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Julio Scherer y el Proceso de la libertad

Este semanario está de duelo. Son horas tristes también para el periodismo y para la sociedad mexicana. La muerte de Julio Scherer García, don Julio, como todos lo conocíamos, ha enlutado a este país. Difícilmente sin este hombre austero, probo, de convicciones inquebrantables, se podría explicar el proceso de la defensa de la libertad de expresión en la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Como abogado pude compartir con él las decisiones fundamentales de su vida. Fue todo un privilegio. Como una secuela de las discusiones que teníamos, pude visualizar mejor sus ideales y sus convicciones. Es la hora de repensarlos.

El periodismo, me comentaba don Julio, es una práctica discursiva fáctica, más que comentarios literarios, filosóficos o políticos. El periodista debe diseccionar los eslóganes y abstracciones y negarse en todo momento a anteponer cualquiera de sus consideraciones morales, que le pudieran inhibir a divulgar la verdad o retenerla indebidamente.

El país requiere de periodistas contestatarios, críticos e independientes del Estado. Al discurso contestatario se le considera como una característica normativa del periodismo en una democracia, necesaria para el ejercicio del escrutinio público de las élites políticas y económicas. La extensión de la función informativa del periodismo es el escrutinio crítico y el examen metódico del ejercicio del poder. El cuestionamiento severo, la crítica sin ambages sobre falsedades y sobre errores, son los atributos esenciales del periodismo en una democracia. La defensa de la libertad de expresión en toda sociedad requiere de un periodismo libre e independiente. Don Julio practicó plenamente este periodismo.

Scherer imaginó este semanario como un espacio de reflexión inteligible y apropiada en una democracia popular. Su ejercicio contribuye al buen gobierno sólo y sólo si la sociedad está debidamente informada. Una sociedad puede discernir racionalmente entre la verdad y la falsedad si se le provee de información objetiva de los hechos. Por ello uno de los mayores desafíos de nuestra incipiente democracia es la creación de un sistema de medios independiente, con la expresión de un periodismo crítico y democrático, que es fundamental para el ejercicio de las libertades públicas en nuestra sociedad.

El periodismo en la perspectiva de don Julio se convierte en un mediador entre los ciudadanos y la élite política para asegurar así que la voz de aquellos sea escuchada cotidianamente. Esta era la profesión de fe de don Julio: una adhesión irrestricta a la verdad y a la objetividad. La búsqueda de la verdad no era una idea novedosa; sí lo era el empleo del método de la objetividad para acceder a ella. Proceso debía abandonar los juicios de valor para convertirse en un espejo de la diversidad de nuestra realidad.

Pero Proceso no debía agotarse en la veneración de los hechos vinculada fatalmente a la objetividad y a la búsqueda incesante de la verdad, sino reafirmar un periodismo interpretativo que intentara explicar el significado de los eventos. Debía claramente distinguir entre noticia y comentario; entre hecho y opinión. Había que transitar de un periodismo de mera información a un periodismo de opinión, debía migrar del “mercado de información” al “mercado de las ideas”. La divisa es sencilla en su concepción, pero a su vez compleja: Ninguna idea sin un hecho; ningún hecho sin una idea.

Este semanario debía emprender un activismo periodístico de tal suerte que a la información que publicara se le conceptualizara como un constante desafío al status quo, como un promotor de causas sociales y como un partícipe en la batalla cotidiana contra las conductas indebidas de las élites políticas y económicas. Para ello, el reconocimiento de la sociedad resultaba fundamental para Proceso. Este semanario debía ante todo legitimar su utilidad social. El énfasis no sólo debería estar en la defensa de las libertades públicas o en la promoción de las reformas de interés general, sino en la asunción de una responsabilidad colectiva. Más aún, a ésta última había que asociar el impacto del periodismo en los vínculos y valores comunitarios.

En su activismo periodístico, Scherer se convirtió en un tribuno de nuestra sociedad en la defensa de la libertad ante el asedio permanente del poder. Fue a su generación a la cual le correspondió introducir una nueva fórmula democrática distinta en su naturaleza a la fórmula clásica de la democracia directa e individualista, resultante del debate público y del sufragio universal. Esta nueva fórmula democrática tiene como principio de ejecución la influencia de la opinión pública sobre la acción política. Proceso debía en este contexto convertirse en un laboratorio periodístico.

Scherer desarrolló el reportaje como el arte de ver el mar a través de una gota de agua, conforme a la frase feliz de Adam Michnik. Pero Scherer no se agotó como reportero. Ya como escritor no solamente reafirmó su posición crítica: se reivindicó como un intelectual cuya creación puede ser percibida a través de su talento.

Su trabajo fue siempre de análisis, no de síntesis. Asumió sus riesgos, definió sus jerarquías y elaboró sus normas para adoptar un discurso contestatario; trató de consolidar la emergencia de una cultura controversial y políticamente comprometida y con ello le proveyó a Proceso de una legitimación ideológica. Scherer García fue en nuestra sociedad un punto de convergencia entre un sistema crítico académico y un discurso crítico emergente. Este activista se convirtió rápidamente en un combatiente solitario y en vocero de un público silencioso. Para ello se dedicó a escuchar la voz profunda de nuestra sociedad.

