Fulgor y sorpresa del arte mexicano en el Grand Palais

Periodistas y críticos de arte franceses recorrieron, antes de su inauguración oficial en el Grand Palais de París, la muestra dedicada a la “efervescente creatividad” plástica mexicana de la primera mitad del siglo XX. Del azoro y la fascinación al extrañamiento, en el sentir de los invitados al evento –que permanecerá ahí hasta enero– no cuajó una de las cartas más fuertes del arte nacional: el surrealismo, ni en la elección contemporánea. Pero los embrujó su representación femenina.

PARÍS (Proceso).- No se necesita una bola de cristal para predecir el éxito de Mexique 1900-1950 , Diego Rivera, Frida Khalo, José Clemente Orozco et les avant-gardes, la magna muestra de arte mexicano inaugurada este miércoles 5 en el Grand Palais de la Ciudad Luz.

Y no deja de ser tan atractivo como estimulante recorrer, a pasos lentos, los inmensos salones del ala lateral de ese majestuoso palacio neoclásico –concebido para la Exposición Universal de 1900– exclusivamente dedicados a la efervescente creatividad mexicana de la primera parte del siglo XX.

Pero una vez terminado ese largo paseo por la planta baja –dedicada a los años 1876-1929– y luego por el primer piso –que abarca las dos décadas siguientes–, es difícil deshacerse de un cierto sentimiento de extrañeza causado por una escenografía demasiado solemne.

En los últimos años varias exposiciones de arte mexicano encantaron al público francés y rompieron récords de asistencia: Mexico Europa, idas y vueltas 1910-1960, curada por Serge Fauchereau y presentada en 2004 por el Museo de Arte Moderno de la ciudad de Lille; Los secretos de Teotihuacán (2009) y Mayas, revelación de un tiempo sin fin (2015), desplegadas en el Museo Branly (2015); Resisting the present (2012), curada por Ángeles Alonso en el Museo de Arte Moderno de París; Frida Khalo y Diego Rivera, exhibida conjuntamente por el Museo de L’Orangerie y el Museo de Orsay (2013), para citar sólo las mas importantes.

Todas jugaban con una escenografía dinámica, a veces lúdica, siempre vibrante. En cambio, las salas del Grand Palais, con sus muros pintados de gris claro, carmesí y azul oscuro –a pedido del curador– evocan más el Museo del Louvre que el ambiente generalmente menos formal de una exposición temporal.

Son las obras mismas que a pesar de ese marco austero permiten sentir la energía propia de México.

Mexicanos en París

La planta baja ofrece muchas sorpresas al visitante. La primera es un diálogo que entablan, en la segunda sala de la muestra reservada a los Mexicains à Paris, el formidable Retrato de Ramón Gomez de la Serna, un cuadro de la época cubista de Diego Rivera pintado en 1915 y prestado por el Museo de Arte de Latinoamerica de Buenos Aires, con la depurada Poetisa de Ángel Zárraga: silueta femenina gris en tela de fondo, tres libros de color rojo (uno abierto, dos cerrados), un delicado rollo de papel y dos plumas en el primer plano. La obra pertenece a la colección del mexicano Andrés Blaisten.

Los periodistas que descubren la muestra en esa visita de prensa previa a la inauguración oficial se notan entre intrigados y fascinados por La femme et le pantin (“La mujer y el pelele”) del mismo Zárraga, inspirada a la vez por la novela homónima de Pierre Louys y el decadentismo, corriente pictórica francesa de finales del siglo XIX.

No cesan de asombrarlos también dos retratos de Diego Rivera: el del sofisticado Adolfo Best Maugard y el de Angelina Beloff, pintado a la manera del Retrato de Madame Récamier (1800) de Jacques Louis David.

En cambio los deja bastante escépticos la presencia de un cuadro abstracto de Gabriel Orozco de 1999, Havre Caumartin (nombre de una estación del Metro parisino), cuya relación con La domadora de Julio Ruelas, el Autorretrato como colegiala en Paris de Nahui Ollin o el Interior con piano de Augustin Lazo que lo rodean es más que enigmática.

De hecho la voluntad de Agustín Arteaga Domínguez, director del Munal (Museo Nacional de Arte de México) y curador de la exhibición, de salpicar ésta de creaciones contemporáneas, no parece convencer a los críticos de arte con quienes pudo platicar la corresponsal.

Varios de ellos, conocedores de la historia del arte mexicano, tampoco entendieron por qué Arteaga expuso tan pocas obras de José Guadalupe Posada –a quien Diego Rivera consideraba como “pionero’’ del arte moderno en México y admirado por André Breton–. Les pareció que la sala Antécédents, que abre la muestra, era el lugar ideal para dar la verdadera medida del artista y de su influencia. Otro crítico deploró asimismo la ausencia del “extraordinario” Hermenegildo Bustos.

