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Algo sobre mi amistad con Julio Scherer

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “No sé cómo despedirme de Julio Scherer”, escribí al rubricar un brevísimo texto para Proceso, horas después de enterarme de su muerte. La esperábamos hacía meses, años tal vez, así de doloroso había sido su vía crucis. Pero la noticia me golpeó. Sentí que todo aquello que compone el tejido de una amistad –anécdotas, consejos, reconvenciones, imágenes, voces, risas, ademanes, caminatas– se me agolpaba y no quería referirlo. Era el tiempo del duelo. Ahora es tiempo de recordar.

Cicerón decía que el enemigo principal de la amistad es la política. Julio y yo salvamos el obstáculo por dos motivos: nuestra convergencia en la lucha por la democracia y la libertad en los últimos 25 años del siglo XX y el afecto genuino que nos tuvimos, fincado en el conocimiento de nuestras vidas.

Lo conocí en Excélsior en abril de 1976, hace exactamente 40 años. Le llevaba mi primer libro. Desde el 68 me había convertido en un lector asiduo de Excélsior, sobre todo de aquella incomparable página editorial en la que publicaban autores de varias generaciones, desde don Daniel Cosío Villegas hasta Hugo Hiriart, pasando por Rosario Castellanos, Jorge Ibargüengoitia y Ricardo Garibay. Cada domingo devoraba el Diorama de la cultura (con el “Inventario” de José Emilio Pacheco) y cada mes Plural, la revista cultural dirigida por Octavio Paz, donde había comenzado a publicar reseñas de libros en 1975. Con todo aquel bagaje de gratitud ante el periodista que había dignificado la política y la literatura entré en esa oficina de techos altos. No recuerdo de qué hablamos pero sí el intercambio final: “Adiós, don Julio”, “Adiós, don Enrique”. Nuestra despedida fue una bienvenida.

En julio de ese año sobrevino el golpe a Excélsior. La plana completa de Plural renunció en solidaridad. Meses más tarde acompañé a Octavio Paz, Gabriel Zaid y Alejandro Rossi a la reunión fundadora de Proceso en el Hotel María Isabel. También ellos fundarían una revista independiente, Vuelta, que aparecería en noviembre de 1976. (Yo me incorporé desde los primeros números.) Aunque separados por el género y la periodicidad, nuestras publicaciones eran hermanas por su común defensa de la libertad. Y de hecho, cuando en 1978 el secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles ofreció a Scherer reintegrarlo a Excélsior, Octavio y yo acudimos como testigos de la negociación que finalmente no fructificó. Se dijo que el motivo fue la filtración pública de las gestiones por parte del gran corresponsal de The New York Times, Alan Riding. Pero también es verdad que Scherer no quería deber favores al gobierno. Esa negativa fue uno de sus grandes aciertos, porque trazó la línea irreductible de Proceso.

El grato recuerdo de “Don Jesús, el del gran poder” me lleva a consignar una deuda personal con Julio. Hacia 1977 la empresa familiar que mi padre había fundado decenios atrás atravesaba una crisis. Éramos objeto de amenazas. Desesperado e inexperto, pensé que debía buscar consejo y apoyo. Acudí a las oficinas de Proceso y pedí hablar con Scherer. Al escuchar mis primeras palabras se incorporó de su asiento pidiéndome que saliésemos a dar una vuelta a la manzana. Le narré mi predicamento. Me escuchó no sólo con atención sino con rabia contenida: no sé qué cuerda personal le tocaba, quizá los vejámenes que sufrió su propio padre en tiempos de Alemán y que Julio me referiría años después. “No se preocupe, don Enrique. Voy a hablar con don Jesús, y él nos aconsejará.” No hubo necesidad. Los abogados que conocí enseguida se hicieron cargo del problema. Pero el apoyo de Scherer me dio la fuerza para ver la luz al final del túnel.

