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El arte mundial en la obra de Octavio Paz

Un centenario –el del natalicio de Octavio Paz–, y un aniversario de ocho décadas –el de la fundación del Palacio de Bellas Artes– convergen este año para darle marco a la exposición monumental intitulada En esto ver aquello. Octavio Paz y el arte. Prevista su apertura para el próximo 10 de septiembre y organizada por el Conaculta, reunirá 212 obras provenientes de Europa, Estados Unidos, Canadá, Asia y México. Su propósito: traducir al lenguaje museográfico los textos del poeta alusivos a las artes plásticas. Así lo refiere el curador de la muestra, Héctor Tajonar, colaborador de Proceso, quien además es el autor del ensayo explicativo que formará parte del catálogo de la exposición, en la que podrán admirarse pinturas de los artistas que fascinaron al Premio Nobel de Literatura. Con el permiso del ensayista, se adelanta aquí una parte de su amplio trabajo.

Las reflexiones de Octavio Paz sobre la relación entre escritura y pintura nos remiten a la dimensión conceptual de la creación artística; a las ideas, creencias o circunstancias que inducen al pintor a plasmar en el lienzo ciertos temas, visones o contenidos. Tratar de descubrir lo que pensaba un artista al momento de pintar es un ejercicio de interpretación iconológica del que pueden surgir verdaderos hallazgos. En este núcleo de la magna muestra En esto ver aquello. Octavio Paz y el arte, que será inaugurada el próximo 10 de septiembre en el Palacio de Bellas Artes, hemos hecho una selección de artistas y obras en los que Paz puso especial énfasis, tanto en ensayos como en poemas dedicados específicamente a una pintura o a un autor. El propósito es crear un diálogo entre las ideas o situaciones que están detrás de lo plasmado en las pinturas expuestas, adentrándonos en el pensamiento del artista al momento de crear su obra, con el fin de sugerir similitudes y contrastes, confluencias y divergencias entre artistas europeos, estadunidenses y mexicanos tales como Richard Dadd, Martín Ramírez, Rodolphe Bresdin, Giorgio de Chirico, José Clemente Orozco, Edward Hopper, David Alfaro Siqueiros, Robert Raushenberg, Robert Motherwell, Pierre Alechinsky y Rufino Tamayo.

Además de exhibir obras maestras de artistas que atrajeron especialmente la atención del autor de Los privilegios de la vista, pretendemos estimular la imaginación del espectador involucrándolo en un ejercicio de interpretación comparada sobre lo expresado por cada uno de los lienzos ubicados en la Sala Paul Westheim del Palacio de Bellas Artes. Empecemos por Edward Hopper (1882-1967), pintor de la vida cotidiana de la sociedad estadunidense de su época en ámbitos de soledad y aislamiento: departamentos, cafeterías, oficinas, salas de cine, fábricas, moteles, gasolineras. Limbos urbanos. “Lugares anónimos poblados por hombres y mujeres también anónimos, mundo de solitarios, extranjeros en todas partes y sobre todo en ellos mismos”, escribe Paz. En el óleo Night Windows (1928), Hopper muestra a una mujer dentro de un departamento que permite ser espiada por sus vecinos, sin que ello alivie la soledad y el vacío de su existencia. Pintado en el año previo a la Gran Depresión, el cuadro transmite la dualidad contradictoria del voyeurismo y el aislamiento, mediante un magistral manejo de luz y sombra entre el interior y el exterior, entre el aquí y el allá.

En contraste con la cotidianeidad del agua tibia y el tiempo detenido representado por la pintura de Hopper, la obra de José Clemente Orozco personifica un espíritu en ebullición, impermeable a las ideologías en boga, imbuido de una apasionada reflexión crítica acerca de la política corrompida, representada por El demagogo (1946). Cristo destruye su cruz (1943) expresa con insuperable fuerza pictórica la desesperación sentida por Jesucristo ante lo que la humanidad ha hecho de su legado ético y religioso: oposición entre el aquí y el allá.

Influido desde muy joven por el pensamiento de Nietzsche, Giorgio de Chirico (1888-1978) empezó a elaborar una estética poética que más tarde llamaría metafísica, enamorado del misterio y el enigma frente a la alienación del hombre habitada por la melancolía. Arquitecturas de grandes arcadas, torres inmensas, largas sombras y perspectivas absurdas; espacios desolados donde los humanos también son sombras. Hacia 1914, junto con Apollinaire, De Chirico ideó los maniquíes sin rostro y sin alma para remplazar al ser humano en su pintura. Uno de los más bellos lienzos de esa época es El poeta consolado por su musa (ca. 1925). En él combina la mecánica modernidad de los personajes con las togas propias de los poetas clásicos para expresar la nostalgia del tiempo perdido. Mezcla de memoria y fantasía, la pintura de De Chirico manifiesta la lejana cercanía entre el aquí y el allá.

