América 1491 El factor aislamiento

¿Cómo era América antes de la llegada de los europeos? Una inmensa masa de tierra de cerca de 43 millones de kilómetros cuadrados, cuatro veces mayor que Europa, con un litoral de 106 mil kilómetros, frente al europeo de 36 mil. Probablemente su población, antes de la llegada de los españoles, era de 57 millones de habitantes, poco menos que los 60 millones del Viejo Continente calculados para 1500. España (los reinos de Castilla y Aragón) en la misma fecha tenía una extensión aproximada de medio millón de kilómetros cuadrados con una población de 6.3 millones de habitantes. La baja densidad de población del inmenso continente nos permite imaginarlo como una superficie polvoreada de hombres y mujeres que sólo adquiere una densidad comparable a la de Europa en algunos rincones relativamente privilegiados.

Hasta el siglo XVI los océanos Atlántico y Pacífico fueron obstáculos insuperables para una comunicación sistemática entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Es verdad que los vikingos con sus esbeltas naves lograron en el siglo X superar el primero a la altura de Islandia y Groenlandia, pero esa fue una proeza excepcional sin continuación ni consecuencias duraderas. No fue sino en el siglo XV cuando esto comenzó a cambiar gracias a una serie de inventos en la técnica de la navegación europea entre las cuales estuvo la carabela, barco que en su forma inicial fue introducido por los árabes a España, que no precisa remos, ligero, de forma afilada que permitía velocidades considerables y bastante seguridad en el manejo. Se tardó bastante para que los dos océanos, de obstáculos a la comunicación se volvieron vías de acceso estables y relativamente bien conocidas.

En este continente ignorado por el Viejo Mundo, millones de hombres y mujeres vivieron con creatividad notable durante 20 milenios o más, sin contactos significativos con los europeos, asiáticos y africanos, aunque probablemente pueblos prehistóricos de Oceanía y posiblemente los chinos tocaron sus costas sin dejar un impacto duradero de su estancia. Las diferencias de los indoamericanos de 1491 con los habitantes del Viejo Mundo sólo pueden ser entendidas colocándolos en el marco de su hábitat y su larga historia precolombina autónoma del Viejo Mundo: una historia que lleva el sello de un medio completamente diferente y de culturas originales. Fuera de esa historia, o mejor dicho protohistoria, los indígenas contemporáneos parecen flotar misteriosamente en el aire, con un pasado lleno de mitos y leyendas y una vocación conservadora enigmática. Recobran su dimensión real sólo como parte de una población autóctona continental que construyó su identidad respondiendo a retos iniciales y muy diferentes a los del Viejo Continente y los resolvió en una forma completamente independiente, creando culturas que deben ser estudiadas en sí mismas, libres de toda visión eurocentrista. Sabemos mucho más sobre los cazadores y recolectores americanos que sus congéneres en Europa o Asia porque sobrevivieron hasta siglos recientes, pero nos cuesta entenderlos mientras pensemos en categorías europeas.

La universalidad de la historia humana sólo puede ser recuperada atendiendo las múltiples particularidades de cada una de sus civilizaciones y sus tiempos diversos con sus propios eventos decisivos o marginales desde su punto de vista exclusivo. Los latinoamericanos del siglo XX no vivieron directamente las dos guerras mundiales y si bien conocen su existencia en la historia, éstas no viven en su memoria colectiva.

La difusión de las innovaciones

El aislamiento externo de los pueblos indoamericanos tuvo un doble y contradictorio efecto. Por un lado multiplicó el número de sus civilizaciones originales, profundamente enraizadas en sus regiones exclusivas. Quienes se sorprenden de la sobrevivencia de las culturas aborígenes americanas olvidan que cada una de ellas protagonizó de forma completamente independiente cambios epocales, como el descubrimiento de la agricultura, que tomó más de dos milenios; la construcción de civilizaciones complejas; la creación de culturas de una brillantez sorprendente y el ascenso y desaparición de grandes imperios hasta el siglo XVI. Estas gestas viven en muchas formas en su memoria colectiva hasta hoy. La mentalidad del habitante del Nuevo Mundo reposaba sobre experiencias sociales e imágenes religiosas que a los conquistadores nada les decían y viceversa. Como las instituciones que les daban vida no desaparecieron completamente, el pasado sigue reproduciéndose como parte de una cultura viva y cambiante.