Entre 1978 y 1984 aproximadamente, Proceso y Vuelta atravesaron por una zona de tensión ideológica: Proceso recelaba de nuestra crítica democrática al “Socialismo real y las guerrillas”. Y, desde Vuelta, Proceso parecía demasiado dogmática, servil a Cuba y, sobre todo, insensible a los valores y formas del liberalismo y la democracia. Pero más allá de la ideología, la crítica al “Ogro filantrópico” vinculó al menos por dos sexenios a ambas revistas. En tiempos de José López Portillo, Proceso denunció la corrupción, el dispendio presupuestal, la irracionalidad de los proyectos petroleros, el irresponsable endeudamiento, la frivolidad del emperador en Los Pinos, el torpe “orgullo de su nepotismo”, los desplantes policiacos, la soberbia triunfalista. Mes tras mes, Vuelta hizo lo propio en el campo del análisis, sobre todo en los ensayos de Zaid sobre “el Grupo Industrial Los Pinos”. La revista de Scherer desenterraba la verdad histórica (del 68, del 71, de la “Guerra Sucia”) en archivos, memorias, entrevistas, reportajes. Nosotros, basados en la historia, propusimos la democracia como alternativa natural para México. Proceso era la vanguardia periodística en la lucha contra el PRI; Paz, en Vuelta, anunciaba su “hora cumplida”.

En tiempos de Miguel de la Madrid nos acercamos más. Proceso se solidarizó activamente con el proyecto democrático que proponíamos: mandó a Francisco Ortiz Pinchetti (reportero estrella) a cubrir las elecciones en Chihuahua, alentó el viraje democrático de la izquierda, denunció los fraudes electorales en municipios, estados y el fraude mayor, la caída del sistema en 1988. En tiempos de Carlos Salinas de Gortari nuestros destinos se separaron. Vuelta fue un tanto indulgente con el régimen, pero Zaid siguió publicando por fuera sus textos críticos en Contenido y lo mismo hice yo, con artículos en La Jornada y entrevistas en Proceso.

Julio y yo nos veíamos en “la Guay” de Río Churubusco. (No recuerdo cuándo superamos el “usted”.) Charlábamos en los casilleros y la cafetería. De allí pasamos a reunirnos en restaurantes que han desaparecido: desayunos en un lugar de Vito Alessio Robles (he olvidado su nombre) o comidas en La Cava. Siempre llegaba antes que yo. Lo encontraba con la mirada clavada en un libro. Ordenaba cualquier cosa (o más fácil, ordenaba lo que yo ordenaba) porque lo importante no era comer sino charlar. Tomábamos vino pero nunca hablamos de vinos. Era ceremonioso con los meseros: “Señor, le ruego a usted…” Nunca lo vi usar una tarjeta de crédito, era muy generoso con las propinas. Tenía un desprecio evidente por “el billete”. Le apasionaba la literatura (a veces más que la política). Como el reportero que siempre fue, le encantaba recrear, hasta en los mínimos detalles, episodios de su contacto con los personajes que le fascinaban (un ajedrez de miradas y actitudes), pero con igual naturalidad discurría sobre los fines últimos de la existencia. Siendo tan asertivo en sus opiniones, nunca le interesaron las teorías de la conspiración. Era, sobre todo, un espíritu apasionado. Octavio Paz –que siempre lo quiso– lo describía como un personaje de novela rusa. Por eso alguna vez lo llamé “poseído de la verdad”, evocando la novela de Dostoievski. No sé si la búsqueda de la verdad era su objetivo. Pero su mirada de lince, su melena desordenada, su reconcentración, sus arrebatos, eran los rasgos de un poseído. Alguna vez me hizo el elogio del odio. Nunca pude sondear bien esas aguas profundas. No sé qué agravio antiguo guardaba. Sé que su pasión rectora era la indignación.

Pero también el amor. Le conté y me contó su travesía. No conocí personalmente a Susana, su esposa, pero le escuché evocar episodios de amor y dolor. Dolor infligido por él, inadvertida, irresponsablemente. Amor constante a través de los años, amor encarnado en sus nueve hijos, amor en el trecho final: “¿Me quieres por nuestros hijos, Susana?”, “Te quiero por ti, Julián”. No sé si alguien escribirá alguna vez la biografía de Julio Scherer. Sé que tras la muerte de Susana Julio fue entrando en una esfera cada vez más densa y compleja de ternura y remordimiento. No había comida en que no me hablara de ella. Susana levantándose de la mesa ante la impertinencia de un político. Susana en la luna de miel. Susana en el lecho de muerte de Pablo Scherer, su suegro. Susana en los partos, en las crisis, en la enfermedad. Al hablar de estos temas bajaba la voz como en una confesión. Y en reciprocidad, yo hacía lo mismo, buscando su comprensión, su consejo, su absolución.

