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María Luisa Tamez, 36 años de mover el abanico

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- María Luisa Tamez es, sin duda, una de las cantantes de ópera mexicanas más sólidas de su generación, si no es que la más sólida. Soprano con voz de color oscuro pero transparente, ha transcurrido un camino de 36 años fructífero y cambiante pero pleno de profesionalismo y entrega.

Por esa trayectoria fue que, el viernes 2, el Instituto Politécnico Nacional le ofreció un homenaje en el marco de celebraciones del aniversario número 80 del propio IPN. Aniversario que entre otras cosas sirvió para, generosamente, efectuar reconocimientos a varias celebridades del arte y la cultura sin importar si eran egresadas o no de sus aulas, o si por lo menos las habían transitado alguna vez.

El reconocimiento consistió –o por lo menos se convirtió– en una reunión de amigos, acto que, con toda la formalidad, devino informal porque si bien es cierto que hubo un panel con tres exponentes y un moderador, y contó con la presencia del mismísimo director del Poli y la responsable cultural, y, como se estila en estos casos, se entregó a la homenajeada un diploma especial, también una chamarra –que de inmediato se colocó– con los clásicos guinda y blanco y, desde luego, el burrito simbólico. Abajo, en las butacas, también puros cuates que igualmente intervenían sin programación previa.

Se exhibió un video que repasa parte de la trayectoria de la mezzosoprano, pero en terminándose los sentimientos afloraron; y aunque los ponentes (el barítono Jesús Suaste, el contratenor y promotor cultural Héctor Sosa, el director de orquesta Enrique Diemecke y el moderador, el presidente del Concurso Carlo Morelli del que surgió la Tamez) trataron, poquito, de mantener las formas, el sentimiento ganó a todos, y entonces los discursos escritos dieron paso a la espontaneidad. Y como de parca no tiene nada la cantante, se permitía interrumpir cuando quería lo que, en vez de contraproducente, resultó enriquecedor para la charla.

Pasada esta parte, Tamez, ahora transformada en mezzo como producto de los cambios hormonales y el transcurrir del tiempo, acompañada al piano por Ángel Rodríguez, ofreció un pequeño recital que hizo lucir sus cualidades, su buena condición de mezzo y ya no soprano, y el porqué de la longevidad de su carrera, su apreciación de los críticos y el cariño del público.

Merecido, pues, este homenaje a la muy buena intérprete que ganó el Morelli en 1981, y a partir de allí otros tantos como el Francisco Viñas de Barcelona, España, y el que, posiblemente, por lo que implica, pueda ser el más significativo, el Concurso Mundial de Tokio, Japón, interpretando nada menos que el rol nipón por excelencia, compitiendo con cantantes provenientes de muchas partes del orbe.

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