Más grave aún es que esta soledad impidió el desarrollo de inmunidades a las epidemias euroasiáticas y africanas que se intercambiaron en un contrapunteo destructivo entre sí pero no mortal durante siglos en el Viejo Mundo, mientras que al llegar a América, fueron causa de una hecatombe unilateral. Brillantes artistas, astrónomos, matemáticos, urbanistas, inventores de la escritura y de una compleja organización del Estado, maestros de escuelas superiores no pudieron nada frente al acero, los caballos, los barcos, los cañones pero sobre todo las epidemias, ante las cuales la población de América no contaba con defensas algunas.

Es error común creer que cada pueblo euroasiático inventó la agricultura, la domesticación de animales, la metalurgia del bronce y sobre todo del hierro, el arado, el molino hidráulico y de aire, el telar, el fuelle, la rueda, los carros, la escritura, la vela de navegar, la imprenta, por sí solo. Cada chispazo creador se produjo en algunos pocos centros de innovación primigenia y se transmitió a todo el resto por el factor difusión de la innovación, facilitada por el contacto e intercambio cotidiano en un mundo en que la densidad de población era mucho mayor, las distancias más cortas y las vías de comunicación mucho más accesibles. Además, los centros de desarrollo independiente eran más numerosos. Uno de los secretos del desarrollo del Viejo Mundo fue la facilidad de la difusión de las innovaciones. Los inventos ni siquiera se originaron en su mayoría en Europa. Los españoles pudieron llegar a América porque sus barcos usaban timones y brújulas inventados en China, los capitanes calculaban su posición en alta mar usando la trigonometría descubierta en Egipto y los números creados en la India. Su conocimiento acumulado a lo largo de siglos estaba preservado en letras inventadas por los romanos y escrito en papel descubierto en China. Sus armas dependían cada vez más de la pólvora inventada en Asia. La confrontación cultural entre América y los europeos fue un conflicto entre una cultura resultado de un intenso proceso de difusión frente a otras culturas que estuvieron al margen de esos procesos de difusión de la innovación durante 20 mil años.

Los pueblos de América no estaban atrasados, estaban aislados, y tuvieron que inventar cada uno por sí mismo lo que pudieron. Manco Cápac, rey de los incas, no contaba con un Marco Polo y sus semejantes, que transmitieron algunos grandes inventos chinos a la Venecia de los comerciantes y banqueros y Moctezuma no tuvo la oportunidad de mandar a algunos de sus sacerdotes a estudiar a las universidades europeas. Para ellos la difusión con el resto del mundo no funcionó. El hecho de que muchos inventos originarios de los otros tres continentes hayan estado ausentes de las grandes culturas americanas se debe a ello, en especial en lo que se refiere al arte de la guerra y las armas. Un proceso de aprendizaje e imitación permanente hizo de los países de Europa lo que fueron. El aislamiento externo e interno actuó en sentido inverso con los pueblos de América.

El factor aislamiento entre el Nuevo y Viejo Mundo durante milenios exige recurrir a tipologías diferentes a las elaboradas para el Viejo Mundo. Con la excepción del arte, la literatura y el folclore, que no admiten ese tipo de comparaciones, el desarrollo técnico y económico de las sociedades complejas americanas pertenecía a una etapa anterior al de las sociedades europeas a la hora de la conquista. En 1491 las sociedades más desarrolladas de América son comparables con las sociedades antiguas del Cercano y Lejano Oriente, pero no con Europa de principios del siglo XVI, y además persistían formaciones tribales de cazadores y recolectores que se habían ya extinguido completamente en Europa y quizás en Asia.

