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La cultura oficialista

A María Teresa Franco con respeto y afecto.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Prometeo es el ícono occidental de la disidencia, pues confrontó a la autoridad divina para ofrecerle a la humanidad el fuego del conocimiento. Es un símbolo de la rebelión que alentó al ser humano para acceder a esa llama eterna, y con ello, conquistar su libertad. Prometeo encarna el ímpetu universal redentor que se ha instilado en todos los ámbitos culturales a través de los siglos.

En su etimología, el nombre de Prometeo refiere a la prospección. Así, la acción del Titán es fundadora de la civilización, pero al mismo tiempo de la disidencia. A semejanza de Prometeo, la disidencia cultural, precursora por su naturaleza, abre nuevos espacios de libertad cultural.

En el transcurso del tiempo, las civilizaciones han experimentado movimientos culturales subversivos o francamente sediciosos, distinguidos por la ruptura con el status quo en la constante búsqueda de nuevos espacios de libertad.

En nuestra realidad, el Estado mexicano tomó la decisión de transfigurar el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) en Secretaría de Cultura, lo que ha tenido como efecto primario convertirla en una autoridad en la materia. Su naturaleza de dependencia del Ejecutivo federal tiene consecuencias trascendentes; entre otras, el sometimiento de sus actos al control constitucional a través del amparo y la puntual observancia de la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública. Más aún, sus actos, ya sea por acción u omisión, pueden ser constitutivos de transgresiones de derechos humanos que, bajo la tutela del artículo cuarto, párrafo duodécimo constitucional, tienen una expresión esencialmente cultural.

Esta argumentación pudiera dar la apariencia de que la defensa de los espacios de libertad cultural en nuestro país encuentran viabilidad; sin embargo, esto no ocurre así. Por ello es necesario precisar que esta defensa se inserta en un sistema de legalidad controlada entreverada en un espacio restringido de libertad consentida.

Con la publicación del reglamento de la Secretaría de Cultura se habrá consolidado el apparatchik cultural mexicano, lo que despliega con vigor la discusión, que reclama un debate muy profundo, sobre el vínculo entre la libertad cultural y esta nueva burocracia.

La creación de una cultura oficialista contrasta sensiblemente con tendencias sociales surgidas de un estado de insatisfacción general y que propugnan nuevas formas de vida, con un acentuado carácter antihegemónico. Uno de esos movimientos son los contraculturales, que se expresan de muy diversas formas pero cuyo común denominador es la búsqueda incesante de la libertad.

En forma general puede incluso sostenerse que, en cualquier tiempo y espacio, todo movimiento provisto de un carácter contestatario contra el establishment puede ser calificado de contracultural.

Resulta claro que estas manifestaciones se avienen mal con cualquier autoridad. La reciente secretaría de Estado no es la excepción. El nuevo apparatchik, cuyo basamento es la cultura oficialista, responde necesariamente a una estructura vertical, centralista y de dominación, propensa a la imposición de modelos culturales desde la cúspide. El crecimiento de la cultura empero es rizomático; un claro ejemplo de ello son precisamente los movimientos contraculturales.

La contracultura

En nuestra época, Anonymous, calificada como una expresión contracultural, postula la libertad de expresión y de circulación de la información, así como de acceso al conocimiento y a la cultura: una defensa acérrima de la libertad, una total ausencia de censura y de control. La máscara-emblema de ese conjunto de activistas cibernéticos emula al conspirador Guy Fawkes, que se confabuló en 1605 en contra de la Corona y del Parlamento ingleses. En la cultura anglosajona, este personaje se convirtió en el símbolo de la insubordinación y de la resistencia contra la opresión.

Guy Fawkes fue llevado a una banda animada en 1982 por Alan Moore y David Lloyd, y posteriormente a la cinematografía. La máscara disimula la identidad del héroe, evita la personalización de la lucha, privilegia la soberanía del individuo e intenta preservar los espacios de libertad (Steven Jezo-Vannier).

José Agustín, una de las figuras emblemáticas de la contracultura mexicana, sostiene que ésta “abarca toda una serie de movimientos y expresiones culturales, usualmente juveniles, colectivos, que rebasan, rechazan, se marginan o trascienden a la cultura institucional… la dominante, dirigida, heredada y con cambios para que nada cambie, muchas veces irracional, generalmente enajenante, deshumanizante, que consolida el status quo y obstruye si no es que destruye, las posibilidades de una expresión auténtica entre los jóvenes, además de que aceita la opresión, la represión y la explotación por parte de los que ejercen el poder”.

La historia de la disidencia cultural es una contrahistoria cuya narrativa ha sido el postulado de nuevos modelos culturales, los cuales se han visto sofocados con frecuencia por el establishment. Esta premisa desafía al sistema cultural dominante impuesto desde la cúspide con una incesante búsqueda de independencia y autodeterminación (Steven Jezo-Vannier).

Contracultura es un término acuñado por Theodore Roszak (La fabricación de una cultura de contador: Reflexiones sobre la sociedad tecnocrática y su oposición juvenil) que aparece en la narrativa estadunidense con John Milton Yinger (Countercultures: The Promise and Peril of a World Turned Upside Down) y los escritores Aldous Huxley (Un mundo feliz), Jack Kerouac (En el camino), William S. Burroughs (El almuerzo desnudo) y el poeta Allen Ginsberg (Aullido). Estos tres últimos se convirtieron rápidamente en los ideólogos del movimiento cultural beatnik, expresión inicial de la contracultura en la segunda parte del siglo XX y que dominó la década de los cincuenta.

