Moisés González Navarro, historiador de la contradicción social

El 10 de febrero se apagó la vida fructífera de un historiador que en muchos aspectos fue un pilar de nuestra ciencia en México durante medio siglo. Me refiero a Moisés González Navarro. Su vida es un ejemplo poco común de dedicación incansable a la investigación y  a la labor docente.

Ha inspirado a varias generaciones de historiadores a través de un inagotable trabajo de enseñanza y formación de investigadores. Ha llenado de hipótesis fecundas todas las etapas de la vida nacional, y a la vez ha escrito cuatro obras monumentales, eruditas, sustentadas en toda clase de fuentes: archivos, hemerotecas, estadísticas y obras de pensadores del pasado, siempre con una aproximación crítica.

Conocí a González Navarro en El Colegio de México, al cual estuvo ligado toda su vida. Yo comenzaba mi trayectoria de investigador para una obra que planeaba Daniel Cosío Villegas y que desgraciadamente nunca se escribió: una continuación de la Historia moderna que debía cubrir los años de la Revolución Mexicana. Los dineros no llegaron y en su lugar se iniciaron estudios sobre demografía y maíz. De ese primer encuentro guardo un recuerdo entrañable. Moisés irradiaba una tensión intelectual, un sentido celoso de independencia, una honestidad que a algunos parecía intimidante pero que a mí me atrajo de inmediato y sirvió de base para una amistad que nos unió intermitentemente durante largos años.

Se negaba rotundamente a la trivialidad, la pequeñez y la impertinencia. Había una posición moral en constante alerta sobre todo a aquello que pudiera ser ridiculizar valores o ideas importantes. Para Moisés la sociedad mexicana era movida por la contradicción: la lucha de clases, la lucha de castas, la lucha entre religiosos y secularizados. Y muy frecuentemente en sus lienzos de la vida nacional aparecían todos ellos juntos. Son pocos sus libros en los que faltan los marginados, los trabajadores, los campesinos, lo que ahora se llama eufemísticamente clases subalternas. También había un fuerte sentimiento nacionalista que se hacía sentir en su manera de ser. Pero creía profundamente en el deber del historiador de guardar la objetividad, en buscar auténticamente la verdad. Al concebir la contradicción como la esencia de la sociedad podía representar las diferentes posiciones y ser al mismo tiempo fiel a sus propios intereses y convicciones. Al trazar todas las peripecias de dichas posiciones y sus exponentes eludía juicios personales. Refiriéndose a la terrible crisis del nacionalismo durante y después de la guerra con Estados Unidos, González Navarro refiere: “Don Lucas (Alamán) escribió el 13 de mayo de 1848 a Monte Leone, en un momento de gran angustia producido por las sublevaciones indígenas, sus temores de que al retirarse el ejército norteamericano –lo que ‘en otras circunstancias sería una felicidad’– se desatara una guerra de castas, ‘siendo de ellas la menos numerosa la blanca. Será la que habrá de perecer, y con ella todas las propiedades que le pertenecen’. En esos momentos críticos Alamán casi llegó a lamentar la salida del ejército de Estados Unidos”.

He leído la mayor parte de los libros de Moisés. Su enorme obra no es toda del mismo nivel. Siempre rica en información, en detalles poco conocidos, no toda es muy clara. Es posible que un lector lo conozca por una obra que no le guste, pero sus principales libros son un semillero de ideas e información que hasta el día de hoy representan un caudal del cual no podemos prescindir los aficionados a la historia de México y los investigadores que buscan fuentes e ideas nuevas por igual.

En una entrevista que le hicieron, decía sobre su formación: “El Centro de Estudios Sociales (del Colegio de México) tenía entonces una inspiración weberiana en sociología, una gran influencia de Harold Laski en ciencia política y de Keynes en economía (…) –Weber, Laski, Keynes–, y en ellas nos formábamos los estudiantes. Karl Marx, en cambio, estuvo ausente. A la distancia, he llegado a pensar que quizá hubiera convenido un cierto equilibrio, y que éste se hubiera logrado si hubiéramos tenido como profesor a Wenceslao Roces, marxista español (…) Tuvimos un pequeño equilibrio con Mario de la Cueva que, aunque no era marxista, era una persona muy abierta, con estudios en Alemania y que conocía la obra de Marx”.

