“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

Crónicas neutralizadas Periodismo narrativo ante los discursos oficiales sobre el narco

En un breve artículo fechado el viernes 3, The New York Times recordó la narrativa que el gobierno de Felipe Calderón repitió durante seis años para justificar su “guerra” contra el narcotráfico: “Bandas rivales de narcotraficantes luchan por el territorio. El índice de asesinatos aumenta y los indefensos residentes imploran al gobierno restablecer el orden. El gobierno envía soldados para mantener la paz”. Tal fue la lógica operativa, en efecto, que el presidente Calderón utilizó para explicar la violenta movilización de decenas de miles de soldados y policías federales que sitiaron múltiples ciudades del país para supuestamente contener la violencia desatada por los “cárteles” de la droga. “Pero en lugar de eso”, señala tajante el periódico estadunidense, “la violencia empeora”.

Mucho se ha debatido sobre la necesidad real de la “guerra” de Calderón y sus catastróficos resultados. Más allá de las opiniones, sin embargo, varios estudios académicos han articulado una crítica puntual de la estrategia del expresidente. El más reciente se publicó a finales de marzo pasado en la revista científica The American Statistician. El análisis, hecho por expertos en estadística de la Universidad de Harvard, concluye: las intervenciones militares ordenadas por el presidente Felipe Calderón como parte de su estrategia antidrogas produjeron un incremento significativo en el índice de asesinatos en 16 de las 18 regiones del país –con énfasis en Ciudad Juárez– estudiadas por los investigadores.

La investigación fue llevada a cabo por la mexicana Valeria Espinosa mientras cursaba un doctorado en estadística en Harvard –actualmente es analista cuantitativa para Google– y en coautoría con el profesor Donald B. Rubin. En su estudio ¿Aumentaron la violencia las intervenciones militares en la guerra mexicana contra las drogas? los autores confirman los señalamientos de dos importantes artículos críticos publicados en 2011 por la revista Nexos, el primero por el sociólogo Fernando Escalante Gonzalbo y el segundo por el politólogo José Merino. Ambos textos establecieron desde entonces una relación de causalidad entre los llamados “operativos conjuntos” de la estrategia de militarización del presidente Calderón y el trágico aumento de la tasa de homicidios precisamente en esas regiones en donde se reconcentraron las fuerzas federales.

La cifra total de asesinatos que arrojó la estrategia de Calderón es exorbitante: 121 mil 863 registrados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) –más de cuatro veces el número de víctimas de la llamada “guerra sucia” de las dictaduras militares de Argentina en las décadas de 1970 y 1980– y casi 30 mil desaparecidos registrados por la Secretaría de Gobernación.

Sorprendentemente, pese a la validez, seriedad e importancia crítica de los tres estudios sobre la “guerra” contra el narco, la gran mayoría de intervenciones sobre el tráfico de drogas desde el periodismo, el cine, la música, la literatura y el arte conceptual han asimilado acríticamente el relato del Estado. Esa narrativa defendida por Calderón se ha impuesto a la fecha, incluso en la presidencia de Enrique Peña Nieto, como la verdad histórica.

Pero en el desbordado y discontinuo corpus de formas de pensar, y sobre todo de imaginar el narco, lo que se ha dado en llamar “periodismo narrativo” ha resultado particularmente pernicioso, pues en más de un modo ha reposicionado las coordenadas del discurso analítico sobre la violencia en México.

Con el presente ensayo, me interesa localizar las principales condiciones de enunciación de este tipo de periodismo como síntoma de un complejo problema epistemológico que menoscaba todo análisis sobre la relación entre el crimen organizado y el poder oficial. Con esto busco mostrar cómo el periodismo narrativo –en particular en ciertos libros de figuras como Sergio González Rodríguez, Diego Enrique Osorno y Alejandro Almazán, entre los más reconocidos– está basado en una forma de interpretación cultural que merma nuestra comprensión de las transformaciones históricas de los discursos oficiales de la violencia. Esta celebrada vertiente del periodismo corre el riesgo de despolitizar las discusiones más vitales sobre desigualdad social, la criminalización de la pobreza y el advenimiento de una disciplina policial inscrita en un permanente estado de excepción sin precedente en la historia moderna de México. En su punto más problemático, la crónica tiene implicaciones directas en los regímenes de representación del crimen organizado en general que no pueden exagerarse, pues se asume como el acceso material a lo real del narco que aparece en las simbolizaciones de novelistas, músicos, cineastas y artistas conceptuales que asimilan el imaginario dominante sobre los traficantes de droga.

