“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

La conciencia de Claudio Magris

La palabra escasa

En una celebrada decisión, el premio FIL de Lenguas Romances 2014 recayó en el italiano Claudio Magris, europeísta convencido y uno de los humanistas más lúcidos de Occidente. Superviviente de la Segunda Guerra Mundial, ha sido senador y uno de los mayores críticos del poderoso político y magnate de los medios Silvio Berlusconi, quien gobernó Italia bajo el sello de la corrupción y el escándalo. En el siguiente ensayo, el escritor Fabrizio Mejía Madrid efectúa un interesante recorrido por el ideario político y literario de Magris.

En 1994, Claudio Magris estaba atrapado por una beca Humboldt que no le permitía salir de Alemania y el cáncer de su esposa, Marisa Madieri. Los dos eran parte de lugares imaginarios. Él había nacido en abril de 1939 en Trieste, esa ciudad que Roberto Calasso ha descrito como el cruce entre el italiano, el alemán y las lenguas eslavas, y que perteneció al Imperio Austrohúngaro y luego a Italia, pero que quedó flotando como “una ciudad de papel”. Quizás por eso, Magris concibe la escritura como “rellenar los espacios en blanco de la vida, suplantar el sueño con la letra. La literatura sólo puede sustituir lo que no existe”. Su esposa había nacido, un año antes que él, en la vaporosa Fiume, que tras la Segunda Guerra Mundial pasó de Italia a Yugoslavia, lo que motivó el exilio de 300 mil personas a campos de refugiados –Marisa vivió su infancia en un almacén de trigo– en Trieste. Claudio Magris será, desde sus obsesiones –la literatura alemana del centro del Imperio Austrohúngaro, las fronteras como puentes y no como muros, las palabras que usan tanto Italo Svevo, Kafka o Joseph Roth como las que pueden hablar un sable que fue zarista y luego hitleriano (Conjeturas sobre un sable, 1986), un caballo, un nonato– el creador de zonas imaginarias que no están en los mapas: la Mitteleuropa, el Danubio como río de palabras que recorre la única idea real de Europa, lo ‘Hinternacional’, “algo que esté detrás de las naciones y no por encima de ellas”.

Pero en 1994 está atrapado en Alemania. Desde Trieste, desde el café San Marcos –en el que escribe párrafos acompañados de aceitunas–, sus amigos le avisan que será el candidato al Senado de un partido anti-Berlusconi, que todavía no existe. En su ausencia y alrededor de mesas en el café, sus amigos han imaginado al escritor de los lugares que son puro texto, como alguien idóneo para enfrentar al primer ministro inventado por la televisión corrupta, prepotente e inmoral. Se trata de una lucha épica entre el mundo de los signos (los escritores) y de las señales (la política desde las televisoras); un enfrentamiento democrático entre la cultura de la representación y la de la pura presencia; de lo escrito a lo simplemente transcrito. Es una lucha entre lo profundo y lo superficial, entre la unidad “sentida en la disposición de ánimo” y lo fragmentario que “sólo testifica la escisión”. Pero la idea de sus amigos de postularlo para ese combate no era descabellada.

Así como el otro triestino Roberto Calasso era el revisador de las mitologías antiguas y modernas en busca de una sacralidad latente, Claudio Magris lo era de la lucha entre la novela como creadora de “un sentido unitario de la vida en un punto que nos trasciende” y, por otro lado, “un arte desde el que se contempla el abismo” (El anillo de Clarisse, 1984). Italia se había convertido, al menos en la imaginación, en el terreno de una disputa entre rasgos y huellas: los escritores, con sus trascendencias y abismos, contra los políticos del talk show y el golpe mediático. La crítica de Magris a Berlusconi se resumía en un aforismo indignado: “La sociedad abierta atraviesa por una disminución de la grandeza. Ya sólo el escándalo es memorable”. Lo vivimos todos los días: la superficialidad es el mensaje de la velocidad de los tiempos. Para que surja la profundidad es necesario detenerse. Para entender un río, hay que mirar el manglar que va formando. Desde Alemania, atrapado, Magris respondió a sus amigos de Trieste sobre la ocurrencia de entrar en la política: “Supongo que la literatura, por estar dirigida a todos, hace política. Ahí se lucha entre lo diurno y lo nocturno, como diría Flaubert, ‘desde la letrina del corazón’”.

