“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

La actualidad de Arnaldo Córdova

Arnaldo Córdova deja un pensamiento que le sobrevivirá durante mucho tiempo. Es un clásico porque aborda con originalidad y rigor los problemas centrales del sistema político mexicano para el periodo que se inicia con la Revolución y termina en el año de 1982. Lo único radical en la Revolución Mexicana fue la destrucción del viejo régimen político y la creación de otro que tenía sus propias leyes. Así como el estudio del porfiriato tiene que comenzar inevitablemente con la lectura de autores como Justo Sierra, Wistano Luis Orozco y Emilio Rabasa; y el de la Revolución con Andrés Molina Enríquez, Ricardo Flores Magón, Camilo Arriaga y Luis Cabrera (Blas Urrea), el periodo de la construcción del sistema político emanado de la Revolución de 1910-1940 tiene que incluir la lectura de Arnaldo Córdova como teórico y político práctico. Claro está, no se encuentra solo en esa posición; deberíamos agregar a: Vicente Lombardo Toledano, Pablo González Casanova y Lorenzo Meyer. Naturalmente, los clásicos son más, pero éstos tienen en común su condición de observadores y protagonistas, de investigadores y actores. La historia contemporánea de México es la etapa menos estudiada del pasado, y, dentro de ella, la sociología del sistema político tiene menos adictos aún. Diría yo que más se conoce la historia económica que la historia política de esos años.

Tal afirmación es menos cierta si incluimos a los autores extranjeros. Mas si pretendemos ver con ojos autóctonos las particularidades de nuestros países; arrancar no de un modelo europeo para entender lo nuestro, sino usando la misma ciencia universal; comprender nuestro desarrollo en sus propios términos e incluso mirar a Europa y a Estados Unidos desde nuestra realidad, hay que realizar un proceso de descolonización del pensamiento latinoamericano. Arnaldo Córdova pertenece a los pioneros de una corriente cada vez más nutrida y caudalosa que, implícita o explícitamente, construye un pensamiento latinoamericano y mexicano, en el mismo sentido que podemos hablar de un pensamiento estadunidense, chino, italiano o francés. Si bien la visión desde el terruño tiene un lugar sólido en la literatura latinoamericana, no podemos decir lo mismo de la sociología política. Cuando muchos autores de Estados Unidos escriben sobre la crisis económica actual, lo que les interesa es el impacto que tiene y tendrá sobre su país. Cuando los europeos escriben sobre emigración, nacionalidad y desempleo, lo hacen desde y para la realidad europea.

Nadie negará que la historia de América Latina y de México en los últimos dos siglos poco se parece a la europea o a la estadunidense. Sin pretensiones de una excepcionalidad absurda, es preciso aceptar que se necesitan categorías propias, enfoques originales y una vasta experiencia política local para entenderla cabalmente e intentar responder a preguntas que no tienen respuesta universal. ¿Cómo afectó la Guerra Fría a México? ¿Cuál fue el impacto de la Revolución Cubana? ¿Qué efectos han tenido las victorias de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el neoliberalismo en México? Arnaldo es un descolonizador intuitivo –estupendo y siempre sorprendente– del pensamiento mexicano y sobre México; de ahí su originalidad y pertinencia especiales en el estudio de su tema. Hay una línea sólida en el pensador cuya juventud transcurrió en Michoacán con militancia en el Partido Comunista y prosiguió en la Ciudad de México con ciclos de militancia en el movimiento sindical, en el PSUM, en el PRD y en Morena que le dan a su investigación rigurosa unas raíces nacionales muy profundas. Es verdad que estudió varios años en Italia, que se consideraba discípulo de Umberto Cerroni y partidario del pensamiento de Gramsci. Pero su marxismo era todo menos dogmático, comprendía que el gran pensador alemán sólo había podido trazar el rumbo de las grandes tendencias del capitalismo y la acción revolucionaria, y que el resto quedaba para el hacer del investigador.