Santa Anna no es el dominador de México,

sino su hechura

Con el tiempo, esa ausencia fue superada con numerosas lecturas. Así, en el prólogo de Anatomía del poder en México, Moisés nos dice: “Este trabajo ha intentado aplicar algunas categorías de Max Weber y de Carlos Marx. En buena parte con base en la sociología weberiana, en 1968 elaboré un ‘tipo ideal’ de caudillos y caciques. A los primeros los consideré con mentalidad urbana, dispuestos a una obra de alcance nacional, partidarios del cambio social, portadores de un programa (…) los segundos tienen una mentalidad rural, su obra es de alcance regional, defienden el statu quo, se expresan en jacqueries y su dominación carismática se transforma en tradicional”. Y continúa: “El carisma, concepto común a ambos tipos de dominación, Marx lo desmitificó antes (…) En efecto, Marx rechaza la obra de Víctor Hugo sobre Napoleón III porque únicamente ve en ése el acto de fuerza de un solo individuo, sin advertir que de este modo, contra su propósito, lo engrandece en lugar de empequeñecerlo, como era su deseo. Marx en cambio cree mostrar que las luchas de clase francesas crearon las circunstancias y las condiciones que ‘permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe…’. Todo eso lleva a un concepto esencial en la obra de Marx: Los hombres hacen su propia historia, pero no arbitrariamente, ‘sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado’”.

Hasta aquí la cita. Luego González Navarro demuestra un serio conocimiento de las obras políticas e históricas de Marx y Engels, para concluir: “La lucha de clases propiamente dicha se acentúa al desaparecer la centralización virreinal que, en algunos casos, la frenaba. Así, los hacendados luchan contra los comuneros, los arrendatarios, los aparceros y los peones libres y los acasillados; los industriales, contra los artesanos y los obreros; y los mineros (quiere decir los dueños de minas), contra los barreteros”. Más adelante enfatizará que Santa Anna no es el dominador de México, sino su hechura.

Podemos decir que algunas obras de Moisés están claramente dentro de la corriente de la economía sociológica (la Wirtschaftssoziologie alemana) que es una descripción interpretativa de instituciones económicas relevantes, incluyendo hábitos y toda forma de conducta en general, como son el gobierno, la propiedad, la empresa privada, la conducta basada en la costumbre o la conducta racional, para usar las palabras de Schumpeter. La sociología económica –para utilizar el término que Marx, Weber y Durkheim introdujeron– puede ser definida como la perspectiva sociológica aplicada a los fenómenos económicos. O más precisamente, la aplicación de marcos de referencia variables y modelos explicativos de sociología al complejo de actividades relacionadas con la producción, distribución, cambio y consumo de bienes escasos y servicios. Sus grandes exponentes son (en estricto orden cronológico) Carlos Marx, Max Weber, Emile Durkheim, Joseph Schumpeter, Karl Polanyi, Talcott Parsons y Neil J. Smelser. Hoy día la corriente ha resurgido y conoce un auge, como lo demuestra el libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI.

El uso de métodos inspirados en la sociología económica se manifiesta sobre todo en la obra principal de Moisés González Navarro, elaborada como parte de la monumental Historia moderna de México, dirigida por Daniel Cosío Villegas, seguida de Estadísticas sociales del porfiriato 1877-1910. Este volumen está compuesto de cinco grandes partes. La primera corresponde a lo que el autor llama el “trasfondo humano”, donde aparecen los aspectos más generales de la población: censos, movimiento demográfico, campañas contra endemias y epidemias, abuso del alcohol, agudas carencias en la habitación y programas de inmigración con sus prejuicios raciales.

La segunda parte engloba problemas como la consolidación del latifundio a través de la protección de las compañías deslindadoras por el gobierno porfiriano, así como de las corruptelas que desde la Colonia pesan sobre el peón. Y aquí González Navarro nos proporciona un estudio profundo –quizá el mejor que existe– del trabajo compulsivo en México a finales del siglo XIX. Todas sus múltiples formas desfilan ante el lector con el propósito de probar que la ausencia de una estructura legal para la servidumbre de ninguna manera impide la presencia de ésta. Luego el autor pasa a estudiar las huelgas que estallaron durante el porfiriato pese a que eran prohibidas por la ley, al igual que la importancia de la arbitrariedad, los malos tratos, los ceses injustificados y la imposición de multas y trabajos nocturnos como causalidades de la rebelión obrera.

La tercera se refiere a la formación de las clases: de un lado los grandes propietarios y del otro la plebe; en medio, la burguesía, que según Bulnes nació con el pecado original de ser hija del presupuesto público y no de una Revolución Industrial. Esta parte aborda con lujo de detalles el desajuste entre precios y salarios, y el desfile de la nueva burguesía representada por el político influyente, el extranjero emprendedor, el técnico de la naciente industria.

La cuarta parte, relativa a la instrucción pública, contiene una información amplísima sobre la enseñanza primaria y las políticas del gobierno sobre la educación media y superior hasta llegar a la creación de la nueva Universidad Nacional. En ella también se reflejan las diferencias sociales.