Seguridad nacional

Antes de proseguir, es imperioso subrayar que la supuesta crisis de seguridad nacional que el presidente Calderón utilizó para sustentar su “guerra” contra el narco es de reciente invención. Como explican los académicos Brian Bow y Arturo Santa-Cruz en su libro The State and Security in Mexico: Transformation and Crisis in Regional Perspective, la seguridad nacional no había sido históricamente un tema destacado en la política mexicana moderna, pues a lo largo del periodo posrevolucionario y hasta finales del siglo XX “la seguridad de la nación se veía como esencialmente equivalente a la seguridad del régimen gobernante”. Así, al recordar en este contexto los episodios más sangrientos de la violencia de Estado a través de agencias, como la Dirección Federal de Seguridad en las décadas de 1960 y 1970, lo crucial es notar la marca decididamente política de aquella época: movimientos estudiantiles, luchas sindicales, insurgencias guerrilleras, la resistencia de los partidos de oposición.

No obstante, todo ello viró una década más tarde bajo la hegemonía estadunidense, cuando el gobierno federal transformó su percepción del tráfico de drogas para considerarlo ahora como una amenaza para la seguridad nacional, siguiendo una nueva política propulsada en 1986 por Ronald Reagan. Esto ocurrió apenas un año después del asesinato en México del agente estadunidense de la DEA, Enrique Kiki Camarena, crimen atribuido oficialmente al narcotraficante Rafael Caro Quintero y su organización, pero que según varios testimonios involucró a agentes de los gobiernos de México y Estados Unidos.

El asesinato de Camarena, como se sabe, produjo una crisis diplomática entre ambos países que llevó a la ­desaparición de la Dirección Federal de Seguridad, la “policía política” del régimen, a decir del presidente Miguel de la Madrid (1982-1988) en el libro La herencia, de Jorge Castañeda. En su lugar se creó en 1989 el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) durante el primer año del gobierno neoliberal de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Para la presidencia de Vicente Fox (2000-2006) –con la presión de alto nivel ejercida por el gobierno de Estados Unidos en el panorama geopolítico posterior a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001– el Estado mexicano comenzó a referirse públicamente al narco como una amenaza a la soberanía nacional, según explica el sociólogo Luis Astorga en su libro Seguridad, traficantes y militares. El narco se convirtió entonces en un objeto primario del discurso de seguridad nacional, pero como un enemigo permanente, sin objetivos políticos reales y sólo interesado en su dominio económico por medio de la ilegalidad y la violencia.

Mediada por el discurso hegemónico que relocaliza al tráfico de drogas en el centro de una crisis de seguridad nacional, sin embargo, la crónica sobre el narco de las últimas dos décadas no ha logrado emular la tradición crítica que confrontó históricamente al periodismo con el poder oficial en el legendario trabajo de figuras señeras como Julio Scherer García, Manuel Buendía, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. Con esto no pretendo afirmar que no haya un trasfondo político en la crónica del narco, sino que su voluntad crítica aparece de inicio neutralizada por la fuerza del discurso oficial sobre el tráfico de drogas. Al enfocarse narrativamente en la violencia atribuida a una lucha permanente entre “cárteles”, los cronistas examinan superficialmente la violenta e ilegal política de seguridad emprendida por el poder oficial, como discutiré más adelante.

Uno de los puntos de inflexión del periodismo narrativo en México se debe a la enorme influencia del llamado new journalism estadunidense en la obra de periodistas e intelectuales como Truman Capote, Tom Wolfe y Gay Talese. Con ello se introdujo una forma con pretensiones literarias, en extremo subjetiva y orientada hacia actos de interpretación cultural de la violencia atribuida al crimen organizado. La obra de Sergio González Rodríguez, en particular sus más influyentes libros Huesos en el desierto (2002) y El hombre sin cabeza (2009), se destaca en esta tendencia. Su celebridad es explicable en parte por el prestigio simbólico de haber escrito dos de los libros más representativos del cambio de mentalidad oficial sobre el tema de seguridad nacional. En ambos libros se insiste en dos fenómenos centrales de la nueva crisis de seguridad nacional: el feminicidio de Ciudad Juárez y el narco. Aunque se intersectan tangencialmente con aspectos políticos y económicos a nivel nacional y global, los dos temas representan ante todo una amenaza permanente, pero despolitizada, a la seguridad de la sociedad mexicana en su totalidad.

