“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

La víctima perfecta o… cuando pensé que la culpa era mía

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Llevo una pancarta con su nombre, porque no quiero volverlo a nombrar jamás.

Pero él no facilita la tarea.

¿Por qué debo dedicar mi pensamiento a alguien que no me importa? ¿Por qué pronunciar el nombre de alguien que me tiene sin cuidado? ¿Por qué —¡oh, sagrado Monstruo del Espagueti Volador!— tengo que despertarme una mañana cualquiera, abrir mi Twitter y encontrarme con que no se ha rendido?

Ya pasaron 10 años, pero el acosador no se ha rendido y me vuelve a dedicar unas líneas y me obliga a pensar en él y a decir su nombre.

En marzo recibí desde una cuenta de Twitter anónima tres mensajes. En uno, el acosador preguntó si tendría humildad para reconocer que sólo tengo talento para el acostón. En otro preguntó a quién me iba a coger pues yo no era periodista. En el último, me daba la bienvenida al desempleo, augurando que nadie me contrataría.

“Un momeeento —preguntan los detectives de gabardina y gorra que fuman pipa—, si los mensajes son anónimos, ¿cómo sabes que es él?”. Bueno, son las mismas palabras que me decía el acosador cara a cara cuando fue mi editor hace más de 10 años. Las mismas. No ha cambiado de discurso. En más de 10 años.

Conocí al acosador a inicios de 2004. Él era editor de cultura en larevista de El Universal y yo era practicante, tenía 20 años y estudiaba el penúltimo semestre de Periodismo. Lo recuerdo amable y sonriente. Se reía de mis chistes. Le expresé que quería hacer periodismo cultural. Él asintió. Aceptó un par de propuestas mías y logré publicar apenas algunos temas. Nos frecuentábamos fuera de la redacción, porque confiaba en que era un buen tipo y yo era —aún soy, aunque con mis precauciones— una persona sociable. Cuando las cosas se volvieron monstruosas, me callé. Pensaba que sería juzgada por haber salido con él.

Me culpaba a mí misma de lo que había pasado.

Cuando aún era amable conmigo, el tipo ofreció una fiesta en su casa. Me embriagué. Recuerdo esto: él y yo encerrados en un cuarto. Sentados uno frente al otro. Él me decía lo enamorado que estaba de mí y yo respondía que gracias, pero no gracias. Balbuceos de borrachos. Necedades. Sin sentidos. Estaba tan alcoholizada que me quedé dormida. Cuando desperté tenía los pantalones y la ropa interior abajo. Su cara entre mis piernas.

¿Por qué tengo que rememorar públicamente esto, más de 10 años después? ¿Por qué tengo que confesar algo que no le había dicho a nadie? Para que deje de acosarme en redes, maldita sea. Para que me deje en paz.

Tenía su cara entre mis piernas. No me asusté. ¿Por qué me pareció “normal” que este tipo hiciera eso? No lo sé. Tardo en escribir estas líneas porque intento responder y me doy cuenta que no hay explicación. Actuó sin mi consentimiento y yo lo asumí como si no hubiera sido grave. Incluso me acompañó a un taxi y me envió un mensaje al celular preguntando si había llegado bien a casa. Incluso, seguimos siendo “amigos”. Pero a partir de entonces el tipo que se reía de mis chistes fue cambiando aceleradamente hasta aterrorizarme.

Y yo pensé que la culpa era mía. Me callé.

Después de la marcha del domingo 24 de abril visité a Madre. Se acuerda muy bien de mi acosador. Recuerda, por ejemplo, la vez que habló borracho un viernes casi a media noche preguntando por mí y exigiendo que a esa hora fuera a la redacción a trabajar (¡!). También se acuerda de aquel sábado que tuve una crisis nerviosa porque el tipo no dejaba de hablarme por teléfono para decirme que era “tonta”, “mediocre” y que mis textos eran “una porquería”. Llegué a casa con el cartel amarillo que usé en la marcha, con el nombre de mi acosador en grande. Me regañó.

