con el advenimiento de la dictadura pinochetista a partir del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 se impuso en Chile el llamado “terror cultural”, una variante del terror de Estado en la que prevaleció la censura, la autocensura y la destrucción cultural. Resultaba claro para la sociedad chilena que estar en posesión de libros publicados por Quimantú era altamente riesgoso, lo que orilló a muchos a destruir, incluso a soterrar, todos los volúmenes publicados por esta editorial. La quema de libros realizada por los militares chilenos difícilmente encuentra paralelo en la historia de América Latina.

En el caso argentino, el derrocamiento del gobierno de María Estela Martínez de Perón en marzo de 1976 por las fuerzas castrenses que gobernaron mediante una Junta Militar trajo consigo la instauración, también, de un terrorismo de Estado.

En 1977 y de manera apresurada, el ministerio argentino de Cultura y Educación elaboró un documento, revelado recientemente e intitulado Subversión en el ámbito educativo: conozcamos a nuestros enemigos, que fue el eje justificatorio para la censura y quema de libros durante la dictadura.

Con base en este panfleto, los higienistas argentinos censuraron hasta los libros más inocuos, como el célebre texto de historia Las edades moderna y contemporánea, de Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Además, la legendaria editorial Eudeba fue requisada y más de 80 mil volúmenes producidos por esta compañía fueron quemados por el Primer Cuerpo del Ejército en Palermo (Patricia Coscarelli). Sin embargo, la mayor quema, que totalizó más de millón y medio de libros, folletos y fascículos, correspondió a tomos provenientes del Centro Editor de América Latina (CEAL) fundado por Boris Spivacow.

También fue abominable la quema de libros perpetrada por el Regimiento de Infantería Aerotransportada 14 del Comando del Tercer Cuerpo del Ejército en Córdoba, Argentina, donde se incineraron obras de Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Pablo Neruda. Este acto fue adosado con la famosa frase del general Luciano Benjamín Menéndez: “a fin de que no queden libros, folletos y revistas… para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos…”. La autocensura hizo el resto.

 

La construcción de infiernos

 

A la quema de libros hay que agregar otra forma de censura, como era su confinamiento en el “infierno”. En la historia de la biblioteconomía el vocablo tenía como acepción, conforme al diccionario Grand Larousse de 1877, “la compilación de las obras lujuriosas que provienen de la pluma o de la grafía en libros de una obscenidad nauseabunda, que está prohibida comunicarla bajo cualquier pretexto”. La apelación al “infierno” se remonta a los tiempos de la Inquisición y aludía al lugar en donde se concentraban los libros considerados licenciosos, inmorales o heréticos, motivo por el cual estos volúmenes eran condenados a consumirse en las llamas, al igual que sus autores y quienes se arriesgaban a su lectura.

Dicho término sobrevivió en la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), donde se empleó para referirse a la clasificación de los textos estigmatizados como pecaminosos y, por extensión, a “la parte en donde se concentran los libros licenciosos”. Ahí se confinaron, pues, todas las obras consideradas “inmorales”.

En ese mismo lugar, y ante la ausencia de un criterio de obscenidad, los bibliotecarios concentraron los textos “licenciosos” de Denis Diderot como L’Erotika Biblion y Le rideau levé; L’éducation de Laure, de Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, y desde luego los de Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido como el Marqués de Sade: Justine ou les malheurs de la vertu, Philosophie dans le boudoir y Juliette ou les prosperités du vice; pero también aquellos francamente anticlericales como La Pucelle, de Voltaire; Dom Bougre, portier de Chartreux, de Gervaise de La Touche, y el atribuido a Jean-Baptiste de Boyer, marqués de Argens: Thèrese philosphe (Marie Kuhlmann). En la misma reserva quedaron incluso numerosas obras clásicas, entre ellas El arte de amar, de Ovidio.

En 1913 Guillaume Apolinaire, junto con Fernand Fleuret y Louis Perceau, realizaron el primer análisis bibliográfico de las obras recluidas en el “infierno” (L’Enfer de la Bibliothèque Nationale). Su conclusión fue lapidaria: muy pocas obras, si no es que ninguna, deberían hallarse en esta insigne reclusión.

Los higienistas de bibliotecas, sin embargo, continuaron con su trabajo hasta mediados del siglo XX y recluyeron en el reino de Hades Gamiani ou Deux Nuits d’excès, de Alfred de Musset; Les Fleurs du Mal, de Charles Baudelaire, que se mantuvo prohibido hasta 1949; Les Diabliques, de Jules-Amédée Barbey; los poemas eróticos de  Paul Verlaine y de Pierre Louÿs; Les Nuits chaudes du Cap Français, de Georges Grassal de Choffat, conocido como Hugues Rebell, y Les onze mille verges, del mismo Apolinaire, entre otras obras. La misma suerte corrieron, por ejemplo, Lady Chatterly’s Lover, de L.H. Lawrence; Lolita, de Vladimir Nabokov, y Tropic of Cancer, de Henry Miller, por citar sólo algunas.

El “infierno” de la BNF se clausuró en 1972, después de haber asignado el número 1730 a un grabado del surrealista Benjamín Péret, compañero emocional de Remedios Varo radicado en México hasta 1947.

En Barcelona, la Biblioteca formada por Miguel Mateu en el Castillo de Peralada también tenía su “infierno”: un armario discreto que contenía un fondo reservado compuesto de un sinnúmero de obras y de grabados, fundamentalmente eróticos. Por su parte, la biblioteca de la Universidad de Valencia confinó tomos considerados pecaminosos como los de Max Aub y Emili Gómez Nadal, así como los libros escritos por autores que habían defendido a la República.

También en España, la célebre Comisión para la Depuración de Bibliotecas, presidida por el rector de la Universidad de Oviedo, incautó toda clase de libros “pornográficos” y “revolucionarios”, y en general todo aquel que se juzgaba nocivo para la moral pública. Estos ejemplares fueron precipitados al “infierno” de la biblioteca pública de la Universidad, reabierta en 1974 (Fernando Báez).

A lo anterior le sucedieron los decretos de diciembre de 1936 de la Junta Técnica del Estado español, que prohibían la publicación y comercio de literatura pornográfica, y el de septiembre de 1937, que promulgó las líneas políticas para la depuración de bibliotecas y centros culturales de toda clase de libros que “propagaran ideas que pudieran ser nocivas para la sociedad”.

 

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas

Comentarios