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Juan Gabriel y aquel apoteósico y polémico concierto en Bellas Artes

Hace 26 años, el 12 de mayo de 1990, en la edición 706 de la revista Proceso, a propósito de la polémica presentación de Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes, el escritor Carlos Monsiváis escribió una crónica que a continuación se reproduce.

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- ¿Qué es la apoteosis en tiempos de la presentación de Juan Gabriel en Bellas Artes? Aplausos desde luego, boletos que van de 300 mil a 70 mil pesos (sin contar la reventa), agresiones verbales y escritas que se transforman en demanda de entradas, público cautivo que se incrementa al ritmo de la falta de control de la natalidad, más aplausos, reventa, inquietud de los funcionarios que llaman para adquirir filas enteras (si no van ellos irán sus esposas, si no pueden sus mujeres iran ellos, que no se desperdicien los boletos en plena privatización), expectación que no excluye conjeturas supersticiosas (“¿Se derrumbarán los mármoles ¿Resucitará Carlos Chávez y expulsará a los mercaderes del templo?”), arrecian los aplausos, en la expectación participan sentimientos genuinos, los lugares comunes adoratrices de la cultura popular y la fascinación y el morbo que ha despertado desde siempre Alberto Aguilera o Juan Gabriel.

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—Para como anda de solícito el gobierno, el mariachi ya no se debe llamar “Arriba Juárez” sino “Arriba el Papa”. Parece que por iniciativa del gobernador habrá cambio de nombre y aparecerá Ciudad Woytila, Chihuahua.

El violinista de la Sinfónica se aleja, luego de su comentario clerical o anticlerical, y da comienzo el ensayo general que es, en rigor, un concierto ofrecido por Juan Gabriel al personal de Bellas Artes, secretarias y acomodadoras.

Tramoyistas y utileros, archivistas y dirigentes sindicales, que se ríen y gozan: Juan Gabriel en bellas Artes es el Acontecimiento del Año (la visita papal no se puede regir por criterios competitivos), y la polémica se ha prodigado, los cantantes de la Opera se han opuesto, no desprecian a lo popular pero éste no es su sitio, y para el caso ni importa que los conciertos sean en beneficio de la Orquesta Sinfónica Nacional, es vergonzoso (murmuran) que para comprar instrumentos el Señor Gobierno depende de la buena voluntad de un cantante y a la ira de los defensores de la buena música se une la explosión de homofobia, ese escudo de fe machista, ese sello de intolerancia como aureola de integridad.

A la homofobia se acogen lo bravíos articulistas todavía incrédulos ante un individuo con tales modales y tal fama y semejante éxito. La homofobia es el argumento que no requiere de palabras, tiene a su favor los decretos de la cultura judeo-cristiana, y la solidifica el humor que se precipita para subrayar la superioridad instantánea de quien lo emite y quien lo festeja, yo no soy rarito pero con ese sí,/ cómo crees, es una broma/ se te salió el inconsciente por la manga.

Lo habitual: el espectáculo disuelve los fantasmas de la polémica y pospone la homofobia, y los empleados y trabajadores del INBA la pasan bien, se sienten privilegiados, para qué negar que eso les atrae. Y mientras esto sucede, se mueven de un lado a otro los encargados de grabar el video del concierto, y Paco Arquero, el ingeniero de sonido, verifica su magnífica sonorización de Bellas Artes. Y a dúo, dos jóvenes publirrelacionistas de Bellas Artes me confían su deslumbramiento: por primera vez en México, se realizará una grabación en vivo con sistema digital multitrack.

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Enrique Patrón de Rueda, al frente de la OSN, se ve divertido. La ocasión es única, luego del diluvio de opiniones, todos aguardan lo increíble todavía hace un año: acoplamiento de la máxima orquesta del país y el Rey de los Palenques. Y en la obertura, obra del maestro Eduardo Magallanes que hizo los arreglos de la Sinfónica y de los Coros de Juan Gabriel, irrumpe la metamorfosis de la obra juangabrielana, que ahora evoca los clamoreos de Miklos Rozsa, o de cualquiera de los grandes del cine de Hollywood, que en el principio y el del fin de las películas desplegaban el éxtasis de la resurrección o la conversión del centurión a la verdadera fe, la única, la de los locutores de televisión.

Y, aguardado con la devoción que le corresponde a un ídolo en tiempos de escasez de santos contemporáneos, aparece con glitter preciso, Juan Gabriel. El coro se eleva hasta los cielos de la felicidad vocal, él agradece, declara a éste “el momento más feliz de mi vida”, y uno espera uno de sus famosos desplantes, y por el momento hay contención, él se ve nervioso, tal vez abrumado por la marmolería del Teatro Blancota (José Antonio Alcaraz dixit), y quizá localiza entre las butacas a sus huestes de siempre, las parejas belicosas donde él o ella regañan a ella o él por avivarse demasiado o por no avivarse, las familias felices, los hombres de pro que hallan en la admiración por Juan Gabriel el medio a mano para admitir su amplitud de criterio. El cantante examina las reacciones y se va calmado.

