Carta para Julio Scherer

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Querido Julio:

Espero que estés en algún lugar bello, rodeado de libros y afectos. Espero que tú y Vicente se estén riendo juntos, preparando alguna nueva travesura periodística, algún reportaje, alguna entrevista, algún libro. Yo aquí, partida por la tristeza de no haberme despedido de ti, y de allí esta carta para decirte todo lo que no pude, todo lo que no alcancé. Porque te fuiste así de golpe cuando yo pensaba que ibas a estar allí el resto de la vida para retarme, regañarme, enviarme un libro, criticar algo que había escrito o felicitarme por ello. Porque creí que siempre serías como esas señales en la carretera que te indican cúantos kilómetros faltan para llegar al destino. Siempre presente. Siempre erguido. Siempre de pie.

Te confieso que a veces me costaba trabajo verte y por eso nos reuníamos sólo un par de veces al año. Hablar contigo era como sentarse a hablar con Dios, o someterse a una resonancia magnética o pasar por una auscultación médica. Sólo que en tu caso era una auscultación moral. Eras como una vara de medición andando, con la cual nos evaluabas. Era difícil someterse a ese grado de escrutinio, a ese nivel de exigencia. Pero ahora que no estás aquí te digo que agradezco lo que me diste durante los 15 años que llevo escribiendo en nuestra revista: la expectativa de siempre, esperar algo mejor de mí y de todos los que colaboramos en Proceso: un texto más elegante o una posición más clara o una postura más punzante. Aprendí eso de ti. Mirar al país con la honestidad que se merece. Señalar sus carencias sin concesiones. Saber que el verdadero patriotismo entraña rendir tributo a tu país a través de la crítica.

Como escribió Christopher Hitchens en Letters to a Young Contrarian, el noble título de “disidente” se gana, no se declara. Connota sacrificio y riesgo, más que un simple desacuerdo, y ha sido consagrado por muchos hombres y mujeres valientes. Tú, Julio, fuiste el disidente mayor. El disidente por excelencia. El disidente ejemplar. Tildado a veces de amarillista o radical o estridente. Pero uno de los pocos que no se dedicaba tan sólo a excoriar a la clase política, sino a alzar un espejo para que México pudiera verse como es. Desigual, corrupto, mal gobernado. Ejerciendo –a través de las páginas de Proceso– el derecho a decir “no”. No al autoritarismo de Luis Echeverría. No a la perversidad de Carlos Salinas. No a la puerilidad de Vicente Fox. No a la guerra de Felipe Calderón. No a la manipulación mediática de Enrique Peña Nieto. Un derecho enraizado en la valentía que, como escribe Hitchens, no es en sí una de las virtudes primarias; es la cualidad que hace posible el ejercicio de todas las demás virtudes.

Así eras, Julio. Así fuiste, Julio. Valiente. Independiente. Incómodo. Obstinado. Sabías que el progreso sólo ocurre a través del conflicto y la confrontación y el argumento y la disputa. Sabías que es la única manera de encender un cerillo en el corazón del país. Poniendo todo en duda. Escribiendo lo que muchos preferirían no leer. Sabiendo, como lo dijera Frederick Douglas, que quienes esperan verdad y justicia sin una lucha son los que sólo piensan en el mar sin imaginar la tempestad. Sembraste en mí y en toda una generación una mentalidad oposicionista, rebelde, de causas. Una mentalidad enraizada en la dignidad, en la conciencia de que los mexicanos saben cuando se les miente. Y tan lo saben que siguen leyendo esta revista, porque en sus páginas yace el esfuerzo por descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla.

No había nada falso en ti. Tu honestidad era tan extrema que resultaba a veces difícil estar cerca, escucharte, entenderte. Tu imaginación moral era enorme y contagiosa. Un reto diario para tantos periodistas que hoy te alaban pero eluden el periodismo de denuncia que representabas. El periodismo libre que no recorta sus convicciones para ajustarlas al tamaño de la pantalla o el cheque. El periodismo hoy al acecho de la violencia y la intimidación y la amenaza y los golpes bajos. El periodismo que defenderemos porque, como decía Havel, la desesperanza es el pecado imperdonable. No me rindo, Julio, no me rindo.

Sí aprovecho para reconocer que muchas veces no estuvimos de acuerdo, sobre todo con respecto a Andrés Manuel López Obrador. Pero las coincidencias siempre fueron más importantes, más fundacionales. Y bueno, pues fui a tu entierro, y cuando presencié las paletadas de tierra que empezaron a cubrir tu féretro lloré como lloro ahora. Lloré porque supe que estabas enfermo y no fui a verte. Lloré por las conversaciones que ya no tendremos. Lloré porque recordé las veces que comimos, que hablamos, que peleamos. Recordé cómo coqueteabas conmigo. Recordé lo que dijiste, en mi defensa, a uno de mis tantos críticos: “La señora vale la pena”. Espero seguir valiendo la pena para ti y para otros, a pesar de los defectos, a pesar de las carencias.

Espero honrar tu confianza y tu amistad y la tarea periodística e intelectual que dejas tras de ti. La tarea del escepticismo permanente. La tarea de pensar por uno mismo. La tarea de decirle la verdad al poder, que preferiría suprimirla o limitarla o distorsionarla. Tareas tan importantes como no permanecer neutral en tiempos de crisis moral. No ser un simple espectador ante la corrupción o la estupidez o la cobardía. Combinar la impaciencia con el escepticismo y el odio a todas las formas de injusticia. Definir y redefinir la realidad a través de la palabra. Contar y enseñar el dolor como lo más importante que podemos hacer.

En estos días habrá tributos y elogios y acoladas para ti. Yo sólo alcanzo a escribirte estas tristes líneas acompañadas de una promesa. En medio de esta oscuridad en la que nos quedamos, prometo –con mis colegas de Proceso– recoger tu antorcha. Alumbrar el trecho que nos toca con algo muy sencillo que nos heredaste: un sentido enorme de lo que es decente y lo que no lo es, algo que a veces resulta el arma más efectiva de todas. La decencia y la verdad como estelas de luz en tiempo de canallas. La decencia y la verdad como algo radical en un país de mentiras coercitivas, compulsivas y deliberadas. Y finalmente, como saben todos los que se quedaron de niños sin padre, uno va eligiendo padres en el camino. Gracias por el tiempo que lo fuiste para mí. Ha sido un privilegio conocerte y quererte. Un privilegio.

Twitter: @DeniseDresserG

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