“El rock mexicano, un espacio en disputa”

MÉXICO, D.F. (apro).- Entre los volúmenes más interesantes que aparecieron el año pasado sobre música popular mexicana destaca el volumen de la distinguida catedrática de la UAM-X e investigadora nacional del Conacyt, María del Carmen de la Peza Casares: “El rock mexicano. Un espacio en disputa”.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Loughborough, en Leicestershire, Inglaterra, De la Peza Casares publicó anteriormente el libro “El bolero y la educación sentimental en México” (Miguel Ángel Porrúa/UAM-X 2001), además de brillantes artículos sobre música juvenil como “El ska en México” o “Rock, estética y nuevas subjetividades políticas”.

“El rock mexicano. Un espacio en disputa” (UAM-X. Colección Tendencias. 238 páginas) es “un tributo a los jóvenes que han sido para mí los interlocutores más exigentes y un punto de contacto insustituible con la actualidad”, afirma la autora.

La obra se divide en dos partes, la primera titulada “El rock irrumpe en escena” (con los capítulos Procesos de subjetivación y diferencia, y Tecnología musical y acercamiento del arte a las masas) y la segunda, “El rock: pluralidad de voces en litigio”. En ésta última dedica una veintena de páginas a “El rock rupestre y el Profeta del Nopal” (en “De crónicas, memorias y conmemoraciones”), cuyo centro es la obra y personalidad del tamaulipeco Rockdrigo González, quien falleció en los sismos de 1985.

Los demás capítulos son “De risas, burlas y confrontaciones”, “Rock, raza y construcción mítica de la nación” y “A modo de conclusión”.

En esta ocasión sólo nos detendremos en el texto sobre Rockdrigo. La maestra De la Peza Casares comienza dicho apartado rupestre, así:

“El caso de Rockdrigo González es particularmente interesante para el análisis del papel del rock en la construcción de la memoria colectiva, ya que él mismo se transformó en héroe después de su muerte en el terremoto de 1985. La muerte prematura y trágica de Rockdrigo González a la edad de 35 años favoreció la construcción de un mito en torno a él y la diseminación de sus canciones”.

Más adelante, se lee:

“El rock de Rockdrigo es música para escuchar más que para bailar, se caracteriza por el ritmo lento y pausado del blues y los sonidos de la armónica producen un efecto melancólico. Las canciones en las que utiliza ritmos más rápidos tienen un carácter irónico y burlón (…)

“La obra musical de Rockdrigo se caracteriza por el colorido de los arreglos musicales. La sexta cuerda de la guitarra acústica toma el lugar del bajo, y con las tres primeras cuerdas hace los juegos del requinto. En el preludio de las canciones combina la armónica con la guitarra. Él solo, con sus dos instrumentos y la voz, hace el trabajo de una orquesta de rock: cantante, bajo, guitarra y armónica. Al estilo del jazz, Rockdrigo utiliza como recurso creativo la improvisación (…)

“Él mismo construyó el mito del roquero bohemio, solitario y trovador. En sus presentaciones en vivo y diálogo con el público, fue dándole fama al personaje con el que hoy se le identifica: el Profeta del Nopal. Según su propio relato, en un viaje de hongos alucinógenos, el profeta del nopal le hizo revelaciones que él, a su vez, debía comunicar a la comunidad roquera: al personal, a la raza, a la banda, es decir, al pueblo mexicano. La función del profeta –como la del poeta—es mesiánica, apocalíptica, anuncia lo que está por venir a partir de lo que ve que está ocurriendo en el mundo y que los demás no son capaces de ver, absorbidos en los menesteres diarios. El roquero, poeta y trovador, cumple en nuestros días el papel de narrador tradicional.

“Las canciones de Rockdrigo son crónicas ficcionadas de la vida cotidiana de la Ciudad de México. Su obra poética incluye una radiografía de los personajes que habitan la gran urbe, los escenarios en los que viven y los pequeños acontecimientos urbanos transcurridos en el tiempo, en una maquinaria implacable que conduce las existencias intrascendentes hacia la muerte, si no fuera por la actividad del poeta que los recoge y los transforma en sucesos memorables”.

Con esta prosa visionaria y rica en profundidad e información veraz, el ensayo de María del Carmen De la Peza Casares recorre piezas célebres de Rockdrigo quien “hace una fenomenología de los personajes a los que analiza y describe, en algunas ocasiones de adentro hacia fuera y viceversa: individuos solitarios vueltos sobre sí mismos, personajes oníricos, fantasmas que deambulan como parte del escenario de la ciudad, seres concretos que viven dramas singulares: trabajadores, desempleados que se transforman en asesinos, amas de casa o enamorados que sufren el abandono y la soledad”.

Por ejemplo, las rolas “Perro en el periférico”, “La balada del asalariado”, “Ama de casa un poco triste”, “Buscando trabajo”, “Estación del metro Balderas” (¡claro!), “Gustavo”, “Asalto chido”, “Las aventuras en el Distrito Federal” y “Vieja ciudad de hierro”.

Al final, De la Peza suma:

“Partiendo de la crítica a la sociedad capitalista y su ideología del progreso, el rock rupestre denuncia las leyes sociales injustas y queda implícita la necesidad del cambio. Sin embargo, a diferencia de las propuestas hippies de las décadas de los sesenta y setenta, que planteaban algunas alternativas de vida comunitaria al margen de la sociedad capitalista, el rock rupestre de Rockdrigo, más que una utopía que se proyecte hacia el futuro, presenta una visión nostálgica del pasado y un futuro sin alternativas.

“En las canciones de Rockdrigo se expresan las múltiples voces que lo atraviesan como sujeto social constituido en condiciones sociohistóricas determinadas. Hombre de clase media instruido en la ciudad de Tampico, creció en un contexto musical norteño cruzado por la música y la cultura contestataria del rock de las décadas de los sesenta y setenta. Después emigró, primero a Jalapa y después a la Ciudad de México, donde entró en contacto tanto con la filosofía existencialista francesa, el psicoanálisis, el marxismo, la liberación sexual y la psicodelia, como en la vida cotidiana de los sectores populares con los que compartió y estableció un diálogo a través de las presentaciones de su música en vivo.

“Pluralidad de voces que atraviesan al poeta y cantautor y que se plasman en sus canciones como parte del sentido común que comparte con la comunidad de hablantes a la que se dirige y de la que, a la vez, es parte.”

En la investigación de esta profesora que ha sido invitada a impartir cátedras a la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Autónoma de la Plata en Argentina, figuran también otros temas de estudio en torno a Rock y zapatismo, el rap/hip hop en México y la lucha contra la violencia en Ciudad Juárez, El TRI de Alex Lora, la imagen grotesca del cuerpo femenino conforme las rolas del grupo Molotov, los discursos de odio contra las mujeres, o roqueras, punketas, hip hoperas y grafiteras (que) toman la palabra.

Con agradecimientos, introducción y conclusiones de Maricarmen De la Peza, amén de una discografía selecta y fuentes bibliográficas bien documentadas, “El rock mexicano. Un espacio en disputa” atrapa con inteligencia y narrativa valiente la lectura.

Una investigación valiosa, certera y profunda fuera de serie acerca del rock nacional, tan magramente analizado por periodistas, roqueros y universitarios.

 

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