La idea de una alianza anti-Berlusconi llegó a las sedes, en Roma, de los partidos liberales, excomunistas y de centro-derecha. Lo único que tenían en común es que apoyaban a Claudio Magris, “el profesor”, como le dicen en Italia. Pero no podían establecer legalmente –basados en los principios de sus partidos– una coalición. Así que la rechazaron. Sin avisarle a Magris, sus amigos en el café San Marcos decidieron, entonces, registrar un partido nuevo que llevaba el nombre de la obra más reconocida del autor, Danubio. Mientras tanto, en Alemania, Claudio Magris visitaba Friburgo, la región de la selva negra en la que sucede uno de los relatos más terribles de su “ensayo-con-novela-sumergida”. Se trata del encuentro entre el poeta Paul Celan y el filósofo Martin Heidegger. A través de su amistad, Magris se sumerge en el pasado de Europa. Celan, un judío de una ciudad, Cernauti –lo siempre vaporoso de la tierra de origen: fue rumana y luego ucraniana–, que escribía en alemán, es perseguido por los nazis para llevarlo a un campo de concentración en Moldavia –su madre muere asesinada y, su padre, por los trabajos forzados. Su amigo, Heidegger, acepta la rectoría de la Universidad de Friburgo a cambio de apoyar a los nazis, entre 1933 y 1935. Su discurso de aceptación y su saludo hitleriano distancian a los dos amigos. Durante la posguerra, Celan decide ir a visitar a Heidegger a             su casa en medio de Alsacia. Espera una explicación
de su apoyo al nazismo que mató, además de a millones de personas, a su familia. Ahí, Magris es muy claro: no sólo se trata de un reclamo de la ruptura de Europa, sino de la restauración o no de la amistad. Heidegger le habla del pozo de agua de donde él bebe. Celan opta por el silencio, tan claro en su poesía: se niega a fotografiarse y a firmar el libro de visitas. Los amigos se separan definitivamente. No hay explicación posible del nazismo y la poesía está condenada a bordar en los filos de ese abismo. Celan se suicidará tirándose desde el puente Mirabeau al río Sena en abril de 1970. Claudio Magris escribe la historia en 1986 como parte de lo que ese territorio ambiguo y narrativo llamado Europa tiene que aportar a un relato, “Danubio”, que, disfrazado de guía turística –en su origen es un encargo de una cadena de hoteles y ministerios de turismo–, resulta una novela-ensayo sobre las palabras y los hombres a las orillas de un río. Sobre el nazismo, Magris reflexiona: “La nostalgia de transformarse en una cosa, en el pleno abandono. Kleist y las marionetas como objetos sin conciencia. El fascismo es un abandono a la obediencia total. Su futuro esperado es que la vida ya haya pasado”.

Mientras tanto, en Trieste, sus amigos registran un partido político que lo postulará para ser electo al Senado. Su esposa, Marisa, no está respondiendo a los tratamientos contra el cáncer. Sin otra herramienta más que el lenguaje, Magris se deshace en aforismos de impotencia. Ensaya, una vez más, sobre Italo Svevo y sus frases como callejones sin salida en La Conciencia de Zeno: “La juventud está llena de sufrimiento y la vejez es horrible. La inmortalidad sería intolerable y
la muerte sigue siendo inaceptable”. Él se extravía
en la ineficacia: “A diferencia de los médicos, los escritores hablamos de lo que desconocemos y los lectores lo viven al leerlo. Nadie busca ser explicado antes que curado”. O: “La vida es una enfermedad de la materia. La vida es, a la vez, la profunda oscuridad y la luz débil pero tenaz de un cerillo para verla. Sin la llama no es posible darse cuenta de la noche”. Relata un encuentro en Central Park con el novelista judío Isaac Bashevis Singer. Al hablarle del cáncer, los médicos, los tratamientos, de un sobrino, unos años antes, Singer pica con su bastón las hojas secas de los árboles en torno a la banca. Tras un silencio, le contesta a Claudio Magris:

–La literatura sirve de tan poco.

La letra profusa

Cuando logra terminar los compromisos de su beca y llevar a Marisa de vuelta a Trieste, Claudio Magris descubre que el nuevo partido que se ha formado tiene un único integrante: él. Los amigos le explican que, en medio de los líos de la fallida coalición entre izquierdas y la centro-izquierda, “se olvidaron de afiliarse”. Al no ponerse de acuerdo más que en su voluntad de desha­cerse de Berlusconi, los católicos populares, los de Refundación Comunista y los liberales deciden no presentarse a las elecciones. Magris encarna la última confianza en medio de toda crisis política: la dignidad y peso de un escritor. Suponemos que eso es posible en las reglas electorales italianas, pero lo notable es que, en su condición de “partido-hombre”, logra llevar a la vida una idea que maduró entre sus estudios del territorio evanescente del Imperio Austrohúngaro y la escritura del Danubio: “La historia de la literatura es la construcción de una identidad, primero, nacional y, luego, de la identidad misma”. Lo que Magris encarna en medio del desastre de lo que él mismo llamó “el declive de la ética y la responsabilidad del gobierno de Berlusconi” es justo lo que ha escrito de las ciudades: “Naufragamos con ellas, pero también son la tabla de salvación”. Él no hará campaña ni pedirá el voto, simplemente repetirá: “Me gusta más el mar que la política pero, a veces, para poder contemplar el mar es necesario hacer política”.

