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Eric J. Hobsbawm, historiador del pasado y el futuro

Eric Hobsbawm fue el historiador más influyente del siglo XX. Su tetralogía La era de la revolución 1789–1848; La era del capitalismo; La era del imperio 1875–1914, e Historia del siglo XX fue traducida a más de 40 idiomas y vendida por millones de ejemplares. Muchas universidades, entre ellas varias facultades de la UNAM y la UAM, la usaron como texto de historia moderna universal. Escribió extensamente sobre una gran variedad de temas. Como historiador marxista abordó el análisis de las revoluciones (sobre todo la francesa, la industrial británica y la rusa). En las primeras vio la fuerza impulsora de la tendencia predominante hacia el capitalismo liberal del siglo XIX. En la última, el intento fracasado de construir una sociedad socialista. Otro tema en su obra fue el de los bandidos sociales, un fenómeno que situó en su contexto social e histórico, enfrentándose con la visión tradicional de considerarlo como una forma espontánea e impredecible de rebelión, y demostró que está ligado a periodos de crisis social y anomia.

También estudió el origen de las tradiciones y argumentó que muchas de ellas son inventadas por élites nacionales para justificar la existencia e importancia de sus respectivos regímenes. Otro tema preferido fueron las clases trabajadoras, desde la época moderna (1600-1800) hasta el día de hoy y sus exponentes más destacados. Desde Thomas Paine y la revolución estadunidense hasta Ho-Chi-Min y Vietnam. En su prolífica vida de 95 años, no dejó de comentar los asuntos más importantes de la política y la historia en cientos de entrevistas y artículos en la prensa.

Murió el 1 de octubre de 2012. Es decir que sólo han transcurrido dos años desde su desaparición, y ahora, revisando todos sus trabajos en orden cronológico, me doy cuenta de lo poderoso de su pensamiento y de su vertiginoso desarrollo. Perfecciona y modifica sus ideas y posiciones a medida que lo siente necesario, pero siempre dentro de una misma matriz. Se antoja pensar que Hobsbawm intentaba captar los tiempos de un siglo de cambios meteóricos en la realidad y en las categorías teóricas de la ciencia social.

Hobsbawm es exponente versátil de un método propio que lo lleva a plantear teorías generales, preguntas categóricas, sugestiones inesperadas e hipótesis audaces en el marco de la historia de pensamiento marxista y de una erudición enciclopédica. Si hubiese que caracterizar su aportación fundamental, diría que ésta se encuentra en el método. Él fue una de las estrellas de una época en que la historiografía marxista se ganó una influencia muy grande, podemos decir incluso dominante, en algunos países, entre los cuales se encontraban muchos de los de América Latina. A través de sus constantes recuentos de los avances y retrocesos, de los éxitos y limitaciones de esa corriente, Hobsbawm, entre otros, ayudó a crear una sensación de comunidad y de interlocución crítica permanente entre los pensadores marxistas de todo el mundo. Esta época ha pasado y el marxismo de hoy debe definir sus límites y posibilidades ante un mundo completamente diferente al de la posguerra.

Para los hombres y mujeres que vivieron buena parte del siglo XX y se preguntan: ¿Qué me hizo como soy y a dónde voy?, o bien, jóvenes que no entienden el pasado inmediato precisamente por las enormes diferencias que guarda con su presente, la Historia del siglo XX es lectura imprescindible. No es casualidad que Lula lo haya considerado como el libro que más había influido en su vida.

Podemos también verlo como uno de los miembros de ese espléndido grupo de historiadores ingleses conocido como The British Marxist Historians en los años 1946-1956, quienes integraron una tradición teórica que hasta hoy tiene influencia en la historiografía inglesa y mundial. Fue formado en aquellos años por Maurice Dobb, Rodney Hilton, Christopher Hill, E.P. Thompson, y también por Victor Kiernan, George Rudé, A. L. Morton, John Saville y Dorothy Thompson, todos miembros de la misma célula del Partido Comunista Inglés, quienes transformaban sus reuniones en brillantes tertulias llenas de chispa sobre historia, marxismo y política. En esos tiempos nadie era más famoso que otro. Comenzaron a surgir algunos esfuerzos para realizar publicaciones colectivas y series de conferencias. Los escritos de Marx eran tratados más como un método que debía aplicarse, que como hipótesis a ser exploradas y probadas. Quizás éste sea el secreto que permite crear una corriente de pensamiento.