Tal vez el trance político más dramático que compartimos fue el presentimiento de que Luis Donaldo Colosio sería asesinado. Scherer y yo lo estimábamos. Confiábamos en que se apartaría del presidente Salinas e intentaría un proceso de reconciliación nacional que no alcanzábamos a formular con claridad pero que, dado el clima de tensión y estupor provocado por la rebelión zapatista, ambos deseábamos. En marzo nos reunimos como siempre a desayunar. Habíamos visto por separado a Colosio y coincidimos en el diagnóstico: corría peligro de muerte y parecía saberlo. Convinimos en persuadirlo de renunciar a su candidatura. Nada menos. Lo hicimos por separado. La respuesta que me dio Colosio fue un abrazo largo y silencioso. Un abrazo de despedida. Tras la tragedia, Julio y yo nos vimos muchas veces, Casandra consolando a Casandra.

En 1996 México entró de lleno en una transición política. Nada estaba escrito, pero era claro que el régimen que habíamos criticado tenía los días contados. Ese año me di el gusto de escribir una reseña sobre el libro que Scherer acababa de publicar sobre Siqueiros. Creí encontrar paralelos en la fiereza de ambos. Ese año también enfermó Octavio Paz. Nunca, a pesar de sus diferencias, se habían distanciado realmente. (Y es muy significativo que la mejor fuente para consultar las querellas intelectuales de los años ochenta y noventa sean las páginas de Proceso, que casi siempre las cubrió con objetividad.) Hacia 1997, el PRI perdió el Congreso y el gobierno del D.F. En el año 2000 perdería el poder. Octavio no vivió para ver el desenlace que esperaba y temía. Al morir, la revista de su amigo le rindió el homenaje que merecía.

Para mí, aquellos años fueron los de mayor cercanía personal con Scherer. Hablaba con frecuencia por teléfono (me contestaba la gentil Elenita). Lo visitaba en las oficinas de Fresas, en la Colonia del Valle. Coincidíamos en cenas y reuniones. A veces hablábamos de beisbol o de María Félix. (Creo haberlos reunido.) Pero la política estaba a la orden del día y yo creía en la alternativa de izquierda. Julio era mi vínculo con ella. Adversario intelectual del PRI, ajeno al PAN por su raíz clerical, mi inclinación personal era un socialismo abierto, moderno, como el español. Por eso mi esperanza de entonces, tema de muchos artículos y ensayos, fue la consolidación de una izquierda (partidaria, sindical, intelectual, académica) que retomara la tradición liberal del siglo XIX y XX. Mantuve esa fe por algunos años, a pesar de las nuevas tentaciones ideológicas provenientes del “neozapatismo” cuyo súbito discurso de la identidad y su invocación a los “usos y costumbres” eran ajenos a la tradición socialista y entraban en colisión con el ideario liberal y la legalidad republicana. Proceso no fue inmune a esa seducción. Pero todo lo compensaba (u ocultaba) la nueva y genuina atmósfera de apertura.

Aunque Vicente Fox nos decepcionó desde su toma de posesión, nadie podía negar que México había dado vuelta a la página. Era un momento plástico. De pronto, todo pareció posible. Scherer apareció en la pantalla del Canal 2 entrevistando al Subcomandante Marcos. ¿Tendría Proceso un programa autónomo de televisión como lo había tenido Excélsior en los años sesenta? Hubo intentos en ese sentido, no distintos a los que hice entonces para conquistar el espacio independiente de Clío. Proceso, fiel a su tradición, siguió denunciando las inconsistencias del gobierno. Letras Libres, fiel a la suya y al legado de Vuelta, perseveró en su crítica al poder y las ideologías.

