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Palestina: El pleito por la sucesión de Abbas

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Mientras continúan suspendidas las negociaciones con Israel, y el gobierno de Benjamín Netanyahu avanza en su colonización de los territorios ocupados, la dirigencia palestina se encuentra inmersa en una batalla no sólo por ver qué facción se queda con el control político, sino quién sucede al octogenario presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, quien ha empezado a tener problemas de salud.

Apenas en septiembre pasado se vino abajo la posibilidad de una reconciliación entre el movimiento islamista Hamás, que controla la franja de Gaza, y Al Fatah, el partido laico de Abbas que gobierna en Cisjordania, cuando el Tribunal Supremo con sede en Ramala decidió suspender las primeras elecciones municipales que iban a celebrarse en ambos sitios en diez años, por considerar que “no hay condiciones”.

El argumento fue que no podrían votar los palestinos asentados en Jerusalén Este –lo que ya se sabía antes de la convocatoria– y “no es posible celebrar elecciones en un sitio y en otro no”. Pero lo que en realidad estaba subyacente era que tanto Hamás como Al Fatah podrían arrebatarse alcaldías en sus respectivos feudos, lo que ya había generado conflictos preelectorales y anunciaba otros peores después de los comicios. Ambos bandos se acusan de la cancelación.

Pero la confrontación no se limita a estas dos facciones con visiones diferentes. Desde que en 2004 murió el líder histórico Yaser Arafat, y Abbas lo sucedió como presidente de Al Fatah, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y la Autoridad Nacional Palestina (ANP), se ha dado una soterrada pero cada vez más visible guerra entre la vieja y la nueva guardia; es decir, entre los que no quieren cambios y los que piensan que las cosas tienen que cambiar.

Esto se vio ya hace siete años, cuando se celebró en Belén el VI Congreso de Al Fatah –el primero después de la muerte de Arafat y también en veinte años– durante el cual los dos mil 300 asistentes requirieron cinco días de agrias discusiones para ratificar a Abbas, y exigieron una mayor rendición de cuentas y la apertura a las generaciones jóvenes que se han curtido en la lucha de resistencia.

Para que esta situación no volviera a presentarse, en el VII Congreso, que acaba de realizarse del 29 de noviembre al 5 de diciembre en Ramala, la “cúpula gerontocrática” tomó sus precauciones. De entrada, en lugar de los dos mil 500 delegados que asistieron al anterior, ahora sólo participaron mil 300. Los excluidos acusaron una “purga” del aparato de selección interno, que se habría valido de destituciones o de intimidaciones por parte de los órganos de seguridad, para dejar participar sólo a los “leales”.

Pero también hubo lo que podría calificarse como un “madruguete”. En lugar de esperar a la sesión final, posterior a las deliberaciones, apenas después de que Abbas terminara su discurso inaugaral, un miembro del Comité Central, Salim al Zanon, propuso intempestivamente su nominación y llamó a votar por él. A mano alzada y por aclamación el candidato único fue reelegido.

La ratificación de Abbas no sólo lo convierte automáticamente en candidato a la presidencia de la ANP, en caso de que volvieran a celebrarse comicios presidenciales que no hay desde 2005, sino a intervenir en la conformación del Consejo Revolucionario y el Comité Central de Al Fatah, donde dos tercios de sus miembros son elegidos y un tercio designado por la cúpula.

Con estas maniobras, Abbas y sus leales retuvieron de momento el poder formal, pero ello no eliminará las presiones de los disidentes ni tampoco las aspiraciones de cuadros más jóvenes, sobre todo porque el presidente palestino, de 81 años, sufrió recientemente de algunos problemas cardiacos que, aunque leves, encendieron todas las alarmas.
Por otra parte el veterano político, miembro de la OLP desde tiempos de Arafat, participante en las negociaciones de paz con Israel desde los años noventa y ahora máxima autoridad palestina desde hace once años, enfrenta el rechazó de 61% de sus conciudadanos de a pie, que consideran que ha acumulado demasiados cargos, favorecido a familiares y amigos, cometido recurrentes actos de corrupción y exhibido una gran tibieza en sus reclamos ante Israel, con el que mantiene un acuerdo de seguridad en los territorios ocupados, pese a que las negociaciones de paz están estancadas desde 2014.

En este escenario su principal crítico y opositor ha sido Mohamed Dahlan, miembro de Al Fatah y jefe de los servicios de seguridad en Gaza cuando Hamas se hizo del poder por la vía electoral –y luego armada– en 2007. Ahí, jefes del movimiento islamista lo acusaron de haber detenido, torturado y aun asesinado a varios de sus militantes, lo que luego, cuando cayó en desgracia, le valió que la ANP lo acusara de “tener sangre palestina en sus manos”.

De 55 años y echado para delante, Dahlan fue uno de los pocos que, en su tiempo, se atrevieron a criticar en público a Arafat y acusó directamente de “corrupto” a Abbas, cargo que después se le revirtió: en 2011, la ANP ordenó a sus fuerzas de seguridad allanar su domicilio en Ramala y confiscar documentos y equipo; luego Al Fatah pidió expulsarlo de sus filas, y finalmente el propio Abbas presentó una denuncia contra él, por presuntamente haberse robado “cientos de millones de dólares”.