El 27 de marzo de 1994 Claudio Magris es electo por sus paisanos triestinos para la XII Legislatura del Senado. En el papel, en el territorio imaginario de la política, pertenece al “Grupo Mixto” que agrupa a la centro-izquierda, a la Séptima Comisión de Educación Pública y Bienes Culturales y, a partir de 1995, a la Junta que revisa la viabilidad cultural de la Unión Europea. En caso de crisis del gobierno, él aparece en la lista de senadores a ser convocados como una isla: “Magris-Magris”. Esto quiere decir que el primer ministro le debe llamar a él y a nadie más que vaya en su representación.

La salud de Marisa empeora y él se deshace en angustias. Lo reconforta su propia esposa enferma: “En ese tiempo de desesperación, yo iba y venía enloquecido de penas. Ella, mientras tanto, nunca pidió ni siquiera una píldora para dormir”. Marisa Madieri muere en el año en que su esposo termina su periodo en el Senado, 1996. Deja un libro de cuentos inéditos, tras dos novelas sobre su infancia como exiliada de una ciudad que pasó de patria en patria como las fronteras a las que no les importa la vida de la gente, Agua Verde (1987) y El claro del bosque (1992).

De su experiencia en el Senado como el escritor anti-Berlusconi, la conciencia de Claudio hablará:

“Mi malestar respecto de la política no se lo atribuyo a la política en sí, como muchos otros intelectuales que se presentan a elecciones y después se declaran ‘decepcionados’ de la política, como si la política estuviera ahí para engañar a sus almas delicadas. El problema más difícil que pude constatar es la terrible diferencia que existe entre los tiempos de la política, que requiere debates, propuestas, discusiones, contrapropuestas, enmiendas, y la velocidad de las transformaciones sociales, que plantean cada día distintos problemas que deberían ser controlados y resueltos políticamente, y que cuando encuentran una solución política, en cierto aspecto ya quedaron atrás, porque fueron superados. Los ritmos de la democracia y la velocidad de los problemas sociales son mi malestar.”

Después de la muerte temprana de su esposa y su papel como senador de la República –su padre, un agente de seguros, había sido militante de la resistencia antifascista desde el Partido de Acción y del mazziniano Partido Republicano Italiano: “Una Europa desde el pueblo”–, Claudio Magris escribirá el complemento de su Danubio: Microcosmos. En lugar de la historia de “un escritor ante el río armado con citas para tratar de refutarlo”, Magris emprende una historia del terruño, de un lugar íntimo cuyos sitios no son históricos sino comunitarios: el café San Marcos –“no es una tribu, sino un Arca de Noé de fidelidades conservadoras y pluralismos liberales que juegan ajedrez y escuchan el piano del Señor Plinio que, casi siempre, es un rockanrol”–, la colina, la laguna y el parque público. Es como si las Europas de Magris encontraran, de pronto, su sustento en lo cotidiano. Escribirá en Utopía y desencanto (2004):

“La vida es original, más original de lo que yo pueda inventar, como decía Svevo. Las personas que existieron realmente, las historias ocurridas, siempre me han fascinado y conmovido y me han impulsado a escribir. Tal vez la mayor parte de las veces mi escritura responda a un intento de combatir el olvido, de salvar y rescatar de la carrera del tiempo la mayor cantidad posible de lo existente, como si la escritura pudiera construir una frágil Arca de Noé de papel. Sabemos que nuestra pequeña Arca de Noé naufragará pronto en el río del tiempo, pero esto no le quita sentido al intento de construirla.”

Sobre la vida misma, en Alfabetos (su recopilación de artículos en Corriere della Sera aparecido en 2008) escribirá, probablemente pensando en esos años, entre 1994 y 1996, que cambiaron su existencia: “El sol brilla para todos, justos y pecadores, es indiferente al bien y al mal. El sol, como Dios, no distingue. Decir que la vida es bella o espantosa es de mal gusto. Identificarse con la vida implica querer a la flor y a los terremotos. La pérdida está incorporada para siempre en nosotros. Es la épica la que saca a la luz la crueldad y la injusticia inexorablemente victoriosa”.

La conciencia de Claudio siempre ha sido la de las palabras.

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