—Se va a enterar de que lo estás exhibiendo.
—Es lo que quiero.
—¡Lo vas a provocar a que haga algo peor!

Reconozco que me cuesta trabajo entender el miedo de mi madre, porque ya no tengo (tanto) miedo. La marcha del #24A es una postura: No te metas conmigo. No me violentes. No me jodas, o atente a las consecuencias. Esto no ocurría hace 10 años. El tema de la violencia contra la mujer nunca había estado tan presente en la agenda, aunque ocurre de manera tan sistemática y normalizada como preparar enchiladas de mole. Los abusos se comentaban en la esfera privada, en quedito, para no enojar al abusador. Para que no “hiciera algo peor”.

Hay que dejar de temer para que las cosas cambien.

Más tarde que temprano, los compañeros de la redacción notaron que algo no estaba bien. Cuando una recién egresada de Periodismo pasa más tiempo en el baño llorando que escribiendo, ¡algo no está bien, amiguitos! Una noche, el director de larevista, Ignacio Rodríguez Reyna, me mandó a llamar: “Si tienes algo qué decir, hazlo con confianza”. No dije nada. Todo estaba “bien”. Poco tiempo después, el equipo renunció a larevista y fundó emeequis. Las jerarquías se mantuvieron. Mi acosador seguía siendo mi jefe. Recuerdo todas sus palabras:

“Yo soy el mejor reportero cultural de México. Podría enseñarte lo que sé. Es una lástima que no quieras”.

“Qué mal escribes. Eres tan mediocre. ¿No te da pena?”.

“Acabo de chatear con un importante periodista. Le comenté que tengo que lidiar con una niña bonita, pero inculta”.

“Yo soy un gran reportero, tú, una ignorante”.

…Y así, hasta el infinito.

Yo guardaba silencio, aunque Viétnika Batres y Dulce Colín se acercaran a preguntar qué pasaba. Aunque los compañeros me ofrecieran apoyo. No me da pena decirlo: fui la víctima perfecta, el punching bag de los odios de este tipo, la que recibió los golpes verbales sin decir nada. Estaba tan debilitada psicológica y emocionalmente que tuvieron que rescatarme. Cuando finalmente conté parte de lo que sucedía, el director ordenó mi cambio de sección y de oficina. No tendría que tratar más con el tipo. Fernando Rivera Calderón y Eduardo Limón fueron mis editores y descubrí (¡sorpresa!) que podía escribir.

La noche que me cambiaron de sección comencé a recibir decenas llamadas en casa de mi madre y en mi celular. Eran tipos preguntando cuánto cobraba “por coger”.

Mi acosador —“¿Y cómo sabes que fue éeeel?”— se metió a chats de sexo en internet para proporcionar mis datos personales reales. Durante meses recibí correos anónimos —“Pero, ¿y cómo sabes que fue éeeel?”— con amenazas sexuales. Eduardo Limón se ofreció a responder siempre el teléfono de nuestra oficina, para evitarme el mal trago de tener que decir que nunca ofrecí ningún servicio sexual en ningún puto chat. Eduardo también me vio llorar cuando recibí un correo electrónico donde amenazaban: “Ya vi a tu hermana, está tan buena como tú”. Tuve que cambiar de teléfono y de correo reiteradas veces.

El día de la marcha me llamó mi hermana. Vio en Facebook una foto donde aparecía con mi cartel. “La compartí en mi muro porque te quiero y apoyo, pero tengo miedo”, comentó. Horas después me llamó muy alterada:

—¿Estás enterada de que tu nombre está saliendo en los portales de noticias? ¡Esto va a traer repercusiones!
—Qué bueno.
—¡No! ¡No! ¡No! ¿Qué tan loco está este güey? ¿Qué tal si hace algo contra ti?
—Ya lo hizo. No va a hacer nada más.
—¿Y si lo hace?

