Audaz, dedicada e incorruptible, Regina Martínez era una inspiración: Nuevo Herald

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A más de cuatro años de la muerte de Regina Martínez, corresponsal de Proceso en Veracruz, el diario Nuevo Herald publicó un reportaje donde destaca que entre los 18 asesinatos ocurridos en la entidad en el gobierno de Javier Duarte, el suyo es el que más resuena, e incluso es visto como la consecuencia en México de decir la verdad sobre el poder.

El texto firmado por Katherine Corcovan señala que casi en cada caso, los periodistas han sido asesinados con impunidad. Y defensores de la libertad de prensa sólo pueden nombrar un caso que resultó en condena: el asesinato de Martínez.

Subraya, además, que hay varias razones para creer que el hombre que se encuentra en la cárcel por ese crimen, Jorge Antonio Hernández Silva, El Silva –un drogadicto portador del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y criminal de bajo nivel que había vivido en las calles desde que era adolescente–, no es el culpable.

La muerte de Regina Martínez fue algo que muchos de sus colegas casi no pudieron soportar, asegura Corcovan.

Audaz, dedicada y conocida por ser incorruptible, era una inspiración. La corresponsal de 48 años del semanario de investigación Proceso era famosa por exponer el abuso y la corrupción en un estado rico en petróleo, rebasado por organizaciones criminales y un sistema político tan opaco como las junglas del sur, resalta el texto del diario estadunidense Nuevo Herald, de acuerdo con un despacho informativo de la agencia AP.

Puntualiza que el reportero de Notimex, Leopoldo Hernández, quien además aprendió periodismo al lado de Martínez, se encaminaba a una boda cuando se enteró por un colega que habían matado a Martínez. Enseguida llamó a la vocera de Duarte, Gina Domínguez, y le soltó una serie de groserías exigiéndole saber qué había ocurrido.

“Polo”, dijo Domínguez con calma, usando su apodo, “parece que estás diciendo que fuimos nosotros”.

“Si no fueron ustedes, ¿pues quién?”, respondió Hernández.

Para los periodistas, México es uno de los países más peligrosos del mundo y Veracruz es el estado más letal. Sus asesinos no son llevados ante la justicia, destaca el reportaje.

En los últimos seis años, durante el gobierno de Duarte, 18 periodistas fueron asesinados, tres de ellos en 2016. Otros tres han desaparecido. Estas cifras para un estado del tamaño de West Virginia no tienen paralelo con ningún otro sitio en el mundo, a excepción de la provincia siria de Aleppo, según el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés).

En esos mismos seis años, 37 periodistas fueron asesinados o desaparecieron en todo México. Ocho sólo este año, de acuerdo con el Comité.

La violencia suele ser atribuida a los cárteles de droga de México. Eligen a ciertos periodistas para controlar a sus colegas con dinero, amenazas o ambos.

Sin embargo, de acuerdo con las estadísticas del mismo gobierno, más de una tercera parte de los ataques contra periodistas fueron realizados por funcionarios públicos. Ese número subió a 81% en Veracruz, donde silenciar a la prensa ha sido un escudo efectivo para la corrupción rampante y otras ilegalidades.

En México, la prensa no creció como un vigilante independiente del poder, sino al servicio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó el país por 71 años continuos y en Veracruz por más de 80, sostiene Corcovan.

El asesinato de un periodista daña a toda la sociedad, dijo Andrés Timoteo, otro periodista que dejó Veracruz la misma noche que supo que su amiga Martínez había muerto. Supuso que él sería el siguiente.

“Los criminales encontraron en los periodistas un vehículo para aterrorizar a toda la población. Si matas a un periodista, pones a temblar a todos… A la gente, los lectores, el gobierno, el gremio mismo… El crimen encontró un terreno fértil, porque había un gobierno permisivo, había un gobierno que no investigaba y no castigaba”.

Cuatro años después, Timoteo sigue en el exilio.

Como espina en el costado

Regina era una mujer pequeña, de menos de 1.50 metros y 45 kilos, con una cara larga y facciones rígidas; Martínez era dura. Le dio voz a los pobres, a los explotados y a la oposición política, y fue como una espina en el costado de cuatro gobernadores.