Pasaron incontables comidas, desayunos, conversaciones, libros cruzados. Hacia 2005 algo comenzó a separarnos: la adhesión de Julio a Andrés Manuel López Obrador y mi relación con la televisión. Yo le señalé que su adhesión era incondicional y acrítica. Y le expliqué que mi vínculo (centrado en Clío, empresa autónoma) no mermaba mi libertad e independencia. Preferimos no hablar más de esas cosas. La prueba de fuego llegó a mediados de 2006, cuando publiqué “El mesías tropical”. Nunca lo comentamos, pero debió incomodarlo en extremo. Y sin embargo, ahora consigno una señal magnífica en esas horas de discordia que pudieron haber confirmado la sentencia de Cicerón. No sé si fue Julio o Rafael Rodríguez Castañeda quien me pidió un ensayo sobre Proceso para conmemorar en noviembre el 30 aniversario. Lo titulé “Mi vida con Proceso”. Era la bitácora puntual, sección por sección, época por época, de mis simpatías y diferencias con la revista. La sola publicación de ese texto confirmaba que, al margen de la política y las pasiones ideológicas, la amistad entre nosotros seguía intacta. Y que Proceso, al margen de cualquier crítica que pudiera hacérsele, daba voz a opiniones disidentes.

La figura de Julio es irresistible para la interpretación biográfica. ¿Cuál fue el origen de su ira justiciera? Hay que buscarlo quizás en la casa de San Ángel, donde Julio nació. Ahora la ocupa el “Bazar de los Sábados”, pero perteneció a su abuelo, al célebre banquero del Porfiriato don Hugo Scherer. Sólo tengo atisbos del derrumbe familiar. Sospecho que marcó el destino del nieto arrojándolo a la turbulenta vida de periodista con una sensibilidad a flor de piel ante los atracos y la soberbia de los políticos enriquecidos. Otra clave está en su juventud. En una ocasión Julio me narró con detalle su paso por el Colegio Alemán a principio de los años cuarenta. Me contó su indignación por el confinamiento de algunos profesores en Fortín. Ignoro si Julio o su primo Enrique Maza (hombre valioso y culto, también fallecido) se acercaron a los grupos católicos de la época que simpatizaban con aquella corriente. Pero tengo la impresión de que el repudio que ambos desarrollaron en su madurez por la derecha (bajo cualquiera de sus caras, incluida, por supuesto, la del PAN) tuvo que ver con aquel pasado. Era una manera radical de deslindarse. Por lo demás, la variante de izquierda que ha representado Proceso ha sido, más que marxista, esencialmente cristiana, afín al Concilio Vaticano Segundo o a una suerte de anarquismo católico. Esa fue, si no me engaño, la postura de Vicente Leñero (su mejor amigo y gran colaborador), la del poeta Javier Sicilia, en cierta medida la de Miguel Ángel Granados Chapa, y la de tantos otros excelentes editorialistas que pasaron por esas páginas.

Julio detestaba la injusticia, la desigualdad, la pobreza. Y amaba –vaya que sí, amaba y ejercía– la libertad de expresión. Pero no vio la alternativa liberal para enfrentar esos problemas, no entendía el liberalismo y nunca fue un liberal. Tampoco le importaban los valores republicanos, la división de poderes, las instituciones electorales. Y tenía poca tolerancia con la tolerancia. Era profético e incendiario. El gran periodista de la segunda mitad del siglo XX mexicano no se parecía a Zarco, Vigil o a Cosío Villegas. Ahí residía nuestra diferencia central.

Lo vi por última vez en el San Ángel Inn. Ambos presentíamos que no nos veríamos más. Iba elegantísimo, con un traje de tres piezas café claro y zapatos de ante del mismo tono. Su camisa era blanca y, cosa rara, no llevaba corbata. Tampoco usaba bastón. Un asistente lo auxiliaba para caminar, pero prefirió colgarse de mi brazo. No sé cuántas veces brindamos por nuestra amistad. Un mesero nos tomó una serie de fotografías que atesoro. Lo rodeo con ambos brazos, como para protegerlo. Él me pone suavemente la mano en la espalda y musita algo: “Piensa en lo que nos une, no en lo que nos separa”.

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