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El mundo gay hace 18 años, según lo veía González de Alba

En una entrevista concedida a este semanario hace 18 años (Proceso 1131), el escritor Luis González de Alba, quien se quitó la vida el domingo 2 de octubre, fijaba su postura de esta manera ante la posibilidad de que se legalizaran los matrimonios entre homosexuales: “En el mundo heterosexual, el matrimonio es una institución en decadencia… El matrimonio va en picada. ¿Para qué subirse entonces a un avión que está por estrellarse?”… Por considerarla de interés público, reproducimos una parte de la entrevista tal como fue publicada.

GUADALAJARA, JAL. (Proceso).- “Yo nunca he querido abanderar la causa de los derechos humanos de los homosexuales, ni nada de eso. No pertenezco a ningún grupo ni tengo buenas relaciones con ese mundo. Es más, todos ahí me detestan por mi manera distinta de concebir la homosexualidad”, afirma el escritor Luis González de Alba.

Miembro fundador del Frente de Liberación Homosexual en los años setenta, y primero en implantar un bar exclusivamente para homosexuales en el país, González de Alba añade:

“La mía es una postura minoritaria dentro de la minoría. Por eso no puedo pertenecer a ningún grupo. Vamos, ni siquiera tener amigos. Ellos generalmente comparten otra visión.”

–¿Y cuál es esa visión?

–Esa visión se da en una expresión muy usada por ellos: “Soy una mujer encarcelada en un cuerpo de hombre”. No, no, ¡al carajo! Yo no quiero ser mujer. Soy un hombre que está muy satisfecho de serlo.

Líder del movimiento estudiantil del 68, González de Alba indica que no puede decirse que en México exista una comunidad lésbico-gay: “No hay tal cosa, ya que existen homosexuales de todo tipo. Es como si se dijera que hay una comunidad heterosexual”.

Considera que, inclusive, están desorganizados los grupos que integran el movimiento homosexual del país:

“Hay muchas discrepancias y enojos entre ellos. Esto los debilita al momento de presentar, digamos, un frente único. Yo todavía no acabo de entender para qué tanto grupo gay. Entiendo, por ejemplo, la razón de que existan distintos partidos políticos, ya que dependen de muy distintas opiniones sociales, políticas y económicas. Hay partidos distintos porque existen diversas opiniones en la ciudadanía. Pero los grupos gays lo único que están buscando, en común, es conseguir una aceptación generalizada de su forma de vida. Para eso no se necesita un montón de grupos.

“Me molesta que entre los homosexuales haya un constante atacarse y decirse cosas feas. Si traes zapatos nuevos, no falta quien te diga alguna chingadera sobre tus zapatos. Así es el mundo gay citadino, de clase media alta. Por eso no vivo en él.”

Después de conseguir –mediante una demanda legal– que se modificaran algunos pasajes del libro La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, los cuales, según González de Alba, habían sido tomados y tergiversados de su libro Los días y los años, dejó la Ciudad de México y se vino a vivir a Guadalajara.

Ahora, en el amplio jardín de su residencia, situada en una de las zonas más exclusivas de esta ciudad, el escritor habla sobre los derechos humanos de los homosexuales en México, abordados en su último libro, Los derechos de los malos, de reciente publicación.

Considera que los derechos de los gays debieran defenderse como se defienden los derechos humanos de los indígenas, migrantes o campesinos.

“La población gay es una población vulnerable. Estamos viendo que hay restricciones a sus derechos; están sujetos al maltrato y, aunque cada vez menos, siguen siendo víctimas de un profundo rechazo social que se implanta desde la infancia. Los insultos más denigrantes son los que expresan que alguien es homosexual.”

Dice que está en desacuerdo con el matrimonio entre homosexuales y entre lesbianas, una de las principales peticiones de estos grupos, reiterada todavía durante el Foro sobre Diversidad Sexual, organizado por el PRD en mayo pasado (Proceso 1125).

“En el mundo heterosexual, el matrimonio es una institución en decadencia. Cada vez son menos las parejas que se casan. El matrimonio va en picada. ¿Para qué subirse entonces a un avión que está por estrellarse?

“Lo que se debería cambiar es la legislación para que los gays tengan derecho al concubinato, puedan adoptar niños, tengan derecho a heredar los bienes de su pareja sin que intervenga la familia de ésta… cosas así. El concubinato heterosexual es ya aceptado por nuestras leyes; con el homosexual debería suceder lo mismo.”

–¿Qué probabilidades ve de que estos objetivos se traduzcan en leyes?

–A diferencia de años anteriores, ahora veo un Congreso bastante abierto a estas cuestiones. Creo que sí puede impulsar algunas de estas propuestas. La Iglesia, por su parte, no va a cambiar en este aspecto, como no lo ha hecho en dos mil años. Y por su misma inmovilidad, está perdiendo terreno a pasos agigantados, ya que la postura fuerte es la del cambio.