Debido a su posición geográfica alargada, América tiene un clima frío en sus dos extremos. En el Hemisferio Norte prevalece el subártico, que gradualmente se calienta y finalmente se vuelve tropical en Centroamérica. En el sur tiene en su parte septentrional un clima tropical, que se vuelve templado hacia la parte meridional y termina siendo marino frío en el Cabo de Hornos. Debido a las extensas cadenas montañosas, existen prácticamente todos los climas posibles en cada hemisferio. En ese sentido Europa, por su posición horizontal, aventaja a América para la habitación humana. La homogeneidad de su clima templado y benigno; la dimensión de sus planicies, como la Gran Llanura del Norte que se extiende 2000 kilómetros desde las costas atlánticas francesas hasta los montes Urales, frontera física de Europa con Asia; la baja altura promedio, que es de 230 metros; y la abundancia de costas, mares internos y ríos navegables que facilitan la comunicación y el transporte. En ese sentido el Viejo Mundo que incluye Europa, Asia, África y las islas circundantes tuvo ventajas importantes sobre América para el desarrollo humano inicial.

En 1492 los habitantes de América desconocen totalmente la existencia de otro mundo y tardarán mucho en darse cuenta de su sentido. Pero los europeos no están mejor, ninguno de ellos imaginaba la existencia de un vasto Nuevo Continente y lo seguirá ignorando varias décadas más. Cristóbal Colón murió creyendo que había llegado a las Indias. Las obras de Américo Vespucio, el Mundus Novus y Carta a Soderini se escribieron en los años 1503 a 1505 y el cartógrafo Martín Waldseemüller le puso al Nuevo Continente América en el año 1507, exactamente quince años después. Aun así la idea siguió siendo una hipótesis durante varias décadas más. Lo mismo podemos decir respecto al viaje entre los dos mundos. El conocimiento bastante exacto de la trayectoria de Colón nos permite calcular la duración y la velocidad del viaje entre los dos continentes a principios del siglo XVI. El navegante salió del Puerto de Palos en la madrugada del viernes 3 de agosto de 1492. Hizo siete días desde ahí a las islas Canarias, en donde permaneció 26 días. El 6 de septiembre zarpó de la isla de Gomera llegando a San Salvador, en el Caribe, 33 días más tarde. En ese trayecto de 40 días de navegación recorrió 3 mil 409 millas náuticas, o sea una distancia promedio de 191.3 kilómetros al día y a una velocidad promedio de 7.97 kilómetros por hora. Su flota se componía de tres carabelas sobre las cuales no tenemos datos muy exactos, pero después de muchas investigaciones se puede decir que la Niña tenía un largo total probable de 21.3 metros, pesaba unas 60 toneladas de aquel tiempo y era un barco de un solo puente y tres mástiles. La tripulación de las tres carabelas se elevaba a unos 90 hombres y muchachos, de los cuales sólo cinco no eran españoles. Algunos pocos eran presos cuyos procesos fueron suspendidos por orden real para que pudieran embarcarse. Pero la mayoría de ellos eran marineros probados y provenían de la región. Los europeos proclamaron a los cuatro puntos cardinales la importancia de su descubrimiento. Pero en realidad fueron descubridores y descubiertos. Los amerindios llevaban muchos miles de años en sus tierras.

Así pues, 1492 no fue en realidad la fecha del descubrimiento de América, pero sí el año en que Europa, a través de España, estuvo en condiciones y necesidad de imaginar un Nuevo Mundo y empezar una aventura de conquista, colonización y rapiña sin par en el pasado. Los conquistadores vivían en el mundo feudal español y para ellos la riqueza consistía en tierras y hombres que podían ser obligados a trabajarlas para otros. Sobre eso peleaban incesantemente entre sí los príncipes europeos, y ahora ante los ojos de los aventureros se abría un mundo de riqueza difícil de imaginar, solamente previsto en las novelas de caballería.

