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El exorcismo social de José Revueltas La confrontación entre el poder y las ideas

José Revueltas, uno de los líderes del movimiento estudiantil del 68, figuró entre los principales inculpados de la causa 278/68, radicada en el Juzgado Primero de Distrito en Materia Penal del Distrito Federal. La sentencia, dictada por el juez de la causa el 12 de noviembre de 1970, lo condenó a 16 años de prisión.

En el voluminoso expediente judicial, resguardado en el Archivo General de la Nación, destaca el testimonio de Revueltas: el documento sobresale como una de las piezas más elocuentes en torno a la libertad en este país, que recuerda la frase pronunciada por Martín Lutero en la Dieta de Worms en abril de 1521: “Aquí estoy de pie; no puedo hacerlo  diferente”. Frente al cadalso, en un acto de firmeza insólito en México, el autor de El luto humano se sostuvo en sus declaraciones tanto ante la autoridad ministerial como ante la jurisdiccional.

El poder del Estado no fue suficiente para doblegar el espíritu de Revueltas, quien reivindicó a sus ideas como su única arma, de donde emanaban sus enseñanzas para abrir la conciencia en los estudiantes a fin de que supieran defender sus ideales y sus derechos por todos los medios. Sostuvo incluso la necesidad de una reforma electoral de envergadura que asegurara el pleno ejercicio de la democracia y de la libertad en México.

Revueltas rindió su declaración ministerial en un “consignamiento clandestino”, como describiría a su mazmorra, y en su declaración preparatoria de noviembre de 1968, ante la estupefacción del fiscal federal, asumió la plena responsabilidad moral de sus actos; expresó que su deposición ministerial contenía una versión de las palabras que de viva voz había narrado, las cuales correspondían en términos generales a lo que había expuesto.

El careo muñido por la fiscalía con Francisco Espíndola Tamaria, Julio Viveros Almada, Raúl Cervantes López y José Guadalupe Luna nunca tuvo lugar, por razones poco claras. Ante ello, el juzgador se vio obligado a fundar y motivar su sentencia de forma por demás acotada.

Las motivaciones de la resolución adolecen sin embargo de graves deficiencias: a José Revueltas difícilmente se le encuentra en aquellas. Más aún, la lectura de las constancias de este proceso y de la sentencia son concluyentes: el pasado comunista y las ideas de Revueltas fueron razón suficiente para que se le acusara de invitación a la rebelión, asociación delictuosa, sedición, daño en propiedad ajena, ataques a las vías generales de comunicación, robo de uso, despojo, acopio de armas, homicidio y lesiones, estos dos últimos cometidos contra los agentes de la autoridad. Nadie se puede llamar a sorpresa: fueron sus ideas la causa principal de su incriminación y de su sentencia.

Para José Revueltas la novela es un instrumento de libertad que conduce a la transformación social. No postulaba una noción de libertad como un absoluto, sino que estaba persuadido de la extensión de las libertades. Para poder vivir en libertad, sostenía, el ciudadano debía inmiscuirse en su acometimiento.

El juzgador jamás pudo distinguir entre las actitudes, los actos y las ideas de Revueltas. Estaba impedido para entender que la creación literaria es, por su propia vocación, novedosa, inventiva, transgresora del status quo, distintiva de una aventura personal. Su canon lo inhabilitaba para observar cómo la creación encarna la libertad fecunda que se nutre de la experiencia de cada uno, que fabrica su propio universo, solitario y solidario, y que el escritor se convierte a la vez en actor de su propia identidad y depositario de su patrimonio cultural. Ello también le imposibilitó ver que la creación literaria es subversiva, que en el caso de Revueltas sus obras confrontaban al arte oficial mexicano y las banalidades de su academicismo.

La proscripción social

Como centinela del status quo el juez de la causa erigió al Estado como el árbitro de los órdenes moral y público y de la seguridad nacional, cuando es justamente la justicia federal la que, en una sociedad democrática, debe convertirse en santuario de la libertad, la que asegure el equilibrio entre la libertad de expresión y sus modalidades de aplicación.

En esta sentencia el juez redujo la creatividad literaria a fórmulas jurídicas extremadamente generales, además de prosopopéyicas. Ante las ideas de Revueltas que resultaban ser blasfemias, el juzgador, en plena actitud iconoclasta, más que pronunciar una sentencia practicó un exorcismo social: buscó eliminar la creación por considerarla enemiga del gobierno.

