Impacta en la Berlinale el filme “Los Ángeles”

Filmada con no actores y casi completamente en zapoteco por el estadunidense Damian John Harper (coproducción México-Alemania), su ópera prima Los Ángeles retrata la problemática que la comunidad indígena de Santa Ana del Valle, Oaxaca, enfrenta por mantener vivos sus valores y el idioma ante la dramática experiencia que sus jóvenes adquieren en su migración a Estados Unidos. La película aún no ha sido vista en la localidad oaxaqueña.

BERLÍN, ALEMANIA (Proceso).- El día en que Mateo debe cumplir con la tercera prueba del rito de ingreso a la pandilla comienza a cobrar conciencia del error que ha cometido. Frente a sí tiene al hombre –un inocente, miembro de su comunidad– a quien debe matar. Danny, el líder del grupo, y el resto de la banda lo azuzan para que lo haga: con sangre fría y sin remordimientos. El joven indígena oaxaqueño sabe que es su propia vida o la del extraño.

El asesinato es la última de las tres muestras de valor que Mateo tiene que realizar para convertirse en miembro de la pandilla y, con ello –al menos así lo cree–, sobrevivir al destino para el cual desde que tiene uso de razón se ha venido preparando: emigrar a Los Ángeles, California.

La escena corresponde a Los Ángeles, uno de los dos filmes mexicanos que compiten este año por el premio a la Mejor Ópera Prima del Festival Internacional de Cine de Berlín, la llamada Berlinale. El otro es Güeros, del realizador Alonso Ruizpalacios. El jurado tiene programado anunciar al ganador este sábado 15.

Escrita y dirigida por el estadunidense Damian John Harper y coproducida entre México y Alemania, Los Ángeles posee dos características que la hacen única y altamente atractiva: ninguno de sus protagonistas –todos habitantes de la comunidad indígena de Santa Ana del Valle, Oaxaca– es actor profesional, y está rodada en lengua zapoteca en un poco más de 90%.

El filme hace un retrato fiel de una comunidad indígena que, con el apoyo de sus usos y costumbres –es el caso de un Consejo de Mayores como primera autoridad por encima de la instancia municipal–, busca mantener vivos sus valores (como la unión y solidaridad) e idioma y, al mismo tiempo, se enfrenta todo el tiempo a la inevitable influencia externa que traen consigo sus propios jóvenes que vuelven de los Estados Unidos.

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La comunidad zapoteca de Santa Ana del Valle, que se ubica a sólo 30 kilómetros de la capital de Oaxaca, es tradicionalmente expulsora de emigrantes. Según datos de su propia alcaldía, en la actualidad residen más de 2 mil personas originarias de este pueblo en Los Ángeles, Estados Unidos.

En ese contexto, la película de Harper expone, con un argumento de ficción, la realidad de miles de mexicanos: jóvenes adolescentes que desde niños se preparan para cumplir el destino que generación tras generación han seguido en aras de una mejor vida para la familia entera: emigrar al otro lado.

Mateo, de 16 años, es el mayor de los dos hijos, y dentro de muy poco le tocará viajar a Los Ángeles para trabajar y enviar a su madre y hermano el dinero que desde hace meses su padre, quien también reside allá, dejó de mandar. Para tal fin, desde hace años la familia entera ha ahorrado hasta juntar los mil dólares que cobra el coyote para cruzar la frontera.

Por lo que cuentan los que van para allá, la vida en Los Ángeles es muy difícil y más aún si no se forma parte de las pandillas que los propios jóvenes inmigrantes han creado.

“Si no formas parte de ellos, la vida allá es un infierno. No sobrevives”, le argumenta Mateo a su pequeño hermano mientras aran la tierra ayudados por una yunta.

Convencido pues de que sólo así tendrá futuro en su nueva vida, el joven zapoteca decide comenzar el rito de iniciación desde Santa Ana del Valle, hasta donde vuelven los jóvenes que ya se han ido con influencias tanto en su físico como en su mente: tatuajes, piercings y una idea de comunidad y hermandad muy distinta a la del pueblo.

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El origen mismo del filme parece de película. Nacido en 1978 en Boulder, Colorado, Harper estudió antropología. Como etnólogo se trasladó en el año 2000 al pueblo zapoteco de Santa Ana del Valle con la intención de conocer las costumbres de la comunidad. A cambio, el joven antropólogo ofreció dar clases de inglés a niños y adultos como parte de su preparación para la emigración.

Lo que originalmente sería sólo un mes se convirtió en casi un año completo, en el que Harper no sólo conoció los usos y costumbres del lugar sino que estableció profundos lazos de amistad con sus pobladores.

–¿Qué elementos tuvo este lugar para decidir filmar su primer largometraje?

–El tiempo que viví en el pueblo y ese gran regalo que me brindaron sus habitantes para conocer su cultura, su forma de gobierno, la forma como viven, sus felicidades, tristezas, y todas las caras que componen su vida me afectó muchísimo. Nunca dejé de pensar en esa experiencia y en esas vidas que conocí. Recurrentemente pensaba en los amigos que cruzaban la frontera, en los que volvían, en la vida cotidiana del pueblo y en todas sus batallas por sobrevivir. Necesitaba entonces compartir con otras personas todo lo que vi en Santa Ana y lo que la gente había compartido conmigo.

