Don Julio y el viento

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No diré nada de mi relación con don Julio Scherer, porque apenas y si existió, y se redujo a unas cuantas conversaciones, conversaciones además con más silencios que palabras. Él me causaba a mí una especie de estupor reverencial, que me silenciaba. Era “don Julio Scherer”, la leyenda del periodismo, el señor detrás de las líneas que yo había leído desde la infancia como las emanaciones de la Verdad, la Verdad ocultada por el Poder, la Verdad detrás de las verdades mentirosas de la prensa cooptada.

Y yo, creo poder adivinarlo ahora, años después, era para don Julio una analista política incipiente, y por tanto peligrosa: alguien que lo perviviría, y de seguro escribiría y publicaría algunos de sus dichos, cuando él ya no existiera y pudiera corroborarlos –o desmentirlos: tendría yo el don de inventarlos a mi antojo.

Por eso, me parece, es que hablábamos despacio, con largas pausas, como si cada palabra importara. Como si Dios estuviese inclinado sobre nosotros escuchándonos, o la Historia estuviera a un lado, tomando nota en taquigrafía.

Quiero narrar acá una de esas conversaciones pausadas. Aquella que sospecho ningún otro colaborador de Proceso puede comparar con una propia, porque no versó sobre el periodismo, sino sobre algo más simple y más misterioso: sobre lo que hay al centro de un relato: el viento.

Sucedió así.

En el brindis de fin del año 2014, en el patio de la casa de Proceso, me acerqué a la esquina donde don Julio, rodeado de colaboradores, dictaba cátedra, un vaso con sidral en la mano, la melena blanca alborotada. Al verme, asintió, y pasó a ignorarme cinco largos minutos, mientras se hablaba de temas graves y coyunturales. Y de pronto dio un paso hacia mí, me tomó el codo, y me dijo al oído, con aire urgente:

–Hablemos, señora.

Me llevó a la esquina menos concurrida, nos sentamos a una mesa con mantel blanco, y me anunció que había leído mi novela, La mujer que buceó en el corazón del mundo, para luego quedarse en silencio, sus ojos claros en mis ojos lampareados.

–No tiene nada que ver con el periodismo –me disculpé al cabo de un rato, tontamente. Creía que para don Julio eso la descartaba. Pero él replicó:

–No es periodismo, cierto, es ficción. Memorable, señora.

Me emocioné y repliqué imitando su estilo, de tan parco, telegráfico:

–Mil gracias.

–Le confiaré esto, señora –dijo él.

Esperé tres minutos a que siguiera:

–Lo que queda de un relato periodístico, al cabo de cien años, cuando las circunstancias materiales que reporta ya se extinguieron, cuando los personajes de los que se habla ya son polvo dentro de la tierra, y a nadie ya afectan sus hazañas o sus villanías, es lo mismo que queda de una ficción: el mero y puro relato. ¿Me explico?

Se explicaba. Hoy, nadie sabe si La Odisea sucedió como la relata Homero. Nadie sabe ya si aquellos monstruos y aquellas sirenas que le hablaron al héroe Ulises, le hablaron en realidad o siquiera existieron. Pero haya sido un relato periodístico o pura ficción, nos queda el relato de aquellos hechos inciertos, que al leerse se vuelven ciertos otra vez.

–Y releemos ese relato de Homero –dijo don Julio– por eso misterioso que lo anima en su médula…

–El viento –completé la idea yo, y él parpadeó: no esperaba esa afirmación.

–Lo que anima a cualquier relato es el aire de la respiración –me expliqué–, el aire con el que el escritor habla por dentro, el relato que sus dedos teclean en un teclado, ese aire que se revive en el lector o la lectora, al leer el relato, y le causa alucinaciones sensoriales: imágenes, sabores, sonidos, sensaciones táctiles.

Mares distantes dorados por el sol, sirenas sobre rocas cantando a coro, ogros en la oscuridad de una cueva que se anuncian por la aparición de su único ojo, alerta y gigante.

–¿Qué hace pervivir cien años a un relato y a otro no? –preguntó entonces don Julio.

–¿Qué tan largo es el soplo que lo anima y qué tan vivas las alucinaciones que provoca? –pregunté yo.

–¿Y qué tan únicas son esas alucinaciones? –preguntó él. –¿Y qué tan útiles para la felicidad de la vida del lector?

Tres minutos más pasaron en que nuestra abstención de hablar fue ocupada por los murmullos de las pláticas del patio. Fue cuando don Julio bebía un sorbo de su vaso de plástico azul claro, un sorbo de sidral, que se lo vaticiné:

–Usted –le dije—ha escrito relatos que en cien años seguirán leyéndose.

–Usted –me dijo él –, está mintiendo, señora, porque usted no puede saber eso. Pero le agradezco la buena intención de su anuncio.

Y sin embargo, lo reitero. No todos los reportajes y las entrevistas de don Julio seguirán leyéndose en cien años, pero algunos, probablemente sí. Sus reportajes del año 68, sobre la matanza de estudiantes. Su entrevista con el comandante Marcos, líder del Ejército Zapatista. Su entrevista a Octavio Paz. Su libro sobre la Reina del Pacífico, líder del narco.

Y eso para un escritor, es un legado de mucho viento.

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