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El universo de El Greco y la tradición talmúdica

La exposición El Greco y la Pintura Moderna, que se exhibe actualmente en el Museo del Prado de Madrid, es paradigmática. Lo es por muchas razones; una de ellas, evidenciar la influencia de este artista (Heraclión, Creta 1541-Toledo 1614) en la pintura europea, particularmente en obras de creadores como Pablo Picasso, Jackson Pollok, Francis Bacon, Paul Cézanne, Robert Delaunay, André Derain y Alberto Giacometti, entre otros muchos; una influencia que, debe aclararse, no se limitó a la pintura: Rainer María Rilke y Nikos Kazantzakis, además de otros escritores, dan buena cuenta de ella.

Su autoridad se extendió a América Latina, y en este sentido la exposición, organizada con motivo del aniversario número cuatrocientos de la muerte de Doménikos Theotokópoulos, El Greco, pone en relieve la recepción estética que tuvo su obra en la de José Clemente Orozco (Prometeo), Diego Rivera (Vista de Toledo y Adoración de la Virgen) y Roberto Matta (Morfología psicológica).

Resulta superfluo profundizar en esta extraordinaria muestra, cuyo catálogo oficial, editado por Javier Barón, cancela cualquier espacio para una aportación novedosa. No lo es en cambio referirse a una exposición paralela, montada en el interior de la sinagoga de Samuel ha-Leví Abulafía de Toledo, construida en estilo mudéjar entre 1357 y 1363 y mejor  conocida como la sinagoga de El Tránsito. Este recinto debe su nombre a la pintura de Nuestra Señora del Tránsito realizada por el toledano Juan Correa de Vivar, cuando el inmueble, poco tiempo después de la expulsión de los judíos en 1492 a raíz del Edicto de Granada, se destinó al priorato de San Benito.

Esta última exposición, inicialmente presentada en la Galería Fine Art de Berlín en 1997 con el nombre de Shoah. 1492-1945. El Greco y Vostell. Dos Forasteros en las Españas, ha causado una gran irritación en algunos círculos españoles, que cuestionan el vínculo entre dos eventos trágicos de la historia ocurridos en dichos años: la expulsión de los judíos por los reyes católicos españoles y el Holocausto. La preside el cuadro monumental Shoah (“catástrofe” en hebreo), que muestra una clara inspiración en El Guernica de Picasso y evoca dos puentes emblemáticos: el primero sobre el río Bidasoa, en el País Vasco, que marca la frontera franco-española y fue estratégico para el aprovisionamiento de armas al gobierno republicano durante la Guerra Civil, y escenario asimismo de combates encarnizados en la llamada Campaña del Norte falangista; el segundo es el Bösebrücke, ubicado en Berlín –este puente es extensión de la Bornholmer Strasse, donde se situó el punto de control por el cual estaban obligados a cruzar los alemanes del oeste al este, y que en noviembre de 1989, con el establecimiento del libre tránsito, marcó la caída del Muro de Berlín. Shoah resulta ser un claro encuentro entre la memoria colectiva y la historia.

Tanto El Greco como Wolfgang Vostell (1932-1998), pintor alemán de origen judío, tienen un común denominador: ambos fueron, en la expresión de la novela bizantina de Lope de Vega, peregrinos en su patria.

El ingrediente semítico

La aproximación de El Greco a la cultura talmúdica fue de una gran intensidad por diversos motivos: A las controversias sobre el origen del artista, cuyos biógrafos lo consideraban cristiano ortodoxo, se suman nuevas revelaciones según las cuales su ascendencia materna pudiera ser judía, hecho común en el Medio Oriente.

Al llegar El Greco a Toledo, la antigua “ciudad de las tres culturas”, regía el estatuto de limpieza de sangre aprobado en 1546 por el arzobispo Juan Martínez de Siliceo, que prohibía a las personas con indicios de linaje judío ejercer cualquier oficio o labor eclesiástica. Ser “cristianos viejos” o “cristianos limpios” resultaba en la época un requisito obligado para ocupar un cargo en la corte (Antonio Illán Illán y Óscar González Palencia). Conforme a esta tradición, que se expandió por toda España, los descendientes de moriscos o de judíos estaban impedidos para ocupar cargos públicos.