Casi toda la obra de Arnaldo Córdova cubre los orígenes del sistema político posrevolucionario, del partido único en el poder, de la imposición de un sistema corporativo sobre las masas, la reforma agraria cardenista, la industrialización y el desarrollo estabilizador. Como dijimos ya, hasta 1982. Desde entonces comienza una nueva fase que ha recibido varios nombres. Algunos la llaman el periodo del neoliberalismo; otros, de la transición a la democracia, mientras que observadores menos optimistas hablan de Estado Fallido o incluso de Estado Canalla. Es evidente que algunos de los rasgos analizados por Arnaldo Córdova han desaparecido o se han modificado. Pero esto de ninguna manera invalida o hace menos actual el trabajo de Córdova. A) Porque para entender los orígenes y los límites del neoliberalismo actual hay que conocer a fondo la historia del México del PRI, del presidencialismo absoluto, de los tapados, de la semilegalidad de la izquierda, del milagro mexicano sin redistribución del ingreso, de la dependencia negociada, del yugo del corporativismo y del caciquismo generalizado. B) Porque en México los gobernantes usan ahora una ululante demagogia del cambio. Según ellos, un cambio vertiginoso al cual tenemos que adaptarnos o morir en la ruina; unas reformas estructurales a las cuales debemos someternos para que el país no quiebre; una modernización eterna porque el áspero mundo competitivo no perdona; y resignarnos con una sonrisa ante los inevitables sufrimientos que todo esto causa.

Se trata del mundo del presunto cambio, del cambio apócrifo en que supuestamente hay que romper con los arcaísmos y con la rutina. Según Peña Nieto y sus huestes, todas esas medidas son “necesarias”, pero sorprendentemente siempre acaban por hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Entonces descubrimos que no todo ha cambiado; más bien en muchos espacios, en medio de la demagogia, en la realidad, impera el principio eterno de “cambiar para que todo siga igual”. La clase dominante ha conservado todo lo que en el sistema anterior servía a sus privilegios, y su conservadurismo se aferra obstinadamente a todas y cada una de las tradiciones políticas que le sirven para inutilizar las concesiones que debió hacer cuando en el mundo y en México el pueblo conquistaba una tras otra posiciones de justicia social. Prácticas como el “gobierno fuerte”, el presidencialismo, el populismo, la fidelidad a las grandes empresas, la dependencia, la dominación corporativa, la corrupción, siguen hoy tan vigentes como ayer, posiblemente en un orden de importancia diferente. Y es entonces que la actualidad del pensamiento de Arnaldo Córdova se impone con toda su fuerza por las dos razones que hemos expresado: porque no se puede entender la actualidad que comienza en 1982 sin el antecedente, ni es el cambio tan tajante que hayan desaparecido las principales prácticas del pasado.

Uno de los escándalos más aterradores de la época del PRI, así como de los tiempos del neoliberalismo, es el hecho de que la injusticia del orden social no sea reconocida por aquellos que la sufren, y que a éstos no se les reconozcan otras capacidades que las que al orden de la dominación se le antoja. O sea, el fenómeno de la dominación que no se podría perpetuar si no fuera interiorizado; si los deseos de los dominados no estuvieran fundamentalmente en conformidad con lo que de ellos exige el orden establecido. Es decir, el poder ideológico monstruoso que la clase dominante ejerce sobre las clases dominadas. Veamos cómo funcionaba de acuerdo con Arnaldo Córdova en el periodo anterior.

La política de masas

Al estudio de ese problema clave, a la forma concreta y mexicana del dominio, dedicó Arnaldo Córdova sus mejores páginas. Creó el concepto de política de masas, que es central en su pensamiento. Aparece insistentemente en los títulos de sus libros: La política de masas del cardenismo, La política de masas y el futuro de la izquierda en México (el futuro de la izquierda como enfrentado a la política de masas, que no es sino una forma de la dominación de clase), México: revolución burguesa y política de masas. A su definición, examen exhaustivo y evolución dedica sus óptimas páginas. Lo va siguiendo desde la formación del Estado de la Revolución hasta la época contemporánea. Lo examina como categoría teórica y aplicada a realidades políticas concretas.

“En términos generales, se puede decir –escribe Arnaldo Córdova–, el Estado mexicano contemporáneo muestra un gran punto a su favor frente a otros Estados de América Latina, o sea: su gran capacidad para absorber el impacto que produjo, en todo el continente, el ingreso de las masas en la política y, también, para convertir la política de masas en un instrumento del fortalecimiento de su propia estructura y de su propio ascendiente en el seno de la sociedad (…) En América Latina la insurgencia de las masas en la política nacional representa un capítulo amargo en la historia de los diferentes países de la región, y por todas partes vino a significar la decadencia y la crisis del Estado oligárquico tradicional (…) En varios de estos países (…) produjo auténticos vacíos de poder que culminaron, sobre todo en Brasil y Argentina, dos de las mayores naciones latinoamericanas, con soluciones de tipo militar…

