Bob Dylan, el político

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- ¿“Los tiempos están cambiando” también para el siglo XXI? Una resurrección madura de la contracultura al reconocer en un creador la trascendencia transgeneracional de la literatura y la música que cambiaron el rostro de la historia desde los años sesenta, génesis de la revolución cultural, hasta la serena rebeldía de nuestros días.

Bob Dylan, el símbolo icónico más poderoso socialmente hablando, junto a la profundidad espiritual de Leonard Cohen y el lirismo de Donovan, en un formato semejante y desnudo que apoya su base melódica en acordes básicos, dotados de expresividad y contundencia, con la complicidad itinerante de la guitarra y la melancólica armónica, compañía del viajero y peregrino.

Dylan representó siempre y hasta nuestros días la voz del trovador errante e inadaptado, que sin casa ni morada fija, es capaz de seguir al señor de la pandereta o a un hombre orquesta de la calle y vagabundear sin rumbo fijo, como los gitanos y sus caravanas trashumantes.

Allí en la calle está el blues, la realidad subterránea, los balanceantes y huérfanos sociales, los que no tienen nada y cantan. En esa tierra fértil se abonó la canción poética.

De ese contexto provienen “Las Piedras Rodantes” que no se detienen en el camino, fluyen en el río de la vida y no se establecen ni acomodan.

Política y Dylan van unidos, ya que siempre luchó para que su voz fuese escuchada. Desde su primer álbum manifestó su pertenencia a una estirpe de músicos con conciencia política y mensaje, a los que también pertenecían Woody Guthrie, Pete Seeger y Odetta. La voz de Dylan surgió fresca, original y con un matiz de desenfado, una daga silenciosa que abría conciencia con sus versos o largas letras que no repetían frases o estribillos de la forma tradicional.

En 1963 cantó ante 200 mil personas lideradas por Martin Luther King, protestando por el empleo, la justicia y la paz. Fue punta de lanza en llamar la atención a los grupos marginales o minorías raciales, víctimas de la violencia o dictaduras simuladas.

Sin embargo, ha tenido muchas facetas, y esa diversidad defensiva creadora ha evitado el quedar atrapado en un formato que con el tiempo pudiera envejecer o ser rebasado.

Así encontramos al Bob Dylan cumpliendo su profética lírica “Forever Young” junto a una generación que no tiene planes de sedentarismo intelectual ni envejecimiento alguno.

Si algo caracteriza la trayectoria de este cantautor clásico es su libertad en todos sentidos, temáticas que se salen de contextos, rupturas emocionales, historias de hombre y muertes, atrevimientos conceptuales, mutaciones instrumentales, metamorfosis camaleónicas de las canciones, personajes desolados y solitarios con un pasado destruido, descritos con un fraseo volátil nada complaciente. La crítica lacerante a los “Maestros de la guerra”, de una forma indirecta con la elegancia de la metáfora abstracta.

Dylan crea musicalmente plataformas de fraseo sobre paisajes sonoros, armónicamente hablando de secuencias minimalistas, donde lo que va cambiando es la letra, un río de palabras urgidas de llegar al océano de los oyentes, que se convertirían en heraldos de una generación.
Muchos de esos jóvenes están ahora en posiciones estratégicas donde determinan acciones que afectan la política global y toman decisiones que afectan la historia.

“Las canciones no van a salvar el mundo”, dijo; quizá no lo salvaron del todo, pero sí lo transformaron en un lugar de sueños visibles.

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