Dice que, a diferencia de los setenta, cuando empezó el movimiento gay en México, ahora hay mayores espacios para los homosexuales:

“La diferencia es gigantesca. En los setenta no se concebían siquiera entrevistas como ésta; mucho menos apariciones en televisión como las que hoy se dan en abundancia.”

–¿Qué pedían entonces los que, al lado de usted, formaron el Frente de Liberación Homosexual?

–No pedíamos nada.

–¿Entonces cuál era el objetivo del Frente?

–Reunirnos solamente. Y el nombre del grupo fue una mera calca del Gay Liberation Front, de los Estados Unidos. Éramos unas 10 personas que acostumbrábamos reunirnos en la casa de Nancy Cárdenas. Y ella, sentada en una mecedora, con sus lentes y su chalina, nos leía algún capítulo de algún libro interesante que por ahí había encontrado. Nos ofrecía café y galletas.

“La única actividad del Frente fue muy chistosa: En los campos de juego de Ciudad Universitaria había unos baños oscuros, a los que llamábamos La Casita. Cuando se metía el sol, ahí era un desmadre porque los homosexuales los ocupaban para ligar y tener relaciones sexuales.

“Pues bien, el Frente redactó un volante que repartió en La Casita, sólo para decirles a los homosexuales que no cogieran tanto, que respetaran su cuerpo. Nada más nos faltó poner que el cuerpo era templo del Espíritu Santo. Fue un volante espantoso. A eso se redujo el famoso Frente.

“Ya después empezaron a fundarse muchos otros grupos; algunos empezaron a hacer pequeñas revistas. Yo ya no participé y perdí el panorama de todo aquel gruperío que empezó a darse a fines de los setenta.”

–Sin embargo, entonces la misma Nancy Cárdenas estrenó su obra teatral Los chicos de la banda, que causó mucho revuelo.

–Sí. A esa obra se le considera casi la piedra fundadora del movimiento gay en México. Pero realmente es una obra totalmente antihomosexual. Trata sobre una fiesta de jotos, en la que al festejado le llevan de regalito a un muchacho muy guapo. Recuerdo que, después de haberse prohibido, finalmente se estrenó en el Teatro de los Insurgentes, al que acude una clase social acomodada, matrimonios con buen coche y ya cuarentones, que luego se van a cenar con los amigos. Pues esa gente aplaudía a rabiar la obra. Quedaron enormemente satisfechos de no ser como esos pobres diablos del escenario. Nancy presentó una visión ridícula de la homosexualidad.

“Yo salí indignado del teatro. No me quedé ni al coctel. Inmediatamente me fui a escribir un artículo sobre la obra. Lo entregué al suplemento de la revista Siempre! “La cultura en México”, que entonces dirigía Carlos Monsiváis. Y éste me dijo: ‘Luis, yo no publico nada contra Nancy’. Y mi artículo jamás se publicó. Por cosas como ésta, repito, me distancié del mundo gay.”

–Sin embargo, después usted abrió El Vaquero, el primer bar gay en México.

–Así es. Yo fui el pionero en eso. Y lo abrí sin pensar que sería un gran negocio. Pero el bar lo hice para mí. Deseaba ver ahí a la gente que yo quería ver. Y deseaba ver homosexuales bigotones con pantalón vaquero, botas, sombrero, camisa a cuadros y apestosos a sudor. Sólo así podían entrar vestidos. Hice, pues, un lugar rudo, con sinfonola y aserrín en el piso, como en las cantinas. Jamás permití que se tocara música en inglés.

Cuenta con desparpajo que, siguiendo el dictado de sus fantasías, después abrió El Taller, otro bar “igualmente rudo” al que sólo se permitía la entrada a homosexuales vestidos de obreros.

“Me encontré un sótano tenebroso, feo y lleno de ratas. Y yo dije: ‘Ya está la decoración. Este es el lugar que quiero. Sólo voy a quitar las ratas y a poner empleados enfundados en overol’. Así nació El Taller.”

–¿Entonces de plano les prohibió la entrada a los travestis?

–Sí. No quería vestidas ni pintadas ni con pestañas postizas. “¿Y mis derechos ciudadanos o civiles?” Pues peléalos, pero aquí no me entras. Impuse muchas restricciones al mundo gay. La gente me decía que estaba loco, que así iba directo a la quiebra. Pero no resultaron buenos negocios. Después dejé de ir. Por eso preferí dejarlos arrendados a sus gerentes. Ya no tengo edad para andar ahí brincoteando con muchachos que pueden ser mis hijos.

–A pesar de lo que me cuenta, se dice que usted ha abanderado los derechos de los homosexuales.

–Bájale de tono. Esa expresión de abanderar no me gusta. ¡No! ¡No! Yo nunca he querido abanderar nada.

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