“El reino de los animales”

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un grupo de actores representa desde hace seis años la obra de teatro El reino de los animales, y se enfrentan a la conclusión de la temporada y al desempleo subsiguiente. La situación, que implica teatro dentro del teatro, va de la función de la obra a los camerinos y de los camerinos a la posibilidad de ensayar un nuevo proyecto: El jardín de las cosas.

La propuesta de Luis Rivera, el director de la obra, está resuelta atinadamente, con unos cuantos elementos para ubicar los espacios y las realidades en que se mueven los personajes. La estepa está caracterizada con colores brillantes, y los camerinos en tonos de grises o neutros. Acrílicos como espejos, telas azules para el río, y bancos apilados para marcar la cima donde se refugia la cebra acorralada por el león.

Los animales, como también insiste el autor, no son hombres en cuatro patas o animales de Disney. Los personajes se caracterizan principalmente con pintura corporal para interpretar a la cebra, al león, al antílope, al marabú o a una gata salvaje. Apenas unos cuernos o plumas complementan el vestuario, dándole originalidad a la propuesta.

Roland Schimmelpfennig, autor contemporáneo alemán, nacido en Göttingen (1967) incursiona en el teatro narrativo y sostiene una posición crítica hacia la sociedad mercantilizada de hoy. Utiliza recursos de la literatura que nuestro teatro ha retomado, no siempre con buenos resultados ya que se abandona la esencia dramática del discurso. Las narraciones Schimmelpfennig son netamente dramáticas, ya sea por las anécdotas o los conflictos que plantea y la prioridad que da a la acción sobre los pensamientos abstractos o existenciales de los personajes, manteniendo así la tensión dramática a lo largo de la obra.

La puesta en escena de El reino de los animales, bajo la dirección de Luis Rivera, juega con varias realidades considerando a los actores los protagonistas. Ellos enfrentan el peligro del desempleo y las pocas posibilidades de continuar activos en su trabajo. Las situaciones caen irremediablemente en el lugar común y en una metáfora obvia de lo que implica ser actor y encontrarse en una lucha de poder como sucede en el reino de los animales donde el león y la cebra se disputan la corona de la estepa. En su presente, la obra que representan los ha agotado creativamente y la repiten y repiten, por ser su medio de subsistencia.

Su futuro cercano implica interpretar personajes ridículos, a lo que en un inicio se niegan: el huevo frito, el totopo, la salsa cátsup y el molinillo de pimienta. En un punto intermedio, se ubica el intento de un actor tratando de manera individualista abordar a la autora de El jardín de las cosas para verse privilegiado, pero no resulta afortunado. El director resuelve el final rebasando la farsa y el ridículo, para tocar lo grotesco y desagradable con una coreografía interminable que debilita el cierre.

Los actores, Emmanuel Lapin, Raquel Mijares, Yunuén Flores, Édgar Alonso, Óscar Serrano y Ari Albarrán, recién egresados, logran interpretaciones verosímiles y con presencia escénica. Transitan por el espacio de manera fluida, gracias a la dirección de Luis Rivera, con estética llamativa diseñada por Natalia Sedano y Xiomara González. Su nueva compañía, Todo lo que no fuimos, inicia su camino con El reino de los animales, que se presentó en la Casa del Lago y ahora da funciones en el Teatro Sergio Magaña por corta temporada.

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