La efervescencia ideológica de David Alfaro Siqueiros (1876-1974) contrasta con la quietud onírica de Giorgio de Chirico; de igual forma, la gestualidad del trazo y las densas texturas del mexicano son la contraparte de la lisa inmovilidad del italiano (nacido en Grecia). No obstante, en alguna etapa de su vida Siqueiros imitó a Chirico, como lo muestra el Retrato del sastre W. Kennedy (1919), colocado junto a un exquisito dibujo titulado Solitude (1917), ¿a su vez inspirado en el Chac Mool maya o se trata sólo de una prefiguración de los cuerpos reclinados de Henry Moore?  Siqueiros fue un revolucionario de la pintura y también planeó el atentado contra Trotsky: falló aquí y acertó allá.

La paradoja que gobierna la vida de los hombres se manifiesta con especial intensidad en los artistas y su obra, la cual a veces pareciera surgir de un impulso creativo que trasciende a los propios autores. Dos casos paradigmáticos de la misteriosa dualidad del arte –hijo de la razón y de la imaginación– son Richard Dadd y Martín Ramírez: un pintor que se volvió loco y un loco que se volvió pintor. La biografía y la obra de ambos fascinaron a la inteligencia poética de Octavio Paz. El resultado de ese hechizo fueron dos textos en los cuales la crítica de arte se fusiona con el análisis sicológico, la especulación filosófica y la reflexión poética. ¿Tiene límites el aquí de la lucidez y la razón lógica o éstos pueden ser rebasados por el allá de la creación artística?

El caso de Richard Dadd (1817-1886) fue abordado por Octavio Paz en un texto incluido no en Los privilegios de la vista sino en El mono gramático, y en un programa de la serie de televisión Conversaciones con Octavio Paz titulado Ínsulas extrañas: Miró, Tàpies, Balthus y otros (Arte moderno II). Dadd pintó su obra maestra The Fairy Feller’s Master-Stroke (1855-1864) en el manicomio de Broadmoor, donde ingresó por haber asesinado a su padre. La pintura fue ejecutada en un formato pequeño (54 x 39.4 cm), con exquisito cuidado del detalle. Un leñador se dispone a cortar una avellana colocada en el suelo con un hacha que nunca caerá, rodeado de un bosque de yerbas, hojas, flores, avellanas, semillas y personajes surgidos de la imaginación del artista, con excepción de Oberon y Titania, protagonistas de A Midsummer Night’s Dream, de Shakespeare, que aparecen en la mitad superior del cuadro. La alteración de la escala y la carencia de perspectiva realzan el carácter fantástico de la pintura. “El cuadro es un espectáculo: la representación del mundo sobrenatural en el teatro del mundo natural”, escribe Paz. El vínculo entre aquí y el allá.

Martín Ramírez (1895-1963) emigró de Jalisco hacia los Estados Unidos durante la Revolución Mexicana. Llegó casi muerto de hambre, trabajó como peón pero empezó a sufrir alucinaciones y fue a dar a un refugio de mendigos donde le diagnosticaron paranoia y esquizofrenia incurable. Lo internaron en un hospital donde vivió 30 años, hasta su muerte. Perdió el habla, pero se expresó a través de la pintura. Como lo hicieron los cubistas y los surrealistas, Ramírez distorsiona los objetos de la realidad. “¿Cuál es ese otro mundo (de Ramírez)? Es difícil saberlo. El camino que lleva a él es misterioso: un túnel y su boca de sombras. Boca sexual y profética de la que brotan las visiones y por la que el artista desciende en busca de una salida. Estas obras nos cuentan una peregrinación.” Una travesía del aquí al allá.

Excéntrico y visionario grabador francés, Rodolphe Bresdin (1822-1885), notable por la precisión de su dibujo, fue pionero de la litografía y produjo obras fantásticas, exóticas o macabras como La comedia de la muerte. Admirado por Victor Hugo, Théophile Gautier y Charles Baudelaire, Bresdin atrajo la atención de Octavio Paz a través de una de sus obras, El buen Samaritano (1861); “me conquistó de inmediato su factura y el equilibrio entre las zonas obscuras y las luminosas”. Pero lo que más le intrigó fue que entre el follaje lo veían a él decenas de ojos de monos diminutos. “El Buen Samaritano es un ejemplo de la operación poética esencial: en esto ver aquello… La realidad del arte es siempre otra realidad.” Dos realidades: el aquí y el allá.