El más significativo producto de esas labores fue la revista Past and Present, cuyo primer número salió en 1952, y más tarde, New Left Review. El grupo, de acuerdo con uno de sus miembros, se fue deslindando del marxismo vulgar y sus fórmulas dogmáticas desde el principio.

También podemos verlo como un intelectual judío-vienés de formación centroeuropea que le permitía tener ese cosmopolitismo que incluía una familiaridad con las culturas austriaca, alemana, balcánica, latina y naturalmente inglesa, muy difícil de hallar en otros intelectuales de la época. Sin ella y sin su habilidad de políglota, no hubieran sido posibles libros como Bandidos sociales, donde los haiduks búlgaros comparten honores con los bandidos georgianos, o como Rebeldes primitivos, en el cual la mafia siciliana y la violencia colombiana –esa combinación de guerra civil, acciones guerrilleras y bandidaje– conviven. Menos aún podría haber escrito  Revolucionarios, en donde comunistas franceses, italianos y alemanes intervienen en las mismas páginas con anarquistas españoles, obreros ingleses y guerrilleros de Vietnam, todos ellos hermanados con los jóvenes de 1968 de París.

Hasta el día de su muerte, no dejó de preocuparse por la política cotidiana y la suerte futura de la humanidad. La obra El corto siglo XX, 1914-1991 fue publicada en 1994, pero igual Hobsbawm, quien ya había alcanzado la edad de 77 años, continuó preocupándose por la relación entre historia, presente y futuro. Testimonios son sus cuatro libros posteriores: On the Edge of the New Century, de 1999; Guerra y paz en el siglo XXI, publicado en 2007; Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo 1840-2011. Y luego nos enteramos de que dejó un manuscrito inédito que acaba de difundirse en 2013, Tiempo de rupturas: sociedad y cultura en el siglo XX.

Su posición ante la vida en los últimos instantes de lucidez en el siglo XXI seguía siendo la misma que rigió toda su existencia. “Si la gente no tiene un ideal de un mundo mejor –escribía Hobsbawm en el año 2000–, entonces ha perdido algo. Si el único ideal para los hombres y las mujeres es la búsqueda de la felicidad personal a través del logro de riqueza material, entonces la humanidad es una especie inferior.

“Eso quiere decir que existe algo más importante que llegar a ser rico y famoso. Ese deseo puede o no puede ser inherente a la naturaleza humana, pero ciertamente ha sido un fenómeno histórico desde el siglo XVIII, cuando la humanidad comenzó a comprender que es posible mejorar y emanciparse…

“El problema no es desear un mundo mejor; es creer en la utopía de un mundo perfecto. Los pensadores liberales tienen razón cuando hacen notar (…) que sólo aquellos con expectaciones moderadas sobre el futuro del mundo pueden evitar infligir males terribles. Sin embargo, no puedo dejar de sentir que la humanidad no podría funcionar sin grandes esperanzas y pasiones absolutas aun cuando éstas sufran grandes derrotas y entonces queda claro que la acción humana no puede eliminar la infelicidad. Los grandes líderes revolucionarios eran conscientes de que ciertos aspectos de la vida humana estaban más allá de sus esfuerzos, por ejemplo que los hombres son infelices en el amor, pero cuando se tienen 16 años puede incluso creerse en la posibilidad de cambiar eso…” 1

Aquí Hobsbawm se encuentra con Ernst Bloch, quien componía en los años aciagos del dominio fascista en Europa el primer tratado filosófico sobre La esperanza. “Es precisamente el hombre derrotado –escribe Bloch– quien debe enfrentarse de nuevo al mundo externo. Lo que viene no está decidido; el pantano puede ser desecado por medio del trabajo. Combinando el valor y el conocimiento, el futuro no se impone al hombre como destino; por el contrario, el hombre va al encuentro del futuro y entra en él con lo que es suyo”.2 Pero en las circunstancias actuales, después de 40 años de contrarrevolución victoriosa de los ricos, analizando la situación, es necesario incluir no un freno al optimismo, sino un acicate vital, un espolonazo vigoroso a la esperanza.