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—Voy a presentarles a unos niños hermosos, divinos, preciosos, con los que voy a la escuela.
Salen al escenario 24 niños del albergue y escuela de música Semjase, fundado en 1987 y sostenido desde entonces por Juan Gabriel en Ciudad Juárez. Allí se educan y obtienen instrucción musical 126 niños, entre 6 y 13 años de edad, huérfanos, hijos de madres solteras o de padres de escasos recursos. Los niños cantan y bailan un popurrí de Juan Gabriel, de “No tengo dinero” a “Buenos días Señor Sol”. La gente aplaude porque es de adultos responsables encomiar el esfuerzo de los niños, y porque la victoria de Juan Gabriel no admite resquicios. Quien aquí venga deberá celebrarlo a él, a su repertorio, a su estilo de triunfador, a sus acciones.

—Los niños son lo único maravilloso y lo único que tiene México, hay que cuidarlos, para que ya no tengan que andar fundando albergues (Toma un vaso de agua). Gracias a la cooperación de todos ustedes estos niños van a seguir estudiando, y sobre todo gracias a la cooperación de Hacienda que no me molesta. Lo más importante es haber nacido, lo demás es más fácil.

Entre una orquesta de niños que también interpreta “Buenos días, Señor Sol”, Juan Gabriel reinicia su letanía adjetival (“preciosos, hermosos, divinos”), y luego la OSN aporta lo suyo a la canción. El artista entra en confianza y se produce lo insólito.

—Vamos a romper el turrón con Bellas Artes, y vamos cantando. ¡Romper el turrón! La herejía impensable: hablar de tú con el Sacro Recinto, abandonar el usted que es la distancia del respeto que equivale a la disminución psicológica que es confesión de ignorancia ¿Hablarse de tú con Bellas Artes? ¡Inconcebible! No vale la pena corazón, es amor de un rato. El público le pierde el miedo a la atmósfera que retiene la obra completa de Scriabin y Alban Berg, y su confiancita se acrecienta al interrumpir el mariachi “Arriba Juárez”, y si el mariachi dista de ser novedad en el Palacio de Amalia Hernández, sí es inaugural este dúo del artista y su público, él dice una frase y la complementa el Palacio entero:

PUBLICO

en la misma ciudad y con la misma gente
no encuentres nada extraño,
y nunca más dejarnos
pidiendo demasiado
ya habíamos terminado
que nunca me quisiste
que sólo yo te quise

Eso es mnemotecnia de masas, que sólo encuentra un antecedente: cuando un grupo elegido de la difunta CNOP recitara de memoria la Constitución. Lo que más le conmueve a un espectador es saberse integrado a un show. En los palcos la obediencia al “¿Qué dirán?” impone cierta reticencia, en el primer piso hay todavía los inmovilizados por la Mirada del Comportamiento Decente que nos sigue de la infancia a la tumba, pero en el segundo y en el tercer pisos la desinhibición es abierta, si han pagado esos precios tienen derecho a su voz y su memoria. Y lo solicite o no Juan Gabriel el público se embarca en las canciones como en la más solícita aventura coral, y de pronto, uno tan habituado a los milagros del realismo mágico, reconoce en el augusto marco del escenario las formas de una sinfonola, dicho esto con todo respeto para dos especies en vías de extinción (El Palacio y la rockola). El fervor del coro que fue público se transmite al Mariachi, y contamina a la orquesta, y es algo de contemplarse, un auditorio que sigue al ídolo con retención de quinceañera.

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I am what I am/I am my own special creation/ So, come take a look,/ Give me a hook/ or the ovation. Por más que se diga lo contrario, parte fundamental del éxito de Juan Gabriel se origina en su independencia esencial de Televisa; la televisión sin duda lo ha apoyado, pero Juan Gabriel no es resultado de los estudios de tendencias de mercado, surgió cuando no se creía ya en la resurrección de un gusto calificado de “abominable”, de letras que informaban de la nueva sintaxis (tan fracturada) del pueblo, de canciones rancheras y de polkas y redovas en el tiempo de la balada y —para los yuppies— del rock dulzón. Juan Gabriel es la vindicación literal de lo expulsado del canon televisivo o de lo jamás incluíble: los nacos y los traileros y las secretarias románticas y las amas de casa sin casa que aguardan y los “raritos” y los adolescentes de las barriadas. Y ese gusto atravesó la marginalidad, domesticó a los celos modernistas y a la homofobia, y hoy, podado o no de su impulso original de trangresión, triunfa igual en el Estadio Atlante, en los cabarets de lujo y en el Palacio de Bellas Artes. No se está ante el reconocimiento de la música, que de no ser de Juan Gabriel sería objeto del rechazo previsible, sino del triunfador.