“México fue el único país latinoamericano –continúa– en el que, en la era de la crisis general del Estado oligárquico, las masas se convirtieron en un auténtico factor de poder, no sólo como el disolvente de la vieja sociedad oligárquica, sino también y sobre todo como la verdadera fuerza propulsora del proceso de creación y consolidación de las instituciones políticas modernas (…) Lo que puede antojarse paradójico, aunque sólo en apariencia, sin que las propias masas decidieran, por sí solas, ni el carácter ni la tendencia histórica ni el programa político, económico y social de tales instituciones. Las masas trabajadoras mexicanas, con su insurgencia, determinaron la destrucción del antiguo régimen, pero carecieron siempre de los elementos materiales y espirituales para decidir el rumbo que México había de seguir en el futuro…”. Según Arnaldo este papel fue llenado por el Estado mexicano con una política de masas consistente en una combinación de reformas sociales y la construcción de un sistema corporativo que integraba a todos los sectores organizados de la sociedad: obreros, campesinos, clase media y Ejército. Incluso a los empresarios se les organizó en Cámaras, que tenían la función corporativa de ser el mediador entre el capitalista individual y el Estado.

Política de masas como concepto fundamental, como categoría rigurosamente definida de sentidos múltiples, sinónimo de forma de dominación en una sociedad que a la vez conoció una gran revolución y un éxito completo en la construcción de un orden corporativo. Política que se sustenta en la manipulación de las masas, dividiéndolas en función de sus adhesiones al caudillo o al presidente en turno, abandonando sin pena ni remordimiento el interés de clase. “El general Obregón –cuenta Arnaldo– (…) se benefició (…) de manera fundamental, de la ayuda que le prestó la organización sindical más fuerte por entonces, la CROM, capitaneada por Luis N. Morones. En arreglos con Obregón, Morones fundó el Partido Laborista con el único fin de apoyarlo en la lucha electoral. Posteriormente, cuando Obregón llegó a la Presidencia de la República, Morones y algunos de sus colaboradores fueron designados ministros o jefes de importantes organismos. (Al mismo tiempo Obregón favoreció) de inmediato el fortalecimiento de otras organizaciones populares, para oponerlas al Partido Laborista. Fueron los casos del Partido Agrarista y el Partido Cooperativista. No puede extrañar a nadie que ninguna de esas fuerzas, pese a estar encabezadas, por lo menos algunas de ellas, por antiguos revolucionarios, pensase en que la lucha revolucionaria fuera ya un medio para transformar el país de acuerdo con intereses exclusivos de obreros o campesinos. Gobernantes y gobernados desarrollaban dentro del mismo marco jurídico y político sus relaciones; cada elemento social comenzó a desempeñar su papel por su cuenta, pero guardando siempre una estrecha relación con el Estado y, sobre todo, con el presidente (…) Durante los gobiernos de Calles y Portes Gil la manipulación de las masas por el gobierno, sirviéndose de las mismas organizaciones populares, se hizo aún más evidente. Calles, que no tuvo siempre como adicto a Morones, a quien hizo su secretario de Industria, Comercio y Trabajo, utilizó la CROM tanto contra los trabajadores independientes del régimen como contra las mismas empresas. Portes Gil, a su vez, no cesó un solo instante en acometer y reducir a la impotencia a la CROM, para lo cual no dudó en emplear al Ejército ni en utilizar otras organizaciones obreras como la CGT, rival de Morones, y hasta el mismo movimiento sindical comunista”. (Arnaldo Córdova, La formación del poder político en México, páginas 35-37.)