El aislamiento interno en América

Al aislamiento del proceso de difusión de la innovación respecto al Viejo Mundo, en América se agrega la práctica imposibilidad de la comunicación entre culturas lejanas dentro del continente. La vastedad del Nuevo Mundo no es relativamente homogénea a la manera de Europa y Asia Central. En sus espacios coexisten territorios con diversos tipos de paisajes naturales, separados unos de otros por obstáculos descomunales como son las altas cordilleras, las selvas, los desiertos, las sierras nevadas, los caminos accidentados y sobre todo las grandes distancias, que hacen casi imposible el recorrido a pie, único modo de locomoción conocido en la antigüedad americana.

Los 12 mil kilómetros (en línea recta) entre los extremos septentrional y meridional, y 5 mil en la parte más ancha entre el litoral peruano y brasileño, son tan difíciles de recorrer que impidieron a las civilizaciones existentes conocerse unas a las otras y concebir el espacio continental como una unidad, fuere ésta la que fuere. Además la navegación de cabotaje a medianas y largas distancias era difícil y exigía técnicas marinas desconocidas por los pueblos indoamericanos. Y aun cuando los naturales del sur recorrieron en sus canoas buena parte del litoral del Pacífico entre Chile y el Perú, los comerciantes mayas contaban con embarcaciones para cuarenta hombres en el Caribe y en los lagos de la meseta mexicana circulaban unas 30 mil canoas diariamente, la comunicación era limitada.

Los amplios desiertos fueron obstáculos temibles, ya que representan aproximadamente 6% de la superficie continental y también las masas de vegetación tropical húmeda más compactas y extensas del planeta. Ellas eran aún más amplias en periodos pasados y constituían una formación vegetal, en la cual el hombre tiene que soportar altas temperaturas, y una vegetación de manglares y selvas pluviales impenetrables. Así pues, las poblaciones indoamericanas sufrieron de un grado de aislamiento muy drástico tanto con los otros continentes como dentro del americano.

El concepto unitario de indio o de un hombre originario de América era inconcebible para sus habitantes en 1491. Todos pensaban en función de su pueblo, su tribu, su etnia o su aldea, y en el mejor de los casos en su imperio, pero no en la existencia de un continente propio. Los aztecas, pueblo imperial, imaginaban el mundo como un disco de tierra plano rodeado por agua, o quizás un cocodrilo gigante nadando en una laguna, en cuyo lomo Tenochtitlan, era un microcosmos. Su concepción del mundo era resultado a la vez de un proceso mental y de acción social. Percibían el espacio como existencial, no geométrico, orgánico, no neutro. Además del hombre y otras criaturas terrenales estaba habitado y dominado por seres sobrehumanos. El hombre jugaba un papel subordinado en el funcionamiento del universo. La patria de los mexicas era el Anáhuac, una región en el centro del mundo conocido (Cemanahuac o Cemnahuatl) que estaba rodeado por agua, referida tanto a las costas de los lagos como del Pacífico. Cargaba con un sentido cultural designando una región de fertilidad, productividad y ciudades en donde vivía gente civilizada. Las aspiraciones territoriales de los aztecas cubrían el mundo “que sería conquistado por el gobernador supremo, cuya misión divina era cemanahuac tlatoani, gobernante del mundo o nouian tlatoani, gobernante de todas partes.” Se concebían como dueños del mundo entero, pero ese mundo terminaba en el norte en las tierras de los chichimecas, en el sur en lo que hoy es Honduras y en el este y el oeste en el Golfo de México y la costa del Pacífico.

Los incas por su parte tenían una visión del mundo basada en el tiempo y el espacio, considerando el primero de manera cíclica en una sucesión constante de periodos de caos (desorden) y de cosmos (orden). El espacio comprendía una unidad entre oposición y reciprocidad y tenía tres planos: el mundo celestial (sobrenatural), el mundo del presente y del aquí (terrenal) y el mundo de abajo (o de los muertos). En esas concepciones no hay lugar para continentes ni para seres humanos ajenos a los mundos mesoamericano y andino. Las concepciones cosmogónicas europeas en el siglo XIV tampoco eran, muy claras, pero si más elaboradas y la concepción de Europa se iba abriendo paso. Tanto los pueblos europeos como los americanos podían hacer mapas de espacios conocidos menores a los continentes.