El joven cineasta explica a Proceso que gracias a su descubrimiento del poder de la imagen y del cine supo que con sus “amigos” mexicanos, como él les llama, querría desarrollar su primer gran trabajo.

“Esta película fue todo un proceso –detalla–. Para mostrar los resultados de mis investigaciones siempre he tomado fotos. Y siempre supe también que la escritura de un antropólogo no me interesaba porque no es algo que pueda compartir con mi abuela, con mi madre o con otras personas que no son científicas. Entonces, a través de la fotografía llegué a conocer el cine en el año 2005, y en ese momento ya supe que quería hacer algo con aquella comunidad. Pero antes tenía que prepararme y descubrir la forma de cine que quería hacer.”

Después vinieron los estudios de cine en la Universidad de Televisión y Cinematografía de Múnich, Alemania. Ya preparado y capaz de lograr su sueño, Harper se enfrentó a lo más difícil: lograr el financiamiento.

“Realizar esta película fue un reto enorme, porque normalmente en Alemania no financian películas que no estén en lengua alemana o que sean filmadas fuera del país. Hubo mucha gente que leyó mi guión y les gustaba la idea de que tuviera personas que no son actores profesionales y que era en lengua zapoteca pero, por lo mismo, me decían ‘no la puedo financiar, porque no tiene que ver con nosotros. no es posible’. Pero mi compañía productora, Weydemann Bros., creyó muy fuerte en la historia y envió solicitudes a todas partes hasta que logró el financiamiento.”

Después todo se vino como en cascada: tras conseguir el dinero había que comenzar a filmar. Eso fue en el verano de 2013.

–Su primer encuentro con Santa Ana del Valle fue en 2000, y después de 13 años regresa a filmar. ¿Cómo afectaron al pueblo las influencias externas en ese tiempo?

–Bueno, yo volví al pueblo con cierta regularidad. Cada vez que tenía dinero viajaba para visitar a los amigos o acudir a alguna fiesta patronal y cada visita fue diferente. Como cualquier otro pueblo, Santa Ana ha crecido, se ha desarrollado y ha cambiado. No puedo poner un calificativo para decir que ha mejorado o empeorado. Simplemente ha cambiado. En algún momento me tocó ver la problemática de los jóvenes que volvían de Estados Unidos, quienes tal vez se perdieron en las pandillas. Entonces al volver no sabían cómo aterrizar de nuevo en su comunidad y hacían literalmente un desmadre. Muchos, en lugar de llegar a integrarse, trabajar y hacer algo productivo, buscaban pleito, tomaban, se drogaban y esas cosas.

Harper refiere, sin embargo, que en visitas posteriores sucedía que ya no había más ese conflicto y, por el contrario, encontraba a jóvenes integrados como miembros productivos de la comunidad.

“Por lo tanto no puedo describir ese problema como algo permanente. El pueblo siempre está cambiando y la problemática de este tema de los jóvenes que vuelven ha tenido épocas duras y otras no tantas. Este verano que filmamos, por ejemplo, el fenómeno no estuvo presente. Y eso es gracias a que el mismo pueblo logra resolver el problema.”

–¿Cómo lo hicieron?

–Simplemente los reintegran con mucha paciencia. Les dan de nuevo responsabilidades dentro de la comunidad, les otorgan de nuevo participación en sus diferentes comités, en los tequios y en todas sus formas de organización que representan sus usos y costumbres. Aunque, claro, eso no significa que en dos meses con los chicos nuevos que vuelven no se presente de nuevo la problemática.

–¿Fue difícil que la población aceptara participar en la película?

–En realidad no hubo que convencerlos, sino pedirles permiso.

Harper se niega a decir si la historia de Mateo es verídica porque, señala, tiene el compromiso de proteger la vida real de sus protagonistas.

“No puedo contar sus historias verdaderas. Pero sí puedo decir que es una ficción basada en experiencias reales, en historias que la gente me contó. Y las personas que actúan a esos personajes lo hacen tan bien porque, aunque no es su propia historia, son situaciones que conocen pues tal vez es la historia de su vecina o de su amistad.”

–¿Es entonces una biografía colectiva?

–Sí, se puede decir que sí, pero con ficción mía.

Los Ángeles recibió durante su estreno en la Berlinale una gran ovación por parte del público alemán, además de que los comentarios de la prensa fueron altamente positivos. Sin embargo, los pobladores de Santa Ana del Valle todavía no la conocen. Harper les prometió que se las llevaría lo más pronto posible.

“En Santa Ana les dije que tan pronto podamos mostrarla en algún festival de cine mexicano, de ahí me voy al pueblo a llevársela.”

Por lo pronto, asegura, el director del Festival de Cine de Guadalajara ya lo contactó y le mostró su interés.

“Ojalá se dé. Vamos a ver”, concluye.

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