Al igual que en otras latitudes, la verdadera acusación contra Revueltas fue por la subversión del status quo, de los valores cristianos, de las normas morales y la opinión pública. Revueltas le atribuyó a la literatura una función social contestataria, que sus novelas recogen con maestría.

En su confinamiento escribiría El Apando, que figura en la antología universal de las obras escritas en reclusión, entre las que sobresalen El hombre murió. Notas en prisión de Wole Soyinka”, del poeta nigeriano Akinwande Oluwole “Wole” Soyinka (Premio Nobel de literatura 1986) y Las confesiones verdaderas de un terrorista albino, del sudafricano Breyten Breytenbach en su lucha contra el apartheid. Ambos enfrentaron con reciedumbre condiciones degradantes y fueron acusados mutatis mutandis de los mismos cargos que Revueltas, lo que obligó al primero a refugiarse en la antigua mitología nigeriana Yoruba y al segundo en la sabiduría práctica hinduista.

El de José Revueltas se agrega a los nombres de Arthur Koestler, Vaclav Havel, Varlam Chalamov, Nazim Hikmer y Jorge Valls Arango, entre otros muchos creadores cuyos testimonios desbordan los cánones literarios, exhibiendo las limitaciones del derecho y su misión misma.

Durante la segunda mitad del siglo XX, la cruzada de la libertad literaria encontró en las democracias occidentales diversas formas de acoso. Alice Kaplan, en su libro El colaborador. El juicio y la ejecución de Robert Brasillach, refiere cómo a la justicia francesa, en un juicio sumarísimo, le bastó unas cuantas horas para ejecutar a este escritor colaboracionista, sin que tuviera defensa de ninguna índole, como culminación del linchamiento mediático de la época.

En pleno santuario del asilo político, uno de los grandes escritores suizos de habla alemana, Robert Walser, fue recluido al final de su vida. El precedente de Robert Musil no fue menor: después de la anexión austriaca a Alemania, el autor de El hombre sin atributos buscó asilo en 1938 en Zürich y, ante su estupor, la Sociedad Suiza de Escritores le solicitó “renunciar a toda actividad que pudiera ensombrecer a los escritores suizos”.

El precedente de James Joyce también es muy significativo: en 1940 solicitó asilo y la policía migratoria suiza mostró explícitamente su inquietud ante la posibilidad de que la presencia del novelista “pudiera perturbar a los escritores suizos o bien competirlos” (Le Monde, 11 de marzo de 1998).

Exilio interior

La prisión, destaca Joseph Brodsky, es una traducción metafísica, ética y del sentido de la historia en términos de la vida cotidiana. La escritura en estas condiciones está vinculada con el deseo de vivir y narrar la historia del confinamiento, que resulta ser la historia misma de la sociedad a la que se pertenece.

Vivir y narrar la historia, continúa el poeta ruso-estadunidense, es la motivación de los escritores en reclusión que los inserta en una nueva comunidad simbólica: la de aquellos que sufren y viven para narrar y están dispuestos nuevamente al sufrimiento que les permita reafirmar su derecho de narrar. Este es particularmente el caso de José Revueltas, quien se refugió en su exilio interior.

A Revueltas se le confinó para neutralizar su influencia, toda vez que quienes se habían autoerigido en custodios del régimen la consideraban desestabilizadora. Revueltas asumió una función canónica como escritor y como intelectual que muy pronto lo convirtieron en una figura central del cuestionamiento a la ideología burocrática prevaleciente.

Post scriptum

Ahora más que nunca, ante los hechos que enlutan a México, la experiencia de José Revueltas enseña cómo el sistema de derecho trata de reducir el debate público a una relación lineal, y muestra recurrentemente su insuficiencia para solucionar las controversias en el ámbito interno, lo que obliga por tanto a recurrir cada vez con más frecuencia a instancias internacionales para acceder a una satisfacción en el terreno de las reivindicaciones sociales.

Los avances en la legislación sobre derechos humanos que aseguran la libertad, específicamente la de creación, son incuestionables: este es precisamente el sentido de esos instrumentos internacionales, que buscan encontrar, en una perspectiva vertical, un equilibrio entre el Estado y los individuos.

Al margen de los problemas sistémicos del Estado mexicano, de suyo muy graves, los acontecimientos actuales lo han rebasado totalmente, y ahora el acoso a la libertad proviene de grupos de muy diversa índole, en una perspectiva horizontal. Este es el reto que enfrenta ahora la sociedad mexicana.   

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.

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