Scherer y su guerra contra el poder autoritario

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El control de los medios de comunicación es un elemento indispensable para la sobrevivencia de un régimen autoritario; sin embargo para ello no puede utilizar la censura previa, vigente en los regímenes totalitarios. Recurre en su lugar a diversos medios que progresivamente se vuelven más represivos.

En términos generales, los gobernantes recurren primero al convencimiento a través de un trato amigable con los periodistas o con los dueños de los medios; si esa vía fracasa se pasa a un segundo nivel: la compra de su voluntad. Y, finalmente, si esta segunda instancia tampoco es eficaz, proceden a la desaparición del periodista o del medio.

En los tres niveles las prácticas son variadas y también pueden ser progresivas: en el primero van desde simplemente dispensar un trato amable que el periodista siente como deferente y privilegiado, que normalmente incluye el llamado “derecho de picaporte”, es decir, una vía expedita para llegar al gobernante y que el interlocutor eventualmente utiliza para solicitarle favores en beneficio propio o de familiares y amigos.

En el segundo nivel la gama es todavía más diversa, pues el más elemental es simplemente la compra de espacios publicitarios en los medios, que en la mayoría de los casos también se traduce en mayores ingresos para los reporteros, por la comisión que reciben; pero también incluyen desde el otorgamiento de concesiones (las gasolineras fueron uno de los más recurridos) o contratos de prestación de servicios o venta de productos, en los que el periodista funge básicamente como gestor o intermediario, aunque desde luego obtiene jugosos ingresos; y, en su versiones más burdas llega a la entrega de dinero en efectivo o incluso a la complicidad en negocios turbios.

El tercer nivel, la desaparición del periodista, se refiere a sacarlo de los medios, quitarle la tribuna y, por lo tanto, desaparecerlo profesionalmente. En el caso de los medios es el cierre por diversas vías: huelgas, la quiebra o algún accidente provocado. Y obviamente en el extremo está la desaparición física del periodista, que lamentablemente sigue persistiendo todavía hoy en México.

Julio Scherer enfrentó y superó los tres niveles, como da cuenta en su libro Los Presidentes, del que tomé algunos fragmentos en el número 1993 de esta revista, en ocasión del sentido fallecimiento del fundador de Proceso.

El primer presidente con el que Julio Scherer tuvo trato como director de Excélsior fue Gustavo Díaz Ordaz. Dadas las prácticas de la época y la condición de cooperativa del periódico, seguramente él estuvo enterado y no entorpeció la designación de Scherer como director del diario el 31 de agosto de 1968.

Pero muy pronto le reclamó, aunque haya sido en voz del entonces secretario de la Presidencia, Emilio Martínez Manautou, el tratamiento que el medio le dio al movimiento estudiantil y, particularmente, a la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco. Convocado el 5 de octubre a una comida, junto con otros representantes de los medios, con el presidente en la sede de la Comisión Organizadora de los Juegos Olímpicos, el titular del Ejecutivo nunca llegó y en un momento determinado Martínez Manautou le espetó: “Traicionaste al presidente” (…) “quiere que lo sepas, que así entiende tu actitud”.

Díaz Ordaz ya estaba en el tercio final de su mandato y no hizo uso de los siguientes niveles de presión, pero Luis Echeverría, su sucesor, sí. Consciente de que Scherer era refractario al control por la vía de la amistad, de inmediato recurrió al segundo nivel: organizó el boicot publicitario con los principales anunciantes del sector privado y tendió su mano para sacarlo de la crisis, apoyándolo para salvar sus compromisos económicos más urgentes; sin embargo, como eso tampoco dio resultados, optó por instrumentar su destitución de la dirección del periódico, lo que concretó el 8 de julio de 1976.

Con el derrocamiento y la salida de una parte importante de articulistas y periodistas que compartían su línea editorial, Echeverría pensaba que lo había desa­parecido de los medios; pero no contaba con la tozudez de Scherer. Unos meses después, el 6 de noviembre de ese mismo año y antes de que Echeverría entregara el poder, Julio reaparecía con la revista Proceso.

Con la aparición de la revista se iniciaba una nueva batalla, pues aunque José López Portillo (en esos momentos presidente electo) no se opuso al nuevo medio, seguramente porque esperaba que su cercanía con Julio Scherer –a quien incluso llamaba Juliao–, así como el golpe que le acababa de propinar Echeverría, modificarían su ejercicio periodístico (otra vez empezaba desde el primer nivel).

Pero cuando se percató de que, al contrario, su convicción periodística y su compromiso social se acrecentaban y la revista era incluso más crítica, mordaz y aguda que Excélsior y que se convertía en el primer semanario político de México en calar en la opinión pública, pasó al segundo nivel y declaró el boicot publicitario. Ya en el ocaso de su sexenio espetó una de sus frases célebres para anunciarlo: “No pago para que me peguen”.

La revista no sólo superó ese momento, sino que se vio fortalecida y prosiguió su camino ascendente.

El sucesor de López Portillo, Miguel de la Madrid, antes de asumir el cargo y por medio de su coordinador de asuntos de prensa, Manuel Alonso, le ofreció “un buen trato, desinteresadamente”, y acordó una reunión que no se concretó.

Nada cambió hasta que finalmente, en mayo de 1984, se reunieron de nuevo y Alonso le ofreció gestionar una reunión con el presidente; al no concretarse, Julio buscó a Alonso y éste le respondió: “Complicaste las cosas, mi querido Julio”. Y ante las interrogantes de Scherer aclaró en sucesivas respuestas: “Conversamos con el propósito de que te entrevistaras con el presidente y a las primeras de cambio reaccionas como si no quisieras verlo… Publicaste dos cartones (de Naranjo) contra el licenciado De la Madrid, uno después de otro. Apareció el primero cuatro días después de que nos reu­nimos… Y a la semana siguiente el otro”.

Así, sexenio tras sexenio, la lucha de Julio continuó. Los niveles variaban de acuerdo con el presidente en turno.

Carlos Salinas de Gortari recurrió a todos. Julio resistió y superó todos los intentos del régimen autoritario y mantuvo su independencia; heredó a Proceso estas batallas y todavía hoy la revista sufre el boicot del actual gobierno.

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