Esta relación de adicción insensata de las masas a los mitos del orden social dominante (en ese caso la fidelidad al caudillo y la corrupción del líder), señalada por Arnaldo Córdova, podría parecer una acusación a los dominados de cobarde sumisión a un orden injusto, lo que significa una inferioridad congénita. También, por lo contrario, podría parecer una subestimación de la fuerza de la dominación que puede afectar las representaciones y las capacidades intelectuales de los dominados que limitan su capacidad de pensamiento y de acción, haciéndolos víctimas de lo que Bourdieu llama “desposesión”. Es decir, una privación de los dominados de la posibilidad de “realizar plenamente su humanidad”. El dominio de clase los expolia, les impide el acceso a lo que por derecho les corresponde como a cualquier hombre: la facultad de realizar un discurso racional o un análisis político correcto. Córdova ve siempre el problema desde el Estado y muy rara vez opina desde la galería de los dominados. Quienes podrían haberlos educado en la comprensión de su verdadero interés, los anarquistas o los comunistas, fueron apartados violentamente. La conclusión de Arnaldo Córdova es absolutamente correcta, pero también es unilateral. La construcción del dominio desde arriba está explicada minuciosamente en todas sus facetas, pero la aceptación prolongada por parte de los dominados queda, sin explicación, como tarea inconclusa. La política, que es por definición lucha de intereses, es también lucha por el desarrollo de lo pensable, de lo imaginable, de la veracidad de lo visible. Los dominados sólo pueden quebrar el orden que los oprime a condición de construir categorías de pensamiento alternativas al “sentido común” que surge precisamente de éste, y eso tiene una actualidad innegable.

Las formas que toman hoy las políticas de dominio del Estado son diferentes a las políticas de masas de los gobiernos del viejo PRI, pero la tarea de ayudar a los dominados a recuperar plenamente su humanidad sigue siendo, hoy como ayer, tarea de los partidos y de los movimientos de izquierda que no se han dado cuenta de que esta es una tarea incumplida heredada de un pasado tan capitalista como el presente y que no puede ser ignorada.

El gran problema está en que los partidos de la izquierda de ahora, como el PRD, limitan su visión, su sentido, su acción, su presencia, a la actividad electoral, o casi. La campaña electoral no puede de ninguna manera sustituir la acción educativa sistemática, cotidiana, independiente de las elecciones. Una excepción notable ha sido la vigorosa campaña contra la privatización de los energéticos. Pero uno se pregunta: ¿por qué sólo en este caso? ¿Hay una razón electoral, personal especial? ¿No merecen campañas similares la nueva Ley del Trabajo, la Reforma Educativa, la Ley General de Telecomunicaciones? Los partidos deben adaptarse a los problemas particulares de sus países, y, en el nuestro, un partido de izquierda no puede ser solamente un partido electoral.

Córdova ha sido muy explícito en señalar el carácter capitalista de la Revolución Mexicana. “No hay razones –escribe–, desde luego, para identificar indiscriminadamente el porfirismo y la Revolución. Sus diferencias son notables. Pero esto no es, por otra parte, argumento suficiente para abrir un abismo entre ambos fenómenos históricos, pues las semejanzas, como podrá verse más adelante, son más numerosas que las diferencias. En términos de desarrollo social económico, para no hacer mención sino del elemento que es fundamental –prosigue Arnaldo–, tanto el porfirismo como la Revolución obedecen al mismo proyecto histórico: el desarrollo del capitalismo. Y si bien la Revolución agregó una problemática social que antes no se había hecho presente o era sofocada por el sistema político de la dictadura, la promoción del capitalismo sigue siendo el elemento motor de la vida social del país”. (Arnaldo Córdova, La ideología de la Revolución Mexicana, página 15.) Diríamos nosotros que el neoliberalismo de hoy continúa lo de las otras dos etapas: la promoción del capitalismo. Incluso podemos decir que se parecen en mucho a la época del porfirismo que quería promover el desarrollo capitalista desde arriba sin tomar en cuenta las necesidades y las condiciones de vida de las masas trabajadoras, puesto que a fin de cuentas éste beneficiaría a todos. También diríamos que hay parecidos con la etapa de dominio irrestricto del PRI en que la política de masas, diferente a los llamados “gobiernos de la Revolución”, tiene el mismo objetivo: impedir que los de abajo hagan uso del derecho humano a pensar racionalmente su realidad política y su capacidad de cambiarla.