“Unos dicen que, puesto que el mundo exterior existe, hay que negarlo; otros que, puesto que no existe, hay que inventarlo; otros que sólo existe el modelo interior. Pierre Alechinsky mueve la cabeza y sin decir nada, pinta un rectángulo en el que encierra al Central Park de Nueva York…”. Así describe Octavio Paz la solución que da Alechinsky a la disyuntiva entre el aquí y el allá; y, en reconocimiento al resultado, le dedicó un poema titulado “Central Park”.

Influido por los readymades de Marcel Duchamp, Robert Rau­shenberg se convirtió en precursor del arte conceptual, los performance y el Pop art con una obra singular: Un macho cabrío montañés con un neumático de automóvil alrededor del tórax. La imagen se convirtió en el ícono de la homosexualidad masculina. Si bien Paz considera que el Pop art carece de la agresividad que tuvo el dadaísmo décadas antes y que “es un populismo de gente acomodada”, le concede a Raushenberg sensibilidad y una intrepidez en perpetua exploración, además de dedicarle el poema “Un viento llamado Bob Rauchenberg”. En la obra Chain Reaction (1996), hecha con inyección de tinta vegetal sobre papel, utilizó la riqueza escultórica de la fachada del Palacio de Bellas Artes como regalo anticipado por su octogésimo aniversario. Me pregunto qué significará para un espíritu lúdico como el de Raushenberg la diferencia entre el aquí y el allá. ¿Se lo habrá preguntado él?

En contraste, Robert Motherwell trata de equilibrar los elementos contradictorios de la realidad natural y artística, percibidos por una sensibilidad refinada: el intelecto y la emoción, la forma y la línea, la gestualidad y la mesura. Esa búsqueda de la expresión poética está plasmada en el monumental óleo sobre tela Black on White (1961). ¿El aquí es blanco y el allá negro, o viceversa?

En el paulatino alejamiento de la tendencia dominante del muralismo, Rufino Tamayo pintó una pequeña obra maestra en la que se combina un contenido afín al nacionalismo revolucionario con una expresión pictórica vanguardista: Ritmo obrero (1935). Fusión del aquí ideológico con el allá del arte. Para nadie es un secreto que Tamayo es el artista mexicano del siglo XX más cercano a la sensibilidad poética de Octavio Paz. “¿Cómo definir mi actitud ante la obra de Tamayo? Rotación, gravitación: me atrae y, simultáneamente, me mantiene a distancia como un sol. También podría decir que provoca en mí una suerte de apetito visual: veo su pintura como un fruto, incandescente e intocable: Pero hay otra palabra más exacta: fascinación.”

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La exposición En esto ver aquello. Octavio Paz y el arte guarda algunas similitudes con la idea del museo imaginario propuesta por André Malraux en 1947 con el propósito de crear una reunión de obras con un criterio subjetivo, mezclando épocas y estéticas distintas, exenta de limitaciones temporales o geográficas. Un museo hecho a la medida del gusto personal del autor, en el que el hilo conductor de la exposición fueran los afectos. Las obras reunidas en la muestra revelan las afinidades electivas de Paz expresadas en sus escritos sobre arte. Tomado del ensayo “Arte de penumbra: Rodolphe Bresdin”, el título de la muestra, En esto ver aquello –elegido por Marie José Paz– sintetiza la esencia de la poética paciana, indisolublemente vinculada a las ideas estéticas del poeta.

  Hemos querido establecer un diálogo entre los textos del poeta, las obras expuestas y el espectador. Partimos de la convicción de que cualquier persona dotada de sensibilidad puede acceder al paraíso del arte que Platón llamó Isla de los Bienaventurados. En potencia todos tenemos la capacidad intrínseca del disfrute de lo bello, o como lo postuló Friedrich Schiller en sus célebres Cartas sobre la educación estética del hombre, los seres humanos por naturaleza se dirigen a la belleza: “Cuando cultivamos nuestras facultades estéticas, cultivamos nuestras facultades morales, tanto es así que la educación estética hace superflua una educación moral”. Tiene razón Schiller, el arte y la belleza poseen una capacidad transformadora: la de hacer mejores a los hombres. Aunque eso pueda ser un ideal más que una realidad, es indudable que la experiencia estética, como la experiencia erótico-amorosa o la mística, enaltece a la humanidad y, así sea por un instante, nos traslada a un más allá en el que el tiempo y el espacio se diluyen en un presente perpetuo placentero, inspirador, luminoso.

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