Pina Bausch, la inmortal

BERLÍN, Alemania (apro).- Hay un antes y un después de Pina Bausch en la danza y las artes escénicas. Bailarina y directora, es de las más importantes escritoras del cuerpo sobre el escenario.

Desde el 16 de septiembre de 2016 hasta el 9 de enero de este año hay una exposición en el museo Martin-Grupius-Baude esta ciudad sobre la implacable artista.

Pina –retratada en varios documentales, el más reciente, póstumo, dirigido en 2011 por el aclamado Wim Wenders– nació en 1940 en Solingen, Alemania.

La curaduría aborda al personaje desde diversos puntos: sus inicios, su trabajo, su técnica, su ideología y su legado. Comienza con las poco conocidas fotos de la joven bailarina durante su formación en danza clásica en la Folkwang School, en Essen, y luego en Nueva York, donde su talento ya resaltaba y formó parte del ballet de la Metropolitan Ópera.

En los años sesenta regresa a su país natal, donde trabaja como bailarina para el Folkwang Ballet.

El resto de los salones tiene fotos de Pina, unas bailando y otras dirigiendo, siempre con un cigarro en la mano. En vitrinas podemos observar sus cuadernos con notas escritas a mano con lápiz.

El Tanztheater Wuppertal –grupo que ella formó en 1973 y con el que trabajó hasta su muerte, en 2009 –contó con alrededor de 125 actores, bailarines de todo el mundo. Con él montó varios espectáculos inolvidables como Palermo Palermo, Café Müller, Claveles, Bamboo Blues, y Viktor.

La compañía, que tiene su sede en la ciudad de Wuppertal, continúa en activo, conserva y desarrolla sus principios. Sus puestas tienen como base a los intérpretes, quienes desarrollan y manifiestan sus propias vivencias en la escena. Pina asentó:

“Mi deseo es que la audiencia realmente conozca a las personas que están en el escenario (…) Todos son ellos mismos en las piezas, nadie tiene que interpretar un personaje.”

Por toda la exposición se encuentran distribuidos proyectores y pantallas que reproducen una y otra vez los montajes realizados, tanto por Pina como por su compañía. La última sala tiene cinco espacios que reproducen de forma simultánea la misma escena en diferentes tiempos, lugares, y con distintos actores. A pesar de ello, la precisión de los movimientos y la potencia de los mismos no varía.

La exposición remata en el centro del recinto con un gran salón de baile, donde en ciertos horarios se transmiten videos de sus montajes, y un grupo del público puede reproducirlos por medio de una clase.

La selección musical durante sus escenificaciones es alucinante. Pina logró consolidar su estilo al construir una relación verdadera con la música que elegía, y encontró en ella una posibilidad expresiva que nadie antes había explorado en la historia de las artes escénicas. Se atrevió a bailar a Tchaikovsky sin ballet y a improvisar con el cuerpo utilizando jazz.

Con pocos elementos sobre el escenario –además del cuerpo, figura central– las imágenes que crea son verdaderos cuadros vivientes. La potencia y precisión con la que realizan los movimientos –y su interacción con elementos como agua o tierra, o simplemente con una silla– transmiten de forma pura algo que quizá no podamos explicar del todo, pero que en definitiva es una experiencia sublime.

“Se trata de encontrar algo que no necesite una pregunta”, diría alguna vez.

Ella se apropió de la escena y la vivió, logró traducir su mundo interior en movimientos llenos de pasión. Hoy, Pina es un referente y una escuela. Es la muestra pura de que la sinceridad y la libertad llevan a cosas maravillosas.

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