Los aztecas ignoraban todo o casi todo sobre el área andina. Los rebaños de llamas con su carne, su lana y su abono nunca llegaron a Mesoamérica; ni la escritura maya fue conocida por los incas. La papa, que hubiera sido un complemento alimenticio fundamental para los mesoamericanos, nunca fue conocida por ellos y los conocimientos mayas de las matemáticas hubieran sido muy útiles a los incas. Este aislamiento tuvo importantes excepciones regionales. La zona conocida como Mesoamérica fue un espacio de intercambio cultural y económico sumamente intenso durante siglos; no se podrían comprender los rasgos compartidos por la gran diversidad de etnias que lo habitaban, como la construcción de pirámides, el calendario de 260 días, la escritura glífica y el modo de producción tributario. Lo mismo sucede con el área andina que combina los productos de la costa, la estepa y el altiplano en un gran complejo económico que surgió del intercambio entre muchos pueblos diferentes. La gente de la costa producía algodón y guano de los pájaros marinos como abono; en el pie de monte, maíz y chile y las tierras altas producían papas y quinoa.

La diversidad en condiciones y la dificultad en la comunicación fue el origen de la inmensa variedad cultural. Se considera que en el Nuevo Mundo se hablaban, antes de la llegada de los europeos, entre 600 y 2 mil lenguas. Aun cuando algunos lingüistas las han reducido a seis grupos, no existen relaciones genéticas entre ellos, como sucede en el Viejo Mundo; de ahí se puede concluir que los ancestros de los habitantes de 1491 dejaron sus tierras de origen antes de que los principales idiomas se hubieran difundido. Las dificultades que tienen los lingüistas para ponerse de acuerdo sobre los agrupamientos de los idiomas nativos americanos reflejan los obstáculos que las culturas del Nuevo Continente encontraron para expandirse y comunicarse entre sí. En 1491 no había ninguna etnia o tribu que pudiera presumir de muchos millones de miembros.

En realidad hay dos tendencias: una, de aislamiento entre el Viejo y el Nuevo Mundo, 20 mil a.C. a 15 mil d. C; otra, de aislamiento entre grandes áreas del mismo continente, casi imposibles de recorrer a pie. Ejemplo: Mesoamérica y el área andina. Y otra tendencia a la comunicación intensa en el marco reducido de las regiones de cultura compleja, limitadas por fronteras naturales o humanas infranqueables para ellos.

De ahí la multiplicidad de las culturas americanas. Esa multiplicidad es fundamental para comprender no sólo la etapa prehispánica sino también etapas posteriores que cargan bagajes muy distintos a los europeos.

Las formas de adaptación al medio mostraban variedades infinitas. A diferencia de las sociedades capitalistas, que tienen muchos rasgos universales, las sociedades gentilicias son siempre específicas y heterogéneas. Muchas sociedades primitivas combinaron la horticultura con la vida nómada, la recolección, la caza y la pesca en forma única. Haciendo violencia de las particularidades de cada etnia e intentando aislar los rasgos esenciales, podemos distinguir, por su desarrollo económico y social, tres formaciones: cazadores y recolectoras nómadas, comunidades agrícolas sedentarias y sociedades despótico-tributarias. Las primeras dos formaciones son igualitarias o casi, sin señales de estratificación social, y la tercera es una sociedad de Estado y clases incipientes. Estas formaciones sociales pueden considerarse como etapas de desarrollo, pero también como realidades simultáneas que se mantienen vivas en 1491, desde los taínos del Caribe hasta los incas de Sudamérica. Los indoamericanos viven tiempos diferentes y no hay forma de unirlos bajo una sola periodización. Además los cronistas y científicos españoles dieron a muchas de sus características e instituciones, nombres que se usaban en sus propias sociedades, y es seguro que lo que llamaron rey, nobleza, esclavo, comerciante, propiedad, salvajismo, fueran en el contexto americano fenómenos muy diferentes a los del Viejo Mundo.

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