La quinta parte aborda diferentes aspectos del uso del tiempo libre sin perder el hilo conductor de los contrastes entre la plebe y los ricos. Se puede decir, sin exagerar, que Moisés González Navarro ha producido un panorama en el cual se funden en una sociedad de muchos pisos los elementos sociológicos, económicos y culturales en forma orgánica, buscando el todo de la historia social.

El primer libro de estadísticas históricas de México

El tomo sobre Estadísticas sociales 1877-1910 es sin duda el primer libro de estadísticas históricas de México de gran envergadura. González Navarro lo realizó en el marco del Seminario de Historia Moderna de México, dirigido por Daniel Cosío Villegas y patrocinado por El Colegio de México y la Fundación Rockefeller. Su fuente principal fueron los tres censos que cubren los últimos 15 años del porfiriato, 1895-1900 y 1910. Además, se usan las Memorias de las secretarías de Fomento y de Gobernación, y las particulares de los estados. Hay igualmente cuadros sobre los movimientos de población, la criminalidad, los presupuestos de educación, guerra, policía y salubridad. Importante lugar ocupan las estadísticas sobre la propiedad territorial, la relación entre ranchos y haciendas y la enajenación de tierras nacionales por las compañías deslindadoras. Otra materia fundamental de esas estadísticas es la educación primaria, secundaria y profesional, así como las instituciones de la vida cultural: museos, bibliotecas, sociedades científicas y literarias y publicaciones periódicas.

He visto a Moisés González Navarro siempre como un historiador apasionado por los grandes problemas de nuestra historia, ajeno a la trivialidad o los vanos florilegios. En el libro México: el capitalismo nacionalista, estudia en forma brillante el desarrollo de la conciencia burguesa en nuestro país durante el siglo XIX, sin la cual no podemos imaginar el surgimiento del capitalismo como modo de producción. En ese propósito weberiano de Moisés González Navarro sale sobrando la pregunta: ¿Qué fue primero, el capitalismo o la conciencia capitalista?

No resisto el impulso de citar unos párrafos que reflejan la influencia decisiva del liberalismo capitalista en todo el mundo, a lo largo del siglo XIX, sobre todos los gobiernos, incluso los políticamente más opuestos, como el  republicano, el liberal de Juárez y el monárquico y colonialista de Maximiliano. El liberalismo era el zeitgeist, el espíritu de la época, al cual nadie podía escapar, del mismo modo en que el neoliberalismo de nuestra época se ha impuesto más allá de las fronteras nacionales y las orientaciones políticas de los gobiernos. “En dos puntos principales –escribe González Navarro– se pueden observar coincidencias en la legislación republicana y en la monárquica, entre la República y el Imperio (…), la separación de la Iglesia y el Estado (…) Juárez declaró la nacionalización de los bienes del clero el 12 de julio de 1859; Maximiliano confirmó esta disposición el 26 de febrero de 1865. En octubre de ese mismo año el Imperio confirmó la existencia del registro civil establecido por Juárez el 28 de julio de 1859. El propio Juárez decretó la secularización de los cementerios el 31 de julio de 1859; Maximiliano lo confirmó el 12 de marzo de 1865. Por último, Juárez decretó la libertad de cultos el 4 de diciembre de 1860; Maximiliano la confirmó el 26 de febrero de 1865”.

Prosigue González Navarro: “Intimamente ligado con el problema de la propiedad (de la tierra) está el del trabajo. En el Congreso Constituyente de 1856 se atacó violentamente la explotación de los trabajadores, pero al mismo tiempo se sancionó la libertad burguesa de la igualdad formal de los contratantes en relación al trabajo. Ignacio Ramírez criticó la injusticia de continuar la servidumbre de los jornaleros, pidiendo adelantarse al socialismo concediendo un rédito al capital trabajo…

“Maximiliano liberó en 1865 a los peones endeudados y decretó una ley para dirimir las diferencias sobre tierras y aguas de los pueblos.”