Para don Julio no pasó desapercibida la función representativa del periodismo político que en la actualidad se ve vigorizada con las tecnologías interactivas de comunicación, que abren nuevos cauces tanto en la comunicación entre los ciudadanos y las élites políticas como en la participación en el debate público. Siempre actualizado, sostenía que estas nuevas tecnologías estaban impulsando una participación democrática sin precedentes debido a que cada día un mayor número de ciudadanos tiene acceso a los medios de comunicación política. Debía por lo tanto asegurar este nuevo enfoque de libertades públicas. Proceso debía adaptarse a estas nuevas realidades.

Debatimos sobre el conflicto entre el periodismo y el ámbito privado. Scherer sostenía que en los personajes públicos la división entre el ámbito privado y el público era cada vez más tenue, y que el escrutinio del ámbito privado era una muestra de la democratización de la cultura política y de su expansión, motivada por las inquietudes cotidianas de la ciudadanía. La tendencia en la cultura política comprende inevitablemente el análisis de la personalidad de sus actores y la de su proyección, que posibilita que los ciudadanos puedan conocer el perfil de los personajes que los gobiernan. Su pronóstico era que la tendencia del periodismo del siglo XXI estará indefectiblemente vinculada a esta polémica.

Émile Zola publicó su desplegado J’accuse en enero de 1898 en el periódico parisino de la época L’Aurore con motivo del proceso de Alfred Dreyfus. Ese desplegado es emblemático porque inaugura un nuevo modelo en el periodismo que se significa por la participación de los intelectuales en la res publica. Fue George Benjamin Clemenceau quien troqueló el término “intelectual” como aquel que, sin contar con mandato expreso, pone su inteligencia al servicio de las causas sociales. Esta figura, que corresponde a la tradición anglosajona iniciada por Aeropagítica, publicada por John Milton en noviembre de 1644, en pleno apogeo de la guerra civil en Inglaterra, fue desarrollada bajo el término intelectual público, acuñado por Russel Jacoby.  Scherer pertenece a esta tradición; asumió en nuestro medio este carácter, como aquel que compromete su competencia, su autoridad específica y los valores asociados al ejercicio de su profesión, como son los valores de la verdad, en la contienda política.

En este contexto Scherer se caracterizó por formular cuestionamientos embarazosos, confrontar ortodoxias, denunciar la obsolescencia de “la comunidad de suposiciones” creada con un halo de veracidad pero con un marcado carácter dogmático por las élites políticas y económicas, que con ella legitiman sus políticas públicas. Coincidimos en la crítica a la política neoliberal que se ha convertido en una teoría social irrelevante y socialmente inoperante. El neoliberalismo se redujo a una retórica cuyas nociones básicas fundamentales se convirtieron en comunes denominadores del vocabulario político y, por lo tanto, carentes de alguna utilidad para introducir análisis de situaciones específicas o bien fijar posiciones de principio. La retórica neoliberal oficializó su lenguaje; con ello terminó por banalizarse. Se convirtió en mera rutina administrativa y abandonó su controvertido postulado de modelo social.   

Más que un crítico social Scherer García era un observador social. Sus aproximaciones ideológicas o políticas abrevaban en sus recursos intelectuales. Las causas que defendía y las ideas que postulaba eran una consecuencia natural de los valores y principios de los que firmemente estaba convencido. Fue en este orden un hombre congruente. Sus análisis eran una constante para el mejoramiento del bienestar social; sus reflexiones estaban encaminadas a sugerir nuevos derroteros a la sociedad o bien eran abiertamente denunciatorias por su insatisfacción ante el estado que guardaba y guarda nuestra sociedad. En este sentido puede sostenerse que don Julio fue un utopista.

En el ejercicio de su profesión, don Julio cumplió con el deber de cuestionar al poder legalmente constituido, que está obligado a rendir cuentas de su actuación, y con mayor razón cuando ese poder se ejerce de una manera manifiestamente desproporcionada o hace uso de políticas represivas. El objetivo de la divulgación de la verdad es contrarrestar la impunidad del ejercicio del poder y el reconocimiento de derechos y de libertades democráticas. Expresar la verdad frente al poder no proviene de un idealismo propio de Pangloss, uno de los personajes de Voltaire en su novela Candide; es ponderar cuidadosamente alternativas y presentarlas a la sociedad. La voz de don Julio era solitaria; su resonancia se debía a que estaba asociada al proceso de la defensa de la libertad a las aspiraciones de nuestra sociedad.

Las enseñanzas de Julio Scherer en el proceso de defensa de las libertades públicas resultan cívicamente valiosas; es más cómodo conmemorar las libertades públicas que defenderlas, y es más sencillo defenderlas que emplearlas en una forma políticamente eficaz. Este es su legado que compromete a mi generación.   

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.

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