El populismo de las clases medias

“Los exponentes revolucionarios de las clases medias mexicanas –plantea Arnaldo Córdova– inventaron el populismo, no tanto en lucha contra el sistema oligárquico (para 1914 éste había sido aniquilado como poder político), como, precisamente, en lucha contra el movimiento campesino independiente que comandaban Villa y Zapata. El populismo mexicano, por ello, tuvo una entraña contrarrevolucionaria: se trataba de evitar que el movimiento de masas se transformara en una revolución social y se dio el centavo para ganar el peso, esto es, las reformas sociales para hacer efectivos los postulados de la revolución política. Los constitucionalistas heredaron al país la conciencia de que la Revolución había sido hecha para resolver los problemas de las masas, para abatir la dictadura y someter a la ‘burguesía’; y sin embargo, se cuidaron muy bien de dar a entender que habrían de abolir la propiedad privada y que habrían de establecer un régimen sin clases. En realidad, el régimen social por ellos creado tuvo desde un principio las siguientes características:

“En primer lugar, siguió la línea de masas cuyo objetivo esencial era conjurar la revolución social, manipulando a las clases populares mediante la satisfacción de demandas limitadas (tierra para los campesinos, mejores niveles de vida para los trabajadores urbanos); más tarde, entre 1929 y 1938, las masas fueron enclavadas en un sistema corporativo proporcionado por el partido oficial y las organizaciones sindicales semioficiales, y dentro del cual siguieron planteándose y resolviéndose las reformas sociales.

“En segundo lugar –prosigue–, el nuevo régimen se fundó en un sistema de gobierno paternalista y autoritario que se fue institucionalizando a través de los años; en él se ha dotado al Ejecutivo de poderes extraordinarios permanentes que prevén un dominio absoluto sobre las relaciones de propiedad. Del autoritarismo derivado del carisma del caudillo revolucionario se pasó con el tiempo al autoritarismo del cargo institucional de la Presidencia de la República.

“En tercer lugar –termina Arnaldo Córdova–, el régimen emanado de la Revolución se propuso la realización de un modelo de desarrollo capitalista fundado en la defensa del principio de la propiedad privada y del propietario emprendedor, y en la política de la conciliación de las clases sociales, obligando a todos los grupos a convivir bajo el mismo régimen político, pero procurando en todo momento la promoción de la clase capitalista, de la cual se hizo depender el desarrollo del país bajo la vigilancia y con el apoyo del nuevo Estado. En este modelo de desarrollo se ha pasado de una etapa de institucionalización política de los grupos a otra etapa, en la que la industrialización ha venido a construir un propósito nacional supraclasista que convive con la promoción continuada de las reformas sociales. Ahora bien, este desarrollo es sólo relativamente independiente, pues jamás ha pretendido romper la relación de dependencia”. (Arnaldo Córdova, La formación del poder político en México, páginas 32-34.)

Conocí a Arnaldo en 1965 o 1966. Él me contó entre tequila y tequila sobre su militancia en el PCM en Michoacán. En otra ocasión participamos juntos en un libro sobre la Revolución Mexicana con otros autores. Arnaldo y yo coincidimos de nuevo en el Comité Central del PSUM. No siempre estuvimos de acuerdo. Pero tampoco hubo choques excesivos. Intermediarios malintencionados fabricaron el rumor de un odio feroz entre los dos. Nunca hubo por mi parte tal cosa. El último encuentro, bastante intenso, se ha dado mucho más tarde, en el Comité de Intelectuales de Morena y la campaña electoral de 2012 de AMLO. La relación mejoró mucho y conocí todas las dolorosas peripecias de la larga enfermedad de Arnaldo. Un momento que aumentó la cercanía y mi admiración por él fue la visita a su biblioteca, diferente a la mía, pero espléndida. Puedo decir que esa biblioteca es otra de las obras meritorias de Arnaldo. Aquí abundaban los libros, folletos, fotocopias, documentos e imágenes sobre la Revolución Mexicana y la historia política contemporánea. Mientras que la mía, más modesta, se centraba en la Colonia y el siglo XIX. Creo sinceramente que se puede admirar profundamente a un intelectual por su obra, aun cuando no se tenga una cercanía personal. Hoy se acostumbra presumir de la amistad y de la afinidad afectiva con intelectuales más o menos famosos a los que se conoce a medias y cuya obra se desconoce casi por entero. No formo parte de ese ejército. Mis amistades recorren todas las escalas de la sociedad, y mi admiración intelectual es para aquellos cuya obra y vida me fascinan, independientemente de mi cercanía con ellos.