La contracultura tiene su mejor manifestación en el ámbito artístico, en donde pintores, escultores, escritores y poetas impulsan corrientes innovadoras que provocan incesantes rupturas. Su característica es una persistente crítica en los ámbitos cultural y social, con tintes radicales pero con amplios márgenes de libertad.

En un análisis diacrónico, estas comunidades, integradas mayoritariamente por jóvenes, son claramente identificables como un modo de vida que acaece en la marginalidad social.

Los movimientos contestatarios artísticos se desarrollan generalmente en pequeñas comunidades a través de generaciones y con modas emergentes con las que manifiestan su inconformidad. Mediante una fuerte rebelión artística encaran los dogmas dominantes con utopías de libertad o una disidencia religiosa. Ante el hostigamiento de un sistema dominante, privilegian la marginalización y la consecuente ruptura con el status quo.

La contracultura no es un movimiento avant-garde. Este último se asocia generalmente a un programa reflejado en la publicación de un manifiesto. La contracultura, por el contrario, es un fenómeno cultural difuso que, si bien reivindica un proyecto social, éste se singulariza por su dispersión, aunque exhibe múltiples perspectivas y propósitos (Andy Bennett).

Los movimientos avant-garde intentan establecer un vínculo con el futuro, en tanto que la contracultura lo tiene con el presente y, además, busca ofrecer una alternativa universal que responda a los problemas de su época mediante la transformación global de la sociedad. El común denominador de ambas tendencias es muy claro: la reivindicación de la libertad.

Los movimientos contraculturales tienen una marcada oposición al poder y, más aún, al poder tecnocrático, como fue sostenido desde su inicio por Roszak. Es el individuo el centro de gravedad sobre el cual debe realizarse cualquier transformación. Frente al poder de las instituciones, es la libertad humana la que debe prevalecer, y es únicamente en esta trama como la crítica social puede ser operativa.

Estas expresiones entraron en una marcada decadencia en la década de los setenta, lo que dio pie al surgimiento de la llamada subcultura. El diseño del marco conceptual para los análisis sociales de estos fenómenos antihegemónicos comporta enormes dificultades debido al vasto pluralismo que entrañan, lo cual conlleva una marcada fragmentación cultural.

La crisis de nuestra época lleva implícita una reorganización del poder y los movimientos contraculturales no permanecen ajenos a esos contextos, en los que se advierten profundas tensiones sociales. Nuestra estructura social, altamente estratificada, es la que determina en estos ámbitos las diferentes identidades socioculturales. Por lo mismo, estas últimas son contingentes, pues dependen de la oferta del entorno cultural.

Ante esos diversos entornos, los movimientos contraculturales promueven objetivos más restrictivos, con cuya consecución pretenden una transformación cultural y social fundada en un modelo utópico. A este esquema se le denomina zona de autonomía temporal, en donde acaece la ruptura institucional, sin confrontación pero creadora de espacios de libertad (Hakim Bey).

Debido a su omnipresencia en el paisaje mediático universal, la contracultura conserva actualmente sus reivindicaciones en materia de creencias, sensibilidades y modos de vida alternativos. Así, la contracultura se arraiga en nuestras percepciones y en nuestra manera de interpretar las luchas antihegemónicas. Los movimientos contraculturales son expresiones fluidas y mutables de sociabilidad a las que los ciudadanos se asocian para expresar su soporte y colaboración con una causa que estiman común.

Estos movimientos elaboran un contramodelo cuya riqueza radica en su diversidad; su narrativa está marcada por la apertura incesante de espacios de libertad cultural. Es precisamente la exigencia de libertad la que está en el origen de la ruptura con el modelo cultural impuesto desde el poder. Su pretensión es llevar la “imaginación al poder”; Roszak agregaría empero que debe ser “una imaginación visionaria”.

México ha sido pródigo en movimientos contraculturales en muy diversos ámbitos: en la literatura dieron inicio a numerosas corrientes literarias. Destacan las novelas Gazapo, de Gustavo Sainz; La tumba, De Perfil e Inventando que sueño, de José Agustín, y Los juegos, de René Avilés Fabila, entre otras muchas.

El teatro, la música y el cine han registrado también expresiones contraculturales notables. El movimiento grafiti, cuyo arraigo en la Ciudad de México data de la década de los ochenta y que trata de reapropiarse del espacio urbano, fue documentado por Sergio Raúl Arroyo y Daniel Arroyo.

La vastedad de estos fenómenos culturales –esencialmente urbanos, con una militancia muy diversa de clases sociales y, por ello, culturalmente fragmentados– hace imposible analizarlos en este espacio.

Epílogo

Prometeo fue encadenado en el Cáucaso y, conforme al castigo de Zeus, un águila debía devorar cotidianamente su hígado. Prometeo, cuya naturaleza le impedía morir, debía pagar eternamente su osadía. Solamente Hércules pudo liberarlo al flechar al ave rapaz que lo consumía.

Con el desafío prometeico a la autoridad divina, la disidencia se hizo consustancial a las sociedades. La osadía y la intrepidez de Prometeo evidenciaron que aquel poder y, por extensión, el terrenal, conocen de serias limitaciones.

Hoy, la autoridad cultural encara ese desafío que toma forma de movimientos contraculturales, los cuales rechazan toda jerarquía y reivindican su carácter ciudadano, independiente, horizontal y democrático. De esta manera, en la sociedad mexicana se confrontan ahora dos modelos culturales excluyentes e irreconciliables.

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.

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