En el centro del éxito la voz de Juan Gabriel, suave, belicosa, imposible de asimilar de acuerdo a la ortodoxia vocal, ensoñadora, enfática, que viene de peregrinaciones del deseo y de la ansiedad de hacerla y de las transformaciones sentimentales de la provinicia, que son la negación de la modernidad en medio del interminable viaje a Los Angeles. Y que, sobretodo, viene del desplante que es la imposibilidad de ocultamiento y el afán de protagonizar la sensibilidad marginal, sin teoría alguna o razonamiento crítico. I am what I am/ and What I am need no excuses.

Y Juan Gabriel en Bellas Artes acomete lo que en él es inevitable, el Desplante, el movimiento desafiante de los hombros, la agresividad rumbera, el aprendizaje confeso de las divas, la majestuosidad de quien va hacia la gloria entre la rechifla de los condenados.

En algo se contuvo el conquistador del Palacio. Uno de los instantes climáticos de sus presentaciones, ocurre durante una canción ranchera, cuando él pregunta “¿Quién se quiere casar conmigo?”, y la respuesta es predominantemente o casi exclusivamente masculina. Y los galleros, los alcaldes, los jefes de prensa, los seres temibles a quienes se les atribuye complicidad con las autoridades locales (nueva definición de narcos), los machos bragados, se levantan y aúllan con la sinceridad de quien escenifica la prohibición: “¡Yo Juanga! ¡Juan Gabriel, eres único! ¡Fíjate en mí! ¡Aquí estoy mírame!”, y además de exclamaciones que hace felíz al ejército de psicólogos y psicoanalistas, expertos en el arte de verificar el desbloqueo de los núcleos homosexuales, y quienes por lo demás también gritan para usarse a sí mismos como conejillos de Indias. Y Juan Gabriel, indiferente y complacido, sabe de antemano la respuesta sumisa a sus provocaciones, cualquier cosa que digan será incienso verbal. The life is a sham/ Till I can shout/ ¡Hey world! I am what I am.

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La OSN la está pasando muy bien. La experiencia es efímera y conviene aprovecharla, y mientras Juan Gabriel se enmarca en sus homenajes —a Manzanero, a “La negra Tomasa”, al ritmo de lambada, a “Caballo viejo”— y el público se olvida de que está en Bellas Artes o de que no está en el Premier, la orquesta se incorpora al ánimo festivo, los violinistas se levantan y se inclinan como si de pronto se hallaran en el centro del reventón y hechan todo el relajo posible con tal de proteger la solemnidad. La actitud de la orquesta se une a la convicción generalizada —¡esta es una ocasión única!— y la gente las aplaude para sellar la alianza.

Juan Gabriel se toma su mínima y dulce represalia.

—Esta noche estoy felíz, y quisiera expresarles mi deseo: que todos los artistas populares tengan la oportunidad de venir aquí porque este lugar se construyó con dinero del pueblo. Y que se le dé un lugar aquí a los compositores populares, porque en su época también Bach, Beethoven y Mozart fueron populares y tuvieron sus dificultades. No es que compare. Me informan que en la entrada unos cantantes de ópera dicen que este es su lugar y no el mío. Yo prefería ver a Juan Gabriel en Bellas Artes y a los cantantes en la Scala de Milán.

Las risas y los aplausos le dan intensidad al discurso.

—Yo quiero confiarles mi gran deseo: que haya oportunidades para esas personas desconocidas que andan allí afuera, y que les vaya bien, mucho mejor que a mí que no tuve educación, y que también estuve solo, allá afuera buscando el modo de desenvolverme y superarme.

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Juan Gabriel pide un aplauso para el maestro Patrón y para esta orquesta “linda, hermosa, divina”. Y allí está “Querida”, uno de los himnos que se establecen de golpe y luego devienen como pactos comunitarios (o algo así de esotérico y exacto). Juan Gabriel canta “Querida”, y salvo algún marxista-funcionario absorto en la reconstrucción ideológica del Muro de Berlín, todos le entran a la cantada, participan, mientras muy probablemente cada uno elabora para el dominio escénico de este ídolo michoacano y juarense Mira mi soledad/ que no me sienta nada bien/ Oh ven ya

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El gran final. Juan Gabriel interpreta “Ya lo pasado pasado”, y pide un aplauso para el amor Y ya luego desemboca, en acto de banalidad chovinista, en una canción en donde México resulta país único sobre la faz de la tierra ¡Viva México! ¡Viva México! De acuerdo, ¿y a propósito de qué?

Pero ni ese final un tanto municipal y espeso, disminuye la apoteosis, la entronización íntima y colectiva del huérfano que es hoy el signo del cambio de los tiempos y de la capacidad de asimilación de la moral tradicional que, de seguir las cosas como van, terminará beatificando a Juan Gabriel.

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