Un siglo y medio de Conservatorio (Primera parte)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 1° de julio de 1866 el alma rectora de la música en nuestro país abrió oficialmente sus puertas y los festejos por el aniversario se están llevando a cabo en el actual recinto ubicado en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Por ende, es obligado sumarnos a las celebraciones haciendo un recuento de los avatares que dieron lugar a su gestación, igual que a la problemática y a los retos que han imperado ‒y siguen imperando‒ en su ya larga existencia. Asimismo, es también obligatorio rendir homenaje a sus fundadores y principales dirigentes, pues muchos de ellos vertieron la vida ‒no sólo metafórica, sino literalmente‒ en la complicada empresa de mantenerlo en pie.

Para establecer la tónica, digamos que nuestro Conservatorio Nacional de Música es pionero en su tipo en América y puede enorgullecerse de ser anterior a muchos de los conservatorios europeos de mayor renombre y tradición. Citemos algunos ejemplos para apuntalar el primado (en el caso de los dos primeros, aunque sea por unos meses): Moscú y Turín (septiembre y octubre de 1866, respectivamente), Boston, Basilea y Copenhague (1867), Roma y Berlín (1869), Guatemala y Lyon (1872), Budapest (1875), Venecia y Zúrich (1876), Padua y Fráncfort (1878), Salzburgo (1880), Bogotá y Helsinki (1882), Oslo (1883), Ámsterdam (1884), Nueva York, (1885), Chicago y Toronto (1886), Lieja (1887), Cracovia (1888), La Habana (1899), Luxemburgo (1902), Lima (1908), San Francisco (1917), Buenos Aires, (1924), Sevilla (1933) y Montreal (1943).

En el caso del conservatorio de Venecia, hemos de aclarar que nos referimos al que lleva el nombre del compositor Benedetto Marcello, mas eso no implica que antes no hubiera habido otras escuelas de música en la ciudad lacustre, al contrario, es precisamente ahí donde surgió el modelo de institución de enseñanza caritativa que Occidente acabaría por adoptar. Hablamos del Ospedale dei Mendicanti, que nació en 1262[1] con el objeto de darles asilo y educación ‒con especial énfasis en la música‒ tanto a huérfanos, como a hijos no deseados, enfermos e indigentes. De hecho, de este modelo de orfanatorio u hospicio deviene el nombre que posteriormente recibirían, cual sinónimo, los conservatorios; es decir, en los antiguos ospedali venecianos se cimentó la tradición de “conservar” la existencia de sus educandos. Ya en el siglo XVIII el vocablo se oficializó, surgiendo en Nápoles los conservatorios, propiamente dichos aunque todavía regidos por autoridades eclesiásticas, cuya principal función era “preservarles”, amén de cultivarles, la voz a los miles de alumnos a los que se había castrado con fines religiosos y artísticos.

Huelga advertir que el modelo conservatoriano al que pertenece el nuestro, es aquel subvencionado por el Estado y con una curricula educativa laica, siendo el de París el prototipo. El Conservatoire Nationale de Musique de la Ciudad Luz se fundó en 1795, combinando desde sus inicios los cursos gratuitos de música con aquellos de declamación y danza (además de éstos, en el nacional mexicano se agregaron, en diversas épocas, gimnasia sueca, esgrima y natación como disciplinas paralelas, e inclusive, en las aulas del conservatorio comenzaron a impartirse, a partir de mayo de 1917, las primeras clases de cine del país bajo el título de “Preparación y práctica cinematográfica”).[2]

Para concluir este preámbulo que habrá de conducirnos a los días de fundación de nuestra venerable institución, apuntemos otros datos que nos ayuden a situar en tiempo y espacio este feliz advenimiento. En Venecia operaron hasta finales del XVIII otros tres ospedali, a través de los cuales se consolidó un patrimonio musical de proporciones inauditas. El Ospedale de la Pietá comenzó sus labores en 1346; aquel degl´ Incurabili en 1517 y el Derelitti en 1575. Bástenos con recordar los cientos de conciertos que Vivaldi compuso para sus alumnas huérfanas durante sus años de maestro en la Pietá para catar la trascendencia del fenómeno educativo que nos ocupa.[3] En cuanto a la intensa actividad formativa de Nápoles, debemos anotar a los conservatorios Santa María di Loreto (1537), Sant´Onofrio (1576), La Pietá dei Turchini (1583) y a I Poveri di Gesú Cristo (1589), puesto que merced a ellos emergieron, ya en los siglos XVII y XVIII, muchos de los compositores italianos de mayor renombre (gracias a sus obras, para no ir más lejos, dio inicio el estilo musical que hoy denominamos clasicismo. Haydn, por ejemplo, fue discípulo de Nicola Porpora, etcétera).