Para Hobsbawm, Marx sigue siendo una base esencial de cualquier estudio de historia, porque hasta ahora sólo él ha intentado formular una metodología de la historia como un todo, para intentar explicar el proceso completo de la evolución social humana. Investigar un problema en el sentido marxista significa, según Hobsbawm, “preguntar el tipo de preguntas que Marx plantea, aun estando en contra de sus respuestas (…) Marx no dijo la última palabra –lejos de ello–, pero dijo la primera palabra, y nosotros estamos obligados a continuar el discurso que inauguró”. 3

En un artículo llamado De la historia social a la historia de la sociedad, escrito en 1970, Hobsbawm desarrolla: “La idea de la sociedad como totalidad, y de la imposibilidad de dividir metodológicamente las ciencias sociales, es una de las ideas fundamentales del pensamiento marxista, y hay que retomarla.

“La historia social no podrá nunca ser otra especialización, como la historia económica (…) porque su temática no puede ser aislada (o dividida). Podemos definir ciertas actividades humanas como económicas, por lo menos para fines analíticos, y estudiarlas históricamente (…) de la misma manera, pero a un nivel inferior de teoría; el viejo tipo de historia intelectual (…) es posible aún hoy. Pero los aspectos sociales de la existencia del hombre no pueden ser separados de los otros aspectos de su ser (…) no pueden, aunque sea por un momento, ser separados de sus ideas (…) El historiador intelectual puede (a su riesgo) no prestar atención a la economía; el historiador económico, a Shakespeare, pero el historiador social que descuida a cualquiera de los dos no irá muy lejos.” 4

Un historiador de su generación decía que leer a Hobsbawm es lo mismo que jugar un juego encarnizado de squash, después del cual queda uno exhausto pero sumamente fortalecido y animado.

Particularmente interesante y provocadora es su Historia del siglo XX. Aborda allí problemas tan espinosos como las dos guerras mundiales; el ascenso del fascismo y el derrumbe del liberalismo; la Revolución Rusa; la gran crisis de 1929 y la disolución de la Unión Soviética. El objetivo del libro es crear un marco explicativo que ponga cada suceso en su lugar, por encima de los planes y fantasías de sus dirigentes, por encima de filias y fobias encendidas de las posiciones ideológicas.

Su siglo XX corto va de 1914 a 1994. Años que considera una era definitoria para la historia de la humanidad. Desde el principio hace constar que, “locales, regionales o globales, las guerras del siglo XX fueron de una escala sin precedentes (…) De 74 guerras internacionales entre 1816-1965 (…) las cuatro más importantes tuvieron lugar en el siglo XX: las dos guerras mundiales, la guerra de Japón contra China (1937-1939) y la guerra de Corea (…) La más grande guerra internacional documentada de la era postnapoleónica del siglo XIX, la que tuvo lugar entre Prusia/Alemania y Francia entre 1870-1871, mató quizás a 150 mil personas, y fue comparable en magnitud con las muertes de la guerra del Chaco de 1932-1935 entre Bolivia y Paraguay”. 5 Nada comprable con los 31 años que van desde el principio de la Primera Guerra Mundial y el fin de la Segunda, que causaron factiblemente 90 millones de víctimas. 6 Resumiendo, 1914 abre la edad de la masacre.

El libro “termina, como todos los escritos, en la década de 1990, con una mirada en la oscuridad. El colapso de una parte del mundo reveló el malestar del resto, y a medida que los años ochenta pasaron a los noventa, se hizo evidente que la crisis era no sólo general en un sentido económico, sino igualmente general en política. El colapso de los regímenes comunistas entre Istria y Vladivostok no sólo produjo una enorme zona de incertidumbre política, inestabilidad, caos y guerra civil, sino que también destruyó el sistema internacional (…) las tensiones de las economías minadas afectaron también los sistemas políticos de la democracia liberal, parlamentarios o presidenciales, que habían funcionado tan bien en el Oeste desde la Segunda Guerra Mundial (…) Las unidades básicas de la política, los Estados-nación, incluyendo los más viejos y estables, se encontraron dislocadas por fuerzas supranacionales o trasnacionales, y por las fuerzas separatistas de regiones y grupos étnicos, que exigieron para sí mismas –tal es la ironía de la historia– la condición antigua y rebasada de Estado-nación. El futuro de la política era oscuro, pero su crisis al final del corto siglo XX era patente”. 7

La historia como un todo inseparable: los surcos del viejo topo, los hombres de acción, las ideas que los hacen actuar, el complicado fenómeno de las multitudes en acción o en reposo, en ofensiva o a la defensiva, las vanguardias artísticas o la evolución de las formas musicales, son todos ellos imprescindibles –según Hobsbawm– para entender el mundo. Un ejemplo extraordinario de la búsqueda de nexos entre formas de expresión humana esencialmente diferentes, como pueden ser las vanguardias artísticas y el socialismo, lo podemos encontrar en su artículo Socialismo y las vanguardias 1880-1914, escrito para el segundo tomo de la Storia del Marxismo, de la editorial Julio Einaudi, en 1980.

