La guerra en la niebla

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Difícil vivir la experiencia teatral sobre un tema tan fuerte como la desaparición forzada de una persona. La impactante obra de Alejandro Ricaño, La guerra en la niebla, nos hace temblar frente a la incertidumbre, sufrir por el dolor del otro y ser testigo de lo que provoca en una familia la ausencia de uno de sus integrantes.

Acostumbrados a disfrutar las obras de Ricaño por su carácter existencialista y el humor a flor de piel (Más pequeños que el Guggenheim, El amor de las luciérnagas o Riñón de cerdo para el desconsuelo), ahora disfrutamos una obra que taladra hondo en los sentimientos y en las relaciones humanas. Podemos reírnos, sí, porque en La guerra en la niebla –que se presenta en el Foro Lucerna– el autor no deja de mostrar momentos humorísticos; pero sobre todo conmovernos gracias a su capacidad para adentrarse en el comportamiento de los personajes, de mostrar las relaciones que entablan entre sí, y la manera en que se ven afectados, como individuos y como colectivo, por la tragedia que viven hace ya más de medio año.

Alejandro Ricaño nos plantea una familia destrozada: una madre (Lisa Owen) que ha perdido toda la esperanza y está a un paso de saltar al abismo; un padre que no puede contener a su familia y hasta ha olvidado el día de su cumpleaños (Arturo Ríos); la hija de ellos (Sara Pinet), que se ha vuelto un cero a la izquierda desde que su hermano no está; el hermano del padre, el tío (Adrián Vázquez), que tiene un vínculo oculto con la hija; y un militar retirado (Álvaro Guerrero) que trae a ellos una ligera esperanza al ofrecerles ayuda para encontrar al ausente.

El equipo actoral interpreta magistralmente a sus personajes. El trabajo es impecable y cada uno cumple con elaborar un ser contradictorio y vivo. Tanto el autor como los actores construyen personajes no sólo por lo que son, sino sobre todo por la forma en que se relacionan con el otro, haciendo una red compleja que se teje dentro y fuera del individuo.

Frente a esta urdimbre, el espectador puede tanto sentir rechazo por alguno de los personajes –o identificarse con otro– como compasión o enojo, tristeza o complicidad.

Alejandro Ricaño, que es también director de la obra, deja que cada actor desarrolle sus habilidades y encuentre su mejor forma de expresión. Deja que el movimiento fluya y la tensión dramática, catapultada por lo que no sabemos y poco a poco descubrimos, nos lleve a los rincones del alma de cada uno.

El espacio escénico es un lugar que se vuelve claustrofóbico, diseñado por Juan Hernández e iluminado por Matías Gorlero. Al igual que el vestuario de Gabriela Fernández, la propuesta es realista y eficaz para el trazo escénico.

En esta propuesta, Ricaño sale de temáticas conocidas y se adentra en una realidad más cruda de las que acostumbra. Su investigación de caso le permite responder al rigor de la realidad en cuanto al comportamiento y desarrollo de los integrantes de una familia después de una desaparición.

El mosaico psicológico de La guerra en la niebla deviene en constelación; en estrellas que están, aunque hayan desa­parecido; seres que forman figuras incandescentes y que se multiplican en un cielo oscuro como el de nuestro México. Porque los desaparecidos no son sólo los que se mencionan en las cifras –para el gobierno son 27 mil y las organizaciones civiles lo multiplican hasta 300 mil, porque, dicen, nada más una de nueve desapariciones se denuncia– pues hay que considerar que además entre los afectados no está el que desaparece, sino los que lo rodean: la familia cercana, sus tíos, sobrinos, abuelos, parientes y amigos que contemplan ese hoyo que los jala hasta el fondo y que implica una herida que quién sabe si sanará.

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