Como hemos visto, una vez recalados en el convulso siglo XIX, la aparición de conservatorios con el perfil curricular delineado en Paris, fue frenética. Apuntemos a los principales que precedieron a los intentos fundacionales del nuestro, pues se verá que los ímpetus para situar a México a la vanguardia cultural no estaban muy a la zaga de los que reinaban en Europa en esos mismos años. En 1803 surge el conservatorio de Milán que es emulado, en 1806, por el conservatorio San Pietro a Maiella de Nápoles. En 1808 se inaugura el de Praga. Nueve años después nace el de Viena, que es seguido por el de Varsovia del 1821 y el de Londres (Royal School of Music) que entra en funciones en 1822. Es en esa década cuando adviene en nuestro país la creación de una primera Sociedad Filarmónica (1825) que habría de poner en marcha un conservatorio, mas la iniciativa del compositor moreliano Mariano Elízaga fracasó por carencia de recursos.

En el decenio siguiente se erigen el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid (1830), el Conservatoire Royal de Bruxelles (1832) y el Conservatorio Real de Lisboa (1836), a su vez contemporáneos del surgimiento de una Segunda Sociedad Filarmónica Mexicana (1838) que estuvo a cargo del eminente músico José Antonio Gómez,[4] quien pretendió convertir su academia particular en otro intento de conservatorio. Naturalmente escasearon los medios y nunca llegaron los apoyos prometidos por el gobierno.

Para cubrir el cuarto de siglo que nos falta, será suficiente con que mencionemos los natalicios de los conservatorios de Leipzig (1843), Dublin (1848), Cádiz (1854) y Dresde (1856), dado que son coevos del tercer aborto de conservatorio de nuestra patria. Éste fue una llamarada de petate que se sacó de la manga Antonio López de Santa Anna en su último periodo presidencial, convocando en 1854 a Giovanni Botessini para que echara a andar una suerte de conservatorio como los que había en su tierra (Botessini se educó en el conservatorio de Milán y llegó a México al frente de su propia compañía de ópera. Con ella realizó el estreno del Himno compuesto por el catalán Jaime Nunó).

Fue así que, en pleno bullicio del malhadado imperialismo mexicano, a trece días de que la infortunada emperatriz Carlota viajara a Europa para mendigar ayuda para su agonizante reinado y a sólo unos meses de que su marido hubiera intentado abdicar, que se inauguraron las clases del ansiado Conservatorio de Música de la Sociedad Filarmónica Mexicana ‒la tercera de la serie y el cuarto de los tentativos‒, pero las circunstancias de su inauguración fueron dignas de una enredada obra melodramática.

Era también la época de oro de la ópera italiana en México ‒ya leímos lo que pasó con Botessini y el cretino de Santa Anna‒ y como podemos suponer, a ningún compositor mexicano se le acreditaba para que sus incipientes creaciones líricas se escenificaran. Paradójicamente, en aquel 1866 apareció una de las raras oportunidades para que el talento autóctono se pusiera de manifiesto, cristalizando en la oferta de una subvención del gobierno de Maximiliano para que debutara en México la Compañía de Opera de Annibale Biacchi. La única condición para que los reales fluyeran del erario fue que se contratara a la soprano Ángela Peralta y que la obra a estrenarse fuera escrita por un mexicano. Tanto Melesio Morales como Cenobio Paniagua, Manuel Covarrubias, Miguel Meneses, Octaviano Valle y Leonardo Canales ‒todos ellos compositores con una ópera lista para estrenarse‒[5] iniciaron gestiones para que el empresario italiano se dignara tomarlos en cuenta. Sin embargo, Biacchi estaba convencido que ningún natural podía componer alguna ópera que valiera la pena y declaró que si su compañía aceptaba el trato, el estreno redundaría en perjuicio económico y desprestigio artístico… (Continuará)

[1] Inicialmente alternó sus funciones educativas con aquella de albergar a los últimos cruzados.

[2] Información obtenida gracias a investigaciones del maestro Robert Endean Gamboa, quien tiene a su cargo la Biblioteca del CNM.

[3] Se sugiere la audición del Concerto con molti stromenti que Vivaldi compuso en 1739 para propiciar el lucimiento, tanto artístico como social, de once de sus pupilas huérfanas. Audio 1: Antonio Vivaldi – Allegro del Concerto in do maggiore per molti stromenti RV 558 (The Academy of Ancient Music. Andrew Manze, director. HARMONIA MUNDI, 1998)

[4] Gómez fue maestro de casi toda la generación de compositores que logró consolidar al Conservatorio que hoy se festeja. Fue, asimismo, miembro del jurado que dictaminó la propuesta de himno nacional a la que convocó Santa Anna.

[5] Se recomienda la escucha de algunos extractos de la ópera Ildegonda de Melesio Morales, pues fue la obra que, a la postre, triunfaría. Pulse el vínculo: www.youtube.com/watch?v=0PfBgsnxYFQ

Comentarios