Cristeros contra agraristas

Otra obra importante de González Navarro es Cristeros y agraristas en Jalisco. Después de las historias generales sobre la Cristiada de Alicia Olivera y de Jean Meyer a finales de los años 60 y principios de los 70, se cayó en la cuenta de que el tema daba para mucho y comenzó a ser abordado prolíficamente. El primer tomo de la obra de Moisés publicado en el año 2000 es en realidad una historia político-social que comprende varias décadas del pasado de Jalisco, como campo de la acción histórica. La tardanza de la solución del problema de la concentración de la propiedad agraria hizo que los interesados, peones, medieros, rancheros y hacendados, se inquietaran, y que la Iglesia católica expusiera su parecer en el debate sobre el problema. De ese modo la Iglesia pasó a formar parte de la cuestión agraria, y ésta del problema religioso vigente, involucrando al Estado y a todas las fuerzas del país. Moisés aprovechó el gran caudal de documentos locales y un gigantesco repertorio de fuentes secundarias que combinó abandonando la cronología tradicional y recurriendo al recuento simultáneo de eventos, vistos por un sujeto imaginario que es el ciudadano bien informado y consciente de su pasado. El libro, escribe Servando Ortoll, “nos invita a reflexionar y a entender lo que aconteció en Jalisco durante la segunda década del siglo XX: Cómo llegaron hermanos a enfrentarse con hermanos; cómo renacieron odios que en apariencia se habían sofocado con el triunfo de los liberales al término de las guerras de reforma; cómo se dieron las alianzas interclase de los tapatíos contra los que ellos veían como sus opresores más brutales; cómo se unieron los curas a los creyentes o cómo los creyentes siguieron a un puñado de párrocos”.

Indios mayas contra terratenientes blancos

Otra obra importante de González Navarro es Raza y tierra: La guerra de castas y el henequén, en la cual llega el turno a las grandes guerras que los campesinos yucatecos, reducidos a una especie de esclavitud, libraron contra los terratenientes, que les adjudicaban la condición de seres inferiores. Relata González Navarro: “A mediados del siglo XIX no se advierte en el interior del estamento indio una aguda lucha de clases (…) De hecho, caciques y maceguales vivían de igual modo, casi sin diferencia alguna. Por todas esas razones, los caciques eran respetados por sus subordinados.

“Precisamente los tres principales jefes de guerra de castas iniciada en Tepich en 1847, Manuel Antonio Ay, Cecilio Chi y Jacinto Pat, eran caciques (…) Ay y Chi tenían en común haber peleado en las guerras civiles; Chi… pasaba por ser el más sanguinario de todos: búho, gavilán, buitre, águila, zorro, hiena, pantera, tigre, etcétera, son los animales con que le compararon algunos de sus enemigos. Su programa consistía en el total exterminio de los no indios. Ay en cambio se conformaba con expulsarlos de Yucatán. Aunque los tres eran caciques, Cecilio era pobre, Jacinto latifundista, bien relacionado con los más ricos comerciantes de Tecax Mérida y Campeche. Pat, además, no era indio, sino mulato, y (…) según algunos, no participaba del feroz odio de Cecilio contra los blancos…”.

Más adelante, González Navarro deja claros los objetivos iniciales de la rebelión haciendo hablar a los mayas rebeldes. “Los indios atacantes de Valladolid el 13 de febrero pidieron parlamento y propusieron la reducción de la contribución personal a un real mensual, la devolución de las armas que les habían quitado, el castigo de Vázquez y Trujeque por haberlos engañado, la indemnización por los perjuicios que éstos les habían causado, la reducción del derecho de matrimonio a 10 reales y el bautismo a tres (…) Estas negociaciones abrieron la puerta a las que durante dos años celebraron varios jefes rebeldes con algunos sacerdotes…”.

Y para cumplir con su concepción de la historia con base en la contradicción y la lucha social, González Navarro refiere la posición del otro lado, el gobierno y los terratenientes: “Justo Sierra O´Reilly pidió el 7 de marzo de 1848 la ayuda de Estados Unidos. Por su parte, Méndez, desesperado ante el avance de los indios, ofreció el 25 de ese mes el dominio y soberanía de Yucatán a Estados Unidos, España e Inglaterra, para que salvaran a la raza blanca de la ferocidad de la aborigen, pero desistió de esta petición el 18 de abril de ese año, después de que fracasó su intento de interesar a Inglaterra…”.

Hay libros que valen exclusivamente por su valor individual y otros que deben colocarse en una visión metodológica única, orgánica, siempre en movimiento, del tema nacional. Los libros de Moisés González Navarro pertenecen al segundo género. Además hay en él una pasión insaciable por el conocimiento, lo controversial, y muy frecuentemente por el tema que prohíbe lo politically correct, la opinión dominante. Sin importar los terrenos que uno pise, siempre nos encontramos a González Navarro abriendo brecha, empezando caminos, revelando nuevas facetas del riquísimo pasado mexicano o bien acumulando montañas de información sobre temas apenas esbozados. Si a eso agregamos la honestidad, la bondad y el calor humano que siempre lo caracterizaron, se comprenderá que su evocación cauce añoranza. Descansa en paz, amigo.

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