Conociendo bien la corrupción de sus colegas, era tan cautelosa con ellos como con las autoridades. Había sido terriblemente lastimada cuando fue una joven reportera tras enterarse de que su novio, un fotógrafo, daba información sobre ella al gobierno. Ella rara vez habló sobre su vida privada, y para proteger a su familia les decía que no dijeran que estaban relacionados con ella.

Martínez empezó su carrera en la televisión estatal en Veracruz; orgullosamente, diría que fue despedida por no ser suficientemente atractiva. Eventualmente, a finales de los años 80, llegó a La Política, un diario nuevo de oposición. Cuando empezó a trabajar en la revista Proceso, a finales de los años 90, ya se había convertido en una institución periodística.

El reportaje resalta que en un estado acostumbrado a una prensa dócil, Martínez dejó caer golpes con regularidad, abarcando todo, desde esterilización forzada a mujeres indígenas hasta el dinero público que fue desviado para pagar un avión del gobernador. Poco antes de morir, escribió que el déficit del estado de Veracruz había crecido 67,000% en 11 años, con nada que mostrara en que se usó la deuda.

Con frecuencia escribió acerca de Fidel Herrera, quien fue gobernador de 2004 a 2010, sobre señalamientos de que dio mal uso a fondos del estado para el equipo de futbol de los Tiburones Rojos, y sobre cómo su nombre aparecía en documentos oficiales de la Procuraduría General de la República en una investigación de cárteles de droga.
Una de sus historias más importantes fue acerca de una indígena de 73 años que fue localizada casi muerta tras ser violada y golpeada en una zona pobre y montañosa de Veracruz.

Todos conocían la rutina semanal de Martínez. Desaparecía los viernes por la tarde detrás de la reja de hierro de su modesta casa de un cuarto y no reaparecía sino hasta la mañana del lunes. A principios de 2012, Martínez había estado particularmente recluida, diciéndoles a dos personas de su círculo cercano que estaba trabajando en algo muy sensible.

En la tarde del viernes 27 de abril, cocinó frijoles y un guisado, y mandó un mensaje a una fuente para cancelar una entrevista en las próximas semanas. Alrededor de las 10 de la noche, su vecino llamó para decir que su reja de hierro se había quedado abierta. Ella le agradeció y dijo que la cerraría.

La mañana siguiente, el mismo vecino se percató de que la reja aún estaba entreabierta y la puerta abierta por completo. Trató de llamarla, pero no tuvo respuesta. A las cinco de la tarde, decidió llamar a la policía. El oficial de la patrulla que llegó, encontró a Martínez acostada boca arriba sobre un charco de sangre, golpeada y estrangulada con un trapo arrojado descuidadamente sobre su cara, cubriendo todo menos sus ojos.

Prácticamente desde el inicio, los investigadores no consideraron el trabajo de Martínez como la causa de su asesinato. Las filtraciones a la prensa fueron inmediatas: que ella conocía a sus asesinos y había estado de fiesta con ellos hasta tarde esa noche. Que fue un crimen pasional porque tenía la marca de una mordida en el cuello.

Justo después, el entonces fiscal del estado, Amadeo Flores Espinosa, llamó a una conferencia de prensa para decir que el móvil era probablemente el robo.

La escena del crimen era un desastre, con evidencia clave pasada por alto o destruida, de acuerdo con Laura Borbolla, entonces responsable de la Fiscalía Federal para Delitos contra Periodistas.

Si los investigadores hubieran revisado el trabajo de Martínez habrían encontrado que en meses recientes había dicho al menos a dos personas, incluido su editor en Proceso, que estaba trabajando en algo que tenía que ver con el exgobernador Herrera y corrupción.

Además había estado examinando el número de cadáveres sin reclamar que habían sido enterrados en una fosa común del cementerio municipal de Xalapa y cómo muchos habían muerto por heridas de bala para ver si el gobierno estaba usando tumbas anónimas para esconder a las víctimas de la creciente violencia relacionada con las drogas.

Es posible que Martínez hubiera sido asesinada sin ninguna razón en particular. Quizá alguien sólo quería mandar un mensaje, dijeron algunos de sus colegas.

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