Vanguardia artística y vanguardia política

Hablando de los años veinte, Hobsbawm reflexiona: “No hay una conexión lógica necesaria entre los dos fenómenos (vanguardia artística y socialismo), ya que la idea de que lo que es revolucionario en las artes tiene que ser revolucionario en la política está basada en una confusión semántica del término ‘revolucionario’ (…) sin embargo, había una conexión frecuente y existencial, ya que los socialistas (marxistas, anarquistas o de otro tipo) y las vanguardias culturales eran ambos marginales, opuestos a la ortodoxia burguesa. También podemos mencionar la juventud y frecuente pobreza relativa de muchos miembros de la vanguardia moderna. La pobreza puede ser exagerada, pero la inseguridad económica de los jóvenes y heterodoxos artistas y escritores (…) para quienes no había un mercado establecido, no se debe subestimar…

“Ambos grupos de marginales –escribe Hobsbawm– en cierto sentido se encontraban en una coexistencia no hostil con otros disidentes de la moral y el sistema de valores de la sociedad burguesa (…) Las heterodoxias se sobreponían entre sí. Tales ambientes son familiares a cualquier historiador cultural…”

¿Acaso no se produjo la misma irresistible atracción entre el joven Partido Comunista Mexicano y artistas de vanguardia, como Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Tina Modotti y Xavier Guerrero, en los años veinte, en plena Revolución Mexicana, cuyas limitaciones produjeron una acerba crítica de la izquierda?

Al margen de su obra histórica, Hobsbawm escribió (bajo el seudónimo de Frankie Newton, tomado del nombre del trompetista comunista Billie Holiday) para el New Statesman como crítico de jazz, y en diversas revistas intelectuales sobre temas diversos, como la barbarie en la edad moderna y el conflicto entre anarquismo y comunismo.

Otro instrumento de su método es la historia comparada, que lo ayudó a construir sus sujetos teóricos. Así, los rebeldes primitivos son definidos comparando casos distintos de varias partes del mundo y de diversas épocas hasta llegar a una abstracción de la cual surge el sujeto teórico.

Y, por fin, lo que realmente distingue a la historia marxista, y especialmente a la de Hobsbawm, de otras corrientes, es que su objetivo principal es la explicación. No la narración o la imagen, ni la belleza o el pathos, sino la comprensión y la explicación; la interpretación y la razón de las cosas.

Para resumir el método de Hobsbawm, podemos citar de su brillante introducción al libro La era del imperio:

“Su objetivo (del libro) no es decir a los lectores exactamente lo que sucedió en el mundo durante los 40 años anteriores a la Primera Guerra Mundial (…) Si quieren encontrar más datos, pueden fácilmente hacer eso en la generalmente excelente literatura disponible (…) Lo que yo he tratado de hacer es comprender y explicar el siglo XIX y su lugar en la historia, comprender y explicar a un mundo en proceso de transformación revolucionaria, trazar las raíces de nuestro presente en el suelo del pasado, y sobre todo ver al pasado como un todo coherente, más que como un conjunto de temas separados: la historia de Estados políticos y economías diferentes, de culturas, o en fin, de lo que sea. Desde el primer momento en que comencé a estar interesado en historia, he querido siempre conocer cómo todos esos aspectos de la vida pasada o presente están ligados y por qué”. 8

La gran cuestión en historia sigue siendo cómo, cuándo y por qué se desarrolló la humanidad desde el más antiguo primate, utilizador de toscos utensilios, hasta el día de hoy en que se da la revolución informática y la robotización. Desde el dominio absoluto de la religión hasta el florecimiento de las filosofías y las ciencias sociales contemporáneas. Este es el marco integral que no hay que perder de vista. Esto implica el descubrimiento y la constante puesta al día de un método para la comparación de las diferentes etapas del desarrollo social, así como de la definición de los términos de la continuidad y el cambio histórico y la transformación de un tipo de sociedad en otra, o su ruina, por limitado que sea el tema investigado en el tiempo y el espacio.