Huido y refugiado en los Emiratos Árabes Unidos (EAU), este rebelde a quien se calcula una fortuna personal de cien millones de dólares ha continuado desde la zona del Golfo Pérsico su campaña contra la cúpula palestina, presuntamente apoyado en términos financieros por el llamado Cuarteto Árabe (Egipto, Jordania, Arabia Saudita y los propios EUA). De ahí sus campañas en medios o que se presente en campos de refugiados palestinos repartiendo dinero.

Los seguidores de Dahlan fueron los principales excluidos del VII Congreso y también los que más ruido hicieron. En entrevistas por separado, declararon que sus exigencias son tres: no acumular cuatro cargos en una misma persona (presidente de Al Fatah, la OLP, la ANP y las Fuerzas Armadas, mismos que detenta Abbas), readmitir a los expulsados y nombrar un vicepresidente. También pidieron más libertad de expresión y democracia interna, y la reconciliación con Hamas. En Cisjordania y Gaza, Dahlan cuenta sólo con 5% de simpatías electorales.

Muy diferente es el aprecio por Marwan Barghouti, quien a pesar de purgar cinco cadenas perpetuas en una cárcel de Israel desde 2002 por presuntos crímenes cometidos durante la Segunda Intifada (2000), contaría con un 40% de apoyo, contra 35% de Ismail Haniyah, el líder de Hamas, y 20% de Abbas si hoy se realizaran comicios para renovar la presidencia palestina.

Nacido en 1959 en Ramala, miembro del parlamento palestino, secretario general de Al Fatah y líder de las milicias Tanzim –vistas por Israel como el “estado mayor” de la Intifada– Barghouti se integró desde su adolescencia a la resistencia palestina, y ha entrado y salido de cárceles israelíes varias veces. Defensor de la vía armada, viró hacia las negociaciones después de los acuerdos de Oslo (1993), pero ante los constantes fracasos nunca renunció del todo a las acciones de fuerza.

Carismático y con estudios en ciencia política, desde prisión Barghouti se ha convertido en el principal crítico interno de la gestión de Abbas y ha forjado su propia imagen. Cuando lo detuvieron, varios altos jefes militares israelíes, entre ellos el exprimer ministro, Ehud Barak, advirtieron que se estaba creando un futuro líder nacional para los palestinos. Pero Ariel Sharon, entonces a la cabeza del gobierno, sólo aceptó liberarlo a cambio de que Estados Unidos devolviera al espía Jonathan Pollard, cosa que no ocurrió.

Esos temores se materializaron. En 2013, desde la celda de Nelson Mandela en Robben Island, se lanzó una campaña por su liberación firmada por ocho Premios Nobel de la Paz, entre ellos el expresidente estadunidense Jimmy Carter y el obispo sudafricano Desmond Tutu. En 2015 este último, apoyado por otro laureado, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, y varios parlamentarios belgas, pidió que se le entregara este mismo premio a Barghouti por “su compromiso con la democracia los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres”.

Un tercer personaje menos confrontativo y miembro de larga data del aparato institucional palestino, Jibril Rajoub, es mencionado también como posible sucesor de Abbas. Nombrado por Arafat como jefe de los servicios de seguridad en Cisjordania, Rajoub se desempeña ahora como responsable de la Federación Palestina de Futbol –también como presidente del Comité Olímpico Palestino– lo que le ha dado reflectores y hecho popular entre sus compatriotas, aunque en el exterior se le considera como dogmático y de mano dura.

En el reciente congreso, Rajoub logró engrosar sus filas dentro del Comité Central de Al Fatah, convirtiéndose en el candidato puntero para ocupar la secretaría general, el segundo puesto del partido, lo que lo convertiría en un sucesor natural de Abbas tanto en la presidencia partidaria como en la ANP. Sobre todo tomando en cuenta que quien obtuvo más votos, o sea Barghouti, permanece en la cárcel.

Pero si bien Barghouti y Rajoub ocuparon el primero y segundo lugares de votación, muchos creen que no necesariamente uno de ellos ocuparía la secretaría general, ya que Abbas tiene la prerrogativa de nombrar a quien quiera para ese puesto sin considerar el número de votos. Y ese alguien podría ser Saeb Erekat, el negociador en jefe de la ANP con Israel y secretario general de la OLP.

Hombre leal a Arafat, con estudios en ciencia política tanto en universidades de Estados Unidos como de Gran Bretaña, Erekat ha participado en las negociaciones palestino-israelíes desde la Conferencia de Madrid en 1991. Con al menos dos renuncias en la época de Abbas, ha conservado este puesto aunque, como ahora, no haya ninguna negociación en curso. Con un perfecto inglés y modales exquisitos, es tal vez el rostro palestino más conocido en el exterior. Pero, dado el caso, habrá que ver si esto es suficiente para convencer a sus compatriotas.

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