Las ciudades son un palimpsesto (Thomas de Quincey) y así lo entendió El Greco. Muchos eventos se sucedieron en Toledo, antigua capital imperial, que dan fe de ello: Uno consistió en que los católicos, ante la invasión musulmana, no dudaron en convertirse al Islam, entre otras razones para evitar el oneroso impuesto religioso de la época; otro fue la eliminación del rito mozárabe y el desplazamiento del clero toledano de las iglesias castellanas. El papa Urbano II entronizó a Bernardo de Sédirac, monje cluniacense, como arzobispo de la ciudad y le dio el primado a la Diócesis de Toledo (sede primada de Hispania) sobre el resto de las sedes episcopales españolas, privilegio que perdura hasta nuestros días.

El Greco sintió la fascinación por la élite intelectual de Toledo, donde se asentó la Escuela de Traductores, una de las primeras de su género, compuesta fundamentalmente por judíos políglotas que aseguraban la traducción del árabe al latín.

El círculo íntimo de El Greco lo conformaban judíos conversos o de ascendencia judía. El mismo deán de la Catedral de Toledo, Diego de Castilla, de linaje judío, le encargó el famoso cuadro El Expolio para la sacristía del recinto. En lo que atañe a su familia, existen muchas interrogantes sobre la madre de su hijo, Jerónima de las Cuevas, toda vez que a las suposiciones en el sentido de que era de alcurnia o de origen morisco, se agrega ahora que se trató de una judía conversa.

El Greco nunca fue bien visto por la Inquisición. Sus pinturas La Alegoría de la Liga Santa y El Martirio de San Mauricio, ordenadas por Felipe II y destinadas al monasterio y palacio de El Escorial, fueron marginadas por no ser del agrado del monarca, de la corte y desde luego de la Inquisición. Se privilegiaron entonces las obras de un artista menor: Juan Fernández de Navarrete. El Greco jamás volvió a tener otro encargo de la monarquía española.

En la época franquista, el pintor fue idealizado por el régimen dictatorial (Julius Purcell), compuesto por una tecnocracia con tintes confesionales reclutada entre miembros del Opus Dei. Sus pinturas representaban al clásico hidalgo castellano de miradas bondadosas y profundas y con expresiones de indulgente melancolía. El carácter ascético y hasta místico de la época de Felipe II se ve personificado en los  cuadros de El Greco (Francisco Javier Sánchez Catón).

El crítico de arte Gregorio Marañón (El Greco y Toledo. 1958. Versión segunda y definitiva), exiliado en París debido a la Guerra Civil española, planteó la hipótesis de que El Greco usó como modelos a los dementes del hospital del Nuncio Viejo de Toledo para lograr el toque místico en sus imágenes de los apóstoles, pues aquellos y éstos “son los mismos en la morfología y en la exaltación expresiva”. El planteamiento de Marañón se vio reforzado por la dolicocefalia que de manera clara se advierte en la fisonomía de los apóstoles. Sin embargo, esta hipótesis fue confinada en la época franquista, altamente impregnada por las obsesiones religiosas e imperiales del llamado Generalísimo.

La reconciliación

El vínculo entre la expulsión de los judíos de la Península y el Holocausto está evidenciado en las exposiciones paralelas de El Greco y Wolfgang Vostell en Toledo.

Ahora España ha iniciado la reconciliación. Este año modificó su Código Civil para dar el beneficio de la doble nacionalidad a todos aquellos ciudadanos extranjeros sefardíes que prueben esta condición y, en especial, que tengan vinculación con España aun cuando carezcan de residencia legal en el territorio de este país, cualquiera que sea su ideología, religión o creencias… modificación insólita puesto que España tiene una política enormemente restrictiva en este ámbito. El 3 de junio último el pueblo de Castrillo Matajudíos, de nomenclatura antisemita y localizado en la provincia de Burgos, acordó cambiar su nombre por el de Castrillo Mota de Judíos.

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*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas

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