A ver, a ver, vamo’a calmalno. Si todos los jefes, parejas, amigos, compañeros de trabajo y desconocidos trataran de manera civilizada y respetuosa a las mujeres, ¿qué necesidad tendríamos de salir a las calles a exigir derechos fundamentales? ¿Qué necesidad tendría yo de pararme en medio de una calle sosteniendo en las manos un nombre que ya quiero olvidar? Me quiero olvidar de una vez y para siempre de la vez que me citó en un café de la esquina de la redacción para decirme que me iba a dejar publicar si aceptaba ser “su novia”. No quiero volver a mencionar cada uno de sus insultos. Ni tener que recordar la vez que habló por teléfono a la extensión de mi oficina, para ordenarme (¡!) que fuera a su casa (¡¡!!) a hablar con él, pues yo me había atrevido a entrevistar a un escritor para la sección que editaban Lalo y Fer. Y que él, mi acosador, “el mejor reportero cultural”, había cenado con ese escritor, y que éste le dijo que mis preguntas eran una “pendejada”, así que “te espero en 20 minutos”.

Ja ja ja. Orita no, joven. Nunca.

Ante mi negativa, enloqueció. “¡Voy a hablar con Nacho!”, gritaba. Colgué. Escuché que en la oficina del director sonaba el teléfono. Nacho contestó. El tipo le exigió mi renuncia. Me acuerdo que su respuesta fue: “Yo no voy a despedir a Tatiana por tu fobia”. Luego llegaría a decir, ya frente al director: “O se va ella o me voy yo”.

Así fue como renunció y no lo volví a ver. Salvo algunas veces, años después, que me lo encontré en la calle y me cambié de acera, con asco. Dejé de recibir correos y llamadas. Pero cada tanto me llegan mensajes de cuentas anónimas a mi Twitter. Sus mismas palabras: “tú no eres reportera”, “publicas porque te acuestas con alguien”, “te tomas unas copas y ya las das”.

Antes bloqueaba la cuenta y la reportaba por su contenido ofensivo. No fue así la última vez: me escribió el 10 de marzo, a poco del Día Internacional de la Mujer y de que estallara la noticia de que un tipo le bajó la ropa interior a Andrea Noel en la calle. ¿Y él pensaba que me iba a callar?

Esa vez lo hice público en Twitter. Colegas, desconocidos, amigos, asambleístas se pronunciaron. Hice dos denuncias: en la PGJDF y en la PGR. Por supuesto, también me preguntaron: “¿Cómo sabe que es éeeel?”. La investigación está abierta.

—¿Por qué tuviste que hacerlo así? Tan… tan agresiva —me preguntó mi mamá, cuando me vio llegar a su casa con mi cartel.
—Para que no se vuelva a meter conmigo.
—¡Es que lo estás provocando!
—¡Provocando! Ni madre. Si me pega, le pego más duro.
—¡No me digas! ¡Ah, qué fácil! Así, hasta que te haga algo peor.

¿En qué momento nos enseñaron que teníamos que aguantar el maltrato, para evitar “que se ponga peor”? Mi madre tiene miedo. Mi hermana, también. Yo temblé al ver las reacciones a mi foto. No niego que he tenido un breve episodio de temor. Pero no estoy sola. Miles de mujeres se atrevieron a denunciar en Twittter la violencia sexual y de género que padecen desde niñas con el hashtag #MiPrimerAcoso. Miles salimos a las calles a decir que no vamos a tolerar un acoso, un abuso, un golpe, un feminicidio más.

Y yo te digo a ti que me dejes en paz. Si no quieres que te exhiba, no me violentes. No me mandes más mensajes. Quédate donde estés. Haz lo que quieras. Me vale. Me quiero olvidar de tu nombre. Ayúdate tantito.

Este texto se publicó originalmente en el portal de emeequis www.m-x.com.mx

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