México náufrago

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El tiempo sólo es nuestro; las estrellas que vemos en el cielo ya no necesariamente existen, sólo su luz llegando hasta aquí. Como la vida, el tiempo es un chiste local. Lo humanizamos en formas como el “tic-tac” de un reloj, como lo propuso Frank Kermode hace ya varias décadas, y suena todavía a pesar de que se ha mojado. El “tic” es el génesis del instante, mientras que el “tac” es su final, “un modesto apocalipsis”. Entre ellos hay un intervalo de tiempo desorganizado que sólo adquiere sentido después del “tic” y con la expectativa de que ocurra el “tac”. Sin el inicio y el final, el intervalo es inhumano, incalculable, informe. Es, acaso, lo que diferencia nuestros tiempos: el mecánico, un segundo igual al otro, del significativo. Lo que percibimos, recordamos y lo que esperamos, se piensa sólo en ese tiempo en el que se narra lo que se conforma con respecto al final. Si hay un final, todos los intervalos sucesivos adquieren, de pronto, un sentido: el futuro cambia el pasado. Lo sucesivo se transforma en decisivo. Lo que antes era un segundo y otro y otro más, ahora tiene un sentido, el de estar interconectado, entramado, con su desenlace.

Escribo esto porque pensaba hacer, como en otros años, unas predicciones del año que empieza. Pero no es posible porque, si algo es el imaginario de este año, es un intervalo. Con un sexenio que terminó en los primeros cien días de gobierno, el año anterior se vivió como un declive. Éste es, si acaso, una extensión. El “tac” se asienta en el año que sigue, por lo que éste se percibe como un tiempo de espera. ¿Qué se puede predecir de un año así? Que el Presidente va a volver a confundir a San Felipe Tenalgueo con un estado de la República; que se les van a encontrar más cuentas ilegales a los gobernadores; que aumentarán el crimen, el desempleo, y la pobreza; que sentiremos con más profundidad la falta de un sentido –además del común– colectivo que no sea el de los que creen que la nación es un remanente de sus depósitos off-shore. “A la deriva” es la frase tan usada para describir la sensación de nuestro presente. Pero, ¿qué implica?

Hay una tradición narrativa de ver el intervalo entre el inicio y el desenlace como un dejarse llevar en los vaivenes del mar. De hecho, como escribe Ricardo Piglia, sólo hay dos narraciones posibles, una vez que los seres humanos se reúnen en torno a la fogata originaria, esa ficción tan útil: la historia de un viaje –qué hay más allá de las aldeas, montañas y costas– y la de un enigma a resolver –un crimen, un engaño, un secreto. De esas dos narraciones se desprenden variaciones incontables. Del viaje obtenemos la del naufragio. Sus temas pueden ser políticos o íntimos. Una de las primeras se refiere, no tanto a estar expuesto a la furia natural –la tempestad que despedaza lo que el hombre modestamente construyó para ir de una tierra a otra–, sino a lo que encuentra, una vez salvado. Es uno de los socráticos, Aristipo, el que naufraga en una playa extraña sólo para encontrar, sobre la arena, unos dibujos geométricos. La pregunta es sobre los otros. Una pregunta política, si hay alguna. Virgilio, por su parte, utilizará la idea del naufragio para ilustrar la tierra firme que se pierde sólo para el náufrago, pues “las cosas siguen existiendo intactas, que no sufren con nuestra retirada.”. Para los estoicos, por ejemplo, el naufragio será una experiencia de lo esencial: “hemos de agarrarnos con todas nuestras fuerzas a la tabla, olvidando las arcas y los baúles perdidos”. Extraerán de la metáfora del náufrago lo que debe ser la vida austera pero también el desapego. Epicuro y Lucrecio se piensan como ajenos al espectáculo del naufragio: desde su pequeña tierra firme ven la devastación y sienten cierto placer oscuro en no ser ellos las víctimas. Se es feliz en tierra firme y esa fortuna permite a un espectador que reflexiona, desde la curiosidad que le causa la desgracia ajena, sobre si es racional dejarse llevar por las pasiones, signadas por la tempestad. A esta idea se resistirá Voltaire, a quien le parece no sólo que el espectador tiene responsabilidad en tratar, desde su puesto en tierra, de enviar señales a quienes están a la deriva, sino que sentencia: “el puerto no es lo contrario del naufragio, sino de la felicidad”. En efecto, reflexiona Voltaire, sin arriesgarse a hacerse a la mar de las pasiones, uno puede esperar la vida sin vivirla, en el puerto que no conoce otro mar que la brisa.

“A la deriva”, se percibe la nación y, dentro de ella –cada vez más fuera de ella–, las vidas de sus personajes: ciudadanos, “clase política”, habitantes, como se llamen. Entre el “tic” del puerto y el “tac” de la playa extraña, se despliega, informe, el vaivén de las olas. El espectador que se siente afuera del espectáculo del naufragio y puede decir, desde su posición segura, que no hay que jugar con la naturaleza –el fuego de Prometeo y el aire de Ícaro se suman a los riesgos del naufragio– o que a él no le compete que lo que ocurre o, incluso, que él se los advirtió a los marineros en desgracia, es un personaje que no puede ver que, en lo que él mira, está su propio futuro: la muerte, el desenlace, el “tac” inevitable. El náufrago que llega a una playa extraña seguramente se complace de haber sobrevivido –tras expulsar el agua de los pulmones– y se pregunta por si los pobladores actuales de esa tierra ajena lo ayudarán o sólo se lo cenarán. Es una pregunta por el futuro. Pero está el tercer personaje que, en este año, somos todos nosotros: el que naufraga dentro del barco. Puede preguntarse, en medio de la tempestad, qué ha dejado en tierra firme o qué arrojar para aligerar el cargamento, o si el capitán no había leído ni tres libros en su vida y uno de ellos era el manual de navegación. Puede, incluso, preguntarse por la naturaleza de la ola que acaba de impactarse contra la proa, de dónde viene, con qué fuerza. Pero no puede extraerse a sí mismo de la experiencia presente del naufragio. Habita, como todos nosotros, el intervalo: sabe el origen cuando zarpó y puede imaginar el futuro en una playa extraña. Pero no puede desapegarse de su propio naufragio. El náufrago es su propia ola. De hecho, el naufragio precede a toda embarcación. No existirían barcos si no existiera el mar y, con él, su condición de tempestad. Aguantar, como los estoicos, dentro del mínimo de la existencia –sobrevivir– y esperar al final de la tormenta, el “tac”. Una vez agarrado de una viga que flota, el náufrago tiene que pensar en algo imposible: tratar de reconstruir su nave en alta mar. Es absurdo, pero así vivimos.

Una pregunta le surge tomado de la viga flotante: ¿con qué se construye una balsa en medio del mar? La respuesta la tiene a la mano. No hay otro material que el de los naufragios anteriores. Ah, y ésta otra: mirar, de vez en cuando, las estrellas..

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