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MÉXICO, D.F. (Proceso).- A propósito de la visita a México del pontífice Jorge Mario Bergoglio, se impone un recuento de las aportaciones que, en materia musical, se han impulsado desde el Vaticano. Aunque tampoco pueden quedar fuera las atrocidades cometidas por los falsos émulos de Cristo con respecto al arte sonoro, ni la mención de la imparable decadencia que experimenta hoy la Iglesia Católica en la musicalización de sus ritos.

Por razones obvias, hemos de hacer un recuento somero, enfatizando únicamente los aspectos sobresalientes que mejor ilustren lo que nos concierne. Como declaración de principio, digamos que la institución religiosa nunca ha sido santa de nuestra devoción y que tampoco hemos deglutido los dogmas sobre los que sostiene su descomunal poder. Para ulterior refuerzo de la postura ideológica que nos anima, bástenos con asentar que el sujeto que decretó el catolicismo como religión de Estado, afiliándose por conveniencia, fue un asesino que practicó el filicidio, el fratricidio y el uxoricidio. Hablamos de Flavio Aurelio Constantino quien, como reza la historia, presidió el concilio de Nicea ‒ciudad turca donde, en el año 325 nació la iglesia católica‒ sin creer en Cristo y sin entender la raíz judía del nuevo culto aunque, eso sí, tenía una necesidad enorme de controlar la crisis su imperio. Resaltemos, entre paréntesis, que a los primeros cristianos no se les perseguía por su credo, sino porque no se sometían a la autoridad imperial que exigía el pago de impuestos, el acatamiento de leyes y el enrolamiento en el ejército. Constantino, político hábil y sin escrúpulos, pactó entonces con los cristianos comprometiéndose a no hostigarlos y a oficializar sus creencias, a cambio de obediencia y de eximir a los romanos de la crucifixión de Cristo. Habían de endilgarles el muerto a los judíos…

Con esos antecedentes no debe sorprendernos el sesgo coercitivo, autoritario, delictivo e hipócrita que ha distinguido, desde siempre, a las prácticas religiosas que orquestan magistralmente las autoridades vaticanas y sus genuflexos lacayos, por ende, mejor enfocarnos en lo que nos compete.


Empecemos, pues, por la importancia que tuvo la música cristiana prohijada por los Papas ‒condensándola en el llamado canto gregoriano[1]‒ en la evolución musical de Occidente. Para no ir más lejos, del gregoriano proceden los modos mayores y menores ‒a su vez derivados de los modos griegos‒ que caracterizan a la música tonal, el pentagrama moderno y la división rítmica de los valores musicales, es decir, de ahí vienen los cimientos de la música que escuchamos todos los días Desde su nacimiento, el gregoriano fue una oración cantada que debía entonarse con suma devoción o, como decía San Pablo: “Cantándole a Dios en nuestro corazón” y el texto era su razón de ser. La entonación de los textos partía del principio, según San Agustín de que “El que canta bien, ora dos veces”. Evidentemente, el texto litúrgico tenía precedencia sobre la melodía, por lo que los cantantes debían nulificar su lucimiento personal en pos de la honra divina. En cuanto a sus ramificaciones, el gregoriano se expresó a través del recitativo litúrgico, la Salmodia, la Santa Misa y el Oficio divino. Con respecto a la misa como forma, sobra decir que de ella surgieron miles de obras maestras, sin las cuales careceríamos de verdaderas piedras angulares de nuestro devenir cultural.[2]

Debemos ahora consignar la influencia que ejercieron Roma y el Vaticano, nada menos que en el desarrollo de la ópera. La Ciudad eterna fue la primera urbe que adoptó el melodrama nacido en Florencia a fines del Siglo XVI, creando en poco tiempo una escuela composicional que fue patrocinada arteramente por el papado. Por supuesto, los vicarios de Cristo captaron de inmediato, cómo a través de la ópera podían ampliar el espectro de su misión redentora. Ya lo habían hecho con singular maestría a través del teatro evangelizador. El acta de nacimiento de la escuela romana quedó registrada con La rappresentazione di Anima e Corpo del compositor y diplomático Emilio de Cavalieri por encargo del honorable Clemente VIII, el mismo que condenó a la hoguera a Giordano Bruno por sus impertinencias filosóficas y científicas. El acontecimiento musicológico tuvo lugar en 1600 y, como podemos suponer, versó sobre el infierno y el reino de los cielos. Grande fue el éxito de la devota empresa, al punto que durante el pontificado de Urbano VIII se volvió un floreciente emporio. En 1632 el Cardenal Barberini, sobrino del Papa, construyó dentro de su palacio el primer teatro de ópera romano, con capacidad para 3000 almas en vías de redención. El melodrama ahí representado fue el Sant´Alessio que escribió el cardenal Giulio Rospigliosi con música de Stefano Landi.[3] En 1668 se abrió un segundo teatro por orden del mismo Rospigliosi ‒ya para entonces investido como el famoso Clemente IX que prohibió a las mujeres el estudio de la música, so penas gravísimas‒, quien siguió escribiendo con pía determinación libretos de corte hagiográfico[4] aunque, irónicamente, se le colaron algunos elementos cómicos que encontrarían eco en la ópera bufa.