Las mujeres fascinantes

Tal como lo recalcaron Judith Amador en Proceso y Niza Rivera en Apro, una de las secciones importantes de la exposición es Le Mexique et la Révolution, que cuenta tres salas dedicadas respectivamente a los tres grandes del muralismo: Orozco, Rivera y Siqueiros; y una cuarta en la que se rinde homenaje a las mujeres, Les femmes fortes, pintoras, musas y mecenas.

Las tres primeras salas lucen con obras tan emblemáticas como Nuestra imagen actual y Autorretrato (El coronelazo) de Siqueiros, dos Vendedora de alactraces de Diego Rivera (una pintada en 1942 y otra en 1943) o Cabeza flechada e Indias, de la serie Los Teúles de Orozco –rodeadas por una pléyade de cuadros firmados por artistas que los periodistas galos van descubriendo con sumo interés.

Imposible mencionarlos a todos. Destacan Tata Jesucristo y Paisaje de Zacatecas de Francisco Goitia, Los músicos de Luis Martínez, La tienda del buen poeta de Roberto Montenegro, Sueño de la Malinche de Antonio Ruiz El Corcito, y los cuadros Mujer con jarra y La danza de las Malinches del artista de origen francés Jean Charlot, mantenido en la sombra durante años y que Agustín Arteaga reintegra así a la historia de la pintura mexicana.

Todos estas piezas pintan un Mexico indígena colorido y denso en perfecta armonía con las imágenes en blanco y negro de la película Que viva México!, de Sergei Eisenstein, proyectada en una gigantesca pantalla.

Cabe mencionar también en esa parte del recorrido dedicado al periodo revolucionario, una escultura impresionante por su tema y su composición: El carnicero de Mathias Goertitz: maciza figura masculina de madera con un cuchillo en la mano derecha y lo que parece ser la pierna descuartizada de algún animal en la mano izquierda. Cuchillo y pierna están pintados de rojo, y la sangre chorrea sobre la escultura.

Más allá de los elogios a los grandes maestros mexicanos, los periodistas parisinos presentes en esa inauguración previa se dejaron literamente embrujar por Les femmes fortes, pues les dedicaron bastante tiempo y atención.

No es para menos: en una sala inmensa del primer piso del Grand Palais se codean tres obras espléndidas: Autorretrato, Sueño y Presentimiento, y Niña indiferente, de Maria Izquierdo, dos autorretrato de Olga Costa, otro de Rosa Rolanda, el increíble Retrato de Guadalupe Marín de Rivera pintado por Amado de la Cueva, el suntuoso Retrato de Maria Asúnsolo de Siqueiros, y el Retrato de Dolores Olmedo de Diego Rivera, fotos de Lola Álvarez Bravo y Tina Modotti.

Llama la atención la omnipresencia de Nahui Ollin, quien aparece retratada en dos cuadros del Dr.Atl, en fotos sublimes de Antonio Garduño, además de la exhibición de varias obras suyas como Nahui y Lizardo frente a la bahia de Acapulco.

No falta Frida Kahlo, por supuesto, pero sus composiciones –Autorretrato con pelo cortado, Sol y Vida, Las dos Fridas, entre otras–, están en un espacio aparte como para dejar respirar y existir a las otras mujeres.

Varios críticos de arte aprecian en voz alta esa decisión curatorial de Augustín Arteaga, aunque se interrogan sobre la importancia dada a Nahui Ollin. Uno se pregunta inclusive si el curador no tuvo la secreta intención de “lanzar’’ en París un personaje con olor a azufre y cuya belleza deja sin aliento a los franceses para competir con la veneración que les inspira Frida Kahlo.

Vanguardias marginadas

Otra buena sorpresa de la muestra es el espacio en el que se celebran Les autres visages de l’ école Mexicaine de peinture.

Es un gran privilegio poder admirar obras del estridentismo que, a pesar de su caracter efímero, fue un movimiento vanguardista de gran audacia, inscrito en la línea del futurismo italiano, del dadaísmo y del ultraísmo español.

Sumamente interesante es la serie de pinturas de Ramón Alva de la Canal prestadas por su familia: grabados sobre madera como Ciudad, edificios del movimiento estridentista, Estación de radio para Estridentópolis, tinta sobre papel como El Crucificado. Acuarelas sobre papel como Movimiento ¡30-30 ! que causan éxtasis entre los visitantes al igual que varias de Composición sobre papel del Dr.Atl.