El hombre sin cabeza se propone analizar la violencia relacionada con “la guerra de los traficantes de droga”, situación que según González Rodríguez “llegó a su clímax aquí cuando aparecieron restos de cuerpos descuartizados y las decapitaciones”. Pese a ello, y sin incluir ninguna investigación periodística sobre decapitaciones concretas, el libro se entretiene en los múltiples niveles de significación relacionables con el motivo de la decapitación, produciendo una red de explicaciones suplementarias que van desde las prácticas de brujería prehispánica a las historias de “las cruzadas, Ricardo Corazón de León y el sultán Saladino”. El ensayo compensa así su incapacidad de explicar la violencia local del narco intentado suscribir esa misma violencia a las resonancias de un contexto cultural global vinculado con la realidad mexicana por medio de asociaciones arbitrarias, absurdas y remotas.

El caso de González Rodríguez es ciertamente singular, pues su doble perfil como periodista e intelectual público con proyección internacional se distingue por su capacidad de desbordar los parámetros del periodismo por medio de referentes literarios y filosóficos. Leída así, su obra puede entenderse como un modelo clave del actual periodismo narrativo sobre el narco. De ese modelo abrevan, por ejemplo, las crónicas de Diego Enrique Osorno. En uno de sus libros más celebrados, El cártel de Sinaloa (2009), Osorno reproduce puntualmente la lógica de Estado sobre la supuesta emergencia de seguridad nacional provocada por el crimen organizado.

En el primer capítulo de su libro, Osorno aborda la explosión de violencia en la capital de Nuevo León y escribe: “Hasta ahora, lo que mejor parece explicar la situación desbordada de Monterrey es lo que dicen en corto algunos asesores en materia de seguridad que suelen visitar la residencia oficial de Los Pinos: que dos grupos, el cártel de Sinaloa y el del Golfo, empezaron a disputarse la ciudad a sangre y plomo y que en medio de esa batalla quedaron desde pequeños vendedores de droga hasta políticos que habían sido alcanzados por el tentador manto del narcotráfico”.

Al aceptar la explicación oficial de la violencia, el libro de Osorno sólo puede proceder de dos maneras: ahondando narrativamente en esa supuesta lucha de cárteles y articulando una crítica a la estrategia del Estado para confrontarla. El principal problema es que ambos procedimientos favorecen y legitiman las acciones del gobierno de Calderón ante el narco, justificando su necesidad pero también su limitado éxito, pues finalmente el poder de los cárteles se imagina siempre superior al del Estado.

Un ejemplo significativo ilustra el punto anterior. Guillermo Valdés Castellanos, director del Cisen durante cinco de los seis años de la presidencia de Calderón, publicó en 2013 su propia Historia del narcotráfico en México. En la introducción anota que la escalada de la violencia durante el gobierno de Calderón “ha sido generada y realizada principalmente por las organizaciones criminales que participan en el mercado ilegal de las drogas”. Ese mercado, según Valdés, fue dominado entre 1990 y 2006 por “un crimen organizado crecientemente fragmentado y confrontado entre sí, pero extremadamente extendido, poderoso y violento”.

En su investigación, Valdés afirma haber utilizado ciertas fuentes periodísticas independientes que corroboran la información oficial de su libro. El mero hecho de que el trabajo de los más celebrados periodistas que investigan el tema del narco sirva para convalidar la versión oficial escrita por el director del Cisen debería ser en extremo preocupante tanto para los periodistas como para sus lectores. Este hecho debería inquietarnos además porque dicha convalidación se establece por medio de una circularidad engañosa, pues las fuentes primarias de los periodistas citados por Valdés son principalmente oficiales. Al dar cuenta de las primeras confrontaciones entre el Cártel de Sinaloa y Los Zetas, por ejemplo, Valdés atribuye la información a Osorno, quien “ubicó a tres operadores de la organización de Sinaloa en Tamaulipas que cruzaban droga en el territorio”. Sin embargo, Osorno consigna a su vez que esos datos provienen del Ejército y la PGR. La construcción de ecos oficiales tiene un uso político fundamental: convalida la narrativa oficial al atribuirla al trabajo que se asume independiente de periodistas cuyo reporteo termina por convertirse en un involuntario objeto del poder.

