“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

A nueve meses del caso Ayotzinapa, un poema

De Enrique González Rojo Arthur

Señor director:

Le agradecería dedicar un pequeño espacio en Palabra de Lector al siguiente poema.

Y vivos los queremos

La incertidumbre prende fuego

en las partes inflamables del afán de justicia.

Duele en la carne viva del espíritu.

Hace que las lágrimas se introduzcan en las venas

y lleguen a los puños, transmudando

su líquida congoja en sólida iracundia,

y es el hilo enmarañado que, nudo en la garganta,

se halla a punto, carajo, de asfixiar

las sílabas guerreras

que porta en su cartuchera de metáforas

mi canto.

Con los padres de las víctimas, sostengo:

no hay nada peor

que estar enfermo de incertidumbre,

que cargar la duda –enquistada y purulenta–

en medio de la frente, de si los hijos viven

o si el homicidio, mudando su obsoleta guadaña

por hornos crematorios, los ha vuelto

puñados de ceniza que manos criminales,

con líneas de la muerte en cada palma,

arrojaran al despeñadero del anonimato.

Pero no hay duda ya

de quiénes son los responsables:

los talleres plebeyos de la sospecha,

movidos por la fuerza motriz de la iracundia,

dibujan a todo vapor y a cielo abierto

el fantasma inconfundible del culpable.

Ha tiempo, los de arriba

–poniéndole veladoras de azufre

a la malevolencia–

han otorgado la ciudadanía mexicana

a la impunidad. Ha tiempo.

El crimen sin castigo ha terminado por ser

el principio rector de nuestro México.

Enrique González Rojo Arthur

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