Deslumbran igualmente dos máscaras coloridas de un gran atrevimiento formal, con autoría de Germán Cueto. Pero resulta un tanto frustrante no descubrir más objetos y más documentación sobre ese movimiento bastante desconocido en Francia, que Arteaga afirmaba querer realzar en la muestra.

Ilustran también Les autres visages de l’école Mexicaine de peinture varias obras de Rufino Tamayo, y entre ellas Ritmo obrero de Roberto Montenegro y destacadamente el Retrato de Chucho Reyes, así como La pasarela de Gabriel Fernández Ledesma, Las bañistas de Jorge González Camarena y tantos otras más…

La presencia y la influencia de los artistas mexicanos en Estados Unidos está plasmada en un amplio espacio, Le Mexique et les Etats Unis, en el cual obviamente se reseña el papel jugado por los tres grandes muralistas en ese país, y la importancia de la exposición de Diego Rivera inaugurada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en diciembre de 1931. Se insiste sobre el hecho de que Rivera fue el segundo artista después del francés Henri Matisse en ser honrado con una muestra monográfica por el MOMA.

Los periodistas parisinos parecen hiptonizados por un material que califican al unísono de premonitorio: Los muertos, que José Clemente Orozco pintó en 1930: rascacielos sacudidos por una fuerza demencial se van derrumbando.

Según comentan algunos críticos de arte, les resulta muy novedosa la importancia particular que presta Augustín Arteaga a Miguel Covarrubias y a Marius de Zayas. Del primero se expone una serie de caricaturas publicadas en la prensa norteamericana. Son irresistibles las de Hitler, del emperador japonés Hirohito, de Stalin o del actor estadunidense Clark Gable entrevistándose con el Principe de Gales.

Del segundo, el curador escogió retratos singulares: de Max Weber, Mrs. Brown Potter, Francis Picabia y Alfred Stieglitz.

Vuelve a aparecer Rufino Tamayo en ese mismo espacio con obras que realizó en Estados Unidos como Nueva York desde la terraza y una vez más surge Nahui Ollin con un cuadro suyo muy sensual: Nahui y Agacino frente a la isla de Manhattan.

El cine mexicano es otro atractivo de esa segunda parte de la muestra. Al llegar al primer piso del Grand Palais el visitante tiene que pasar por una sala oscura dotada de dos grandes pantallas antes de poder seguir visitando la muestra, y le toca cruzar otra sala oscura con tres pantallas para salir de la exposición. En cada una se proyectan imágenes de peliculas míticas: Abandonadas de Juan Bustillo Oro; Víctimas del pecado, Salón México, María Candelaria de Emilio Fernández; La ilusión viaja en tranvía de Luis Buñuel; El mil amores de Rogelio González; Santa de Antonio Moreno; Aventura de Alberto Gout; La mujer del puerto de Arcady Boytler… La lista está lejos de ser exhaustiva.

Por debajo del surrealismo

Extraña se ve la última sala dedicada al surrealismo. Cuenta ciertamente con un auténtico tesoro. Se trata de La cuna, firmada por José Horna y Leonora Carrington: el primero realizó una preciosa cuna de madera en forma de velero que la segunda adornó con animales y paisajes oníricos.

Es bienvenida la presencia de Alice Rahon, pintura surrealista a menudo olvidada en México y totalmente desconocida en Francia de la que Arteaga seleccionó cinco obras llamativas, entre las cuales hay que señalar el poético Autorretrato y Autobiografía.

En cambio, el curador sólo enseña dos creaciones de Leonora Carrington, Green tea y Fina mosca, prestadas por un coleccionista privado, ciertamente valiosas pero que no dan la medida del talento de la artista ni de su eco en México.

Faltan producciones de Remedios Varo y fotografias de Kati Horna. Los dos cuadros expuestos de Wolfgang Paalen no son muy convincentes. Tampoco se ve particularmente surrealista el cuadro Chichén Itzá flameante de Siqueiros. Las pirámides mexicanas de Mathias Goeritz –un conjunto escultórico abstracto de cinco elementos de chapa pintada y madera de excelente factura prestada por el Museo Pompidou–, también tiene una relación más que lejana con esa corriente.

Es una lástima, porque con esa presentación bastante desigual del surrealismo en Mexico cierra la muestra.

Vuelve entonces a la mente la importancia que tiene el surrealismo en Francia al igual esa anécdota, veraz o fantasiosa, no importa, de André Breton iniciando su confrenecia en el Colegio de San Idelfonso, el 13 de mayo de 1938. Habría dicho Breton:

“Yo no sé a qué he venido, no tengo nada que enseñarles. México es el país más surrealista del mundo.”

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