Narco y literatura

Dada la histórica dominación del discurso hegemónico sobre el narco, es casi inevitable que el campo de producción cultural premie las versiones más sintéticas y reiterativas de la narrativa oficial que promueven los libros de periodistas como González Rodríguez y Osorno. No debe sorprendernos tampoco que del periodismo narrativo a la ficción literaria haya una muy estrecha distancia. Así puede explicarse, entre otros casos, la celebridad del multipremiado cronista Alejandro Almazán, que a la par de su trabajo periodístico también escribe novelas sobre el narco con frecuencia bien recibidas por la crítica, como es el caso de El más buscado, un libro que ficcionaliza la vida de un narco inspirado en El Chapo Guzmán.

Es sintomático en este punto notar una recurrente estrategia para legitimar las pretensiones literarias de ciertos libros de periodismo narrativo: el uso de prólogos a cargo de escritores de ficción. Entre los más recientes están La guerra de Los Zetas (2012), de Diego Enrique Osorno, prologado por Juan Villoro; Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte (2012), de Marcela Turati y Daniela Rea, prologado por Cristina Rivera Garza, y finalmente Narcoleaks. La alianza México-Estados Unidos en la guerra contra el crimen organizado (2013), de Wilbert Torre, prologado por Yuri Herrera. En 2012, una antología compilada por Juan Pablo Meneses dio un nombre elocuente a esta emergente forma de periodismo narrativo. El libro, que reunió textos de Almazán, Osorno, Turati y Rea, lleva por título ¡Generación Bang! Los nuevos cronistas del narco mexicano, acaso buscando un guiño hacia los mundialmente famosos escritores latinoamericanos del boom (Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa) y a los comercialmente exitosos narradores de la llamada generación del crack (Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou e Ignacio Padilla).

Consecuente con el proyecto, la antología de Meneses se abre con un epígrafe del escritor chileno Roberto Bolaño. Llevado este gesto hasta sus últimas consecuencias, es coherente también que Osorno describa su trabajo en La guerra de Los Zetas como “periodismo infrarrealista”. Al seguir con rigor tales coordenadas, tiene sentido que este peculiar tipo de periodismo termine hibridizando A sangre fría con Los detectives salvajes.

Para cerrar mi intervención, además de señalar la neutralización política del periodismo narrativo, me interesa acusar el hecho de que la imperante agenda de seguridad nacional es apenas el frente discursivo de un implacable orden político. Más allá del brutal despotismo y el enriquecimiento ilícito de políticos, policías y militares, lo que esta agenda ofrece al poder estatal es la ventaja de una vasta economía clandestina esencial en el hemisferio y con hondos beneficios geopolíticos. Entendida así, la estrategia de Estado consiste en operar un entramado político trasnacional que devuelva al gobierno federal su capacidad de decisión ante un laberinto de intereses que se oculta tras el falso discurso de la seguridad nacional pero que permite la reincorporación de grupos de traficantes a propósitos políticos específicos. Con ello, el gobierno mexicano no ha hecho sino desplegar el permanente “alejamiento de las leyes y la legalidad” que bajo la razón de Estado, según la estudia Michel Foucault, se convierte en “el nuevo y trágico horizonte de política e historia” de la modernidad occidental. Concebido desde la presidencia de Salinas de Gortari, el discurso de seguridad nacional no ha hecho sino radicalizarse de un sexenio al otro.

A pesar del tono pesimista de realpolitik de estas líneas, quisiera terminar con una mirada positiva: hemos comprobado que ya es posible articular una efectiva deconstrucción de la supuesta crisis de seguridad nacional a través de los invaluables estudios de académicos citados al principio de este ensayo. Estar a la altura de esta emergente corriente crítica sigue siendo la consigna pendiente de nuestro mejor periodismo narrativo, hasta hoy atrapado en la cámara de ecos del oscuro poder oficial.   

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* Oswaldo Zavala es doctor en letras hispánicas por la Universidad de Texas en Austin y en literatura comparada por la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle. Es profesor asociado de literatura latinoamericana en el College of Staten Island y en The Graduate Center, City University of New York. Su libro La modernidad insufrible: Roberto Bolaño en los límites de la literatura latinoamericana contemporánea será publicado próximamente.

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