Arnaldo Córdova era juzgado como hombre severo y rígido, sobre todo porque lanzaba sus verdades sin concesiones, porque polemizaba con la gente con la que tenía diferencias abiertamente, porque no seguía una de las reglas de la idiosincrasia mexicana, que es la de evitar a toda costa decir No, o contradecir abiertamente. Pero en mi opinión lo más grande de Arnaldo era la consecuencia con sus ideas; una praxis que buscaba tenazmente la correspondencia entre palabra y la acción, la falta de doblez. Las grandes derrotas que sufrió la izquierda a finales del siglo XX llevaron a muchos investigadores, pensadores y estudiosos de izquierda a cambiar rápidamente de postura. La posición de izquierda –en eso coincido totalmente con Arnaldo Córdova– consiste en estar siempre con las causas del pueblo, y fue abandonada por muchos que se refugiaron en el silencio o en la supuesta neutralidad académica.

 Otros, más ambiciosos e insidiosos, se pasaron a la derecha con armas y bagajes. Sin embargo, quieren retener su fama de izquierda. Existe el caso de un intelectual que durante 20 años fue miembro del Partido Comunista, que nunca se opuso a ninguna postura de la dirección y que hoy ataca virulentamente a todas las organizaciones y movimientos de izquierda. Se ha pronunciado contra el PRD, contra Morena y sobre todo contra AMLO; contra el movimiento magisterial, contra quienes rechazan la Reforma Energética de Peña Nieto, y en favor de la legalidad de las elecciones de 2006 y 2012; habla repetidamente de las “ruinas comunistas” (de las cuales obviamente él escapa por milagro); escribe en publicaciones que tienen nombres como: La izquierda reaccionaria, y, no obstante, pretende tener una elegante posición de izquierda “moderna”.

Arnaldo Córdova escribió un libro que se identifica por entero con la práctica de su fructífera vida: La política de masas y el futuro de la izquierda en México.

En él vuelve a identificar “la política de masas” con las prácticas de manipulación corporativa del Estado. “Luego de que cesaron las movilizaciones –relata–, la organización (PRI), convertida ya en un instrumento del poder político, devino rápidamente una verdadera cárcel para los trabajadores organizados, como una potencia incontrastable para ellos, imbatible e insuperable. Ya en las elecciones presidenciales de 1939-1940 pudo verse con toda claridad lo que esto significaba. Es sabido que una gran parte de los mismos trabajadores organizados rechazó la candidatura del general Manuel Ávila Camacho, apoyando sólo por esta razón, como forma de repudio, al candidato oposicionista, de marcada tendencia conservadora, general Juan Andreu Almazán. Todo fue inútil, pues el sistema corporativo se impuso sin medios términos y la protesta de los trabajadores fue acallada implacablemente (…) Los sindicatos oficiales forman el sostén social fundamental de la estructura política dominante”. (Arnaldo Córdova, La política de masas y el futuro de la izquierda en México, páginas 34-35, Editorial Era.)

Y luego Arnaldo pasa a desarrollar lo que él considera la solución a la “cárcel corporativa” y el desarrollo de la izquierda. En primer lugar, se refiere prolijamente a las batallas que libró la izquierda mexicana por la independencia de las organizaciones sindicales desde la década de los años cuarenta. “La historia de la izquierda en el movimiento sindical mexicano ha dejado una huella profunda también en la política laboral oficial”. El hecho de “que la dirigencia obrera oficialista sea tan franca y rabiosamente anticomunista sólo puede explicarse porque el único enemigo de consideración que ha tenido (…) ha sido la izquierda sindical”. (Arnaldo Córdova, La política de masas y el futuro de la izquierda en México, páginas 49-50, Editorial Era.)

Identificado prácticamente con las luchas de la Tendencia Democrática del Movimiento Sindical Revolucionario, plantea su idea central de opción política a la situación existente: la independencia de los sindicatos del control estatal, la recuperación de sus organizaciones, y concluye: “Una clase obrera liberada no podrá menos que volver a emprender, con la violencia de una tempestad, la lucha antiimperialista, y en ella arrastrará inevitablemente a todos los trabajadores de México”.

Esto no sucedió, pero el problema no ha desaparecido. Si bien el PRI no es ni la sombra de lo que fue, su dependencia del movimiento sindical y de muchas otras organizaciones populares no ha desaparecido, y la propuesta de Córdova es hoy tan real como ayer: si no se emancipan los trabajadores del dominio ideológico, cultural y organizativo de la clase dominante, no se puede ganar el poder. El asunto nunca ha sido exclusivamente electoral, como lo prueban las experiencias de las izquierdas latinoamericanas.

Ha muerto un destacado científico social y valiente militante de izquierda. Descanse en paz.

Mi pésame más sincero a Lorenzo Córdova.

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