En suma, la escuela operística romana logró un efectivo acercamiento al arioso para reducir el tedio de los recitativos. También cinceló con mayor precisión el rol de la orquesta, presente ya en los ritornelos instrumentales y en el acompañamiento de las arias; sus recitativos habrían de apoyarse en lo que recibiría el recurrente nombre de Basso Continuo. Asimismo, Roma y el Vaticano jugaron un papel decisivo en el desarrollo del aria en sus diversas formas y, ante todo, suministraron el ambiguo marco legal para que pudiera darse la invasión de eunucos dentro de los teatros.

Aunque lo hubiésemos preferido, habría sido imposible evitar la mención de los miles de infantes ‒se calcula que hubo un promedio de 4000 castraciones anuales a principios del XVIII‒ que fueron emasculados para ponerlos, por intercesión directa de los Papas, al servicio de sus oídos. Ya en otro texto abordamos el tema con el debido detenimiento (Proceso 1736), mas la presente repetición estriba en que el “boom” de la ópera barroca se debió, de modo incuantificable, a sus prodigios vocales.

Fue Clemente VIII el ocurrente Papa que promulgó la castración de niños para que los coros pontificios no dispusieran de voces femeninas. Los sacrificios implícitos en la decisión papal fueron nimios respecto al resultado y, de cualquier manera, se estipularon sanciones para quienes ejecutaran la mutilación. Tampoco se procedía a la orquidectomía a menos que fuera coaccionado el niño para que él mismo lo solicitara. El papado nada más tuvo que cerciorarse de que la miseria circundante fuera lo suficientemente grave para que las familias regalaran, o vendieran a un precio razonable, a sus hijos.

Como bien sabemos, la popularidad de los castrados fue absoluta y los nacientes conservatorios se dieron el lujo de seleccionar talentos, dada la abundancia de materia prima. Barberías clandestinas publicitaron sus técnicas quirúrgicas y hubo barberos que recomendaron la pulverización de los testículos mediante la fuerza del pulgar. Otros, más ortodoxos, sumergían en leche caliente al crío mientras lo atontaban con vino y le presionaban las carótidas. La ablación avenía con un tijeretazo y el sufrimiento era mínimo. Naturalmente, el costo del servicio incluía un óbolo que llegaba hasta las arcas vaticanas y, en el caso reiterado de muerte, había ganancias adicionales.

Cuando se desparramó por el orbe la noticia del éxito comercial de los castratti, los insignes Papas dispusieron que todo ciudadano de los Estados Pontificios que tuviera más de cuatro hijos entregara uno para ser capado en aras de servir a la Santa Iglesia.

Como nota final, nos permitimos lamentar el desalojo de la Escuela Cardenal Miranda, único centro educativo mexicano con una larga tradición en la enseñanza del imprescindible canto gregoriano. A todas luces, a la curia metropolitana le tiene sin cuidado el deterioro de la música que se escucha en sus servicios religiosos, situación que es común en el resto de la jurisdicción católica mundial. ¿Qué puede importarle al Vaticano la depauperización del paisaje sonoro de sus templos si sus ministros son los últimos en soplarse las misas, tan ocupados como están en reunir las cuotas que les seguirán garantizando una vida volcada al lujo, a la ostentación y al deleite de todos los “placeres”, pedofilia incluida? Eso de una Iglesia de pobres para pobres es cosa de Papas ilusos o, más bien, de locos y necios…

[1] Su nombre procede de la supuesta recopilación hecha por Gregorio Magno aunque, en realidad, fue resultado de un proceso evolutivo entre el canto de las primeras comunidades cristianas de Roma, y el canto gálico, ósea aquel que se desarrolló en los aposentamientos romanos en las Galias. A partir del siglo IX, el apelativo comenzó a asociarse con este compendio.

[2] Recomendamos la audición de alguna misa mozartiana y de la famosa Missa Papae Marcelli de Palestrina. Audio 1: Kyrie de la misa Santa Trinitatis Kv. 167 – W. A. Mozart. (Leipzig Radio Choir and Orchestra. Herbert Kegel, director. PHILIPS, 1991) Audio 2: Kyrie de la Missa Papae Marcelli – G. da Palestrina. (Pro Cantione Antiqua. Mark, Brown, director. MCA CLASSICS, 1987)

[3] Sugerimos la visión de este vínculo que lo ilustra. Acceda a www.youtube.com/watch?v=hrBIzfhzPGM

[4] Suyos son los libretos de las óperas Erminia sul Giordano, Il palazzo incantato di Atlante y Dal male il bene.

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