Hobsbawm polemizó con posiciones que simplifican en extremo la respuesta a esta interrogante reduciendo la historia al paso único de la “sociedad tradicional” a la “moderna”, siendo definida, la moderna, en función del capitalismo de los países industriales avanzados, y la tradicional con aquella que carece de sus características. Este modelo elimina la mayor parte de la historia de la humanidad para concentrarse en una pequeña parte de ella: las sociedades capitalistas, ignorando las diferencias cualitativas de las sociedades antiguas, así como de las contemporáneas entre sí, y resolviendo el problema por medio de unos pocos cambios cuantitativos en la economía. La falacia de esa concepción ha sido ampliamente probada en los últimos 50 años, y eso nos devuelve la concepción sistémica de la sociedad, sus relaciones con la naturaleza y lo inseparable de los diversos elementos que la componen.

Hobsbawm sostiene que “el capitalismo del siglo XIX ha destruido sus cimientos. La civilización burguesa, que parecía haber asegurado el progreso sin fin, ya no está. Lo que Marx llamó la destrucción creativa ha destruido las bases del capitalismo tradicional sin que se haya producido una alternativa. El capitalismo de hoy es un capitalismo que apunta a la barbarie, porque la resquebrajadura de las bases del capitalismo pujante del siglo XIX no ha producido a su sepulturero”.

¿Acaso el capitalismo industrial del siglo XIX y el capitalismo financiero del siglo XXI son los mismos? ¿El dominio del capital productivo es análogo al imperio despótico del capital financiero mundializado de nuestra era? Y lo mismo vale para la cultura. La alta cultura que se elaboraba para una pequeñísima minoría de universitarios, artistas y megalómanos de finales del siglo XIX, ¿puede compararse al arte de masas que ha surgido en la segunda mitad del siglo XX con la radio, el cine, la televisión, los eventos masivos, los aparatos de transmisión digitales, que llegan a cientos de millones de personas hoy día, no solamente en el mundo occidental, sino hasta en los últimos rincones de los cinco continentes? ¿Es lo mismo la música ambiental que nos persigue en las grandes tiendas departamentales que un concierto de la filarmónica de Berlín con un programa de Beethoven, Stravinsky y Prokófiev en una sala con 2 mil asientos? ¿Por qué tiene el grupo pop ultramillonario mucho más público que los mejores tenores de ópera, que se ven obligados a participar en conciertos masivos de música popular para subsistir?

¿Qué pasó? Hobsbawm responde: “La lógica tanto del desarrollo capitalista como de la civilización burguesa en sí estaba destinada a destruir sus cimientos: Una sociedad y unas instituciones gobernadas por una élite minoritaria y progresista (…) tolerada (y quizás incluso aprobada) por la mayoría (en el siglo XIX) (…) no pudieron resistir el triple golpe combinado de la revolución científica y tecnológica del siglo XX (…), de la sociedad de consumo de masas generada por la explosión en el potencial de las economías occidentales y, por último, del decisivo ingreso de las masas en la escena política como clientes y como votantes”. 9 Como una herencia preocupante pero indeclinable, Hobsbawm nos deja un rosario de interrogantes.  l

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1  Eric Hobsbawm. On the Edge of the New Century, The New Press, Nueva York, NY, 2000. pp. 160-161.

2  Citado en Enrique Semo. La búsqueda 1. La izquierda mexicana en los albores del siglo XXI. Océano de México, S.A. de C.V. México, DF, 2003. p. 37.

3  Eric Hobsbawm. On History, op. cit., pp. 161-168.

4  Eric Hobsbawm. Marxismo e historia social, Universidad de Puebla, Puebla, México, 1983, p. 26.

5  Eric Hobsbawm. Age of Extremes the Short Twentieth Century 1924-1991, Abacus, Londres, 1995, p. 24.

6  Eric Hobsbawm, Un tiempo de rupturas, sociedad y cultura en el siglo XX, Ediciones Culturales Paidós, México DF, 2013, p. 15.

7  Hobsbawm, Age of Estremes, ibid. p.10.

8  Hobsbawm, Empire, op. cit. p. XIII.

9  Hobsbawm. Un tiempo de rupturas, op.cit. p. 12.

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